AÑO 2017 Año 13. No. 3-4 2017

La polémica acerca del estudio "La prostitución en la ciudad de La Habana" (1888)

por Jorge_ Domingo Cuadriello

En el año 1888 en Cuba siguió adelante el proceso de modernización de la industria azucarera con la instalación de modernas maquinarias procedentes de los Estados Unidos, quedó constituida la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Navegación de La Habana y fue promulgada la Ley para el ejercicio del Derecho de Asociación, que posibilitó la creación oficial de no pocas agrupaciones, algunas de ellas de carácter obrero. También continuaron asolando las zonas rurales cuadrillas de bandidos como Manuel García, Montelongo y Matagás, autores de numerosos asaltos y secuestros, se fundó la fábrica de cervezas La Tropical, a orillas del río Almendares, intensificó su campaña política el Partido Liberal (Autonomista), un fuerte huracán azotó la región occidental de la Isla y la sociedad habanera se estremeció ante el brutal asesinato en la calle Inquisidor del avaro matrimonio Sañudo, poseedor de una gran fortuna, aunque vivía en la miseria, e integrado por los abuelos maternos de la poetisa Dulce María Loynaz, quien aún no había nacido. En 1888 Francisco Calcagno publicó en Barcelona la novela En busca del eslabón. Historia de monos, Enrique José Varona en la Revista Cubana el estudio sociológico «El bandolerismo» y el doctor en Medicina y escritor Benjamín de Céspedes un libro que causó gran impacto: La prostitución en la ciudad de La Habana. »

Benjamín de Céspedes y Santa Cruz

De acuerdo con los datos que aporta su nieto, el médico costarricense Carlos de Céspedes Montealegre, este autor había nacido en La Habana el 21 de enero de 1858.1 Sus padres, el abogado y promotor fiscal bayamés Miguel Antonio de Céspedes y Borrero, y María Josefa de Santa Cruz y Franchi-Alfaro, habían contraído matrimonio en la parroquia de Guadalupe, de esta ciudad, el 30 de abril de 1853.2 Ambos disfrutaban de una holgada situación económica, que les permitió enviar a su hijo a los nueve años a estudiar en un colegio en el norte de Francia, así como a cursar más tarde la enseñanza secundaria y, en la Universidad de Madrid, la carrera de Medicina. Durante su estancia en la capital española asistió a las tertulias literarias que se efectuaban en el Ateneo, conoció las corrientes de pensamiento europeas y adquirió una notable cultura. Una vez graduado de médico regresó a Cuba y en enero de 1882 promovió en la Universidad de La Habana un expediente para que se le concediera el derecho de ejercer de Médico-Cirujano.3 Su solicitud fue aprobada en el siguiente mes de mayo y seguidamente se incorporó al conjunto de facultativos de esta ciudad.

De modo simultáneo, Benjamín de Céspedes entabló relaciones de amistad con varios jóvenes escritores, como Enrique Hernández Miyares, Manuel Serafín Pichardo, Ramón A. Catalá y Julián del Casal,4 quienes de seguro no habrán dejado de aquilatar su amplio saber en arte, literatura y ciencia. También se adentró en el conocimiento de la sociedad habanera, lastrada por la corrupción administrativa, los negocios turbios, la mendicidad, el afán de lucro, el robo y las inmoralidades. Con el fin de combatir aquellas lacras sociales se alzaban entonces algunas voces cívicas como las de Varona y Manuel Sanguily, y muy pronto Benjamín de Céspedes se sintió identificado con ellos. Por aquel tiempo comenzó además a divulgar en el ambiente cubano sus escritos por medio de las publicaciones literarias de amplia circulación La Lotería, La Habana Elegante, dirigida por Hernández Miyares, y El Fígaro, fundada, entre otros, por Pichardo y Catalá. En las notas sociales de esta última revista en varias ocasiones se hizo referencia a su asistencia a distintos actos en los que departía con un amplio número de damas y caballeros. De acuerdo con la caracterización que de él hizo por aquel tiempo su amigo, el periodista Gastón Mora, Benjamín de Céspedes era de constitución física frágil, poseía conocimientos enciclopédicos, gustaba de la ópera, el teatro y los salones, así como de las tertulias con amigos en los cafés. También lo describe como un hombre afable y cariñoso, lector apasionado de las obras de Spencer y de Schopenhauer, partidario del evolucionismo, librepensador en asuntos religiosos, seguidor de la corrien te experimentalista en cuestiones científicas y, en política, un demócrata con tendencias socialistas.5 Al cabo de algunos años de ejercer, además de Médico-Cirujano, de Médico Inspector de Sanidad y de conocer de primera mano los antros habaneros donde proliferaban las enfermedades venéreas, el comercio carnal y otros vicios, en agosto de 1888 puso a circular el estudio higiénico-social La prostitución en la ciudad de La Habana.

» La prostitución en la ciudad de La Habana

 La salida de esta obra fue precedida por varios espaldarazos, que se incrementaron en la medida en que comenzó a circular y en los que no dejó de estar presente el toque político. El «diario autonomista» El País sacó este aviso en su número del 2 de agosto:

Noticia Literaria – De la bien montada imprenta de nuestro colega La Lucha acaba de salir un libro notable, que muy pronto se pondrá a la venta. Trátase en este libro del cáncer de la prostitución en La Habana, horrible vicio tolerado por el Gobierno y alentado por la gran mayoría de un pueblo «que corre a la barbarie», como dijo en su artículo «El bandolerismo» el Sr. E. J. Varona, prologuista del libro que anunciamos.

La prostitución en La Habana (sic) ha sido escrito —con alguna bastante crudeza, como se lo merece el asunto— por un joven Doctor muy conocido en el periodismo científico y literario.

Mucho dará que hablar y que escribir esta obra; pero de todas maneras —y conocedores nosotros del valimiento del autor— le auguramos gloria, que ha de alcanzar —aparte de sus méritos— por el poco miedo en flagelar un vicio que corroe esta sociedad”

El viernes 10 de agosto comenzó la venta de este libro y ese mismo día el «diario republicano» La Lucha lo saludó de esta forma, después de calificar a su autor de «eruditísimo y bien informado»: «Ante la dilatación horrible del cáncer social /la prostitución/, el silencio era un crimen, algo como una complicidad hablando al remordimiento. Y en lo que a Cuba se refiere, el Sr. Céspedes ha roto el silencio, lanzando sobre esta sociedad, amenazada de desplome, un libro terrible a fuerza de ser sincero, amargo, coloreado por un estilo fuerte, el estilo que conviene para sacudir hipocresías e imponer verdades necesarias. El libro podrá parecer brutal a espíritus apocados, para quienes la ley de convenciones engañosas y empíricas es la garantía de aceptación de las ideas originales, pero hallará el beneplácito de los que piensan, sienten y meditan.» La promoción de la obra, que se insertó en la tercera página de este número y de los siguientes, incluía su índice completo, los puntos de la ciudad donde podía ser adquirida, su precio —3 pesos billete— y esta advertencia: «Lectura para hombres», que de seguro contribuyó a incentivar la venta.

Dos días después El País volvía a manifestar su entusiasmo por ese estudio higiénico-social a través de la siguiente noticia:

Brillante éxito – Ayer viernes se puso a la venta el libro del Dr. Benjamín de Céspedes, que fuimos de los primeros en anunciar. Según se nos asegura, la obra La Prostitución en La Habana (sic), ha sido recibida con tanta curiosidad que a las pocas horas de haberse leído el artículo de fondo de La Lucha, tratando de dicho libro, se habían vendido quinientos ejemplares.

Ojalá sirva para excitar el celo político del Gobierno ídem y de todo el que pueda poner coto a los desórdenes de esta ciudad, digna de mejor suerte!

Que la aparición de esta obra constituyó todo un éxito editorial lo demuestra también el siguiente aviso, dado a conocer en La Lucha el día 30 de aquel mes de agosto: «La Prostitución en La Habana (sic). La segunda edición de este célebre libro del que en veinte días han logrado venderse dos mil quinientos ejemplares, se está ya agotando. Los agentes del interior deben apurarse a hacer los pedidos, porque una vez terminada la tercera edición, tardará algún tiempo en salir la cuarta.»

La obra de Benjamín de Céspedes apareció con un prólogo del pensador y educador Enrique José Varona, quien ya gozaba de un sólido prestigio intelectual; pero por sus duras críticas a la metrópoli española y a las autoridades coloniales en la Isla se había granjeado también el repudio de los sectores más reaccionarios. Esa posición de principios suya no dejó de manifestarse en aquellas palabras preliminares, en las cuales hicieron acto de presencia igualmente sus criterios positivistas y una visión racial esquemática y prejuiciada. Así, por ejemplo, le dice Varona al lector al referirse a las páginas del libro: «Allí verá lo que han dejado las piaras de ganado negro, transportadas del África salvaje, los cargamentos de chinos decrépitos en el vicio, arrancados a su hormiguero asiático, y los cardúmenes de inmigrantes europeos sin familia, desmoralizados por la pobreza y la ignorancia, dispuestos a vivir como en aduar o campamento, regido todo por el burócrata soberbio y licencioso hinchado de desdén por la tierra cuyos despojos se reparte…» (p. x). Ante esta radical invalidación de lo español, lo africano y lo chino, componentes esenciales en la formación de la nacionalidad cubana, ¿con qué nos quedamos? A nuestro entender, en este punto, con el afán de flagelar a los males sociales que aquejaban entonces a Cuba y en particular a la prostitución, Varona llegó a un extremo insostenible. Más acertado estuvo, en cambio, cuando expuso la importancia de los conocimientos científicos y de la moral para combatir lo que llamó «los detritus de las viejas civilizaciones» y cuando enalteció el empeño de Benjamín de Céspedes en poner al descubierto, con crudeza, el comercio carnal que se iba extendiendo en suelo cubano.

La obra comienza con unas palabras «a los lectores» en las cuales el autor reconoce su «ardoroso empeño de reformas en las costumbres de mi patria», sus «rectas y patrióticas intenciones enderezadas siempre a ser un oscuro colaborador de la destrucción de todo lo viejo y corrompido que deshonra a mi país», y recomienda que no lean las vergonzosas revelaciones que hará «nuestras honestas mujeres». Seguidamente pasa a exponer las distintas definiciones de prostitución que existen y su historia en Grecia, en Roma y en España, hasta desembocar en la ciudad de La Habana, y a continuación nos brinda un resumen de las relaciones sexuales que, no sin violencia, establecieron los conquistadores españoles con las indias aborígenes y, más tarde, los colonizadores con las mujeres traídas a la fuerza de África, que dieron pie al concubinato y a la prostitución clandestina. El sexo pagado se convirtió en una forma de rápido enriquecimiento para el español inescrupuloso, ávido de dinero, y este tipo de corrupción se fue propagando con gran fuerza, a pesar de algunos tímidos intentos de las autoridades y de la jerarquía católica por atajarla, hasta que en abril de 1873 el gobernador político Pérez de la Riva se vio en la necesidad de establecer la inscripción de las numerosas meretrices existentes, muchas de ellas entregadas a esa práctica como consecuencia de la guerra iniciada en 1868 y de la llegada a Cuba de grandes contingentes de soldados españoles. Este Gobernador creó además un hospital para la atención de las meretrices enfermas, designó cuatro plazas para médicos higienistas y estableció el primer reglamento de la prostitución. En el año 1875 se registraron, con afecciones venéreas, 62 mujeres nacidas en España, 44 en Islas Canarias y 53 en Cuba (p. 75). Pero el hospital resultó ser un inmueble insalubre donde se hacinaban las asiladas, quienes recibían como alimento un rancho escaso y mal elaborado. Esta situación favoreció el incremento de la prostitución clandestina.

De acuerdo con el criterio de Benjamín de Céspedes, las causas del comercio carnal en La Habana podían concentrarse en dos grupos: determinantes (el medio social, la atracción de la lujuria y el contagio moral, la seducción y el abandono de las mujeres, la codicia y el lujo) y eficientes (la miseria, el concubinato, el servicio doméstico, los bailes y la inmigración de jóvenes solas) (p. 89). En correspondencia con esta apreciación, proponía crear asociaciones consagradas a enseñar oficios a las mujeres, ligas de vecinos para expulsar de los lugares públicos a las meretrices, abolir la lotería y las peleas de gallos, combatir «el baile indecente» y el amancebamiento y promover el matrimonio civil (p. 95). También aseguraba: «Reina, entre nosotros, esa disgregación de la muerte en todas las voluntades, la flojedad y el desmayo de los débiles o fatigados para recabar cualquiera obra salvadora. Este enervamiento y postración del cuerpo social, nos dispone a transigir hasta en el trato privado con la inmoralidad, el vicio y la prostitución» (p. 96).

Sus conceptos biologicistas y la esquemática aplicación de las leyes de las ciencias naturales en el entramado social, producto seguramente de la lectura mal asimilada de las teorías de Darwin, lo llevan además a considerar que la mujer es inferior al hombre e incapaz de razonar. En particular traza una descripción aberrante de las mulatas, que «se multiplican como poluciones de microbios en una maceración podrida» (p. 172), heredan las deformaciones físicas y morales de la raza africana, poseen «cerebros rudimentarios» y gustan de las chucherías, el baile, el cigarro y la mecedora. En consonancia con el pensamiento de Varona, nos dice también: «El pueblo cubano, apesar (sic) de su gloriosa Revolución política y social; apesar (sic) de la energía, honradez e ilustración de sus principales jefes; es hoy como ayer y como siempre: la cloaca máxima de España donde vienen a desembarcar como arribazón y criadero de peces toxíferos, toda clase de gentes disolutas. Es como ayer, también, un depósito de Nigricia que nos deshonra, reproduciendo las mismas costumbres salvajes de esos países, en esta factoría ruinosa que flota en los confines del Atlántico…» (pp. 91-92). Incluso en su elogio a la gesta emancipadora iniciada en La Demajagua manifiesta el siguiente determinismo racial: «Seguiré creyendo siempre que la Revolución no fue la obra del pueblo cubano, sino de una clase limitada de ese mismo pueblo: la más sana en sus costumbres, menos enervada por los vicios, más viril y sin mezclas por el contacto con otras razas» (p. 73). Resulta asombroso que Benjamín de Céspedes intente negar el esfuerzo mancomunado de blancos, negros y mestizos en la lucha independentista que estalló en 1868. Y aunque su patriotismo adolecía de apreciaciones erróneas como esta, no deja lugar a dudas su permanente rechazo al colonialismo español, que expuso en numerosas ocasiones, así como su repudio a los burócratas que en Cuba integraban el sistema administrativo y judicial.

En otros capítulos de la obra abordó la prostitución «de la raza de color», la de menores, la china y la prostitución masculina. En los lectores de la época esta última en particular, y la detallada descripción que hizo de los homosexuales habaneros, de seguro fueron causa de escándalo. A estos los calificó de «nefanda clase de negros, mulatos y blancos pederastas que van arrastrando las chancletas con vaivenes y contoneos de hembras, mostrando las posaderas erguidas al través del ceñido traje, con el pañuelo ñáñigo en una mano y con la otra agitando el abanico con volubilidades de mujer coqueta» (p. 133). Y más adelante, después de situar sus puntos de reunión en el Prado, la Fuente de la India y la calle Zulueta, dijo de ellos que «llevan flequillos en la frente, carmín en el rostro y polvos de arroz en el semblante» (p. 191), y que igualmente padecían de enfermedades venéreas.

De un modo insistente, el autor señaló el origen español o canario de las meretrices de La Habana. Según sus conclusiones, «la inmigración de familias canarias promovida por el general Casas en 1792 contribuyó a aumentar la cifra de mujeres prostitutas de la clase blanca» (p. 69). Como ejemplos menciona a «una joven peninsular» (p. 119) y de una canaria (p. 121) que fueron seducidas por sus respectivos novios y tras ser abandonadas a su suerte en Cuba se entregaron al negocio del sexo pagado. También relata el caso de una «matrona isleña de aspecto hombruno» que hizo «pingües negocios en tiempos de la guerra, trayendo jóvenes isleñas, y destinándolas a la prostitución» (pp. 147-148). Páginas más adelante aborda la constante «trata de mujeres blancas peninsulares», así como la miserable vida a que se ven sometidas en los prostíbulos (p. 153). Las estadísticas que Benjamín de Céspedes aportaba en su libro venían a representar también un baldón para la comunidad española en Cuba. Citaremos solo un caso: de las 243 prostitutas blancas que ingresaron en 1887 en el Hospital de Higiene de La Habana, 49 eran peninsulares procedentes de Barcelona, Málaga, Madrid y otras regiones, 48 de Islas Canarias, 84 eran cubanas, 22 mexicanas y el resto de otras nacionalidades (p. 267).

Pero un impacto más negativo aún debió de causar entre los naturales de España establecidos en suelo cubano el relato que ofrece Benjamín de Céspedes de un joven de quince años, empleado de una tienda de ropas, que llegó a La Habana cinco años atrás procedente de «A…» —¿Asturias?— y acude a la consulta de un médico por presentar fuertes dolores en el recto. Este lo reconoce y le detecta un chancro sifilítico en el ano. En el interrogatorio que le hace a continuación el paciente le confiesa que comparte el dormitorio con otros jóvenes en la tienda donde trabajan y que casi todas las noches mantienen relaciones homosexuales sin que el dueño se dé por enterado de lo que allí ocurre (pp. 192-195). Debemos recordar que la gran mayoría de lo empleados del comercio eran de origen español. Las consecuencias de ese relato, que el autor da como verídico, las expondremos más adelante. Solo añadiremos ahora que La prostitución… le concede además algunos espacios al lesbianismo, al proxenetismo, a la descripción de enfermedades venéreas como la blenorragia y la sífilis y a reseñar el deficiente funcionamiento de algunas instituciones como la Sección de Higiene, subordinada al Gobernador Civil, en la cual no escaseaban los manejos turbios, el enriquecimiento personal, el nepotismo y las prebendas.

» Impacto causado por La prostitución en la ciudad de La Habana

La publicación de esta obra que abordaba directamente vicios sociales conocidos, pero apenas divulgados en Cuba a través de la letra impresa, movilizó a un número considerable de lectores, algunos atraídos por la curiosidad, otros por la morbosidad y no pocos interesados en conocer los resultados de la investigación llevada a cabo en el terreno por un médico higienista y escritor que ya había alcanzado renombre en los círculos culturales y científicos habaneros. Algunas publicaciones como El Hogar y La Habana Elegante, dirigidas en gran medida al componente femenino de la sociedad, prefirieron omitir toda alusión a este libro cuyo título, ya de por sí, resultaba escabroso y bien podría lastimar la sensibilidad de las damas y de algunos caballeros. En cambio la revista El Fígaro, más liberal, reprodujo en su número del 11 de noviembre una carta personal enviada por el escritor, periodista y temible crítico literario Emilio Bobadilla (Fray Candil), a la cual pertenecen estos fragmentos:

Madrid, 8 de Octubre de 1888

Sr. D. Benjamín de Céspedes

Querido amigo: he recibido (…) tu libro La prostitución en La Habana (sic), que he leído con deleite. No es la obra de un adocenado; antes bien, revela un talento superior que discurre por cuenta propia, y un saber variado y sólido. Aparte de su mérito como obra médico-social, de incontrastable trascendencia en nuestras costumbres, tu libro, como producción literaria, es más digno de encomio. Está escrito en un estilo fácil, colorista (en el buen sentido, en el sentido naturalista a lo Zola), nervioso y sanguíneo.

A continuación alaba que siga el rumbo «científico y literario de la moderna escuela francesa» y que esté hecho a partir «de observaciones propias, recogidas en la calle—, y pone fin a la carta con una rotunda felicitación al autor.

Las denuncias contenidas en esta obra parece que también tuvieron su repercusión en el ámbito de las ordenanzas civiles de la Gobernación Provincial. Veamos esta información dada a conocer en La Lucha el 20 de agosto, unos días después de que comenzaran a venderse sus ejemplares:

El libro La prostitución en la ciudad de La Habana, de que es autor el inteligente doctor don Benjamín de Céspedes, ha comenzado a producir sus efectos.

El señor Conde de Ibáñez, alcalde municipal, dio orden el viernes para que se cumpliesen al pie de la letra las disposiciones relativas a las casas de mujeres alegres, evitando que se exhiban las que viven en grandes casas y las que habitan accesorias permanezcan también separadas de la vista del público.

Con ese motivo, el sábado, el señor Tellería, gobernador civil interino, vio invadido el Gobierno por numerosas mujeres horizontales que acudieron a él en son de protesta, amenazando con declararse en huelga, esto es, con entregar sus cartillas si se dejaba subsistente la orden del alcalde.

La moral está por encima de todo, y ya es hora de que La Habana sea de veras una ciudad culta y civilizada.

Por aquellos días el Gobernador Civil de La Habana decidió también enviar desterrados a Isla de Pinos, por el término de un año, a los pederastas pasivos, tan repudiados por Benjamín de Céspedes en su obra. El traslado se llevó a cabo de forma esporádica y muy discreta; aunque en algunos momentos la prensa lo reflejó. Veamos como ejemplo esta noticia que dio a conocer dos años después, el 19 de junio de 1890, el periódico La Lucha en su sección «Sucesos»: «En conformidad con lo propuesto por la Junta de Represión de la Vagancia en esta provincia se ha dispuesto por el Gobernador General, el domicilio forzoso en Isla de Pinos por un año de los individuos siguientes…» y en la relación, de alrededor de dos decenas de sujetos blancos, pardos o morenos, aparecían los nombres de Juan A. Hernández, alias Galletica; Juan Suárez Montes de Oca, alias Cara de Guayo, Ramón Masip Moreno, alias Youne, y otros más.

A nuestro entender, no podemos dejar de asociar igualmente la salida de La prostitución en la ciudad de La Habana y el inicio de la publicación, al mes siguiente, del semanario La Cebolla, que tenía como director y redactor único al libelista de origen santanderino Victorino Reineri y era supuestamente sufragado por «matronas habaneras» para defender los intereses de las prostitutas oficializadas, que contaban con la cartilla de Sanidad y pagaban impuestos, a diferencia de las meretrices ilegales. Los escritos incendiarios y mordaces de La Cebolla, dirigidos a zaherir y a denigrar con un tono burlón a las autoridades coloniales, contaban con la firma de prostitutas apócrifas y sobrenombres estrafalarios como La Conga, Serapia Machete, Patrocinio la Madrileña y Perfecta la Jorobada, tras las cuales se ocultaba en realidad Reineri. Este acumuló a lo largo de su estancia en Cuba, de alrededor de diez años, decenas de causas judiciales por difamación, insultos y calumnias, y permaneció durante sucesivos períodos en la cárcel, donde continuaba redactando sus biliosas páginas. No creemos desacertado vincular el éxito alcanzado por el libro del doctor De Céspedes, quien puso en primer plano a nivel nacional a las prostitutas, y La Cebolla.6

Por otro lado, las manifestaciones de repudio a la obra del higienista y escritor no demoraron en aparecer y al margen de aquellas que seguramente corrieron de boca en boca podemos afirmar que entre las primeras en ver la letra impresa estuvieron tres artículos dados a conocer en el semanario El Progreso Comercial, órgano oficial de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana. El primero de ellos apareció en el número del 2 de septiembre de 1888 y, como era de suponer, estuvo dirigido a refutar la supuesta historia del joven empleado de una tienda que practicaba la sodomía con sus compañeros. Bajo la escueta inicial de L, el autor negó que en las casas comerciales de la ciudad se consintiesen relajamientos morales escandalosos como el que se pretendió denunciar, declaró que esos empleados ni llevaban una vida de encierro nocturno ni vivían en tal promiscuidad y que, por estar suscritos casi todos a una casa de salud, no tenían necesidad de acudir a un médico particular para ser atendidos. El segundo artículo salió a la luz en el número del siguiente día 9 y en esta ocasión se acusó al doctor De Céspedes de tener como objetivo «sacar dinero» y de infundadas sus acusaciones al Gobierno de no combatir realmente la prostitución. En el tercer texto se optó por la variante de criticar al autor por no brindar soluciones a los vicios que denunciaba.

Estos escritos fueron reunidos en el Folleto en refutación al libro que bajo el título La prostitución en la ciudad de La Habana dio estampa el Dr. D. Benjamín de Céspedes (1889), donde nosotros pudimos consultarlos, y la publicación de este opúsculo obedeció a un acuerdo unánime de la directiva de la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana con el fin de condenar «las tan premeditadas como injustificadas imputaciones a la honrada clase de dependientes del comercio» y repudiar ese ensañamiento «contra los que, ansiosos de trabajo y laboriosidad, emigramos de nuestra Madre Patria a fomentar con las artes y la industria este país, sellado por doquiera con el sudor de nuestra frente» (pp. 3-4). A continuación se añade en el prólogo que la «obra del Dr. Céspedes, que por su carácter pornográfico ha tenido una popularidad incalificable, presta argumento al presente folleto, pero concretamente, por decirlo así, en cuanto dicho libro viene a denigrar de gratuita y apasionada manera a la clase numerosa, trabajadora, proba y sufrida de nuestros dependientes». En particular manifiesta indignación por «un diálogo a todas luces apócrifo, mantenido por un médico anónimo y un su cliente (sic), mancebo de una casa de comercio, pederasta pasivo que fue a consultarle respecto a una enfermedad secreta que su nefando vicio hubo de acarrearle: el diálogo es burdamente inverosímil» (p. 7). Considera igualmente inaceptable la insinuación del autor de que los actuales dueños de los comercios fuesen los jóvenes sodomitas de ayer.

Más adelante repudia que se considere como causas de los males sociales en Cuba a las «corruptoras costumbres» de la gente «curra y africana» e inmediatamente asegura que es imposible «establecer parangón entre los andaluces y los negros» (p. 33), y para intentar demostrarlo se echa mano a las glorias y a las personalidades de Andalucía. El folleto termina con una carta del secretario de la Asociación a varios reputados doctores que ejercían su profesión en La Habana con el fin de preguntarles cuántos casos habían tratado de dependientes del Comercio aquejados de enfermedades venéreas como consecuencia de mantener relaciones homosexuales, así como con la subsiguiente respuesta individual de los facultativos, quienes coincidieron en anotar poquísimos casos de estos pacientes, sin poder precisar si pertenecían o no al colectivo de aquel gremio. Entre los doctores consultados se hallaban personalidades como Domingo Fernández Cubas, profesor universitario y digno defensor de los estudiantes de Medicina procesados en noviembre de 1871, el cirujano Francisco Cabrera y Saavedra, pionero de la cirugía abdominal en Cuba, ambos nacidos en Islas Canarias, Manuel V. Bango y León, pocos años después fundador-director de la Casa de Salud Covadonga, del Centro Asturiano de La Habana, y Serafín Sabucedo. El resultado de esta consulta distó mucho de ser favorable a las insinuaciones del Dr. De Céspedes.

Los ataques dirigidos contra él desde El Progreso Comercial coincidieron con otros que le lanzaron el cronista de El Español, Francisco Hermida, y el periodista Benjamín Estrada, desde El Repórter. Ante aquella ofensiva en su contra intentó ripostar desde las páginas de La Habana Elegante; pero por medio de un artículo en el cual no mencionaba el título de su obra ni los temas que en ella trató y, por el contrario, en el cual salió a defender los derechos no reconocidos de la mujer cubana. Veamos los siguientes fragmentos de ese texto suyo, «La razón de la fuerza», incluido en el número del 23 de septiembre de 1888, en el cual su pensamiento parece hacer un giro inesperado y superar la misoginia que hasta muy poco antes lo dominaba, para asumir el papel de aguerrido feminista:

He pedido, recientemente, en un libro triste, piedad para la mujer proletaria cubana.

legué a familiarizarme con este sentimiento a medida que ahondaba más y más en la escotadura sombría, donde se precipite la escoria desprendida del cernidero social, rebotando de picacho en anfructuosidad (sic) y allí donde llega también la mujer debilitada física y moralmente por los brutales asedios de las necesidades materiales de la vida. He salido de la mina con el estremecimiento todavía del que mora por algún tiempo respirando una atmósfera pesada, húmeda y glacial.

No esperé mover a la piedad a mis compatriotas, con inútiles lamentos, pero sí tocar a rebato en un campamento de enervados y dormidos, donde aparecen las infelices vencidas, nuestras dulces compañeras maniatadas tras el carro, todo hoces, de los modernos Alaricos de la riqueza y el bienestar, esos fuertes que se parapetan tras las tiendas, las fábricas y los establecimientos, usurpando los trabajos y oficios propios de la mujer.

La mujer cubana, miserablemente calumniada de indolencia y de incapacidad, permanece a pesar de la gravedad del problema que la anula para los fines sociales, pasiva, resignada, haciendo el desairado papel de víctima pascual en un escenario de imbéciles victimarios. Estos seguirán, en fuerza de las costumbres —que en Cuba son crónicas como la lepra— probando medias, ajustando zapatos, midiendo telas, aplanchando, sirviendo y lavando… Ellas continuarán inventando fiestas, bailes, asociaciones para vestir santos, atender conventos, iglesias, escuelas dominicales, etc., serán honradas madres de familia, mujeres virtuosas y amantísimas, pero no esperemos, en medio de la calma bochornosa de estos tiempos de justo medio y de moderación, la iniciativa audaz y fecunda de la mujer ilustrada que se sobrepone a los incalificables abusos de una tremenda injusticia social para reivindicar los derechos del sexo; no esperemos tampoco el fomento de asociaciones protectoras de los oficios femeniles; la mujer condenada a perpetua inferioridad, persistirá siendo la esclava de sus necesidades, sin iniciativa, mutilada en sus aptitudes.

Los enemigos de la obra del Dr. De Céspedes no cesaron en su campaña de invalidación y unos meses después salió impreso el folleto Blancos y negros, refutación al libro «La prostitución», de Céspedes (1889), escrito por Rodolfo de Lagardere, un personaje estrafalario que según la prestigiosa historiadora María del Carmen Barcia era nieto del famoso traficante negrero Pedro Blanco Fernández de Traba y había nacido en España. Poco antes, a instancias de las autoridades españolas, deseosas de olvidar el pasado y congraciarse con el componente negro de la sociedad cubana tras la abolición de la esclavitud en 1886, este individuo había sido uno de los fundadores en La Habana del Casino Español para «españoles de color».

Si en el folleto anterior el propósito fundamental había sido salir en defensa de los naturales de España radicados en Cuba y, en concreto, de los dependientes del Comercio, Lagardere, por su parte, salió a romper lanzas a favor de los negros, de la Madre Patria, de la Iglesia Católica, de la familia y del hogar. Comenzó por decir que «grande injusticia comete el Dr. Céspedes, al sellar, con sello de infamia, la frente de los negros, también hombres, al llamarlos “idiotas africanos”» (p. 1), y seguidamente aborreció el racionalismo de este y su propuesta de eliminar la enseñanza religiosa. Más adelante se aleja del que parecía su objetivo fundamental y cae en largas disquisiciones acerca de la historia y las razas, al tiempo que manifiesta su repudio tanto al sistema esclavista como a la insurrección cubana iniciada en 1868. De modo colateral, considera inadmisible la propuesta de José Antonio Saco de «blanquear» la isla de Cuba, fustiga al Partido Liberal (Autonomista), se declara católico a «macha martillo» y critica a Antonio Zambrana por su discurso en la Sociedad Antropológica en diciembre del año anterior, en el cual declaró que los mulatos constituyen un «grupo humano incapacitado de modo irremediable para las actividades nobles y luminosas y para los varoniles empeños» (pp. 5-6).

Mas sin lugar a dudas el más enconado y furibundo contrincante que halló el Dr. De Céspedes fue el catalán Pedro Giralt Alemany,7 autor de la obra de más de doscientas páginas El amor y la prostitución, réplica a un libro del Dr. Céspedes (1889). El principal propósito de su empeño lo expuso claramente en el prólogo: llevar adelante «una enérgica defensa de las clases inmigrantes de América, rudamente atacadas…» (p. V). Esa defensa, como es de suponer, abarcó a la Madre Patria, a su historia y a su legado en este lado del Atlántico. Tras acusar a Benjamín de Céspedes de americanismo, de pertenecer a la escuela naturalista y de escribir novelas con el propósito de hacerlas pasar como historia social, lo tachó de librepensador y de autor pornográfico. Como contraposición a las definiciones de prostitutas ofrecidas por este, dice que en realidad solo hay mujeres buenas y malas (p. 11) y niega que exista en la ciudad de La Habana una proliferación de meretrices y de prostíbulos. Otro aspecto del libro de Benjamín de Céspedes que Giralt rechaza es su propuesta de que las sociedades españolas de beneficencia se hagan cargo de socorrer a las prostitutas de esa nacionalidad que se encuentran enfermas y reembarcarlas a su lugar de origen.

Reacio a admitir cualquier crítica a la Metrópoli, Giralt llama a La prostitución… «chubasco de protestas ridículas, acriminaciones tontas, vanidades líricas y ofensas calumniosas que el doctor Céspedes acumula contra España y contra los que de allí venimos importados» (p. 31). Ya en posesión de una hispanofilia desbordada, exclama: «El viaje de Colón y la conquista de América, la tarea que España se impuso de asimilarse todo un Continente y comunicarle su vida, su sangre, su idioma, su religión, y su cultura y sus achaques; dígase lo que se quiera, es la epopeya más heroica que se registra en la historia» (p. 33). Y seguidamente pasa a alabar las hazañas de Hernán Cortés, Francisco de Pizarro y de otros conquistadores.

En correspondencia con ese españolismo exaltado, condena el intento emancipador de los cubanos durante la Guerra de los Diez Años y de un modo irónico y burlón relata las acciones de los mambises: «Si muchos de ellos robaron tiendas, incendiaron fincas, saquearon poblaciones y machetearon sin piedad a españoles indefensos no es por maldad, sino cumpliendo el santo deber del esterminio (sic) decretado por el Dios de los justos. Esperemos que el Tácito moderno M. Sanguily, nos cuente por detalles las heroicas intrigas de los subalternos de Carlos M. de Céspedes para hundir a su ilustre jefe destituyéndole del mando y dejándole morir solo y abandonado en un rincón de la manigua; nos relate la arriesgada odisea del Ulises cubano, general Quesada, peregrinando en países lejanos y exponiéndose a morir víctima de… una indigestión entre almuerzos y banquetes patrióticos; nos explique los magníficos y épicos resultados de “las frecuentes traiciones que tenían lugar en el campo insurrecto”, que ocasionaron entre otras gracias el asesinato del “respetable y honradísimo Miguel Gerónimo Gutiérrez”» (p. 42).

De forma colateral, fustiga también a Antonio Govín, Rafael Fernández de Castro, Raimundo Cabrera y a otros líderes autonomistas y de modo enfático enaltece el poder de Dios, el matrimonio y la familia. Resulta entonces evidente que, más allá del tema concreto que debía debatirse —la prostitución en La Habana— se dirimían otros asuntos de mayor calado, si cabe, como la actitud ante la religión católica y el destino político de Cuba: seguir bajo la Corona de España o ir en busca de la emancipación, ya fuere por la vía moderada del autonomismo o la radical del independentismo.

El impacto causado por aquel estudio higiénico-sanitario continuó teniendo réplicas en la prensa habanera de aquellos días. En la salida de El Fígaro del 19 de mayo de 1889 el periodista e historiador Juan Ignacio de Armas y Céspedes, bajo el seudónimo de Horacio, declaró acerca de su autor: «…no tan joven como la mayoría de los actuales cultivadores de la literatura amena en La Habana, es Doctor en medicina, en cuya profesión ha dado muestras de poseer grandes conocimientos. Ha escrito un libro, La prostitución en la ciudad de La Habana, que desde luego adolece del defecto inherente a su tema, esto es, de presentar ciertos cuadros algo subidos de tono, algo incompatible con los oídos castos de una doncella o los severos principios de un moralista. Pero aceptado el género, ya estos llamados defectos no parecen como tales, y el lector, atraído por un estilo brillante y variado, va de hoja en hoja admirando la soltura, la gracia del escritor». Semanas más tarde, en el número del 14 de julio de esa misma publicación, el periodista Francisco Chacón, padre del renombrado hispanista José María Chacón y Calvo, quien aún no había nacido, por medio de la burla se encargó de salir en defensa de Benjamín de Céspedes ante los ataques que desde El Reporter le hacía su tocayo Benjamín Estrada, y aprovechó entonces la oportunidad para llamar burlonamente a Pedro Giralt, «Pericu Giralt».

» La última etapa de Benjamín de Céspedes en Cuba

En el año 1889 Benjamín de Céspedes siguió adelante con sus colaboraciones en La Habana Elegante y en El Fígaro. En la primera de estas revistas ya había estampado el año anterior un acertado reconocimiento al escritor Aniceto Valdivia (Conde Kostia), a quien, según sus palabras, había conocido en el Ateneo de Madrid y en aquellos momentos residía en la capital cubana. Sus entregas se hicieron a partir de entonces más frecuentes y entre ellas estuvo el cuento «José Dolores», en el cual recogió el sufrimiento de un padre, músico y negro, porque su adorada hija se ha enamorado de un joven blanco que solo desea disfrutar sexualmente de ella. A través de esa simple historia el autor denunció el racismo y el hedonismo del blanco, pero al mismo tiempo, paradójicamente, hizo mención a las «hereditarias inclinaciones abyectas» de la raza negra.

En El Fígaro comenzó a dar a conocer, por capítulos y en un orden aleatorio, a partir del número correspondiente al 24 de marzo de 1889, su «novela político-social» El gorrión y su cría, que según parece no llegó a terminar. Al hacer un ordenamiento de esos capítulos podemos acercarnos a su argumento: la historia de cuatro jóvenes de la apartada localidad asturiana de Soto del Barco, semianalfabetos, criados de un modo brutal en medio de la pobreza y de un ambiente rudimentario. En busca de fortuna escapan del hogar y se trasladan a Cuba, animados por el triunfo obtenido aquí por algunos de sus vecinos, y ya en La Habana cada uno de ellos intenta abrirse paso de un modo individual, sin reparar mucho en los escrúpulos morales y con el afán de acopiar con rapidez una pesada bolsa de dinero y retornar a Asturias. Con un espíritu de denuncia, el autor intercaló pasajes en los que se mostraba la explotación que sufrían esos jóvenes españoles a manos de los patrones, las enfermedades que contraían, como el vómito negro, y la sordidez del entorno donde se veían obligados a convivir.

En esta revista también le dedicó una elogiosa reseña al libro de Manuel de la Cruz Episodios de la Revolución Cubana por evocar «gloriosos hechos y heroicas hazañas de nuestra malograda Revolución». Su última colaboración en El Fígaro, y posiblemente en toda la prensa cubana, vio la luz en el número del 25 de mayo de 1890, llevó por título «Hojas al viento. Primeras poesía de Julián del Casal», y constituye un merecido comentario laudatorio del libro con que este autor amigo suyo dio inicio a su relevante producción poética. El escrito concluye con estas palabras: «El día que Casal deje de ser el creador más indolente que hemos conocido, será también aquel día una fecha memorable en la historia de la literatura patria».

Semanas atrás, una esquela mortuoria que insertó en sus páginas el Diario de la Marina del 16 de abril de 1890 dio a conocer que el día anterior había fallecido en esta ciudad el Dr. D. Miguel de Céspedes y Barrero. A continuación suscribían el doloroso suceso «hijos, hijos políticos, hermano político y sobrino»: «Dr. Miguel de Céspedes y Coffigny – José E. de Céspedes y Coffigny – Benjamín de Céspedes y Santa Cruz…». De esa relación deducimos que la madre de este último ya había fallecido y que solo contaba, como familiares cercanos, con dos hermanos por parte de padre, mayores que él, así como que no estaba casado.

De acuerdo con la evocación que hizo de él muchos años después Ramón A. Catalá, con motivo de su muerte, ya por aquel tiempo la personalidad de Benjamín de Céspedes había sufrido una transformación y se había convertido en un escéptico, ironista amargo y «maldiciente incisivo». «Lo atacó una especie de misantropía (…) y no se le veía sino de tarde en tarde escondido en el fondo de algún café en mutuas confidencias con el triste Casal o discutiendo con Santos Villa…» «Céspedes se había ya amilanado (…) y no es de extrañar que temiera las iras de Gobierno».8

A su inadaptación, en un sistema político-social que le resultaba hostil, de seguro se sumaría la animadversión hacia su persona por parte del aparato administrativo colonial, de los poderosos centros españoles, en particular la Asociación de Dependientes del Comercio de La Habana, y de las principales figuras de la siempre altiva clase médica, quienes le habían quitado la razón en la polémica acerca de los empleados de Comercio que padecían enfermedades venéreas como resultado de mantener relaciones homosexuales. El éxito editorial obtenido por La prostitución en la ciudad de La Habana iba quedando atrás y ahora en cambio debía recoger sus frutos más amargos.

En medio de esta circunstancia personal tan desfavorable, la desaparición física de su padre, posiblemente el único lazo familiar estrecho que tenía en Cuba, lo decidió a marchar al extranjero y dejar atrás una atmósfera que ya le resultaba irrespirable. Y de un modo muy discreto, sin que apareciera en la prensa alguna información al respecto, «una tarde húmeda del mes de junio de 1890 —según la memoria de Catalá— lo despedimos a bordo de un vapor español rumbo a la América Central. Se creía un fracasado.»

En Costa Rica, donde se estableció, Benjamín de Céspedes ejerció la Medicina, fue fundador y profesor del Colegio San Agustín y tomó parte activa en las campañas para combatir enfermedades infecciosas como la malaria, la fiebre amarilla y la fiebre tifoidea. Redactó informes dirigidos a las máximas autoridades del país acerca de la situación sanitaria y resultó ampliamente reconocido su libro Higiene de la infancia en Costa Rica (1900). En dos ocasiones se casó y tuvo en total seis hijos.

Regresó a La Habana, de visita, en 1906, y dice Catalá en su evocación: «Lo encontré triste todavía y además viejo. Hablamos poco.» Después volvió a San José de Costa Rica, donde falleció como consecuencia de una lesión hepática el 9 de abril de 1914. La revista El Fígaro y casi toda la prensa periódica habanera no se hicieron eco de su muerte. Solo Ramón A. Catalá le dedicó vehementes palabras de reconocimiento, como estas: «…ignoran todos hoy que Benjamín de Céspedes había sido uno de los jóvenes más brillantes, más cultos, más atrayentes de su tiempo. Ahora que ha muerto lejos de Cuba, olvidado de los cubanos, es justo recordarlo, evocando sus genialidades, sus ironías, su vida inquieta, su patriotismo exaltado, su devoción por la cultura.» En aquellos días la prostitución en la ciudad de La Habana, lejos de disminuir, se había incrementado.

Notas:

1. Céspedes Montealegre, Carlos de «Benjamín de Céspedes y Santa Cruz». En Acta Médica Costarricense Vol. 58 Nro. 3. San José de Costa Rica, julio-septiembre de 2016. On-line versión ISSN 0001-6012. Este resumen biográfico ofrece fechas y datos erróneos sobre la estancia del personaje en Cuba, entre ellos que fundó las revistas El Fígaro y La Habana Elegante y el año de su partida de la Isla. Por otra parte, asombrosamente, no menciona el libro La prostitución en la ciudad de La Habana. Nosotros confiamos en que al menos sean acertadas las fechas que ofrece de su nacimiento y muerte.

2. Santa Cruz y Mallen, Francisco Xavier de. Conde de San Juan de Jaruco y de Santa Cruz de Mopox Historia de familias cubanas. La Habana, Editorial Hércules, 1940. Tomo Primero, p. 366. Esta referencia se la debemos a la reconocida genealogista y bióloga María Teresa Cornide Hernández.

3. Archivo Nacional de Cuba Fondo Instrucción Pública. Legajo 443 Número 26103. Expediente promovido por Don Benjamín de Céspedes.

4. Diversas fuentes anotan la estrecha amistad que sostuvieron De Céspedes y Casal. Este lo llamó «un gran literato entre los médicos y un gran médico entre los literatos», al referirse a él como prologuista del libro de Wenceslao Gálvez y Delmonte El Base-Ball en Cuba (La Habana, 1889), que comentó en La Discusión el 28 de noviembre de 1889. Ese texto fue reproducido en Crónicas habaneras (1963) de Julián del Casal. Sin embargo, Emilio de Armas no menciona ni en una sola ocasión a Benjamín de Céspedes en su biografía Casal (1981).

5. G/astón/ M/ora/ «La Joven Cuba. Benjamín de Céspedes». En La Habana Elegante Año vi Nro. 41. La Habana, 7 de octubre de 1888, pp. 6-7.

6. El descubrimiento del semanario La Cebolla hace un par de décadas deslumbró a algunos investigadores, quienes llegaron a creer ingenuamente que en realidad esa publicación era redactada por prostitutas de La Habana, sin detenerse a considerar que casi todas ellas eran analfabetas. Ante las evidencias irrebatibles en contra esa creencia se disipó. Véase el artículo de María del Carmen Barcia «El caso Victorino Reineri» en La Siempreviva Nro. 2. La Habana, diciembre de 2007, pp. 3-9. Y si alguna duda quedara al respecto véase el artículo «Reineri», publicado en La Unión Constitucional Año I Nro. 9. La Habana, 3 de octubre de 1888, p. 2. En ese texto, dirigido a desenmascarar al «contrahecho física y moralmente» Victorino Reineri, se dice: «Desde la cárcel dirigía y redactaba varios periódicos, en los cuales acaso solo podía leerse lo que él no escribía y se le enviaba para que él lo prohijase, y allí dirigió y redactó uno titulado La Cebolla, órgano de la clase pornográfica.» El Archivo Nacional de Cuba conserva los expedientes de decenas de causas judiciales que se le siguieron.

7. Pedro Giralt Alemany (Villanueva y Geltrú, Cataluña, 1856-La Habana, 1924). Periodista, narrador, poeta, ensayista y propagandista científico. A los quince años llegó a Cuba. Dirigió el semanario L’Almogavar, destinado a la colonia catalana, y en 1894 ingresó en la redacción de El Comercio; pero cinco años después pasó al Diario de la Marina, donde tuvo a su cargo durante largo tiempo la sección instructiva «Preguntas y Respuestas». Al estallar la Guerra del 95 enarboló sus postulados integristas y publicó El sitio de Cascorro o El heroísmo de un soldado (1897), dirigido a exaltar la valentía de un militar español ante los mambises. Entre sus obras se encuentran además Bellezas del Quijote (1905), Destellos de arte y de crítica (1916) y La selva virgen; novela (1923). En 1888 colaboraba, al igual que De Céspedes, en La Habana Elegante.

8. Catalá, R. A. «Orla de luto. Benjamín de Céspedes» En Heraldo de Cuba Año II Nro. 122. La Habana, 2 de mayo de 1914, p.1. Santos Villa, quien muchas veces firmó como Santosvilla, era un joven y avispado periodista que alcanzó celebridad con el libro Los crímenes de la calle Inquisidor (1889), basado en el asesinato del matrimonio Sañudo. Murió en La Habana en 1894.