Trayectoria en Cuba de la intelectual y activista gallega María de Lluria

por Elena Adell Tejedor

Desde finales del pasado siglo, el estudio y la revalorización de los aportes al acervo femenino hispano de la gallega María Vinyals (1875-194?) han ido revelando cada vez más su condición de precursora y la necesidad de nuevas aproximaciones que rescaten, analicen y divulguen su amplia producción impresa e inédita. Un aspecto hasta no ha mucho pendiente de abordaje ha sido su estancia en Cuba, centro de atención de este artículo y primer resultado parcial de un proyecto investigativo en curso. De ahí la provisionalidad de sus planteos. Antes de entrar en materia, conviene recontar sucintamente su quehacer vital e intelectual previo a su llegada a Cuba apoyándonos en algunas fuentes a mano.2

» Un antes…
De ascendencia catalana, María Vinyals y Ferrés nació (agosto 14, 1875) en el castillo de Mos, en Sotomayor, Pontevedra, Galicia, donde fue acogida por su propietario, el Marqués de la Vega de Armijo, y su esposa, tía materna de ella, como la descendencia que no habían logrado tener. Recibió una esmerada educación y llegó a dominar los idiomas inglés, alemán y portugués, amén de los nativos gallego y español, y suponemos que además el catalán, se aficionó a la pintura3 y a los veinte años, el 25 de julio de 1896, se casó en dicho castillo con Juan Nepomuceno Jordán de Urríes y Ruiz de Arana (1851-1908), vi Marqués de Ayerbe, viudo zaragozano que le doblaba la edad y era padre de Juan Jordán de Urríes y Méndez de Vigo, nacido en 1876 y casi coetáneo de María, hombre culto dedicado a los estudios históricos y patrimoniales y a la política y con el cual tuvo un hijo en 1897 (Antonio Jordán de Urríes Vinyals). Con posterioridad ambos viajaron por varias cortes europeas en funciones diplomáticas. Algo más de una década después, en junio de 1908, María enviudó y apenas siete meses más tarde, en enero de 1909, contrajo segundas nupcias con el eminente urólogo y sociólogo cubano Enrique
Lluria Despau (1863-1925), viudo desde 1905 y padre de tres hijos. De modo discreto los dos mantenían una relación amorosa desde hacía algunos años. La nueva familia se completó pronto con el nacimiento del hijo de ambos, Roger Lluria Vinyals.

Para entonces, María con la firma de Marquesa de Ayerbe ya había publicado su primer libro, El Castillo del Marqués de Mos en Sotomayor. Apuntes históricos (1904), que tuvo amplia repercusión crítica, así como artículos bajo ese mismo nombre o con su seudónimo Joyzelle, con el cual firmó además la interesante novela semiautobiográfica Rebelión (1905), en la que abogaba a favor del divorcio en España. En el Museo de Pontevedra se conservan innumerables testimonios escritos sobre la relación entre Enrique y María previa al matrimonio, así como sobre otras destacadas personalidades intelectuales de la España de entonces muy vinculadas a ella, como el granadino José Fernández Jiménez (1832-1903), conocido como El Moro, y el valenciano Luis Morote (1864-1913), quienes fungieron como consejeros y, en el caso del segundo, además, como intermediario y confidente de ambos. Según confesaría ya en La Habana, al casarse con Enrique se inscribió en el consulado de Cuba en Madrid como cubana. Y a partir de entonces rubricaría gran parte de sus producciones como María de Lluria.

Casi simultáneamente con la muerte del Marqués de Ayerbe, falleció el de la Vega de Armijo y María fue declarada heredera de sus bienes, entre ellos el Castillo de Mos, donde se estableció el nuevo matrimonio con los cinco menores y en cuyas cercanías construyeron un moderno sanatorio. Junto al cubano, María reforzó su inclinación hacia las ideas socialistas y desarrolló una amplia actividad como conferencista, colaboradora asidua de periódicos y revistas, promotora e integrante de la directiva de instituciones de orientación social, progresista y a favor de la mujer, el niño, la educación y el emigrante, entre ellas el Recreo de Artesanos de Pontevedra, el Círculo de Artesanos de La Coruña, el Ateneo y la Casa del Pueblo de Madrid, el Centro Ibero-americano de Cultura Popular Femenina y Escuela para Madres de Familia, la Liga Española para la Instrucción Popular, la Unión de Mujeres Españolas y la Liga Sufragista de Mujeres Españolas, cuyas vicepresidencias ostentó, y la Agrupación Femenina Socialista de Madrid, a la cual perteneció entre julio de 1917 y junio de 1918. Su ingreso a esta última estuvo motivado por el deseo de «reconciliar a la señora con la obrera», mientras que su salida se produjo al «abandonar el partido su marido por falta de convic ción», pues, según ella, «aquello es una capillita muy cerrada, más fanática y más cerrada que cualquier agrupación aristocrática». En «Parece que fue ayer…», primer artículo en El Socialista (1917), explicaba su orientación al socialismo del siguiente modo: «Muchos se sorprenderán de que mi educación y el medio en que transcurrió mi infancia no hayan sido contrapeso a mi resolución, porque no conocen el verdadero espíritu en que fui educada, y atribuirán a influencias familiares una resolución hija única de mi albedrío; es natural, y era inevitable esta evolución, fiel trasunto de la que realizaron aquellos que depositaran en mi mente los primeros gérmenes de rebelión en pro de los oprimidos, en contra de los opresores». Por aquellos años la radicalidad de sus ideas hizo que fuera llamada la «Marquesa Roja».

El quehacer de los Lluria en el sanatorio les ganó la animadversión de los caciques de la zona y de las altas esferas de la política del país, pues allí se reunían importantes figuras del republicanismo y el liberalismo españoles de entonces. Comenzaron a ser acosados y finalmente debieron abandonar el proyecto y el lugar. Poco tiempo después embarcaron hacia Cuba junto con una de las hijas de Enrique (María Teresa) y el vástago de ambos (Roger), sin que haya podido determinarse aun dónde abordaron el buque Alfonso xii que los condujo a La Habana, a donde arribaron el 5 de marzo de 1920. De la labor periodística y de creación literaria de María previa al viaje a Cuba, hasta el momento se tiene constancia de cerca de medio centenar de colaboraciones (artículos y algunos cuentos), entre 1905 y 1919, en numerosas publicaciones españolas, entre ellas El Fígaro, donde apareció la mayor cantidad.

» …un entonces…
No era completamente desconocida María al desembarcar en La Habana, aunque los textos suyos publicados en Cuba habían visto la luz, hasta donde se ha podido avanzar en la investigación, firmados como Marquesa de Ayerbe o Joyzelle, personaje principal femenino de la pieza dramática homónima de Maurice Maeterlinck, cuyo estreno madrileño habían presenciado ella y Enrique desde asientos distantes. El 22 de julio de 1904 había aparecido, bajo el seudónimo y sin título, el primer artículo escrito por ella en su vida, insertado en una de las frecuentes correspondencias para El Mundo de su amigo Luis Morote, quien también se ocupó ampliamente de Rebelión desde el mismo diario habanero. Al intercalar esa producción de María en su correspondencia, Morote calificaba a la autora como «una mujer, única, excepcional, inteligente, libertada…». Después, ella autopresentaba su texto del siguiente modo: «Querido amigo: Joyzelle le prometió un artículo y se lo envío hoy; una lectura me ha sugerido las primeras cuartillas y en cuanto a las demás debe usted de conocerlas… He firmado Joyzelle, pues es el nombre que deseo dar al público, aunque debiera reservarlo pues revela el estado íntimo de mi corazón; pero el público no lo acertará. //El artículo va sin corregir… Ardo en deseo de verlo en letras de molde. // Su fiel amiga.» Y al concluir el texto de ella —en el cual, a partir de algo leído en un periódico inglés sobre la favorable situación de la clase obrera en Australia, se refería al problema social y al crítico estado de España, achacado a la que estimaba nefasta influencia de la religión— manifestaba Morote ( y excúsese la extensión de la cita):
Joyzelle es una mujer como hay pocas, casi me atrevería a decir como no hay ninguna en España. Teniendo que luchar contra todas las dificultades del medio que la rodea, contra todos los prejuicios, preocupaciones, farsas y convencionalismos de su mundo que le es desfavorable y hostil a sus ideas, combate y no se rinde, y unas veces de frente y otras de soslayo, pero siempre con energía constante y sobrehumana se subleva, es una admirable rebelde. La rebeldía de la razón, de la única cosa sana y santa que existe en la tierra… Joyzelle es una mujer hermosa, extraordinariamente hermosa, en plena juventud, y sin embargo lee, y sin embargo estudia, razona, medita, trabaja escribe, penetra en la verdad. No es como la inmensa muchedumbre de Panurgo que cree que la hembra se hizo para el placer, el lujo, la devoción y la existencia fútil y casquivana. No está amancebada con Dios, sino unida a un hombre por el amor. Y el amor la ha transformado y enaltecido, ha hecho al milagro de descubrir una alma bella e inteligente donde solo había un cuerpo bello.

Enrique Lluria Despau, 1907.

Enrique Lluria Despau, 1907.

Y por eso repito mi argumento, cien y cien veces expuesto hasta la saciedad, hasta el cansancio. ¡La revolución, la profunda revolución que se haría en España con solo libertar a las mujeres del siniestro, fatal encantamiento religioso! ¡Atreveos hombres liberales, hombres de razón y de vuestro tiempo, no os rindáis al enemigo fraile y al enemigo cura sin lucha y sin batalla, despertad conciencias, cread almas, si es preciso…! La mujer es redimible de su ignorancia y de su superstición, frutas de la herencia y del medio ambiente. Todo estriba en querer […]

Joyzelle con la dirección y apoyo de su «Lanceor» ha triunfado también y su caso hermoso, notable, elocuente, debe servir de ejemplo y espejo a todas las mujeres. La prueba la ofrezco en su nombre. Ha escrito, porque es y aún llegará a serlo más, una gran escritora, la novela de su vida, la historia, por mejor decir, de su vida, con el título simbólico y representativo de Rebelión… Si los innúmeros lectores de El Mundo quieren conocer los anales histórico novelescos de Joyzelle, hágame un signo, la más leve indicación mi director. No todos los días se aprecian y saborean las primicias de un alma d’élite, de la calidad de Georges Sand…

También en esa primera década del siglo habían visto la luz en Cuba algunas colaboraciones suyas en El Mundo Ilustrado; y en El Correo de Matanzas, Pedro Alejandro Boissier (1839-1906), tío de Enrique Lluria, había publicado en septiembre de 1905 dos trabajos en verso relacionados con María, el primero (día 13) motivado por un retrato de ella y el otro (día 15) en torno a su libro El Castillo de Mos, textos que después reprodujo en una impresión independiente, como hoja suelta. También al año siguiente y en el mismo periódico, en el segundo de sus artículos (enero 13) sobre la obra de su eminente sobrino Evolución super-orgánica, Boissier insertó una extensa carta de la Marquesa de Ayerbe, donde comentaba el libro y su origen y exponía las circunstancias en que había conocido al cubano, que según manifiesta fue en el Castillo de Mos. No dudamos que en la prensa cubana del lapso 1905-1920 puedan hallarse otros textos de María, bajo cualesquiera de sus firmas autorales, así como referencias a su destacada labor en España en varios frentes.

Al desembarcar en La Habana en la fecha ya indicada, se alojaron todos en el céntrico hotel Telégrafo, y de inmediato la prensa se hizo eco de la presencia del hijo pródigo que regresaba a su patria coronado por el éxito profesional y acompañado por otra ilustre personalidad. Entrevistas a ambos ocuparon la primera plana del Heraldo de Cuba, la de ella el día 12 de marzo bajo el título «La esposa del Dr. Lluria, fervorosa feminista». (En esta ocasión, acaso por primera vez, se reconoció públicamente autora de Rebelión). El país vivía ya los embates iniciales de la crisis económica que siguió a la caída de los precios del azúcar tras el fin de la primera Guerra Mundial y era gobernado con mano dura por el general Mario García-Menocal. Comenzaba la acertadamente denominada por Juan Marinello «década crítica», signada por un incremento de la dependencia económica, la injerencia extranjera, la crisis permanente, el fraude, el sistemático saqueo del tesoro público, la desatención de las más perentorias necesidades de la población y otros males inherentes al sistema establecido, todo ello bajo la mirada cómplice e interesada del codicioso vecino del norte. Frente a esto, también caracterizaría la década el sostenido incremento de la resistencia y la lucha de los sectores obreros, campesinos, estudiantiles, profesionales, femeninos y artístico-literarios, en no pocas ocasiones actuando mancomunadamente. Serían los años de la creación de organizaciones obreras unitarias y, ya con sentido clasista, de la lucha por la reforma universitaria, la emancipación de la mujer, los afanes renovadores en el arte, el accionar del Grupo Minorista, la lucha por la justicia social, el antiimperialismo militante y la rebeldía en todos los órdenes de la existencia ciudadana.

Una vez asentados en La Habana, el doctor Lluria abrió pronto su consulta, ofreció conferencias y republicó alguna de sus obras. Por su parte, ella visitó instituciones que agrupaban a mujeres, como el Club Femenino de Cuba y el Partido Nacional Sufragista, a las que ofreció su experimentada colaboración, y comenzó a publicar. En enero de 1921 ambos tomaron parte activa en la proyección pública del Grupo Clarté de La Habana, filial de los creados en Europa y países de América Latina para tratar lo que entonces se denominaba, sin mucha precisión conceptual, «el problema social».4 Según Max Henríquez Ureña, la «reunión preliminar» de la fundación había tenido lugar la noche del 19 de octubre de 1920 en la casa del ausente Juan Pedro Baró y bajo la hospitalidad de Laura G. de Zayas Bazán, conocida periodista que en ocasiones firmó con el seudónimo Baronesa Fleury de Chaboulon. Enrique fue electo presidente del grupo, mientras que los más adelante minoristas Luis A. Baralt y Zacharie y Luis Gómez Wangüemert fueron designados secretarios. En su crónica, Henríquez Ureña no menciona al resto de los asistentes, pero no dudamos que María se contase entre ellos. La primera actividad pública de la entidad debió esperar hasta la mañana del 16 de enero del año siguiente y tuvo lugar en la Academia de Ciencias de Cuba, repleta de un público expectante, en el cual la prensa distinguió a figuras del mundo intelectual habanero como Carlos Loveira, Arturo Montori y Eusebio Hernández. El acto consistió en unas palabras del presidente de la naciente entidad sobre el origen y los fines de los grupos «Clarté», que fueron seguidas de la conferencia del periodista de origen valenciano Bernardo Merino «Responsabilidad de los intelectuales en la revolución social» (publicada íntegramente en algún periódico y después en folleto), la recitación de un poema de Pedro Mata por la joven poetisa Graciela Garbalosa y una breve intervención de María para abogar porque las mujeres se interesasen «en la cuestión social, puesto que de ellas depende que los niños de hoy sean en el futuro hombres bien dispuestos para una sociedad nueva más fraternal y más justa», según recogió un diario. Tal fue el éxito del acto que la conferencia se repitió el jueves siguiente en el Centro de Torcedores, mientras que para la segunda actividad, programada tres días después, se creyó oportuno trasladar la sede para el más amplio Teatro Martí. En esta ocasión, la conferencia central, a cargo de Enrique, versó sobre «Mutualidad y Cooperación».

La repercusión en la prensa de ambas disertaciones fue amplia y calurosa, aunque no faltaron los escépticos y hasta los abiertamente contradictores, estos desde el periódico obrero Boletín del Torcedor. Las revistas Social y Cuba Contemporánea dieron cabida en sus páginas a informaciones al respecto, pero no mucho más pudo hacerse. Las circunstancias no parecían propicias aún para tales empeños. María se refirió tiempo después al fracaso del proyecto (al menos en su expresión pública), hasta hoy prácticamente desconocido (o mal conocido) por los investigadores cubanos de la etapa, aunque de seguro inscribible como un jalón más en el proceso de crear conciencia acerca de la necesidad de cambiar la sociedad. No abrigamos duda de que, al menos a la segunda actividad en el Martí, hayan asistido algunos de aquellos inquietos jóvenes que desarrollaban sus tertulias literarias en el cercano café homónimo y de donde saldrían apenas unos años después acontecimientos como la Protesta de los Trece (en la misma Academia de Ciencias) y la constitución del Grupo Minorista con su intenso laboreo renovador en todos los órdenes de la vida nacional.

Entre otras actividades de María en La Habana cabe señalar su afiliación al Club Femenino de Cuba, del cual fue expulsada por sus avanzadas ideas, y su participación en la fundación del Ateneo Hispano-Americano, sus numerosas conferencias para disímiles instituciones y públicos, sobre temas diversos tales como España, el idioma gallego, la emigración femenina, la musa popular gallega, entre otros. La más memorable de todas, que se recogió en folleto, fue la dictada el 12 de mayo de 1922 en el Centro Gallego en la velada conmemorativa por el primer aniversario del fallecimiento de la escritora Emilia Pardo Bazán, quien había sido su amiga y a quien comparó con la poetisa Rosalía de Castro, con valoraciones favorables a la primera. En revistas de índole más general como Bohemia y Social dio a conocer algunos cuentos o estampas de ambiente gallego. Pero el grueso de su producción entre nosotros se ubica en el diarismo.

Entrevista publicada en El Heraldo de Cuba, 12 de marzo de 1920.

Entrevista publicada en El Heraldo de Cuba, 12 de marzo de 1920.

Hasta el momento, las pesquisas incompletas realizadas en la cuantiosa prensa habanera de la década de 1920 por quienes conformamos el equipo que se propone compilar toda su obra escrita y publicada en Cuba (amén de los autores de este artículo, la especialista gallega María Ángela Comesaña), ofrecen como resultado parcial la nada despreciable cifra de más de 200 textos rubricados por María de Lluria, de ellos una significativa mayoría correspondiente al año 1921, el que hemos investigado más. Destacan los trabajos aparecidos en columnas o secciones fijas, a veces simultáneas en diferentes diarios, como las denominadas «Femeninas» en La Lucha (que abordaremos de modo especial más adelante); «Perfiles femeninos», a veces subtitulada «Hogares cubanos», en La Nación; «Patronos y obreros» y «Movimiento social» (la más nutrida de todas), ambas en Heraldo de Cuba. Junto a ellas encontramos colaboraciones suyas más esporádicas en revistas como España Nueva y El Eco de Galicia, o en periódicos como el Diario de la Marina, El Día, Cuba y El País. En el mencionado Heraldo de Cuba existieron en 1921 secciones como «La colonia española» o «Cinematografías», firmadas por María o por Marquesa, respectivamente, que suponemos se deban a su pluma, pero que requieren una lectura cuidadosa para aceptarlas o desecharlas como de su autoría. También enviaba correspondencias a El Liberal, de Madrid. En Cienfuegos, donde el matrimonio residió por varios meses a partir de marzo de 1925, vieron la luz cuatro trabajos suyos en el periódico La Correspondencia, dos de ellos inspirados en su esposo con motivo de su repentino fallecimiento el 6 de octubre de aquel año.

Como puede apreciarse a simple vista, se trata de una sostenida praxis periodística profesional, no de mera colaboración esporádica sobre temas o asuntos puntuales a partir de gustos o preferencias personales. O sea, no escribía para o desde un diario, sino en él: asistencia a la sala de redacción, consulta de cables y otros materiales de referencia, redacción in situ. Téngase en cuenta de modo especial la columna «Movimiento social». Posiblemente haya sido ella la primera mujer que escribió en Cuba de manera sistemática en un diario sobre temáticas obreras, aunque no centradas en la actualidad nacional, cuyos intríngulis le eran ajenos por su reciente establecimiento en el país y a los que, por su condición de extranjera, no se le habría prestado demasiada atención. Además, para estas cuestiones al interior del país disponía Heraldo de Cuba de la columna «Patronos y obreros», a cuyo redactor titular había sustituido en unas pocas ocasiones antes de iniciar la suya, de más amplias perspectivas informativas y analíticas, pues abordaba en ella problemáticas más generales, a través del seguimiento del acontecer social y obrero en los más disímiles puntos del planeta. Por lo general sus entregas eran pluritemáticas o multigeográficas y estaban desarrolladas a través de breves notas. Pero en ocasiones resultaban monotemáticas y entonces podía desplegar mejor sus habilidades para el comentario, el análisis y la argumentación, como se observa en sus textos titulados «Los intelectuales rusos», «Una profecía de Anatole France», «La cuestión social en el cine», por mencionar algunas de especial interés. Su quehacer la llevó incluso a la cárcel para entrevistar a algún líder obrero detenido.

» …las «Femeninas»…
Hemos preferido detenernos en las más de cincuenta apariciones de la sección «Femeninas», firmadas por María de Lluria en el diario habanero La Lucha a lo largo de 1921, las cuales, si resultan aún hoy una lectura interesante, más debieron serlo para sus lectores de entonces. La temática del conjunto es variada, tanto que podemos especular que debieron de sorprender y quizá hasta de enganchar, por su amplia diversidad. Aparte de los temas recurrentes y fundamentales -como los derechos de la mujer y del trabajador, la cuestión de la educación y el peso de la historia y nuestra relación con ella- María también escribía sobre moda, muebles antiguos, La Habana, las flores, el carnaval, el castillo de Soutomaior, la relación del individuo con las leyes y las autoridades, o sobre la razón por la que se recurría a drogas como el alcohol, el tabaco o la morfina. En varias ocasiones dedicó sus entregas a manifestaciones artísticas como la poesía, el cine o la novela, y más concretamente a la manera en que la ficción impacta la realidad del individuo contemporáneo. Su interés por la historia queda ilustrado en múltiples ejemplos en los que narra anécdotas tomadas de esta, como la compleja relación entre Federico de Prusia y Voltaire, o el caso de don Miguel de Mañara, quien posiblemente inspirara el personaje de Don Juan. Imaginamos a los lectores de La Lucha en 1921 intentando anticipar la temática de la nueva aparición de la columna de María, que siempre contaba con una prosa segura, fluida y dotada de una poderosa capacidad de persuasión. Además de la variedad temática que sus trabajos ofrecían, debió llamar la atención que estuvieran escritos por una feminista de origen aristocrático, recién llegada a Cuba tras vivir circunstancias muy complejas en la Península.

El interés de estos artículos de María de Lluria reside no solamente en cuestiones de contenido y en elementos de su ideología, sino también en el posicionamiento de la autora entre clases sociales y entre países. Vive durante un periodo clave en el desarrollo del pensamiento y del movimiento feministas, que levanta fuertes polémicas a ambos lados del Atlántico. Los más recientes acercamientos a su vida y obra en España permiten ya desarrollar una teoría bien fundamentada en torno a su persona o a sus múltiples personas como «autora», que varían a lo largo de su existencia en dependencia del carácter de la publicación en la que colabora. A medida que vayan apareciendo más evidencias de su obra, pensamos que será fascinante ir revelando sus posiblemente variadas estrategias de representación.
En consecuencia, nos limitamos aquí a comentar brevemente esa colección de artículos que, entre anuncios de Fosfatina Falieres, de remedios varios y hasta de llamados de donaciones de la Junta Patriótica Española para la guerra de Marruecos, se publicaron en el periódico La Lucha durante 1921. Como ya hemos señalado, la autora es liberal, siente reverencia por la historia y por el arte, reivindica que el derecho a la educación trasciende género y clase, insiste en la idea de que se vive en un momento de transición y demuestra un interés incisivo en las personas y en sus circunstancias, las históricas y las más inmediatas. En sus líneas se capta esperanza y optimismo en lo que al futuro de la humanidad respecta y a la vez se reflexiona sobre los procesos de avance y modernización. El sentimiento de fe en el ser humano aflora en ocasiones, como en la entrega dedicada a Tagore del 2 de mayo, donde se hace eco de la proclamación del poeta sobre cómo el amor es la «religión suprema que todo lo ensalza, que todo lo encubre, que todo lo explica…». Otro tema recurrente es el de la responsabilidad de los poderosos de gobernar atendiendo a las necesidades y a las condiciones de vida de los individuos en el variado espectro social. Escribe además sobre lo fundamental que es la comunión de esfuerzos y sobre cómo el mejoramiento de la situación de la humanidad depende de futuros pactos entre el burgués y el obrero.
Teniendo en cuenta su tono y contenido, podría argumentarse que la misma elección del título de la columna comporta ya un gesto intencional: hablar del derecho al voto, hacer llamados a las autoridades para que se cumpla la justicia, incentivar actitudes empresariales o demostrar amplio conocimiento literario y artístico han de ser características consideradas también propias del comportamiento femenino. Aurora Marco ha revelado que María antes de casarse por primera vez en 1896 -entonces se convertía en Marquesa de Ayerbe y en Grande de España- hizo lo mismo que muchas mujeres de la época: quemó sus creaciones por miedo a ser considerada no femenina, no adecuadamente mujer, ya que ser intelectual o escritora no era natural. Esta tensión entre las nuevas convicciones feministas y las ancestrales percepciones de lo que significaba ser mujer es la que han de negociar las intelectuales de la época. La denominación escogida por ella para su columna puede entenderse como alegato de que no solamente todo lo allí escrito viene de la pluma de una mujer, sino de que es asunto de su incumbencia y de la de sus lectoras (y de sus lectores, pues también los tenía). Son artículos que en su conjunto muestran un derroche de intelectualidad y de ideología feminista que emana de un contexto de incipiente liberación de la mujer, en el que afectos, mentes y cuerpos andan reubicándose.

María comenta que estos artículos se asemejan a los que ella solía escribir para El Fígaro, de Madrid, y efectivamente puede observarse una continuidad temática y estilística en algunos de los pertenecientes a la publicación madrileña revisados gracias a la generosidad de la investigadora María Ángela Comesaña. La colección de «Femeninas» en La Lucha consta de cerca de sesenta entregas distribuidas de manera más o menos uniforme entre los meses de enero y diciembre. Conviene apuntar que en 1921 La Lucha había perdido la popularidad que había disfrutado algunos años antes. En los dos volúmenes de su Crónica cubana (1955-1957) León Primelles lo ubica como el tercer diario capitalino entre 1915 y 1918, pero ya en 1921 había decaído considerablemente. Mantiene en todo momento secciones y suplementos de contenido literario; y resulta significativo que cuando María inicia sus contribuciones como redactora, su subdirector es Miguel de Carrión, conocido por sus novelas Las impuras y Las honradas, relacionadas ambas con temas sobre la mujer. Como se ha expresado antes, cuando María empieza esta colaboración frecuente ya había incursionado antes en algunos otros medios y asociaciones de la capital. Por tanto, su nombre no era completamente desconocido.

María de Lluria y Enrique, junto a otras personas, en el Ateneo de Madrid, 1919.

María de Lluria y Enrique, junto a otras personas, en el Ateneo de Madrid, 1919.

El análisis de estos artículos nos lleva a identificar, como se ha apuntado, una serie de temas recurrentes desarrollados en forma de breves ensayos o de crónicas, en dependencia de la ocasión. El tono didáctico es habitual. Se recrea en no ser directa, le gusta exhibirse y mostrar sus conocimientos. Juguetea con el lenguaje, demostrando cómo pretende dominarlo -entra, por ejemplo, en cuestiones etimológicas-, muestra sentido del humor, a veces cae en la nostalgia y son de destacar la contundencia y la fuerza con las que defiende sus puntos de vista. Entre los asuntos más tratados se destacan el feminismo, las reflexiones sobre la guerra europea, la ciudad de La Habana, disertaciones sobre arte, historia y modernidad y una profunda preocupación por los problemas sociales del momento ante la crisis económica y el colapso de los bancos: en este contexto, se rebela contra el criterio de «el pobre de solemnidad» y avisa de que, aunque en La Habana hay caridad y altruismo, también existe miseria, la cual debe prevenirse y evitar.

Marco y Comesaña detallan en su citado estudio la importante labor llevada a cabo por María en los ámbitos de la instrucción pública, la educación y el avance social de la mujer. De manera contundente y definitiva así la presentan en la introducción del libro: «Coherente en sus actitudes vitales e intelectuales con las ideas que defendió, socialista en las ideas y militante en algunos periodos, podemos definirla como una voz, una teoría y acción de feminismo precursor. Ya en el proyecto pedagógico que fundó, ya en la escritura o la actividad asociativa, mostró un compromiso pleno con los derechos femeninos, porque María Vinyals fue, sin duda, una feminista avant la lettre».5 Efectivamente, se rodeó de importantes intelectuales de la época con los que materializó innovadores proyectos educativos y con quienes logró romper brechas al, por ejemplo, pasar a ser socia del Ateneo de Madrid, siguiendo los pasos de Emilia Pardo Bazán. Objetivos fundamentales fueron para ella la educación y «dignificación» de la mujer.

Desde la primera «Femeninas», el 23 de enero, queda patente que la cuestión de la educación de la mujer es prioritaria. Allí María protesta de que el objetivo más habitual para el que se le prepara sea el matrimonio, critica esta realidad apelando a la lógica, a los números y al sentido común. Expone lo ridículo que resulta mantener como un ser aniñado a una mujer hecha y derecha, ya alejada de sus veinte primaveras. Dicha situación, no solamente ilógica sino insostenible, es motivo, según ella, de discusiones y de desavenencias familiares. Esa supuestamente nefasta edad de las solteras la presenta, sin embargo, como el momento ideal en el que «la plenitud de la belleza femenina coincide con la madurez de su desarrollo».

Hace un análisis psicológico del personaje y achaca su falta de soltura y espontaneidad a las expectativas sociales que la constriñen. En sus palabras: «Desde que nace, se prepara en oriente como en occidente, a la mujer para un solo objeto: para el ‘matrimonio’, y eso que fisiológicamente parece lógico, deja de serlo desde el momento que el matrimonio es potestativo en el varón, y que todas las estadísticas prueban que una cuarta parte de las mujeres, únicamente destinadas a la vida conyugal, quedan […] solteras. Y cuál es ante la sociedad la situación de la mujer soltera: Absurda». Llama la atención el tono de la autora, que aun manteniéndose didáctico, oscila entre lo analítico y lo conversacional; como cuando parece estar dirigiéndose a esa mujer soltera, a la que no solamente aconseja sino a la que hace ver sus propias actitudes y comportamientos reprobables: una fingida ingenuidad o una obvia desesperación por alcanzar marido «en la gran feria social». Pudiera parecer que nuestra autora no lograra imaginar un espacio para la mujer no casada que no fuera el de ser absorbida por la familia nuclear tradicional, ya que termina el artículo señalando: «Hay casa en la que la hermana soltera, del dueño o de la madre, es una verdadera potencia»; y continúa diciendo: «[…] fuera del amor maternal y conyugal existen otros afectos basados en el renunciamiento del YO, base y fuente de todos los amores […]». Sin embargo, debe señalarse que María demuestra en sus iniciativas empresariales y en su activismo social una clara convicción de lo importante que es incentivar tanto las aptitudes profesionales de la mujer como su capacidad de reivindicación de un salario y un bienestar justos. Fomentar esta actitud y comportamiento ha de impulsar a la mujer a una existencia posible y sostenible más allá del ámbito de las responsabilidades familiares. Cierra la columna diciendo: «Base de la educación es todo»; el matrimonio ha de ser considerado como «hipótesis» y no como «fundamento de derecho».

Que María favorece la incorporación de la mujer al mercado laboral queda ya claramente de manifiesto en el contenido de una entrega posterior titulada «Divagando» (junio 3), en la que expresa cómo el trabajo es lo que evita que la mujer sea «la eterna rémora». Lluria es práctica y, transmitiendo su mensaje en el contexto de una dinámica y supuesta conversación con un amigo, asevera que más le habría convenido a la mujer en el contexto de la sociedad capitalista haber luchado primero por el derecho al trabajo antes que por el derecho al voto. Con la posibilidad de ganarse la vida, la mujer ya no es rémora sino «clavija elemental del grupo familiar».

Al hablar del voto, del «derecho al sufragio», el amigo —interlocutor imaginario— comenta: «Ya salió aquello…»; a lo que la interlocutora le responde con una breve diatriba denunciadora del agravio hecho a la mujer al negársele los derechos de ciudadanía. De nuevo invita a una reconsideración de la percepción de lo tradicionalmente femenino al apuntar que las aptitudes de abnegación y sacrificio son cualidades que en realidad requieren «más temple y más fortaleza que los tan decantados derechos femeninos», los cuales acabarán irremediablemente siendo adquiridos. Además de la estrategia del diálogo, aparece también entre las «Femeninas» el género de la crónica, o una variante sucinta de la misma. Ocurre esto, por ejemplo, en «El caso de Pura» (diciembre 4), donde la autora pide clemencia para una mujer al parecer acusada de haber asesinado al esposo de su hermana, posiblemente culpable de un delito de violencia de género. Es recurrente el reclamo de igualdad de derechos y oportunidades en un contexto en el que roles sociales y de género delimitan las posibilidades vitales del individuo. María no invita a una transgresión radical de estos roles o a una completa redefinición de lo tradicionalmente considerado masculino o femenino, sino a una reconsideración de las clasificaciones que se hacen en términos de género. Es en «El caso de Pura» donde habla de un futuro en el cual espera que «se dulcifiquen las costumbres masculinas» y se «virilice un tanto, en una educación menos gazmoña, la mujer futura»; sin embargo, esa relativización solamente llega hasta cierto punto, ya que en su narrativa se da al mismo tiempo una insistencia en las «condiciones» diferentes explicativas de que entre hombres y mujeres «siempre existirán divergencias en el obrar y el pensar».

Siente reverencia por la labor de madre y se refiere a esta en términos de una maternidad «elevada a misión colectiva». Su objetivo es demostrar cómo aquello que tradicionalmente se ha propuesto como «obstáculo» para la incorporación de la mujer al ámbito de lo civil, es en realidad lo que la capacita de manera única y particular. En «La mujer en la vida pública» (mayo 15) explica que es muy posible que la mujer se comporte durante algún tiempo, en ese nuevo rol social, como conservadora; sin embargo, su aportación será fundamental porque su perspectiva será nueva. Invita a la mujer a elaborar, antes de «pedir su intervención en la lucha», un plan de gobierno basado en un velar por la «raza», luchando contra la enfermedad y atendiendo a la infancia, dándole albergue e higiene. Aquí argumenta que la importancia del voto femenino reside también en la posibilidad de la mujer obrera de defender su salario, insistiendo por tanto en la idea de que la vida de toda mujer ha de trascender los umbrales del hogar.

En la cuarta salida de «Femeninas», el 20 de febrero, se queja explícitamente de la aparición de «dos “amables” artículos surgidos de masculina pluma en que ponen a las pobres mujeres como no digan dueñas…». La batalla feminista del momento se daba en un contexto donde debía refutarse la idea de que la mujer era naturalmente menos inteligente que el hombre, pelea de la cual también era abanderada Carmen de Burgos. Escribe entonces: «Dice uno de los autores aludidos, un americano por cierto, que la mujer todo lo empieza y nada concluye, que cambia de opiniones como de sombrero, y que éstas obedecen a modas que a las mujeres halagan, y no a convicciones profundamente arraigadas en virtud de un juicio sereno y claro». A partir de aquí, y para responder, inicia una refutación en la que emplea estrategias muy características de su estilo: analiza el léxico empleado por el susodicho y lo deconstruye, llevando la batalla a las raíces mismas del lenguaje empleado; rebate el contenido del artículo con argumentos que van también al meollo de la cuestión: el grave problema de desigualdad entre hombres y mujeres, y el supuesto cientifismo -tan de la época- que pretende llevar el prejuicio al ámbito de lo irrefutable. Expresa al respecto: «En eso sí que no cambian los hombres. Siguen decretando la ineptitud femenina y pierden un tiempo precioso en medir y pesar su cerebro, cuando está probado que volumen y peso en este caso, nada significan». Con una prosa precisa y un tono certero por lo temperado, algo de lo que ella misma se felicita, escribe esta columna que avanza con una defensa de la intelectualidad femenina y que fluye de tal manera que pareciera que el temperamento de la autora tiene la posibilidad de convertir la ofensa en genialidad periodística.

Como queda demostrado, la María tiene una irremediable tendencia a lo didáctico: en «Femeninas» lo apreciamos tanto en el estilo -con frecuentes digresiones- como en el contenido y en las aseveraciones que hace sobre disciplina, moral y responsabilidad. Tema recurrente es la historia, no solamente porque la redactora se refiere a eventos y personajes de épocas y lugares diversos, con lo cual demuestra un vasto conocimiento, sino también porque sus reflexiones revelan a la memoria -al acto de recordar- como uno de los agentes que a menudo motiva los artículos que escribe. Las reflexiones sobre la historia se convierten con frecuencia en fragmentos didácticos que arrojan perspectivas de futuro, por lo general positivas, tras las lecciones aprendidas después de los horrores de la guerra mundial. La nostalgia también desempeña un papel importante en estas reflexiones históricas, que avisan de lo importante de no caer en el error de pensar que tiempos pasados fueron mejores.

En nuestro criterio, una de las «Femeninas» más representativa de estas cuestiones es la titulada «Al margen de los sucesos» (marzo 6). El comienzo es hermoso por su reflexión sobre el paso del tiempo y sobre la manera en que este devenir nos afecta. María inserta al individuo en el turbión de la vida moderna y reivindica la importancia de examinar las circunstancias históricas y sociales que nos rodean, a la vez que contrasta la frialdad del positivismo con la emotividad, a la que considera el germen de la inspiración. De hecho, parece lamentarse de cómo somos más positivos que románticos y propone entonces superar los condicionamientos de lo inmediato -la fiebre determinista de la época- llamando la atención sobre una fuerza o energía atemporal que dirige y orienta ¿avanza? los esfuerzos de la humanidad. La esperanza que pone en el ser humano, así como las preocupaciones que tanto ella como su esposo Enrique Lluria demostraron por el avance del bienestar social, quedan plasmadas en el lenguaje que utiliza en esta ocasión al hablar de la «grande e infinita familia humana» y de la importancia de llegar a una «comunión espiritual». Critica los horrores de la pasada contienda, mas idealista, al fin y al cabo, deposita su confianza en el ser humano a pesar de la tendencia que ha demostrado a la crueldad. La cuestión de la guerra vuelve a aparecer poco después en «Nuestros amigos los pájaros» (marzo 20), donde la presenta como responsable de una muerte no solamente física sino también espiritual. María apunta cómo esas esperanzadoras perspectivas de futuro para la humanidad están condicionadas, o al menos relacionadas, con la liberación de la mujer.

» …triste final en Cuba…
A escasos meses del establecimiento de la familia en Cienfuegos, el inesperado fallecimiento de Enrique Lluria a causa de una septicemia fulminante dejó a María y a María Teresa, la hija de aquel criada por ella, no solo en una situación desconsolada en lo afectivo, sino también en una total penuria económica, que amigos de la ciudad trataron de aliviar mediante una colecta para pagarles el viaje a La Habana. Allí vivieron en los límites de la indigencia, con María Teresa enferma de tuberculosis y en medio de fuertes tensiones con la familia política de María en España, que logró repatriar al hijo suyo con Lluria que los había acompañado a Cuba. La caridad pública acudió en apoyo de ambas, pero María Teresa no logró rebasar la enfermedad y falleció en agosto del año siguiente, 1926, en la vivienda donde residían entonces en el reparto Lawton. La prensa habanera de aquellos momentos guarda tristes testimonios de estos avatares que se dilucidaron a la luz pública.

Días después del deceso de la joven, María debió ser ingresada en el hospital Calixto García, pero logró sobreponerse a sus achaques físicos y psíquicos y volver a publicar algún artículo en la prensa. En carta a su amiga, la notable pedagoga española María de Maeztu, fechada en diciembre de 1926, le cuenta la difícil situación que ha venido atravesando desde la muerte de su esposo, le pide que se interese de manera indirecta por los estudios de su hijo Roger y le informa que será hospitalizada nuevamente para ser sometida a una operación. Es una carta verdaderamente desgarradora, escrita por una mujer que ha quedado en la más absoluta soledad, enferma, en la miseria, y desea recuperar el fruto del profundo amor que tuvo con el desaparecido Enrique, hijo que no solo ha dejado atrás a su madre, atraído por promesas de mejores condiciones de vida y oportunidades de hacer carrera en España, sino que ni siquiera responde sus misivas.

A mediados del año siguiente, por iniciativa de un periodista matancero que es respaldada favorablemente en la capital, se recaudó la suma necesaria para costear su viaje a México, pero en diciembre aún se hallaba en La Habana, en la miseria y acogida a la hospitalidad del sanatorio Hijas de Galicia, que sostenía la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Galicia. Finalmente María de Lluria pudo embarcar rumbo a España en el vapor Alfonso xiii el 22 de marzo de 1928 gracias a una colecta de 320 pesos en la que participaron destacadas figuras de la poderosa colonia española en La Habana como los gallegos Secundino Baños, Segundo Casteleiro, Francisco Pego Pita y Juan Varela Grande, los asturiano Aquilino Entrialgo y José Simón Corral y el periodista cubano José Ignacio Rivero, director del poderoso Diario de la Marina.

Según la información, iba a reunirse con su hijo, don Antonio Jordán de Urries, en Madrid, donde este se desempeñaba como representante de la General Motors Company, contaba con el respaldo de la revista Bohemia, a la que enviaría colaboraciones, y llevaba como compañía a Tony, un hermoso fox-terrier. La nave, procedente de Veracruz, haría escala en Nueva York y seguiría después viaje a La Coruña, Gijón y Bilbao.6 Se cerraba así definitivamente el capítulo de su estancia en Cuba, que si al comienzo pudo llenarla de satisfacción por los tantos triunfos obtenidos gracias a su talento y a su intenso trabajo, terminó convirtiéndose en un infierno donde quedaron para siempre los restos mortales de su querido Enrique y de la hijastra María Teresa, a quien cuidó y quiso como hija propia. Quien dejó la Isla en 1928 no era ya ni sombra de aquella fuerte mujer que había arribado a ella ocho años antes.

» …un después…
En España de nuevo, las necesidades apremiantes de la subsistencia, su fortaleza de espíritu y trabajo y sus invariables proyecciones en lo político y lo social, coad yuvaron a su paulatina reinserción en los medios de publicidad y a sobrellevar su extrema soledad y pobreza, pues ni su hijo Roger ni sus hijastros Enrique y Emilia, ambos en buena posición económica, parecen haberse interesado por su precaria existencia. Dedicó su talento y energía a publicar ocasionales traducciones, entre ellas la novela de Edgar Rice Burroughs Los piratas de Venus (1935), aparecida primero en entregas sucesivas de Blanco y Negro y después en forma de libro, en este último caso rubricada como María Vinyals y Farrés [sic]. Asimismo, colaboró en periódicos y revistas bajo la firma de María Lluria, dictó algunas conferencias en entidades obreras, se reintegró al Partido Socialista Español y se identificó plenamente con la República instaurada en 1931. A continuación fallecieron su hijastro Enrique Lluria Iruretagoyena, a los 35 años, y su hijo Roger Lluria Vinyals, a los 24, en 1932 y en 1933, respectivamente. Su última publicación conocida fue la serie titulada La Europa que yo vi… Memorias de doña María Vinyals, que en tiempos de la Monarquía fue marquesa de Ayerbe, Grande de España y embajadora en Cortes extranjeras (Datos recogidos, ordenados y comentados por Matilde Muñoz), de la cual aparecieron quince entregas durante cuatro meses de 1935 en la revista Crónica, pero que sin explicación alguna quedó inconclusa. Una noticia de julio de ese año, sobre el traslado de los restos de Enrique Lluria desde Cienfuegos a su Matanzas natal, ubicaba a María en México, a donde habría viajado invitada por Belén de Sárraga, destacada personalidad española que se había establecido en ese país. Después, su rastro se pierde por completo y solo se conoce, según ha escrito el estudioso de su vida y obra Alfonso Philippot Abeledo, el testimonio de una nieta de Enrique Lluria, según la cual «murió en París en la más absoluta miseria, durante la ocupación alemana, entre 1940 y 1944».

Concluimos esta apretada síntesis con palabras de Matilde Muñoz Barberi en la «Presentación de la marquesa» que precede al capítulo inicial de La Europa que yo vi… y que reproducimos del libro de Marco y Comesaña:
Vivió, con la Europa que comenta, en el aturdido torbellino de la opulencia, y decayó con ella en la angustia económica, en la derrota espiritual. Todo lo perdió generosamente, menos el ingenio y la memoria. Pudo ser amante, esposa, madre adorada, y la Muerte no quiso; pudieron hacerla célebre su cultura y su inteligencia, y los hombres le opusieron una barrera de prejuicios; pudiera haber conservado una enorme fortuna si la sombra de Vinyals el Magnífico, aquel que tapizó las calles de Tarrasa con paños y sedas de su fábrica para que las pisaran los caballos de la carroza de Fernando vii, no hubiera influido en su destino. Y todo esto porque su frente ha sido señalada por ese signo trágico con que los dioses marcan a aquellos a quienes aman demasiado.

» …un colofón abierto…
Síntesis apretada, la ofrecida en este artículo que, sin embargo, esperamos haya logrado mostrar la complejidad de las aproximaciones a esta relevante mujer. Dicha complejidad estriba tanto en los varios enigmas que restan por dilucidar cuanto en nuestra convicción de que un conocimiento más acertado sobre ella será posible solamente tras la búsqueda y compilación total de su amplia obra periodística y el ulterior análisis riguroso de sus estrategias de representación en las publicaciones de diversos países y de variada ideología en las que aparecieron sus contribuciones. Las pesquisas en torno suyo resultan fascinantes, pues cada artículo o relato recuperado ofrece novedosas pistas no solo acerca de su persona, sino también sobre el momento histórico-social del pasado siglo, a ambos lados del Atlántico, en que desenvolvió su intenso quehacer. Apuntemos, finalmente, cómo su trayectoria en Cuba tiene también mucho de misterio para los investigadores peninsulares que más la han trabajado. Ello nos acerca a unos y a otros y favorece una colaboración al parecer apenas comenzada. Aspiramos a que en fecha no lejana logremos, entre todos, disipar la bruma que oculta sus pasos y borra sus huellas, para así brindar nuevas luces sobre la apasionante historia vital e intelectual de esta enigmática personalidad del ámbito de nuestra lengua que por breves años se vinculó a la historia cultural y política de Cuba.

Notas:

1. Refundición (y ampliación en algunos aspectos) de sendas ponencias de los autores sobre María de Lluria presentadas en el Coloquio Internacional «Mujeres y medios masivos de comunicación en la historia y la cultura de la América Latina y el Caribe», celebrado en Casa de las Américas entre el 22 y el 24 de febrero de 2017. En aras de no cargar demasiado el texto y facilitar su lectura se han omitido las referencias bibliográficas.
2. Entre quienes han estudiado contemporáneamente la vida y la obra de esta intelectual gallega de las primeras décadas del pasado siglo, se cuentan Silvia Cernadas —«Unha muller para a Historia: María Vinyals, marquesa de Ayerbe» As mulleres na Historia da Galicia, (Santiago de Compostela, Ardavina, CD, ¿?)—; Alfonso Philippot Abelenda —El secreto de María Vinyals (Pontevedra, Litosprint, 2005)—; Ángeles Ezama —«De aristócrata a socialista: María Vinyals: escritora, periodista y oradora» (Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, xc, 2014)—; y, con una perspectiva de totalidad, de notable acuciosidad y rigor expositivo, Aurora Marco y María Ángela Comesaña —De María Vinyals a María Lluria. Escritora, feminista e activista social (Museo de Pontevedra, 2017). Específicamente en lo que concierne a su labor en Cuba debe citarse la ficha que Jorge Domingo Cuadriello insertó en su obra Los españoles en las letras cubanas durante el siglo xx (Sevilla, 2003), con edición cubana actualizada bajo el título Diccionario bio-bibliográfico de escritores españoles en Cuba. Siglo xx (2010). De casi todos nos nutrimos para nuestras síntesis en este artículo sobre el quehacer de María antes y después de su estancia en Cuba.
3. María Vinyals participó en 1890 y 1895 en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid.
4. Se agradece al investigador Jorge Domingo Cuadriello la cesión de la referencia precisa de este acontecimiento, sobre el cual realizó el autor de esta nota, hace casi dos décadas, una primera presentación pública en el Aula de Cultura Iberoamericana, atendida en el Centro Cultural de España en La Habana por la doctora Carmen Almodóvar.
5. La traducción del gallego al español es nuestra.
6. «Vuelve a España la distinguida Sra. M. de Lluria». En Diario de la Marina Año xcvi No. 83. La Habana, 22 de marzo de 1928, p. 28. Esta información ha sido aportada también por el investigador Jorge Domingo Cuadriello.