AÑO 2019 Año 15 Nro. 1-2, 2019

Ídolos e idolatría: más allá de la veneración a las imágenes religiosas

por Johan Moya Ramis

El tema de los ídolos y la idolatría dentro del cristianismo es extenso y complejo. Los principios doctrinales y dogmáticos que posee la Iglesia Católica respecto a la veneración de imágenes del culto mariano, las Santas y los Santos junto a las reliquias sagradas, la han hecho objeto de crítica por parte de grupos cristianos que en algunos casos han llegado a acusar de idólatras a la comunidad de creyentes católicos. Muchas de estas críticas y acusaciones tienen lugar por falta de profundidad en aspectos de teología bíblica o en la historia de la propia iglesia. Esta carencia de conocimientos ha dado lugar a corrientes fundamentalistas anticatólicas en el seno del cristianismo evangélico.

El conflicto de las imágenes tiene su origen en el insoslayable legado doctrinal del judaísmo a la iglesia de Jesucristo en la era apostólica (siglos I-II d.C.), pasando por los distintos trances iconoclastas a lo largo de la historia de la Iglesia, donde se destacan el Bizantino, que tuvo dos etapas cruciales: la primera de 730-787 d.C., y la segunda de 814-842; y por otra parte, los enfrentamientos entre la reforma protestante y la Iglesia católica, que alcanzó momentos violentos en Alemania y en los Países Bajos, sobre todo en estos últimos durante el año 1566 con el llamado «Asalto a las imágenes», cuyas connotaciones luego formarían parte del corolario de las penosas Guerras de Religión en Europa de 1562 a 1598. En este último año se firmó el fin de la contienda con el tratado de paz en Vervins.

Afortunadamente, desde principios de la pasada centuria hasta la actualidad no han cesado los esfuerzos ecuménicos por la unidad de los seguidores de Jesús de Nazaret dentro del cristianismo. Un ejemplo de organizaciones que trabajan para que esto sea una realidad es la comunidad de Taize, fundada en 1940, el movimiento de los focolares, creado en 1943, el Consejo Mundial de Iglesias, institución protestante creada en 1948, y la comunidad religioso-ecuménica de los Misioneros y Misioneras del Amor Sacramentado, creada en el 2004. También es importante citar el Concilio Vaticano II, evento que sentó las pautas para los enfoques ecuménicos dentro de la Iglesia católica, apostólica y romana hasta el presente.

Entre las premisas ecuménicas está el respeto a la forma y expresión de culto de cada denominación. Pero lamentablemente en el seno del cristianismo han surgido grupos que han tratado de opacar el noble trabajo y duro esfuerzo de estas instituciones fraternales. Estas denominaciones recalcitrantes, amparadas bajo el nombre de «cristianas» o «Iglesia de…», fomentan el odio, la xenofobia, el machismo, la violencia verbal y física, el autoritarismo y el rechazo pleno a todos aquellos que no piensan o comparten sus doctrinas y dogmas. Para ello toman la Biblia sin conocimiento de causa alguno e interpretan de manera arbitraria textos bíblicos a diestra y siniestra.

A consideración propia, según se les antoje, crean todo un corpus de doctrinas falsas que está muy lejos de cualquier indagación teológica honesta. Confunden el don universal de la fe, el momento único e intransferible de la conversión a la fe de Jesucristo o la manifestación providencial de la gracia divina, como algo exclusivo de ellos, sin tomar en cuenta la sabiduría y el conocimiento heredado de la fe universal en Jesús, que con sus luces y sus sombras ya tiene casi más de dos mil años en la figura de la Iglesia Católica.

El meollo de este conflicto se encuentra en la insuficiente interpretación de la Biblia, o para decirlo mejor: de ciertos pasajes de las Sagradas Escrituras, sobre todo aquellos del Antiguo Testamento que tratan el tema de la adoración a los dioses falsos, llamados ídolos. El problema de la interpretación viene acompañado de la cuestión de la traducción del hebreo al griego, y luego al latín del corpus del Antiguo Testamento. Tampoco se puede dejar de lado la etimología como elemento que aporta significativos aportes al tema en cuestión.

Considero oportuno comenzar por exponer en una apretada síntesis el problema que planteaba, para la concepción judía de Dios, que la adoración y el culto a Yahvé/Elohim/Shadday/Adonai, nombres frecuentes del único Dios de Israel en el Antiguo Testamento, se vieran entorpecidos o, peor aún, desplazados por las deidades de las naciones circundantes.

La idea de un Dios único en la historia del pueblo hebreo es un largo proceso lleno de matices geopolíticos, religiosos y socioculturales, los cuales se entremezclan y discurren en momentos trascendentales (algunos de ellos dramáticos) en la historia de los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob. Sobre este complejo proceso el prestigioso biblista John Brigth en su obra La historia de Israel esclarece que antes de llegar al Dios de Moisés, al gran Yahvé del éxodo y del pacto con el pueblo hebreo, hay toda una evolución teológica desde la era patriarcal. Un ejemplo de ello es la partícula lingüística El, de origen cananeo, de la cual se derivará el nombre Elohim, identificado con la fuerza divina creadora de Dios en el libro de Génesis. El era una deidad compartida entre las culturas de Ugarit, Canaán y un grupo nómada poco agraciado con quien los egipcios no las tenían muy buenas, llamados apirus o abiru, término que con el tiempo evolucionará a la palabra hebreo. Según dice Claude Wiéner, profesor del Instituto Católico de París, así llamaban los egipcios a grupos desarraigados, turbulentos y marginados respecto al resto de la población del área de Canaán. De modo que la palabra apiru podría también englobar a otros grupos humanos distintos de los israelitas.

Otro nombre muy antiguo, según los estudiosos de la Biblia, es Shadday o Sadday, que en sus orígenes primitivos se le relacionaba con la grandeza de una elevada montaña, que luego pasaría a designar toda la fuerza poderosa de Dios. Esta forma de representación divina es muy importante porque es la que de acuerdo con el texto bíblico se le va a presentar a Abraham, el primer patriarca del judaísmo, el cual era de origen mesopotámico. El Shadday será el Dios que le hará pasar por duras pruebas a Abraham y que luego hará un pacto eterno con el patriarca y su descendencia, le cambiará el nombre a Abraham, y la promesa de ese pacto será un hito sagrado al que constantemente van a apelar los descendientes de las doce tribus salidas de Jacob, nieto de Abraham, sobre todo los profetas, cuando Israel atravesaba por momentos difíciles.

Posteriormente llegará Yahvé, el cual se revelará a Moisés en el libro del Éxodo, figura divina que se convertirá en la representación del Dios definitivo de Israel hasta el presente, sin detrimento de las otras representaciones. La sacralidad que alcanzará Yahvé

en la religión de Israel será de tal solemnidad que los israelitas se abstendrán de pronunciar su nombre, y para referirse al Dios único y todopoderoso de Israel antepondrán la cláusula Adonai. Con este nombre descansará y quedará sellado el carácter monoteísta de la religión judía, cuya síntesis puede leerse en Deuteronomio 6: 4-6, que transliterado en el original hebreo dice así: «Sh’ma Yisrael Adonai Eloheinu Adonai Ecuad /Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios/ El Señor es Uno». Reitero que desde la antigüedad hasta el presente, las designaciones del Dios: Elohim, El Shadday, Yahvé y Andonai, conviven sin contradicciones en la religiosidad judía.

Desde el punto de vista del cristianismo, el análisis histórico de estos nombres del Dios único de Israel, no solo ha permitido a los exégetas y biblistas establecer una línea histórica respecto a la evolución y desarrollo de la religión judaica, sino también llegar a la conclusión de que la no contradicción entre estos nombres responde a cuatro tradiciones teológicas que coexisten dentro del propio texto bíblico del Antiguo Testamento, conocidas como la tradición Elohista, la Yavista, la Deuteronomista y la Sacerdotal.

El estudio de estas tradiciones teológicas también ha permitido establecer aproximaciones a los momentos históricos en que van apareciendo estas representaciones de Dios y sus lugares de adoración y sus consustanciales elementos físicos de expresión, ya sea mediante un primitivo altar de rocas, como es el caso de Abraham y Jacob, o en la construcción de un tabernáculo, como es el caso de Moisés, o un templo deslumbrante, como el que construyó Salomón y que dos siglos más tarde se reconstruiría en la época de Esdras.

Ahora bien, tanto el Tabernáculo del desierto como el Templo estaban llenos de objetos con formas zoomórficas y antropomórficas. ¿Eran ídolos el Mar de Bronce del templo de Salomón, los querubines de Arca del Pacto del Tabernáculo? No, estas figuras tenían un carácter vehicular, o sea, no eran más que una representación, un puente físico, que invitaba al devoto a alcanzar la trascendencia de la fe de Dios. Esta aclaración sobre la base de argumentos bíblicos, pone en jaque a aquellos grupos cristianos que desacertadamente aluden a la letra del decálogo mosaico en Éxodo 24:6 para criticar o condenar el uso de las imágenes en los templos católicos, anglicanos o luteranos, las cuales tienen el mismo propósito que el otrora Tabernáculo o Templo de Jerusalén.

Otro caso interesante es la Serpiente de Bronce que Dios le ordenó construir a Moisés tras la plaga de picaduras de serpientes durante la estancia de Israel en el desierto. ¿Eran idólatras los israelitas cuando miraban a este objeto y eran salvados? Como colofón a esta idea se suman todas las alusiones antropomórficas de Dios en el Antiguo Testamento: la mano de Dios, la boca de Dios, etc.

¿Dónde radica la confusión entonces respecto a la idolatría? La palabra ídolo, que conocemos del Antiguo Testamento, viene de la traducción bíblica del hebreo al griego. Recordemos que el idioma original en que fue escrito el Antiguo Testamento es el hebreo y algunas porciones en arameo. La traducción de la lengua semítica a la griega fue ordenada por Ptolomeo II Filadelfo (284-246 a. C.), la cual tuvo gran difusión durante los primeros siglos de la era cristiana. Estudiosos de las lenguas bíblicas han dejado muchísimas obras de referencia en las cuales muestran cómo en la traducción de una lengua a la otra existen simplificaciones de palabras que en la lengua hebrea tenían múltiples acepciones y, sin embargo, en la lengua griega se limita a un solo significado, lo cual reduce semánticamente la pluralidad original de la palabra y esta pierde sus diversos significados. Un ejemplo de esto que acabo de señalar sucede con la palabra ídolo. En la traducción griega, ídolo nos remite al término eídolon (εἲδωλον), que en su sentido llano significa imagen para adoración, y también hace alusión a dioses paganos, o la adoración del mismo ídolo o imagen, lo cual nos conecta con la idolatría (eidolatreía, εἰδωλολατρεία).1

Pero cuando profundizamos con lupa exegética en el texto hebreo del Primer Testamento nos encontramos con el hecho de que existe un promedio de cuarenta acepciones gramaticales de la palabra ídolo en distintos contextos, que remiten a diversos significados, los cuales aluden no solo a la adoración de las imágenes o falsos dioses, sino también a actitudes y tendencias del ser humano ante determinadas circunstancias de la vida, pero también con objetos sagrados propios del culto judío. Esto último nos brinda un prisma mucho más amplio para responder a las dos interrogantes anteriores.

No obstante lo anteriormente dicho, es cierto que ídolo e idolatría serán dos términos que marcarán el conflicto teológico entre el Dios de Israel y los dioses de los pueblos circundantes. Este comienza con la estricta conciencia monoteísta adquirida por el pueblo de Israel bajo el liderazgo del profeta Moisés. El Pacto que hizo Dios con los Israelitas, cuya ley serían los Diez Mandamientos, y sus correspondientes aplicaciones y extensiones descritas en los libros de Números, Levítico y Deuteronomio, serán la clave de la identidad religiosa de los israelitas. Dentro de las especificaciones de este pacto están las bendiciones y las maldiciones (Lv 26,3-13; Dt 7,12-24), donde en reiteradas ocasiones se declaran las fatales consecuencias y castigos por adorar a dioses ajenos a Jehová, el Dios de Israel.

«La adoración del becerro de oro», óleo de Nicolás Poussin (1634).

«La adoración del becerro de oro», óleo de Nicolás Poussin (1634).

A lo largo de la historia de las adversidades del pueblo de Israel, sobre todo durante el período monárquico, y luego en el período del exilio, los escritos proféticos son muy elocuentes en cuanto a la adoración de deidades consideradas falsos dioses (Baal, Asera, Astarté, entre otros). Esta adoración, considerada idolatría desde la teología bíblica, es la causa de todas las calamidades ocurridas a los israelitas.

Visto de una forma muy superficial, la intolerancia por parte de Yahvé hacia este acto de adoración a un dios extranjero podría interpretarse como si el Dios de los Israelitas, desde un carácter muy antropomórfico, no tolerara la competencia, ni estaba dispuesto a compartir su divina majestad con otros dioses, lo cual no sucedía con los panteones de las culturas que rodeaban a los israelitas, donde cada deidad desempeñaba un papel determinado en la vida de sus creyentes.

La pregunta que surge entonces es: ¿qué es considerado un ídolo o falso dios en el contexto del Antiguo Testamento, y por qué rendirle culto y adoración es un acto de idolatría con graves consecuencias?

La cuestión de ídolo o falso dios en la concepción judaica está vinculada, en primer lugar, a la ruptura espiritual del creyente judío con un Dios manifestado con evidencias y señales que estableció un pacto de amor y misericordia. Un Dios cuya intervención divina sacó a los israelitas de la esclavitud laboral, religiosa y moral; un Dios que en el desarrollo de su culto se reveló como hacedor de justicia entre los hombres, y para que el entendimiento de esta justicia se cumpliera solicitaba hombres de bien, que no fuesen perfectos, pero en los cuales el pecado no constituyese una inclinación, sino un accidente, que interviniesen a favor de la verdad y la justicia incluso con peligro para sus vidas. Era un Dios que rechazaba el egoísmo, la individualidad, las perversidades del alma; un Dios que mediante los ritos del Templo había trazado un camino de reparación sobre la base de un examen de conciencia a la hora de los sacrificios en su altar; un Dios que se había manifestado de manera todopoderosa, pero que al mismo tiempo estaba con los vulnerables y frágiles.

Cuando un judío se apartaba de este camino y quebrantaba el Pacto, quedaba completamente expuesto a otras normas morales y a otras costumbres religiosas. En la antigüedad que abarca el período bíblico del Antiguo Testamento, la libertad de pensamiento y acción, de la cual hoy el mundo moderno hace ostentación, era algo prácticamente inexistente. Cada pueblo, ciudad e imperio estaba regido por leyes políticas y religiosas estrictas, y por sus respectivos dioses tutelares. No acogerse a las leyes e incumplirlas era poner en peligro la seguridad del clan, o la ciudad-estado. Entre los pecados que atentaban contra la estabilidad espiritual de la fe judía estaba la idolatría, o sea el abandono del Pacto con Yahvé, lo cual implicaba abandonar una medida de justicia y misericordia para ir en pos de deseos propios y egoístas.

De modo que un ídolo es aquello que mueve al ser humano a la soberbia, el desamor, el maquiavelismo. Idólatra no es aquel que busca en la veneración de una imagen un vínculo trascendente para adorar a Dios, y se entrega a la unión con Dios. La idolatría obnubila el juicio, no busca a Dios, sino que deja de lado la fe y prescinde de los dones de Dios. Es anclar las emociones, los anhelos y las esperanzas en seres finitos y limitados, sin posibilidad de trascendencia hacia el conocimiento de Dios, y esto vale también para aquellos que gustan de rendir culto a la personalidad.

En cuanto a las múltiples acepciones en hebreo bíblico que tiene la pablara ídolo pondré solo un par de ejemplos. En textos como Isaías 55:7 «Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar» e Isaías. 57:13 «Cuando clames, que te libren tus ídolos; pero a todos ellos llevará el viento, un soplo los arrebatará; mas el que en mí confía tendrá la tierra por heredad, y poseerá mi santo monte». Aunque el primer versículo hable de la impiedad, y el segundo haga alusión explícita al acto de la idolatría, ambos términos, iniquidad e idolatría, comparten el mismo significado dentro del hebreo bíblico. Otro tanto sucede con Deuteronomio 7:16 «Y destruirás a todos los pueblos que el Señor tu Dios te entregue; tu ojo no tendrá piedad de ellos; tampoco servirás a sus dioses, porque esto sería un tropiezo para ti» y Jueces 17:5 «Y este hombre Micaía tuvo casa de dioses, e hizo efod y terafines, y consagró a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote». En el primer caso habla del peligro de los falsos dioses con los que inevitablemente Israel iba a tener contacto en su arribo a Canaán, y por otra parte se habla en el libro de los Jueces de la construcción por parte de Micaía, un descendiente de la tribu de Efarín, de un Efod, pieza de la vestidura sacerdotal que solo podían utilizar los descendientes de Aarón. Sin embargo, en este caso la pieza de la vestidura sagrada se ha corrompido sobre la base de un falso sacerdocio, ya que Micaia no pertenecía a la casa de Aarón, lo cual constituía una usurpación de las funciones sacerdotales. La clave entre lo que dice Deuteronomio 7:16 y Jueces 17:5 radica en la vinculación que existe sobre el uso indebido del Efod, el cual se transformó en un ídolo, y los dioses falsos (ídolos) de Canaán.

Como ejemplos citados con anterioridad, existen varios en la Biblia que evidencian que los ídolos, el acto de idolatría, son cuestiones que van mucho más allá de la veneración de imágenes.

Procesión de la Virgen de Fátima.

Procesión de la Virgen de Fátima.

La búsqueda de Dios solo en la Biblia también es muy legítima. Tomar la Palabra Divina como única referencia de fe y adoración a Dios es una opción igualmente trascendente, al igual que aquellos que buscan a Dios tomando como referencia vehicular a la Virgen María o a cualquier otro Santo. Hacer de este acto una cuestión idolátrica es otra cosa, representa un acto de corrupción, y la corrupción no está en los objetos, sino en la voluntad humana.

Por otra parte, así como Ezequías tuvo que destruir la Serpiente de Bronce de Moisés porque este objeto se había transformado en un piedra de tropiezo, así hoy he visto en reiteradas ocasiones a cristianos confesos utilizar la Biblia como si fuera un talismán, como si se tratara de un artefacto mágico que con solo su posesión contrarrestara todos los males de la vida. Usar la Biblia de este modo es también un acto de idolatría y el intento de convertir el Libro Sagrado en un ídolo. La Biblia no es un talismán, ni un resguardo; el mensaje de Dios para la humanidad que está en sus páginas sí lo es. El verdadero tesoro de la Biblia está en sus contenidos. La fe en el plan de la salvación que nos regala la gracia de Dios en las Sagradas Escrituras es un camino lleno de pruebas.

Jesús invitó a escudriñar las Sagradas Escrituras porque en ellas estaba el mensaje de la Vida Eterna. Escudriñar no es solo leer por cultura o entretenimiento, sino sumergirse en el profundo sistema de relaciones y vasos comunicantes que es la Palabra de Dios, que aunque legada por manos humanas, ostenta una evidente luz divina, la cual corresponde a aquellos que verdaderamente se sienten hijos de Dios.

En la humilde opinión de quien escribe estas páginas, si existe un versículo de la Biblia que nos aclara la diferencia entre un acto idolátrico y un acto autentico de fe, es este de Lucas 6:45: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca», lo cual se complementa con lo que dice Habacuc 2:4: «El justo por su fe vivirá».

Bibliografía Consultada

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