La literatura se construye sobre las ruinas de la realidad.
Las ciudades de la literatura han existido pero ya están destruidas.

Ricardo Piglia, Crítica y ficción.

Y la posibilidad, tantas veces soñada,
de cerrar los ojos y volver a abrirlos
exactamente cien años antes
para obtener la revelación
total e imposible.

Calvert Casey, «Para una comprensión total del Siglo XIX»

 

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No sé si culpa del tedio o de la impaciencia, muchas tardes nos íbamos a deambular por La Habana que no existía. Un viaje raro, descorazonador y magnífico. Quizá un poco melancólico y ansioso, aunque con melancolía y ansiedad bastante alegres, que nos llenaban de satisfacción. El paseo consistía en descubrir, en medio de la ruina, de la fatalidad histórica que nos había tocado vivir, cómo había sido la ciudad, cómo la habían visto y vivido los habaneros de entonces y los viajeros—ilustres o no. Éramos los flâneur de la ciudad perdida. Andábamos por el presente en busca del pasado. Recorríamos La Habana que desaparecía poco a poco entre las agresiones y los derrumbes del tiempo y de los hombres, para intentar la reconstrucción mental de La Habana de los que llegaron antes.

Deicidio, parricidio, magnicidio, palabras que existen en Español. ¿Y cómo llamar a quienes destruyen ciudades? Contra los asesinos de las ciudades, el ejercicio restaurador de la imaginación. La reconstrucción minuciosa de edificios, calles, avenidas, esquinas, hoteles y playas. El espíritu de los lugares, no como se presentaban a nuestros ojos, sino como debieron ser cien años atrás. No es necesario explicar, entre los fracasos, la sorpresa y la felicidad de los descubrimientos. Por supuesto, con la advertencia que nos había dejado «Para una comprensión total del siglo xix», aquel ensayo de Calvert Casey, en Memorias de una isla,1 que obligaba a completar la visión sobre la ciudad. «Se nos dice —escribe Casey— que en domingos salía de La Habana un tren alegre que llevaba a los ricos disfrazados de marineros a bailar al arenal desierto de Marianao, pero cuando el conde Kostia hace la reseña cursi del paseo al día siguiente, no nos habla de los arrabales fétidos que el tren tuvo que bordear, el traspatio hediondo del Cerro, que resuma palúdicas». Así, intentábamos reparar La Habana de Fredrika Bremer, de la Condesa de Merlín, de Julián del Casal, la de José Martí, la de José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Y también la otra ciudad de aquellos que no vivían en palacios, sino en casuchas levantadas con maderas de palmas, muy lejos de jardines y grandes avenidas. La gente que «la condesa de Merlín nunca trató aunque fue servida por ella…» O La Habana de Ernest Hemingway, de Tenesee Williams, de Juan Ramón Jiménez y María Zambrano. Y, por supuesto, la de Federico García Lorca y Luis Cernuda. Con todos los personajes que, sobre todo a estos últimos, tuvieron el placer de rodearse.

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Sabíamos que Federico García Lorca había desembarcado en La Habana el 7 de marzo de 1930. Luis Cernuda, por su parte, lo había hecho un 24 de noviembre de veintiún años después. Quizá no sea demasiado solemne (dramático), tener presente que habían sido dos décadas decisivas para el siglo xx, que durante esos veinte años el mundo conoció los horrores de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial, de la hegemonía del poder soviético en Europa del Este, del comienzo de la Guerra Fría. Aunque asimismo debiéramos estar al tanto del esplendor que también hubo en esos años, luminosos desde muchos puntos de vista:T. S Eliot, Sigmund Freud, Virginia Woolf, Walter Benjamin, Arnold Schoenberg, Picasso, Ludwig Wittgenstein, Sergéi Prokofiev (quien, dicho sea de paso, había coincidido en La Habana con el poeta granadino)… Lorca había hecho el viaje en barco, desde Nueva York a Miami y desde Miami a La Habana. En aquellos años salían tres barcos diarios desde el puerto de Miami hacia el de La Habana. Lorca llegaba del Nueva York turbulento y siempre fascinante que vio caer la bolsa durante el crac del 29. Encontró una Cuba que aún se hallaba bajo la influencia de las «vacas flacas», la caída del precio del azúcar (luego de los años de «vacas gordas» de la Primera Guerra Mundial), a la que se sumaba la Gran Depresión y las maniobras caudillistas del presidente Gerardo Machado para alcanzar un segundo mandato, en contra de la Constitución. Es decir, crisis económica y crisis social. Luis Cernuda apareció en La Habana a solo unos meses del golpe de estado de Fulgencio Batista contra el presidente democráticamente elegido, Carlos Prío Socarrás. Golpe de estado que tal vez desestabilizaría definitivamente el equilibrio social de Cuba y prepararía para las consecuencias (decisivas) que ya conocemos, en enero de 1959.

Entremedios, una revuelta social en 1933 (con la huida de Machado), una pentarquía, una nueva constitución (la de 1940), tres presidentes electos, una guerra de gánsteres y un golpe de estado. Además, y porque la historia también muestra su lado amable, fueron los años en los que aparecieron en Cuba las revistas Verbum, Espuela de Plata, Nadie Parecía, La Verónica y Orígenes. Fueron los años en los que aparecieron libros definitivos como Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera; Sóngoro Cosongo, de Nicolás Guillén; Estampas de San Cristóbal, de Jorge Mañach; Elegía sin nombre y Nocturno y elegía, de Emilio Ballagas; La luna nona y otros cuentos, de Lino Novás Calvo; Muerte de Narciso, de José Lezama Lima; El reino de este mundo, de Alejo Carpentier; El laberinto de sí mismo, de Enrique Labrador Ruiz; Las furias y La isla en peso, de Virgilio Piñera; Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, de Fernando Ortiz…

No menos intensa había sido la importancia que adquirió la pintura y la escultura durante esos años, la gran exposición de 1925, que abrió las puertas de la gran pintura, con artistas como Víctor Manuel, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Wifredo Lam, René Portocarrero, Fidelio Ponce… O en la música, con Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla o Ernesto Lecuona, además de los trovadores santiagueros o los rumberos de La Habana. Fueron los años de la llegada de Ernest Hemingway, Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, Gustavo Pittaluga… Y aquellos en que se construyó en Marianao el reparto Redención, los solares de El Cerro y del barrio de Cayo Hueso. Habían sido, más que nunca (eso lo sabíamos), los años en los que La Habana se convirtió verdaderamente, y con todas sus contradicciones, fortunas y miserias, en la llave del Nuevo Mundo.

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De modo que cuando Lorca desembarcó en La Habana, exactamente por el puerto de La Machina, habían transcurrido veintiocho años de república. Del sueño romántico de París con el que el siglo xix quiso defenderse de la metrópolis española, se pasó al no menos romántico del American Dream. (Aunque este cambio de paradigma se veía venir ya en tiempos de las Guerras de Independencia). De una imagen a otra, de un ethos a otro. Y la ciudad que desde mediados del xix había rebasado sus murallas y crecido hacia el monte de El Cerro, se desplazó aún más hacia el oeste, hacia el monte de El Carmelo, el monte de El Vedado, y descubrió el clima «benigno» de Marianao, que el catalán Salvador Samá (marqués de Marianao) logró conectar con la ciudad gracias al ferrocarril que salía de la terminal de Concha y llegaba más allá del río Almendares.

Las «grandes familias» (el dinero como medida de grandeza) abandonaron poco a poco El Cerro y comenzaron a levantar sus palacios en El Vedado. Todo ese gran espacio que se extendía desde el torreón de San Lázaro hasta el río Almendares, un gran bosque muchos años atrás, se convirtió en el gran acierto urbanístico de la ciudad. Palacios, amplias aceras arboladas, jardines, portalones, grandes paseos, bulevares, cafés, restaurantes, teatros… Había «grandeza» y dinero, sobre todo mucho dinero. La Primera Guerra Mundial había permitido que el comercio del azúcar explorara nuevos mercados y precios muy beneficiosos. Y tuvo lugar aquel milagro que se llamó La Danza de los Millones y que instauró un cierto modo de entender la vida y la ciudad como «espacio de placer».2 Una cierta ligereza de vivir, una defensiva nonchalance hacia todo cuanto no fuera fuente de gozo. Después del horror de la guerra, de las guerras, después de tanta hambre y reconcentraciones de Valeriano Weyler, ¿llegaba el tiempo del desquite, de la complacencia, de la frivolidad? Es que, además, en Estados Unidos se implantó en 1920 la Ley Seca.

¿Qué mejor lugar que La Habana, tan próxima, a solo unas horas de Miami y Key West, para encontrar el paraíso de las satisfacciones? En 1928 La Habana registró la llegada de más de un cuarto de millón de turistas, fundamentalmente norteamericanos. La ciudad se llenó de hoteles hermosos: Sevilla Biltmore, Presidente, Saratoga, Lincoln, Central, Isla de Cuba, y el más hermoso y admirable de todos, el Hotel Nacional, fundado justo el año en que Lorca desembarcó en La Habana. La ciudad abandonó el «tercer estilo», el eclecticismo colonial, y vio elevarse el art-decó de los edificios Bacardí y López Serrano, o el asombroso palacio de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró. En un pasaje de sus memorias, Del barro y las voces, el pintor Marcelo Pogolotti ha dejado un magnífico testimonio:

 

Federico García Lorca en La Habana.

Federico García Lorca en La Habana.

La Habana guardaba todavía su aspecto alegre y despreocupado. La acera del Louvre, aunque declinaba, seguía siendo muy concurrida por políticos de jipi y tabaco, ciertas viejas glorias y determinado tipo de jóvenes «bien» de los que se ponían almidonado cuello y camisa color de rosa y aún llevaban alfileres de corbata, todos ellos de traje blanco inmaculado, incluyendo los zapatos cuando no eran de dos colores. Frente al Anón del Prado, repleto de fragantes frutas tropicales y sus multicolores jugos y helados, se estacionaban en sus automóviles abiertos, sin salir de ellos, las familias burguesas para que los camareros acudiesen corriendo a servirles sus refrigerios a la vista de todos.

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Fueron los años en que comenzó el esplendor de la Playa de Marianao. Visitábamos muchas de aquellas maravillas ahora casi ruinosas. Paseábamos por los Aires Libres de Prado en busca de cuanto había seducido a Federico García Lorca. Ya no había terrazas de café. Tampoco tarimas donde se presentaran las orquestas femeninas Anacaona y Ensueño. Algo, sin embargo, sobrevivía. Digo «algo» y no sé con certeza cómo explicarlo; quiero acaso decir un esprit, un cierto «efecto» que se obstinaba en permanecer, como las viejas pinturas en los muros, o la marca del agua que alguna vez saltó de los delfines (en mármol de Carrara) de la Fuente de la India o de la Noble Habana. Disfrutábamos bajos los árboles del Parque de la Fraternidad que había sido diseñado, en lo que fueron los terrenos del Campo de Marte, por Jean-Claude Nicolás Forestier en saludo de la VI Conferencia Panamericana, que contó con la presencia del presidente norteamericano Calvin Coodlidge. Sabíamos, creíamos saber, que Lorca debió de haberse sentado en uno de aquellos bancos.

Porque se había hospedado en dos hoteles cercanos: el hotel La Unión, en la esquina de las calles Cuba y Amargura; y el hotel Detroit, junto a la Plaza del Vapor, entre las calles Galiano, Águila, Reina y Dragones. Sabíamos que le gustaba caminar solo y sin rumbo: «…me voy solo por La Habana hablando con la gente y viendo la vida de la ciudad», había confesado en una carta. Deambular por las dieciocho cuadras de la calle Cuba dejaba un regusto de fracaso, de belleza venida a menos. Allí estaba la última iglesia del padre Gaztelu en La Habana, el Espíritu Santo, y el antiguo monasterio de Santa Clara, y la iglesia de la Merced, en cuyo hermosísimo claustro teníamos la posibilidad de olvidar el calor insalubre y el derrumbe de la ciudad.

En la calle había tristeza y festividad. ¿Cómo explicar la paradoja? Pues no se explica. Se vive y se entiende. No se hacen preguntas inútiles. Sí parecía posible, en cambio, entrever lo que sintió Federico García Lorca. Que no hubiéramos estado en Andalucía, carecía de importancia, podíamos entender qué había querido decir en una de sus conferencias habaneras, la que dedicó a su libro Poeta en Nueva York: «¿Pero qué es esto? ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía mundial? Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez».

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Pasábamos por la calle Concordia esquina Lealtad, donde vivían los grandes amigos de Lorca Antonio Quevedo y María Muñoz; ella, alumna de Manuel de Falla, directora de la Escuela Filarmónica Nacional; ambos, fundadores de la revista Musicalia y del Conservatorio Bach. Y era el momento ideal de subir hasta la calle Ánimas, entre Prado y Zulueta, donde estuvo el antiguo teatro Principal de la Comedia, inaugurado en 1921. Ya para entonces, el teatro no existía, lo habían demolido en 1956; nos bastaba, sin embargo, con pasear por la calle y recordar que allí Federico había dado las cinco conferencias que dictó en La Habana, y que durante la última, «Arquitectura del Cante Jondo», había tenido lugar un suceso de extraordinaria importancia para la ciudad: cayó un aguacero torrencial.

Tampoco existía en nuestros años el teatro Alhambra. En la famosa esquina de Consulado y Virtudes se alzaba el Teatro Musical de La Habana; en tiempos de Lorca, sin embargo, era el teatro de los hombres solos, de las vedettes medio desnudas, de las revistas musicales, del actor Regino López, los hermanos Robreño, Federico Villoch, y esos ecos de la Comedia del Arte que Lorca quería ver en el Negrito, el Gallego y la Mulata. Sí, resultaba difícil, por el contrario, descubrir alguna antigua grandeza en la Playa de Marianao, donde, según tantos testimonios, Federico García Lorca fue tan feliz. Sí, resultaba bastante difícil. No tanto a la luz del día, cuando el trasiego hacia los antiguos balnearios (Club Náutico, Casino Español, Havana Yacht Club, La Concha, El Círculo Militar, Hijas de Galicia, el Miramar Yacht Club…) recordaba un poco el colorido y antiguo esplendor; el mayor problema para la imaginaria relectura de la Playa de Marianao, llegaba durante la noche, la noche apagada, silenciosa, casi solitaria, donde a duras penas se mantenía el viejo parque de diversiones, Coney Island Park (inaugurado en 1918), y donde ya no existían los antiguos tugurios: La Choricera, El Niche, el Kiosko de Casanova, el Himalaya, con la música y el trasiego de aquellas madrugadas a las que habían ido a terminar todos los que habían estado de fiesta en los cabarets habaneros.

En los años de nuestros paseos tampoco existían ya los símbolos de La Habana, y muy en especial de la Playa de Marianao (tan caros, se dice a Lorca): los puestos de frita, esa especie de hamburguesa cubana con picadillo de ternera, cerdo, chorizo y pimentón. Resultaba difícil, para nosotros en aquellos años, imaginar el aire de fiestero paganismo de aquellos antros donde lo mismo podías encontrar a Erroll Flynn, Pedro Flores o Agustín Lara. En Nueva York, Federico García Lorca descubrió el mundo de los negros de Harlem. Por poner un solo ejemplo, estos apesadumbrados versos de Poeta en Nueva York:

¡Ay Harlem, ¡Ay, Harlem!, ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero en un traje de conserje.

En La Habana Lorca pudo completar el mundo de los negros de Harlem. Los grandes reyes negros continuaban vestidos de conserjes, solo que en La Habana no se entregaban a la espiritualidad dolorosa del góspel, sino a la otra espiritualidad acaso menos angustiada del guaguancó, el yambú y la columbia. El subtexto era el mismo, cambiaban los rituales y las maneras de relacionarse con el misterio. La fascinación continuó intacta. La belleza del negro se mostraba acá en todo su esplendor. A propósito, ha dicho Guillermo Cabrera Infante en «Lorca hace llover en La Habana», en su libro Vidas para leerlas:

Lorca ve en La Habana, ¿cómo no habría de verlas?, a las que él llama «mujeres más hermosas del mundo». Luego hace de la cubana local toda una población y dice: «Esta isla tiene más bellezas femeninas de tipo original…» y enseguida la celebración se hace explicación «…debido a las gotas de sangre negra que llevan todos los cubanos». Lorca llega a insistir: «Cuánto más negro, mejor».

Una ciudad como La Habana, capaz de mostrar esa pertinente mescolanza, ponía en su lugar un poema como «La casada infiel», de 1928, dedicado nada más y nada menos que «a Lydia Cabrera y a su negrita». Por contraste, la familia Loynaz en el hermoso y desagregado palacio de la calle Calzada, al borde del mar, muy próximo a la desembocadura del río Almendares, y vecino del otro palacio, residencia del famoso ministro de Obras Públicas del presidente Gerardo Machado, Carlos Miguel de Céspedes, apodado El Dinámico.

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(Por favor, no olvidar que en La Habana comenzó Lorca a escribir El público, esa extraña pieza teatral).

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A pesar de la proximidad en el tiempo, La Habana de 1951 a que arribó Luis Cernuda, a nosotros, en la década de los setenta nos parecía tan mítica y distante como aquella de los 30 cuando desembarcó García Lorca. Solo nos separaban veinte años de la presencia de Cernuda entre nosotros. (¡Qué poco tiempo para tanta diferencia!) Al mismo tiempo, veintiún años, solo veintiún años se extendían a su vez entre la visita de Lorca y la de Cernuda. Aquel había sido asesinado en Granada, solo quince años atrás; este hacía trece que había iniciado la errancia atormentada del exilio. Dos hombres tan distintos y tan cercanos. Y sobre todo, víctimas de idéntica tragedia. Cuando el Lorca, de treinta y dos años, llegó a La Habana, le quedaban solo seis de vida. Cuando el Cernuda de cuarenta y dos llegó a La Habana le quedaban doce. Y La Habana, por su parte, comenzaría en ocho años su trasiego hacia las ruinas.

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La ciudad de 1951 había crecido notablemente hacia el oeste. Otros grandes repartos disputaban ahora a El Vedado su riqueza: Almendares, Kohly, La Sierra, Miramar. Este último, había crecido a partir de 1911, en que los arquitectos Morales y Pedroso planearon la urbanización de la finca paterna llamada La Miranda. Uno de los hermanos Morales y Pedroso había diseñado un puente de hierro, levadizo, para su tesis en la Columbia University. Semejante proyecto fue el que se construyó sobre el río Almendares para unir con eficacia El Vedado con Miramar. Hacia 1920 se diseñó la Quinta Avenida. A partir de ese instante, abundaron los grandes palacios (algunos verdaderamente espléndidos) de las «grandes» familias que iban en busca de mayor espacio y, sobre todo, de mayor intimidad. Ya en 1926, en su hermoso libro Estampas de San Cristóbal (Editorial Minerva), Jorge Mañach deja escrito sobre Miramar:

Poco a poco se va haciendo el crepúsculo. Una brisita tibia comienza a mecer solemnemente los cipreses, a peinar los macizos, a barrer por los senderos algunas hojitas vagabundas. De vez en cuando, un automóvil largo y fúlgido pasa con un blando rumor. Raudamente se va empequeñeciendo hasta perderse en la bruñida lontananza del macadán. Del puente de hierro, que enarca su lomo gris sobre el remanso meloso del estuario, desemboca lentamente una pareja blanca y rosada: un hombre y una mujer yanquis, que van a sentarse allá atrás, al banco más íntimo, en el perímetro redondo del jardín. La brisa trae, a poco, ripios de mimos en inglés: darling…, sweetheart… El ambiente se cuaja de paz voluptuosa y dorada. […] Se oye la sirena de una fábrica. El tranvía pasa, al filo del puente, cargado de obreros y rezongando, como otro proletario, sobre los rieles. Pero el paseo, con sus palmas enanas, con sus macizos de plantas, con sus palacetes elegantes y aislados, suscita una halagüeña sensación de acomodo, de refinado capitalismo.

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Y en busca de ese espacio y de esa atmósfera recorríamos también la Quinta Avenida. Nos íbamos a las playas, a los antiguos balnearios, ya sin la exclusividad, abiertos, comunicados entre sí como si fuera cierto el sueño de que se hubiera instaurado un régimen de igualdad. Aún perduraba en nosotros, en aquellos años, la fuerte conciencia de la naturaleza en que vivíamos. No hubiéramos podido decir que en realidad el «mar violeta» añoraba el «nacimiento de los dioses». Quizá no era violeta. Tenía en cambio un intenso azul de salitre y los dioses tal vez no nacían de allí porque andaban por sus orillas, dioses con los cuerpos espléndidos, fuertes como árboles, por donde corría, corre, la sangre negra, «mientras más negra mejor». Y recordábamos el párrafo que Lezama Lima había publicado en el Diario de la Marina en marzo de 1950: «Pero en el trópico, la naturaleza es un personaje. Un personaje hinchado y total que rompe las páginas de sus nóvelas. Aquí la naturaleza no respeta el diálogo ni las horas de amor. Seguramente nuestra naturaleza se complace en su orgullo de ver al hombre como un árbol más.»3

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A esa Habana llegó el poeta serio y triste y algo áspero (como los erizos). A diferencia de Lorca, tan extrovertido e histriónico, Cernuda no parecía un sevillano sino un inglés. O quizá algo más trágico: «un hombre calmo pero desesperado: una especie de suicida tan correcto que no se pegaba un tiro por temor a herir a sus amigos».4 José Rodríguez Feo lo describe así el día de su primer encuentro en Mount Holyoke:

…no vi a nadie que se pareciera al poeta. Al cabo de un tiempo, el andén quedó desierto, pero cuando me dirigía un tanto perplejo hacia la parada de taxis, vislumbré a lo lejos a un individuo que era la estampa misma de un caballero inglés. […] Era Cernuda: un señor de porte distinguido, más bien delgado, de baja estatura, cabello ligeramente encanecido y un pequeño bigote. Su rostro de ángulos pronunciados parecía esculpido por un antepasado fenicio.5

Sería interesante imaginar a aquel sevillano de porte inglés en La Habana bullanguera de los años cincuenta. Él mismo le revela a José Rodríguez Feo que se siente más cerca de Cádiz y de Sevilla que en cualquier otro lugar. Quizá en apariencia, La Habana se asemeje más al alegre histrionismo de Lorca que a la abatida (trágica) introversión de Cernuda. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Ni Lorca era tan expansivo, ni Cernuda tan retraído, ni La Habana ha sido únicamente una ciudad ruidosa, juerguista o frívola. Hay que entender La Habana, entenderla muy bien para escribir las observaciones que siguen:

Antes de caer en La Habana había yo visto tierras del trópico, y, aunque no mucho, lo bastante atardecer en La Habana para percatarme que, al contrario de la creencia común, una de sus más elementales características puede ser la mesura. La Habana me confirmó en dicha creencia, quedando ya para mí como ejemplo de ella. Y es que paradójicamente, como ciudad, parece existir por su cielo y quien quiera hablar de ella no puede hacerlo sin antes hablar de su aire. Para conocerla hay que mirar hacia arriba, y no en cualquier momento del día, sino de preferencia al atardecer.

Algunas ciudades conozco de cuyo atardecer guardo memoria: Sevilla y su poniente junto al río; Cambridge con sus nubes marmóreas de verano paradas en círculo sobre el horizonte; México, tendido en su valle bajo la claridad roja y gris del crepúsculo. También en La Habana el atardecer es memorable: el aire ahí no se ensancha tanto como se ahonda, entreabriendo camino, como para unas alas, hacia el fondo mismo del cielo, en cuyas nubes o, mejor, en cuyos celajes, vibran los colores ensordecidos. La silueta de la ciudad entonces, al ahondarse de tal modo el aire sobre ella, parece descansar, igual que la superficie de un agua quieta, bajo la maravilla de su cielo.

¿Dónde había yo visto algo afín? No en la realidad, probablemente. ¿Venecia? El Malecón, recorrido aprisa en coche, desplegando su curva un poco solemne, no me retraía tanto a cierta vislumbre de Cádiz como a Venecia que, por lo demás no conozco. Entonces, ¿por qué Venecia? Ahí está la clave de lo que trato de sugerir: no la ciudad por mí no vista, sino su pintura de horizontes marinos y aires levantados. La Habana, en esa tamización final del recuerdo, con los celestes, los violados, los grises de su celaje crepuscular, de una sin par delicadeza pictórica, ahondaba para mí el decorado a lo Tiépolo de una Ascensión.

La Habana es su cielo, y éste no parece parte del cielo común a toda la tierra, sino proyección del alma de la ciudad, afirmación soberana de ser lo que ella es. ¿No se diría que hermosa, airosa y aérea: un espejismo? 6

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Espejismo. Ilusión óptica resultado de la reflexión total de la luz al atravesar la densidad de aire hirviente, según se lee en el más común de los diccionarios. Objetos lejanos que parecen reflejarse en el agua. Ofuscación. Ensueño. Espejismo. Una ciudad que se levanta (o se derrumba) en medio del exceso de luz, y donde se padece el sobresalto de que también nosotros, los que en ella hemos vivido, o vivimos, o viviremos, parecemos invenciones, cuerpos sin cuerpos, sin pasado, presente ni futuro.

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¿Culpa del tedio, de la impaciencia? ¿O culpa de la impresión de que no éramos nadie, nada? Lo cierto es que muchas tardes nos íbamos a deambular por La Habana que no existía y que tal vez nunca existió. Buscábamos entrar en el recuerdo, en La Habana del recuerdo, como si fuera posible. Queríamos vivir en el pasado de quienes ya carecían de pasado, como si no fuera inaudito. Íbamos en busca de palabras, frases, imágenes, fulgores, memorias en los edificios mudos, de los que estaban en pie y de los que se habían venido abajo. En las calles que ya eran otras calles. Un ejercicio muy arduo reconstruir un palacio o un teatro, con dos o tres columnas y cinco capiteles. Queríamos ver el esplendor y solo encontramos la decadencia. Ni siquiera eso. El desastre.

¿Se llama esta calle Trocadero y vivió aquí verdaderamente José Lezama Lima? ¿Paseaba por estas avenidas un poeta llamado Virgilio Piñera? ¿Hubo alguna vez un gallego llamado Lino Novás Calvo? ¿Y el cabaret Capri, donde según Guillermo Cabrera Infante, cantaba sin música La Estrella? ¿A dónde íbamos? ¿Qué se nos había perdido tan definitivamente? ¿Llegó García Lorca en barco desde Miami? ¿Vino Luis Cernuda desde México, algunos meses antes de que Fulgencio Batista diera el golpe de estado contra Prío Socarrás? ¿Dónde estábamos? ¿Dónde no estábamos? Y terminábamos el paseo (¿el paseo?) con la sensación de quienes regresaban del paraíso o del infierno, sin la flor, sin la prueba de que efectivamente habíamos estado allí.

Palma de Mallorca, 2019

Notas:

1. Casey, Calvert, «Para una comprensión total del siglo xix», en Memorias de una Isla, Ediciones R, La Habana, 1964.

2. Como ha visto con sensibilidad e inteligencia el escritor Jorge Núñez Vega en su libro La Danza de los Millones. Cambio cultural y modernización de La Habana (1915-1920).

3. Lezama Lima, José, Revelaciones de mi fiel Habana, Compilación, Prólogo y Notas de Carlos Espinosa Domínguez, Ediciones Unión, La Habana, 2010.

4. Cabrera Infante, Guillermo, «El exilio invisible», en Vidas para leerlas, Alfaguara, Madrid, 1998.

5. Rivero Taravillo, Antonio, Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), Tusquets Editores, Barcelona, 2011.

6. Cernuda, Luis, «Aire y cielo de La Habana», En Prosa completa. Barral Editores, Barcelona, 1975.