AÑO 2008 Año 4 - No.15, Julio-Septiembre 2008

El papel del intelectual cubano en la diáspora

por Uva de Aragón

En la antigüedad, el destierro se imponía como un castigo. No es de extrañar, pues vivir forzosamente fuera de la Patria equivale a una sentencia de muerte espiritual. Lejos de cuanto conoce y ama, el exiliado se aferra a los recuerdos y al sueño del regreso. Por eso, porque mira hacia atrás y no hacia delante, su psiquis es tan distinta a la del inmigrante.

El desterrado vive muchas veces a destiempo, pues a menudo, incluso en esta era de la revolución de las comunicaciones, su visión del país se congela en el momento que se fue, como si deseara detener relojes y calendarios para regresar, siquiera a través de la memoria, y encontrar intacta esa ciudad, ese barrio, esa casa que tanto añora. A menudo he expresado que si pudiera tener un solo deseo para mi país, sería que nunca más un cubano tuviera que vivir exiliado.  No es destino que deseo para ninguno de mis compatriotas.

Eso, además, significaría que habríamos aprendido a convivir, a construir por fin esa Cuba “para todos y por el bien de todos” que al igual que Martí, hemos soñando tantos cubanos.