Los escritores Ángel Pérez Cuza, Frank Correa y Amir Valle solo tienen en común la pasión literaria y el escenario natal, Guantánamo, ciudad del sudeste de Cuba, rodeada por ríos y montañas que abriga en su bahía a la Base Naval de los Estados Unidos de América, de notable influjo regional y nacional. En esa zona los franceses llegados de Haití en el siglo xViii crearon cafetales, comercios y salones de música, además de contribuir al esplendor urbano de Cienfuegos y de otros pueblos de la isla.
Parece poco, pero el entorno espacial, la pulsión creativa, la coincidencia generacional y el hecho de nacer, crecer, estudiar, vivir y ser modelados por las tensas circunstancias del inacabable proceso social cubano, no solo selló la estética de estos escritores, sino de otros que irrumpieron en el escenario literario a fines de los años ochenta y principios de los noventa, tanto en la isla como en el exilio, pues el éxodo continuo de artistas y escritores cubanos hacia España, los Estados Unidos o México expandió el mapa cultural de la Mayor del las Antillas, hecho evidente en las entregas de las revistas Mariel, fundada en Miami por Reinaldo Arenas, y Encuentro de la Cultura Cubana, instituida en Madrid por el narrador y cineasta Jesús Díaz.

I

Ángel y Frank viven y escriben en la capital cubana. Amir pasó de Guantánamo a Santiago y de esta ciudad a La Habana, sede de encuentros y de sus primeros libros antes de irse a Berlín, donde lidera la revista cultural Otrolunes. Ángel, nacido en 1955, es profesor de matemática y escribe crónicas y reseñas literarias en su blog. Entre sus libros aún circulan la novela Delito mayor y los cuadernos de relatos Ternera macho y otros absurdos y Anita y las cinco gordas, impresos en España por Ediciones Espuela de Plata en 2005, 2007 y 2009, respectivamente. La Habana es el escenario esencial de su novela, mientras en sus cuentos predomina lo rural, el mundo arcaico con acento paródico, un road movie con personajes que bordean el folklor y las tradiciones de la zona oriental de Cuba.

Ángel Pérez Cuza.

Ángel Pérez Cuza.

Hay que tener talento, cultura asociativa, sensibilidad, agudeza y sentido del humor para escribir una obra como Delito mayor, cuyo centro espacial es La Habana, eje de aquella isla a la deriva entre 1990 y 2005, cuando la crisis devastó casi todo y la corrupción, el éxodo masivo y la represión sortearon el naufragio. Es difícil novelar con vigor y aparente sencillez expresiva la travesía cotidiana del personaje y la red de funcionarios y seres marginales que brotan en esta fantasía onírica que atrapa por igual al protagonista y a su familia, a los vecinos, amigos y colegas de trabajo que pactan para subsistir en circunstancias adversas.
Como advierte el editor, Delito mayor «es la novela de un hombre que sueña para escapar de las angustiosas condiciones de su vida cotidiana. Las peripecias picarescas que realiza en el ambiente corrupto en que sobrevive lo llevan a buscar soluciones permanentes desesperadas, percibiendo la pobreza y la corrupción, su medio natural, como detalles del entorno, simple utilería de un escenario en que transcurren sus sueños. Pero sueña más de lo que supone, y debe pagar, como todos los que han cometido el delito mayor del hombre».
Si filmáramos Delito mayor, el guión adaptaría los sueños diarios del protagonista —Jorge Luis Falcón— con imágines de su mísera vida y breves diálogos con personajes de su entorno real. En el primer plano un hombre pedalea al amanecer sobre la bicicleta, cruza ensimismado la ciudad hasta el almacén donde trabaja, la cámara lo sigue al bajarse, enfoca a quienes saluda, la oficina con papeles dispersos, las naves de metal con mercancías, el timbre que suena … En los paneos sucesivos, Falcón retorna, abstraído, mira al asfalto e imagina escenas de una película, una mansión, la cárcel; al llegar a su edificio sube la escalera con la bicicleta al hombro, besa a la mujer y a los niños, limpia la jaula de los pollos y les echa pienso, después se ducha y, al cenar, los sorprende el apagón eléctrico. En otras escenas, el protagonista visita en la cafetería del barrio a la amante negra que le ofrece ron y comida; es testigo del registro policial en la casa del vecino enriquecido; visita al Jefe de la empresa en su lujoso piso de la playa y acepta irse al Campamento del Plan Alimentario (agrícola) donde todos trapichean al igual que en la gasolinera de Miramar, su nuevo empleo. Al final, la cámara recrea fragmentos de la última peripecia de Falcón: la construcción de la balsa y la trágica travesía marítima hacia la Florida, ¿real o soñada?
«Sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende», evoca Falcón y pensamos en La vida es sueño, El gran teatro del mundo y otros dramas de Calderón de la Barca manejados con originalidad por el imaginativo escritor cubano que explora los problemas sin ofrecer solución, quizás porque sabe, como Henry Beyle (Stendhal), que «Las novelas son espejos que pasean por la vía pública y reflejan tanto el purísimo azul del cielo, como el cieno de los lodazales de la calle».
El asombro, el absurdo y las alegorías que infieren hechos o tuercen realidades desde la fantasía componen la treintena de textos de Ternera macho y otros absurdos, un muestrario que deleita al lector e «invita a pensar en un mundo que es exótico para algunos e imposible para otros. Un mundo… con moralejas erróneas» y preguntas paródicas: «¿Puede un buey ser preñado? ¿Regresarían en masa los balseros? ¿Hasta dónde llega la fidelidad de un individuo maltratado por su señor?»
En Anita y las cinco gordas reúne varios relatos centrados en el reencuentro familiar de cuatro hermanas en el caserío del cual partieron para mejorar sus vidas. Como en algunos filmes cubanos de los años noventa, al retornar a la ciudad la travesía deviene en odisea de carreteras. Brillan por su estructura, ritmo narrativo y sentido paródico los relatos «El Santo de San Luis», «El hombre que viajaba demasiado», «Matavacas» y las tres «Historias del Botero». Según el editor, «Anita y las cinco gordas es una aproximación a los temas que han marcado la vida de muchos cubanos y conforman la peculiar idiosincrasia que les permite sobrevivir con dignidad en medio de las ruinas de sus sueños».
Ángel Pérez Cuza tiene más libros inéditos que publicados en su país, quizás por ser un «electrón libre» y vivir al margen del monopolio cultural cubense. Tal vez por eso el blog creado por él es su «prueba de vida» y narra en sus post las angustias y ensueños de ese «pueblo virtual que parece un juego de la Deuda Eterna». Ángel dispara a la inmediatez en «Clima e información», de valor ensayístico, sobre el Calentamiento Global y la IPCC­Al Gore, cuestionada por científicos por tratarse de «un grupo político que solo financia los proyectos que apoyan sus posiciones»; en «Rojo y negro» usa al mítico personaje de Stendhal al glosar la corrupción y los muertos por frío e inanición en el hospital psiquiátrico de La Habana. El blog, bien, pero mejor sus libros, clic mediante en Internet.

II

Frank Correa (1963) se inició en las letras con el libro de relatos La elección, el poemario La puesta necesaria y la novela El tren, Premio La Casa por la Ventana. Este autor escribe crónicas para Cubanet y aspira a realizarse plenamente como escritor; lleva buen paso, pues en 1991 ganó los concursos de cuentos «Regino E. Boti», «Ernest Hemingway» y «Tomas Savigñon»; recibió en 2012 el Premio Novela de Gaveta «Franz Kafka» con Larga es la noche y el Premio de la Fundación Nuevo Pensamiento Cubano con la titulada La mujer del escritor. Otra de sus novelas, Pagar para ver, fue editada en 2011 por Latin Heritage Foundation, de Nueva York, y premiada después como la Mejor Novela del año en Madrid y más tarde en la Fundación Libri Prohibiti, de la República Checa. En 2017 obtuvo el 3er Premio de Reportaje «La otra Cuba», editado por Hypermedia.
Pagar para ver es una especie de compendio vivencial de un escritor cubano, posible alter ego de Frank Correa, quien narra con naturalidad y sin artificios, casi de forma ingenua; pero con palabras precisas y una sutil estrategia de seducción. En El Tren narra la odisea de una pareja en discordia que viaja de La Habana a Palma Soriano, donde el padre de ella ha sido detenido por sus ideas políticas. En La mujer del escritor nos advierte: «En todas sus historias los personajes andaban sin dinero, con hambre, corriendo tras la guagua, perdidos en la multitud, necesitando comprarse una camisa, con deseos de tomarse un trago…» Esta apuesta por el realismo como núcleo de sus ficciones no evade los temas polémicos, palpables en sus crónicas de Cubanet, el seminario Primavera y otras páginas digitales.

Frank Correa.

Frank Correa.

Como Frank Correa brega con las abúlicas editoriales cubanas, acerco al lector a uno de sus libros de relatos, pues hace unos años lo acompañé al encuentro con el director de Letras Cubanas, quien le devolvió Desde mi orilla con el veredicto negativo del censor del manuscrito. Tras leer los cuentos percibí que las «razones formales» del funcionario eran obvias porque los textos exceden lo que se puede publicar en Cuba y abordan la doble vida, el vacío existencial, el éxodo, la evasión, la locura y otros problemas actuales, recreados con humor en las páginas de esta colección de relatos.
Las narraciones de Frank revelan su oficio para armar historias, la destreza en el montaje de los diálogos y la capacidad para fabular sus circunstancias y apropiarse del desarraigo, el lenguaje y la enajenación de personajes tan vitales y auténticos que parecen salir del papel y montarse en un tren, en un camión, una balsa o volver a la galera donde el escritor los descubrió cuando estuvo preso por sus vínculos con los defensores de los derechos humanos en su natal Guantánamo, antes de emigrar como albañil a La Habana y reciclarse luego como periodista independiente.
Desde mi orilla comienza con «Viaje a Guantánamo», una aproximación a la angustia de una pareja sumergida en un periplo insular lleno de adversidades. Incluye tres excelentes relatos breves: «Volver», fabulación sobre Hemingway y la muerte; «Más absurdo que un día feliz», especie de contrapunteo sobre un cuento, y «Consorte», que retoma el hambre y la paranoia de dos cazadores nocturnos en una ciudad devastada. Con lenguaje claro, diálogos precisos y personajes vigorosos, el creador balancea los ángulos de la vida cubana desde una atmósfera realista y casi testimonial. Alterna textos complejos como «Consejo de reclusos», «Tren», «Jinetes» y «Desde mi orilla», con «Fantasmita», «Espinas» y «Bola de sangre» en los cuales la invención oscila entre el tema militar, la inoperancia del sistema sanitario, el desaliento de un matrimonio con hambre y el dilema ético de un hombre ante el aborto.
En su novela breve Un rey sin corona —Freeditorial Publishing House—, un jugador callejero de ajedrez es invitado por el director de una academia para jugar de suplente en un torneo nacional. Su cadena de victorias sorprende y preocupa al directivo y a los Grandes Maestros del juego ciencia que participan en la competencia y se sienten minimizados por el talento y las tácticas novedosas del jugador advenedizo. Paralelo al certamen ajedrecístico, el autor desarrolla múltiples historias que desnudan los conflictos de la Cuba de fines del siglo xx y principios del xxi, donde el hombre es una pieza más de una gran partida perdida de antemano.
Un jugador sin corona es un juego literario sobre tramas reales. Un libro que seduce, atrapa y conmueve. La descripción de cada partida es, asimismo, un auténtico homenaje a Capablanca, Alekhine, Mijaíl Tal, Bobby Fischer, Karpov y otros maestros del juego ciencia. El tablero y las jugadas son el telón de fondo de enredos familiares, sucesos policiales y leyendas de su natal Guantánamo, ligadas a la música —el Mará— y al sentido filosófico de personajes que planean sobre el ajedrecista, como su hermana y un ex Maestro Nacional derrotado por su discípula, a su vez vencida por el hermano que enfrenta cada partida en el Torneo Nacional con la misma audacia con que desafía su ríspida cotidianidad.
Frank Correa es, en cierta medida, ese rey sin corona que sorprende por su talento, adaptación al medio y poder de aprendizaje. En sus novelas, relatos y crónicas hay un trasvase continuo de temas y personajes que se nutren entre sí, cambian de escenario y confunden los límites, seres en fuga, combatientes olvidados, jugadores de juegos prohibidos, policías orientales, borrachos, ciegos y pícaros, jineteras que malviven o «vuelan» a otros «paraísos» y antihéroes y perdedores de todo tipo que desafían su destino y desacralizan la épica del poder en aquella isla atrapada de discursos y utopías fallidas.
Ernest Hemingway es el referente literario de Frank Correa, quien conoce la vida y las obras del Premio Nobel estadounidense, admira sus historias, su estilo y sentido de la brevedad, pero difiere en los temas, personajes y escenarios, salvo La Habana y el mar, recurrentes en ambos. El influjo del creador de El viejo y el mar es evidente en la estructura de sus relatos y novelas, la extensión de los párrafos, la longitud de las frases, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto. A pesar de la distancia tempo espacial y las intenciones de cada uno, los une el ejercicio del periodismo, el afán de aventuras y la imaginación.
Frank parece nutrirse, asimismo, de dos escritores de vida azarosa y prosa realista que trascendieron en las letras de Cuba e Hispanoamérica: Carlos Montenegro, autor de El renuevo y otros cuentos y Hombres sin mujer, y de Lino Novás Calvo, traductor de El viejo y el mar y creador de La luna nona y otros cuentos y las novelas Pedro blanco el negrero y En los traspatios.
Como cronista, Frank Correa reporta la guerra cotidiana de muchos cubanos de a pie, humaniza a las gentes sin historia que le ofrecen otras capas de la realidad y grafica la inmediatez con datos e imágenes escritos de forma amena, creativa e irreverente, lo cual acentúa el impacto y la razón sin digresiones ideoestéticas. Al usar la entrevista entra al juego y pregunta, observa, escucha y revela sin meterse en la nota ni manipular lo expresado. En sus artículos y crónicas sabe detallar y montar un problema desde el drama personal, historiar desde abajo y salir mentalmente de la isla, luminosa y claustrofóbica como algunos personajes de sus libros.

III

Amir Valle (1967) estudió periodismo en las universidades de Oriente y de La Habana, ciudad donde, animado por el profesor Salvador Redonet y el narrador Eduardo Heras León, promotores de los «novísimos», publicó su primer relato. Ha cultivado la novela, en especial la de género policíaco, el ensayo y la crítica literaria. Sus temas, escenarios y personajes principales emergen de la realidad cubana, fabulada con lenguaje conciso y metáforas brillantes que hacen creíbles historias como Tiempo en cueros (1986), Premio de Cuento «13 de marzo»; En el nombre de Dios (1988), Premio de Testimonio «Rubén Martínez Villena»; La danza alucinada del suicida, Premio «Manuel Cofiño» de Cuento 1998; Si Cristo te desnuda (1999), Premio de Novela «José Soler Puig», Muchacha azul bajo la lluvia (2000) y Los desnudos de Dios (2002), Premio de Novela erótica «La Llama Doble».

Amir Valle

Amir Valle

Glosados en la isla y promovidos por el autor en congresos literarios de España y México, algunos de esos libros fueron reeditados y traducidos en el extranjero. Los desnudos de Dios, por ejemplo, fue valorado por Alberto Garrandés como un excelente juego literario que permite asistir a «ciertos descentramientos que hacen del relato un vehículo para graficar experiencias radicales del individuo en el contexto redefinidor de la urbe». El «juego» es un manuscrito erótico escrito por una «amazonas» del México prehispánico, el París de los años cincuenta, la Cuba de los sesenta y noventa, y literatos como Henry Miller, Anais Nin, Julio Cortázar y José Lezama Lima, más una prostituta cubana actual; los personajes sufren una maldición de un tiempo inmemorial debido a la promiscuidad y la exaltación de su conducta sexual.
En Manuscritos del muerto (2000) ofrece «historias de amor, de miedo, de nostalgias, brumosas, alcohólicas y lacrimosas», entrañables por el ritmo narrativo, los diálogos y la atmósfera. «Laura», esposa de un homosexual, es «puta por destino, ramera por encargo», masoquista o retadora; «Cristal», el joven militar mutilado en la guerra al que todos rehúyen; Celene, protagonista de «El desesperado amor de los ahorcados», fue la novia de «senos continentales» que cruzó el Estrecho de la Florida y murió de SIDA «en un camastro de sábanas grises» de Xochimilco, la Venecia indígena. Y otras historias de odio y fracasos que «parecían perfectos melodramas»: «Un cuervo en el paraíso», «Mambrú no fue a la guerra», «Miedo», «La nostalgia es un tango de Gardel» y «Cirios, rostros grises y una flor en la solapa».
La recepción de sus libros incluye premios y reediciones en Colombia, República Dominicana, España y Alemania. Las puertas de la noche ganó el Premio de Novela Negra «Distel Verlag» (1998); Espectros obtuvo el Odysseus de Literatura Homoerótica 1999, Los cronopios, las putas, y un viejo café en el París de entonces recibió el Premio Internacional de Cuento Casa de Teatro 2002; mientras Entre el miedo y las sombras (2004) fue finalista del «Dashiell Ham mett» a la Mejor novela negra en español, género que repite en Santuario de sombras, Premio NOVEPOL de los lectores de España en 2006, año en que recibe, además, el Premio Bienal de Novela «Vargas Llosa» con Las palabras y los muertos, seguido en 2007 con Jineteras, Premio Internacional «Rodolfo Walsh» a la obra de no ficción publicada en español; más el Premio de novela negra Ciudad de Carmona a Largas noches con Flavia, y Las raíces del odio, finalista del Premio Rejadora de novela corta 2008.
Amir Valle juega en la «liga mayor» de la letras cubanas en el mercado europeo, junto a Zoe Valdés, Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez y Antonio José Ponte, aunque por sus temas y estilo Amir converge con Ángel Santiesteban Prats (La Habana, 1966), Premio UNEAC de cuentos —Sueño de un día de verano—, el UNEAC de novela —Sur: latitud 13—, el Premio Casa de las Américas —Dichoso los que lloran—, el Premio «Franz Kafka» Novela de gaveta —El verano en que Dios dormía— y encarcelado por sus críticas al régimen. También mereció reconocimientos con El regreso de Mambrú, en el cual revisita las guerras de los cubanos en África al igual que Amir Valle en «Mambrú no fue a la guerra», uno de los textos más desgarradores de Manuscritos del muerto, que recoge relatos sobre el horror, la traición, la pena y el «síndrome de la postguerra» tras la presencia militar de Cuba en varios países africanos.
En los cuentos y novelas de Amir vibra el sabor a rebeldía y la sensación de libertad presente en los libros de Reinaldo Arenas, fabulador de la realidad; esa «categoría de lo fantástico» es evidente en la narrativa de Amir Valle, quien hasta en los relatos sobre viajes, novias y amigos perdidos hurga en la realidad y sus márgenes, a veces en tono paródico, lúdico, nostálgico, irreverente. Sus obras satisfacen las expectativas de los jurados, de críticos y lectores, y ha sido elogiada por escritores notables como Augusto Roa Bastos, Manuel Vázquez Montalbán, García Márquez, Vargas Llosa y Herta Müller.
Si Trilogía sucia de La Habana, El rey de La Habana y Animal tropical insertaron a Pedro Juan Gutiérrez en el mercado editorial de España y de otros países, Amir Valle ingresó a esos espacios con El descenso a los infiernos, la serie de novela negra sobre Centro Habana formada por Las puertas de la noche, Si Cristo te desnuda, Entre el miedo y las sombras, Santuario de sombras y Largas noches con Flavia, editadas en España, Puerto Rico y Alemania entre el 2001 y el 2008. La prosa de ambos rescata a seres marginales inmersos en las ruinas de la capital, convergen en lo asociativo y quizás en las intenciones, pero divergen en la manera de contar porque el realismo sucio de Pedro Juan es más telúrico y feroz.
Al decir de Marta Ferreras, Santuario de sombras es una novela escrita con emoción que sobrecoge y entristece sin perder el control de las circunstancias. Ofrece «una mirada ficticia… sobre un pozo real…» y constituye el homenaje de Amir «a quienes han cruzado el estrecho de La Florida, pues se basa en testimonios reales de balseros sobrevivientes… con un narrador que interpreta vidas e intenta crear conciencia de una de las situaciones más crueles de su país, recrea ese submundo siniestro que acecha a los balseros y familiares de víctimas que buscan justicia por los crímenes de traficantes sin escrúpulos que juegan con las vidas de personas desesperadas…» Usa a un narrador por protagonista esencial y a dos investigadores de la policía criminal. Al visibilizar la tragedia de los balseros cubanos, el autor «logra hacer que parezca que los que están muertos han recobrado la vida».
Las exitosas novelas policiales de Amir Valle le permiten ejercer la crítica social sin explicar la realidad, describir la corrupción y el desencanto, el narcotráfico y el contrabando, los prejuicios y las humillaciones cotidianas que padecen los cubanos, y la prostitución; casi siempre con La Habana como escenario cardinal y sus personajes de a pie, auténticos y creíbles.
En Las palabras y los muertos, publicada en España por Seix Barral (2007) y Almuzara (2015), y traducida al alemán (Die Worten und die Toten, Edition Köln, 2007), Amir recrea fragmentos de la historia de Cuba y la figura de Fidel Castro, «tras cuya muerte el escolta predilecto rememora lo sucedido desde que se unió a los rebeldes en las montañas y se ganó la confianza del jefe. Bajo esa perspectiva la trama recorre momentos esenciales de la revolución… desde la historia…forjada en la intimidad, más próxima a la posible verdad».
La novela del dictador obtuvo el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa y fue un éxito en Alemania, donde reside su autor desde 2006 y fue elogiada por los Premios Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa y Herta Müller. En carta a Amir Valle, Vargas Llosa expresó: «…es una novela excelente… La historia interesa por sí misma y de ella transpira, como en las mejores novelas comprometidas, una visión crítica que es ética y cultural antes que política. Se lee con interés, expectativa y, por momentos, con un humor que descarga la insoportable y opresiva tensión». Mientras Herta Müller agrega: «Cuando vivía en Rumania, también tuve la sensación de de sesperanza que hay en su novela. Es lo mejor que he leído en los últimos años de literatura cubana …»
Por su parte, el poeta y escritor cubano Manuel Vázquez Portal señaló en la edición del 2006: «…es lo mejor que he leído en los últimos cuarenta años de literatura cubana. No creo que después de El siglo de las luces se haya escrito otra novela como Las palabras y los muertos. Hay que ser muy escritor para esa hazaña».
La «habanidad de habanidades» de Amir Valle galopa en las páginas de La Habana. Puerta de las Américas, la historia novelada de la capital escrita por encargo en Berlín y publicada en España en 2009 por alMED Ediciones. El libro «contiene todo lo que puede esperarse de un volumen de estas características: historia y geografía, crónica y cronología, itinerario de recorridos y estancias, memoria sentimental e intelectual de un espacio legendario». Tal vez lo mejor sea el índice temático y la forma de narrar «Las voces de la ciudad» y otros capítulos, además del «Glosario de términos cubanos» al estilo de Camilo J. Cela en La catira y Mazurca para dos muertos, tan necesario para los lectores de Europa como el «Índice onomástico».
Se ha dicho que «el libro representa la biografía —íntima, y al mismo tiempo, abierta— del corazón de esa vieja dama…» porque «rastrea sus calles, plazas y rincones, sigue la pista de los héroes nacionales y la gente corriente, con la mirada emocionada de quien sabe de lo que habla y de quién está hablando…» Cuba y La Habana, más conocida por su música, sus cines y por algunos escritores célebres, tiene en el autor de esta biografía citadina al retratista de lo real e imaginario, como sus precursores: la Condesa de Merlín, Jorge Mañach, Cabrera Infante y Zoe Valdés.
Después de rastrear las calles, plazas y rincones de La Habana y hurgar en la biografía de sus personajes célebres, convirtiéndose así en retratista de lo real e imaginario, el prolífico y tenaz Amir Valle escribió Las raíces del odio (El barco ebrio, España, 2012), Hugo Spadafora – Bajo la piel del hombre (Aguilar­Santillana, 2013) y Nunca dejes que te vean llorar (Grijalbo, 2016). Los invito a leer esas obras.
» Epílogo
Ángel Pérez Cuza, Amir Valle y Frank Correa tienen un antecesor ilustre en su natal Guantánamo, Regino E. Boti (1878­1958), figura principal de la lírica en esa región en la primera mitad del XX y renovador de la poesía cubana junto con Agustín Acosta y José M. Poveda. Boti fue periodista y escritor, pintor, pedagogo, jurista, historiador y político. Estudió en su ciudad, en Barcelona y en las Universidades de Harvard (EE.UU), de Santiago de Cuba y de La Habana, hasta graduarse de doctor en Derecho Civil y en Filosofía y Letras, así como de Notario Público. Ejerció como profesor, redactor y director de publicaciones locales y colaboró en periódicos y revistas de Cuba y de varios países, además de integrar la Academia Cubana de la Lengua, de la Historia de Cuba y la Nacional de Artes y Letras. Fue autor de poemarios de repercusión nacional como Arabescos mentales (1913), El mar y la montaña (1921), La torre del silencio (1926) y Kindergarten (1930). En su honor fue creado en Guantánamo el Centro de Arte y Literatura «Regino E. Boti», cuya función primordial es conservar y promover la obra de este intectual. El centro estimula, además, los estudios culturales, de información e investigación sobre temas y autores locales y nacionales, y convoca el Concurso de Literatura Regino E. Boti.
¿Qué une al cultor de principios del siglo xx con los escritores de finales de esa centuria y principios del xxi? Tal vez el tiempo y sus ferocidades, el acoso de la mediocridad, el forcejeo con la inmediatez. «Hacer un buen edificio para que lo roan las ratas», como le dijo Boti al ensayista Max Enríquez Ureña.
Los libros de Ángel, Amir y Frank no convergen con la poética de Regino E. Boti ni con la narrativa de otro «escritor del sur»: José Soler Puig (Santiago de Cuba, 1916­1996), quien residió en su ciudad natal, en Guantánamo y en Isla de Pinos y desempeñó diversos oficios antes de publicar varias obras que miran lo inmediato desde la realidad concreta. Fue etiquetado como escritor político a partir de Bertillón 166 (Premio Casa de las Américas, 1960) por mitificar la épica revolucionaria, aunque también abordó temas metafóricos y asumió las técnicas del boom de la literatura latinoamericana, como quedó demostrado en sus novelas posteriores El pan dormido, Un mundo de cosas y El derrumbe. Solo Amir Valle evoca a Soler Puig en uno de sus relatos.
Si Soler Puig no hubiera cantado la épica revolucionaria a partir de 1960 su obra no hubiera tenido impacto editorial en momentos de «poesía bajo consigna» y de la «narrativa de la violencia» como preámbulo al realismo socialista que se trató de imponer a partir de 1971. Soler Puig, además, comulgaba con el discurso épico por su historia personal y por el mesianismo revolucionario tomado de la historiografía oficial cubana. No en vano existe en Santiago de Cuba el Centro de Promoción Literaria «José Soler Puig».
En fin, las criaturas de la imaginación de estos tres escritores parten de ángulos, momentos y atmósferas distintas; sus personajes —reales o ficticios— son seres descreídos y en movimiento que esquivan o se sumergen en el caos inducido, la corrupción y la servidumbre. Esos entes de palabras en medio de las ruinas testimonian la decadencia de un reino insular donde nada es lo que parece, casi todo es difícil y las soluciones constituyen una línea en el horizonte.