AÑO 2019 Año 15 Nro. 1-2, 2019

¿Qué nos dejó la XIII Bienal de La Habana

por Jorge Luis_ Rodríguez-Aguilar

La Bienal de la Habana… Confieso que esta vez me he demorado en opinar para encontrarle una razón lógica a mi temor. Sí, al temor que tengo de ser tan parcial en mi crítica como acertado en lo que intento exponer. La XIII Bienal de la Habana llegó tarde. Después de cuatro largos años de espera en que todos aguardamos expectantes las nuevas producciones de jóvenes y consagrados, finalmente entre el 12 de abril y el 12 de mayo pasados mantuvo sus puertas abiertas nuestra cuatrienal, que me ha dejado un sabor que todavía me parece extraño. Caminé la ciudad en busca del aditamento que me sostuviera e hiciera válida esa espera, pero solo encontré dudas y preguntas. ¿Será que la curaduría estuvo floja o mal hecha? ¿Será una nueva tendencia a presentar «proyectos» inconclusos? ¿Será que cualquier cosa puede considerarse arte? Tal vez he llegado tarde y no puedo comprender el giro que ha dado nuestro arte contemporáneo, pero veo las piezas de algunos colegas foráneos y me sucede lo mismo. Entonces regreso y me cuestiono: ¿dónde están esas propuestas que irrumpían en una entrecalle, que se proyectaban contra la fachada de un edificio o que asaltaban vivamente al caminante para congregar a un público que no cesaba de interactuar y de referirse a ellas como parte de su vida? ¿Dónde está esa reflexión que movía las conversaciones más increíbles sobre una pieza o un proyecto?

No soy de los que opinan que las artes visuales tienen que ser un espectáculo, pero son visuales, como el término indica. Por tanto, es indispensable que este recurso funcione. Es decir, me refiero a que tenga valor en la medida en que cumpla la norma y realice eficientemente o con decōrum su función, como diría Gombrich, porque todo lo que percibimos a través de la mirada es visual y no es arte, necesariamente. Tampoco quiero acuñar como válidas, exclusivamente, aquellas obras que intentan enrollar al público y denostar a las más pasivas o cercanas a lo conocido, a las que quedan en una galería o circulan por una plataforma tan poco frecuente en nuestra cotidianeidad como la web. Pero, cuando se exponen en la vía pública, en el marco de una bienal, son otros veinte pesos.

Pongamos como ejemplo el proyecto Detrás del muro, que en esta ocasión parece estar bien detrás; se presentó incompleto, con recursos visuales manidos y estereotipados, con piezas desacertadas, mal colocadas, como si la ubicación arbitraria fuera un leitmotiv artístico. Otras piezas, sin el más mínimo recato, recurrieron a la facilidad para desconcertar a los que pudimos disfrutar de un conjunto curatorial de excelencia en las pasadas ediciones, a mi juicio, lo más acertado de las dos últimas bienales. Pero esta vez vuelvo a preguntarme: ¿fue una broma? Y las propuestas alternativas, que en otros momentos fueron una bocanada de aire para desintoxicar cualquier posibilidad de lo repetitivo o redundante, también hoy revelan sus fisuras.

Esto lo digo porque no se puede pretender jugar con el público. No hace falta ser un conocedor profundo para tener sensibilidad y poder opinar sobre lo efectivo o no que puede resultar una obra. Sí, hubo espacios y piezas que funcionaron desde lo lúdico, pero todas las obras no pueden llevar la misma carga. La exhibición en la vía pública tiene sus reglas. Hay que prestar atención a ello y más cuando hablamos de una bienal; de lo contrario se convierte en una feria.

La exposición del Centro Wifredo Lam me resultó monótona, con espacios mal repartidos que pudieron potenciar mejor algunas obras, como la del maliense Abdoulaye Konaté, de mucho color para una sala poco iluminada, o la instalación Blanco, de Tamara Campo, que se proponía como un espacio de reflexión, meditación y limpieza en donde el público debía involucrarse. Un tanto desigual resultó la del Pabellón Cuba, que desequilibró los pesos con propuestas efectivas en la idea, pero no en su realización, con la excepción de los proyectos de Dayana Trigo y Adonis Flores, bien pensados y con un discurso coherente.

Del mismo modo sucedió con las muestras que defendieron algunos proyectos artístico-pedagógicos, como los que se exhibieron en la Universidad de las Artes y la Academia San Alejandro, que a mi juicio bajaron su nivel en esta bienal. Regreso a pensar que fue un proceso curatorial de ahora para ahorita, como si el tiempo no hubiera alcanzado o el desánimo terminara calando en quienes participaron, al presentarse piezas menores sin el arrojo ni la fuerza que antaño los caracterizó. Hago mutis en otros aspectos, como la escasa divulgación que tuvieron estos espacios y lo desacertada que fue la publicidad interna o la difusión de estas muestras para atraer al público.

Existen problemas de todo tipo; eso no lo dudo, y sé que hay quienes me tildarán de ver una sola cara de la moneda, pero estamos frente a una bienal que ha tenido tiempo para ser preparada como Dios manda, o mejor, como el arte cubano contemporáneo lo merece. Pero ¡cuidado!, eso no da motivo para que se emplacen o se presenten piezas simplonas, que intentan jugar tras el supuesto «conceptualismo» que esconden o que poco importe el placer de lo atractivo, de lo agradable y estético. Cuando una obra —o varias de ellas— ocupa un espacio público, está obligada a ser, además, atractiva, sugerente y bella (ya sé que esta palabra no les gusta a muchos, pero no se puede tener miedo de usarla cuando corresponde).

No quiero hacer hincapié en el lado oscuro, porque hay otras presentaciones que han sabido lucir su protagonismo, como la mega exposición La posibilidad infinita. Pensar la nación, que recoge en cinco proyectos un conjunto amplio y eximio de las obras menos conocidas de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, para hacer un recorrido antropológico, etnográfico e histórico sobre el valor simbólico del objeto y la nacionalidad cubana; el opening que realizó la artista Rachel Valdés en su Estudio, digno de la elegancia y efectividad de alguien que se inserta ya, con una obra madura y sugerente en diversos formatos, o del proyecto Jababacoa, liderado por Luis Gárciga y el colectivo C.A.S.I.T.A. (Loreto Alonso, Eduardo Galvagni y Diego del Pozo), inaugurado en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, que vinculó el videomapping, la instalación y la multimedia con la memoria, como parte de un proceso vivencial y contextual.

 

Proyecto Jababacoa.

Tuve la suerte de recorrer con detenimiento casi todas las muestras presentadas o expuestas, desde los espacios más inaccesibles e improvisados —como un estudio de la calle O’Reilly que anunciaba con un telón que allí se exhibían obras de la Bienal— hasta exposiciones mayores, bien curadas, con una línea discursiva de rigor y peso, como Intersections, en Factoría Habana, De cara al futuro. Diez artistas de China y HB Exposición de Arte Cubano Contemporáneo, en el Gran Teatro Alicia Alonso, así como las presentadas en Arsenal Habana, organizadas por Sachie Hernández Machín y Magda González-Mora.

De cara al futuro. Diez artistas de China

Otras, a las que no se le dio mucha atención, como Presbicia, exhibida en la galería Raúl Oliva del Centro Cultural Bertolt Brecht, que acogió una excelente presentación de nueve obras instalativas sobre la base del grabado, producidas por el grupo Haciendo Presión, que redimensionan y contextualizan las potencialidades de la gráfica tradicional. Lo mismo sucedió con #fuckreality. Positions on immersive art, una excelente selección de obras de los estudiantes y profesores del departamento de Arte Digital de la Universidad de Artes Aplicadas de Viena, presentada en la Fundación Ludwig de Cuba, que mostró un posicionamiento de lo virtual como espacio para el libre trabajo artístico y científico, más allá de cualquier frontera disciplinaria. Tampoco tuvo mucha repercusión El dilema del ciempiensamientos, de José Yaque, en la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción, una fábula inteligente sobre los caminos del hombre, o Tres distinto de tres, en Galería Habana, una exposición sencilla, magníficamente defendida por Chrislie Pérez, que asume tres poéticas escultórico-instalativas diferentes, que dialogan desde la sutileza y la ironía en Iván Capote, el reciclaje y lo monumental en Roberto Diago hasta lo sagrado de las palabras y el conocimiento en Esterio Segura.

Finalizó la XIII Bienal de la Habana y me deja la pregunta de si se impone un cambio en el concepto curatorial y organizativo, si se impone un replanteo del motivo inicial y de la necesaria invitación de los «artistas» más notables, cuando las exposiciones colaterales, no organizadas por la propia bienal, continúan ofreciendo una opción más atractiva de la producción contemporánea de las artes visuales —y no tan visuales— que se entremezclan, inexorablemente. Muchas de ellas, incluso, tuvieron la presencia de artistas de calibre internacional que no dudaron en enviar sus obras, fuera del catálogo oficial, como Jean René, que realizó Giants, peeking at the city en la pared del patio de Arte Continua.

Tres distinto de tres, de Chrislie Pérez.

Aunque esta fue una bienal desigual, con muchas piezas menores dentro de un contexto matizado por la arquitectura, el recuerdo presente de otras ediciones y el empeño por sobresalir a toda costa (sin la necesidad de recurrir a lo monumental), quedaron proyectos por ahí, escondidos, que pudieron levantar mucho más la moral de esta mega exposición si se les hubiera tomado en cuenta; artistas que hubieran hecho lucir piezas no tan costosas, pero eficaces, estudios y talleres que pudieron mostrar la obra en cierne de muchos jóvenes, y espacios no concentrados en los mismos circuitos de siempre, que hubieran dinamizado la bienal por toda la ciudad.

El dilema del ciempiés, de José Yaque.

Llegan ahora nuevos días con nuevos retos, nuevos eventos, concursos y salones que terminarán por replantear, discernir y comprender este mes de exposiciones. La XIII Bienal de la Habana pudo ser mejor; estoy convencido de ello. Espero que la próxima edición encuentre un mejor camino. Sigo apostando por nuestra bienal.

Giants, peeking at the city, de Juan René