El año 1935 puede considerarse, en la literatura cubana, como el de conclusión de lo que la crítica y la historiografía han considerado la vanguardia histórica, un movimiento que tuvo entre nosotros sus manifestaciones iniciales hacia 1909, cuando empezaron a darse a conocer en las publicaciones culturales de la época los primeros textos de la nueva propuesta renovadora.

Si bien esa división es discutible y nada rigurosa por cuanto es imposible decir con absoluta precisión cuándo termina una manera de percibir la realidad y cuándo comienza la subsiguiente, entre otras causas porque el final y el inicio se entremezclan al menos durante un tiempo, creo que esa fecha es válida grosso modo si observamos que los manifiestos, las publicaciones culturales y muchos de los poemas, narraciones y obras teatrales que desde los últimos años de la década de 1910 y hasta el primer lustro de la de 1930 evidencian una voluntad renovadora, van desapareciendo de la vida literaria para transformarse en obras más plenas y sustantivas, herederas de esa necesidad de cambio que de manera menos creadora y rica se desplegó en aquellos años. Diríamos entonces, reiterando lo que acabo de apuntar, que después de esos ejercicios de creación de ese primer vanguardismo se abre un período de mayores y más perdurables logros en los mejores autores de la llamada década crítica (1923-1933), al mismo tiempo que aparecen creadores que no habían dado aun sus frutos artísticos y que, partiendo también, como aquellos que ya habían entregado sus muestras iniciales, de las posiciones ideoestéticas más novedosas, dan a conocer páginas ciertamente mejores y de una fuerza y fecundidad mayores, como es el caso de Virgilio Piñera, acaso el mejor y más elocuente ejemplo de que los tiempos que se abrían en esa segunda mitad del lustro traerían obras de primer orden a la cultura nacional desde la que podríamos considerar la verdadera y más acabada vanguardia, heredera de los ensayos y tanteos anteriores.

Creo que puede sustentarse la tesis de que lo que va apareciendo en materia literaria en Cuba después de 1935 es en verdad nuestra más genuina vanguardia, ya rebasados los años iniciales, más o menos logrados pero siempre insuficientes, no obstante la importancia que tienen poemas como los de «Motivos de son», de Nicolás Guillén, dados a conocer en 1930 en el Suplemento Literario del Diario de la Marina. Creo que las entregas posteriores del propio Guillén, y no menos las de Emilio Ballagas, Eugenio Florit y José Lezama Lima son muy superiores a las propias de poco antes. Lezama había realizado una búsqueda de su camino poético con un libro de la década de 1920 que nunca publicó, Inicio y escape, en el que es evidente la impronta de autores de la generación de 1927. Hacia 1932 ya está trabajando en «Muerte de Narciso», dado a conocer en 1937, páginas en la que ya tenemos al poeta que siempre fue, expresión de nuestro más alto vanguardismo pleno.

Ese propio año 1935 es el de la aparición de la Revista Cubana que hoy nos convoca. Como hemos visto, es un momento de cierre y de apertura, un momento clave en el proceso histórico de las letras cubanas y, en general, del pensamiento social y político. Ya ha sido derrocada la dictadura de Gerardo Machado y se ha abierto una nueva etapa en la vida social de la nación. En materia de publicaciones culturales ya han hecho su tránsito la revista Social y la Revista de Avance, de las que se hablará desde esta misma cátedra en sucesivas conferencias. Es, pues, muy apropiado ese año para replantearse algunas cuestiones importantes para el país.

Es también el momento de intentar, por un lado, una apertura hacia más vastos horizontes y, por otro, el de proponerse el rescate de una tradición importante que los vaivenes de la vida nacional habían hecho desaparecer o habían empobrecido notablemente. Esta última posibilidad fue la preocupación fundamental del fundador y director de la Revista Cubana, José María Chacón y Calvo, un notable erudito y discípulo del gran maestro Ramón Menéndez Pidal, y también autor de valiosas investigaciones en el campo de las letras cubanas y, en general, de la historia de nuestra vida cultural, como rápidamente se aprecia cuando nos acercamos a su vida y obra. Fue Chacón un hombre singular, a quien debemos indagaciones lúcidas y sabiamente fundadas, así como una rica e invaluable labor desde posiciones de dirección en diferentes instituciones dedicadas a la difusión y conservación de altos valores espirituales, y no menos como embajador y hombre al servicio de los más perdurables logros dentro del mundo académico, amigo entrañable de una figura de la talla de Pablo de la Torriente, hombre de nuestra más fructífera vanguardia en todos los planos. Entre los muchos aportes de Chacón y Calvo a la vida cultural de Cuba está el de la creación de este órgano, editado por la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación desde enero de 1935 hasta 1957, el año de su clausura.

Cuando revisamos los textos que fueron apareciendo en las páginas de la revista nos percatamos, en consonancia con los propósitos y los lineamientos que declaró su fundador en el preámbulo, de que apenas hay textos de creación literaria, sino prosas reflexivas de importantes investigadores y pensadores y en algunos casos de figuras notables del mundo de la ficción. En el mencionado preámbulo, en las páginas 6 y 7, hallamos la siguiente afirmación: «Queremos recoger una tradición, no estática sino evolutiva», e inmediatamente leemos: «Así, en los números sucesivos de esta Revista Cubana ofrecemos una revisión de nuestros valores más genuinos: estos cuadernos serán, en uno de sus aspectos, capítulos de nuestra historia nacional.

Pero también nos sentiremos, de una manera profunda, hijos de nuestro tiempo, preocupados, dominados por la inquietud universal de nuestros días». Y de inmediato: «Con ánimo seguro emprendemos esta labor en momentos esenciales para el futuro de nuestra patria». Muy poco antes había dicho el autor de estas líneas: «la Dirección de Cultura de nuestra Secretaría de Educación […] aspira a ser una zona neutra en nuestra vida política, tan llena de contrastes apasionados». Después de cesar durante tres años, de 1953 a 1956, reaparece en octubre-diciembre de ese último, con el volumen xxx, cuando Guillermo de Zéndegui dirigía el Instituto Nacional de Cultura del Ministerio de Educación, con la codirección, en la revista, de Félix Lizaso y de Salvador Bueno. Declaran entonces que «estaba dedicada primordialmente a divulgar las actividades de los escritores cubanos en el campo del ensayo y la crítica», y de inmediato apunta: «en esta nueva etapa realizará todos los esfuerzos para continuar con verdadero entusiasmo la tradición cultural que durante tantos años ha estado vinculada a su nombre.» Esa interrupción, pues, no significó un cambio en sus pretensiones ni un proyecto diferente en lo esencial del que se habían trazado sus editores desde el primer número.

Ello era válido asimismo para la neutralidad que suscribían desde el principio, fundada en la supuesta neutralidad de la cultura, tesis perfectamente ajena a la del arte como arma ideológica y, consecuentemente, política, con su natural militancia en una u otra postura o posición ideoestética. No perdían de vista los integrantes del cuerpo de redactores la importancia de los problemas nacionales, pero depositaban toda su confianza en que la difusión de la cultura y el acercamiento a la historia espiritual y política de la nación crearía mejores ciudadanos, aptos para encauzar al país por senderos de progreso y de justicia social, ajenos entonces a cualquier posible solución de una acción revolucionaria que transformase los cimientos de la economía y la concepción general del mundo, como ocurriría pocos años después en la historia nacional. Desde la cultura, desde la reflexión académica seria, desde la investigación del pasado nacional y, en general, del pasado de las tierras americanas y de la riquísima tradición espiritual europea, creían que se lograrían cambios sustanciales en la vida cubana. La realidad iba ciertamente por otros caminos, pero en las páginas de esta publicación se había realizado una extraordinaria labor de rescate y consolidación de nuestra espiritualidad, obra sumamente importante para los posteriores proyectos de reconstruir otro país desde nuevas perspectivas filosóficas y políticas. Creo que en primer lugar la Revista Cubana nos trajo una riqueza invaluable y contribuyó de manera sustantiva a afianzarnos en la tradición que con tanto celo quiso mantener viva, una tradición de enorme fuerza nutriente que nos afirmó y nos permitió cobrar conciencia de nosotros mismos, preludio altamente significativo para enriquecer el arduo y extraordinario quehacer que tendríamos por delante apenas unos años más tarde.

Visto este esfuerzo a la luz de los años inmediatamente anteriores a su aparición en materia política y en la vida cultural cubana, puede considerarse que este proyecto intelectual era un replanteo y una reconsideración de las necesidades más apremiantes para sustentar nuestra identidad. Era como si la agitación de la vanguardia, entre nosotros más importante como movimiento que buscaba nuevas maneras que como realización artística, se viese sustituida por un sosiego reflexivo que se hacía imprescindible, en consonancia con el pensamiento de su director, Chacón y Calvo, para asegurar con mayor solidez los pilares sobre los que se había venido edificando la historia nacional.

No se trata, creo, de que Chacón considerara baldíos los esfuerzo renovadores de los escritores, músicos y artistas de la plástica durante los años precedentes, pero sí de que esas obras no eran suficientes para sustentar nuestra nación, quizá por los frutos no muy elocuentes de esas creaciones, o al menos por la falta de una erudición apropiada y del diálogo necesario con el pasado que esos renovadores parecían haber desdeñado en el ejercicio de sus propuestas artísticas. Su formación en la escuela de Menéndez Pidal y el altísimo respeto que profesó siempre ese maestro de la cultura cubana hacia el saber organizado y de profundas raíces, lo condujo por los senderos que abrió al concebir la Revista Cubana. Pare él no bastaba lo que podríamos llamar la tradición inmediata, el ayer cercano de la historia de Cuba, sino que resultaba imprescindible que nos remontáramos además a las raíces que más hondamente nos nutrieron, de manera que los horizontes de los lectores y estudiosos no se vieran limitados en el tiempo, sino que se abriesen hacia mayores y más fecundas lejanías, una forma de identificarnos con otras naciones en un origen común.

Como consecuencia de ello, y de otras aproximaciones aparecidas en la publicación, resultaba que sus páginas ganarían en diversidad para un mayor número de lectores. De ahí la presencia de un texto como el dedicado a las ideas platónicas, estudiadas por Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, figura cubana que dedicó años al conocimiento de la filosofía, o las consideraciones en torno a la poetisa griega Safo, de la profesora argentina María Rosa Lida de Malkiel, traductora de Sófocles y autora de un libro acerca de su obra, y además importante investigadora de temas de la literatura española, como lo denmuestra su libro acerca del poeta Juan de Mena. Se trata, en fin, de una autoridad probada dentro de los estudios académicos. Si bien semejantes acercamientos no proliferaron en este proyecto cultural, su pura y simple presencia obedecía a esa conciencia de la importancia del pasado como una lección de primer orden para el presente, un paso en verdad hacia el conocimiento de los fundadores de la cultura occidental, una forma de acercarnos a otras naciones con el mismo origen que la nuestra.

Cuando nos detenemos a ver qué autores extranjeros colaboraron en la realización de este proyecto, vemos de inmediato que se trata de grandes firmas de la época, estudiosos de un relieve internacional que alcanzaron un justo prestigio en sus respectivas disciplinas.

Y no solo especialistas europeos, sino también y sobre todo especialistas latinoamericanos o dedicados a los problemas de las letras y de la historia de América. Pero no solamente admiramos los nombres de esas autoridades, de rica y reconocida trayectoria, sino además los temas de los que se ocupó la revista, múltiples y de suma importancia para alcanzar un conocimiento más profundo de lo que esta publicación quería difundir en sus lectores, entre los que se hallaban historiadores, literatos, profesores, investigadores, alumnos universitarios y simples interesados en la cultura que, aunque no tuvieran una formación académica ni se dedicaran profesionalmente a esas problemáticas, sentían un singular interés por el enriquecimiento de sus perspectivas de análisis de la realidad de ayer y del momento, un enriquecimiento de su conciencia ciudadana y de sus propios orígenes en diversos planos.

Entre los nombres de los colaboradores hay que citar, por ejemplo, a Ramón Menéndez Pidal, maestro de la filología hispánica, sabio entre los sabios; Rafael Alberti, un poeta que formó parte de la renovación de la poesía del idioma en la década de 1920, miembro de la llamada Generación de 1927, figura cuyas calidades y creatividad rebasaron con creces su momento y han llegado hasta nuestros días en libros fundamentales; Rafael Altamira, toda una autoridad en materia de cultura española, de un bien ganado nombre en aquellos años; el dominicano Pedro Henríquez Ureña, brillante profesor en importantes universidades de nuestro hemisferio y autor de libros esenciales para la dilucidación de temas capitales de las letras de Hispanoamérica; el musicólogo español Adolfo Salazar, cumbre de la investigación en la historia de la música, autor de libros insoslayables; la ya mencionada profesora e investigadora argentina María Rosa Lida, estudiosa de la cultura griega clásica; Leo Ulrich, especialista de talla universal en lingüística; María Zambrano, eminente pensadora española, discípula de Ortega y Gasset, cuya impronta en nuestros poetas origenistas fue determinante, una intelectual que, como su maestro, supo incorporar el pensamiento español a las grandes corrientes de la modernidad en los años 40 y 50; el erudito alemán Karl Vossler, autor de estudios sobre los más diversos autores (Fray Luis de León, Racine, Lope de Vega, la literatura italiana), muy conocido entre nosotros por su estancia en Cuba, donde hizo amistad con personalidades de la cultura cubana y por su epistolario con Benedetto Croce, donde cuenta su experiencia en un carnaval habanero; Waldo Frank, autor de libros sobre temas latinoamericanos, muy leído en Cuba en el pasado; Raimundo Lida, prestigioso especialista con larga y fructífera trayectoria académica con sus acercamientos a figuras relevantes o menos conocidas de la cultura hispana; Francisco Romero, espléndido y profundo conocedor de grandes temas de la cultura americana y europea; el poeta Juan Ramón Jiménez, harto conocido de todos por la relevancia de su obra y la influencia que dejó entre los autores cubanos hasta hoy, en espacial en Vitier y Florit; Jorge Guillén, otro extraordinario maestro y poeta dentro de la mejor tradición de la lírica española, conspicua figura del siglo xx.

Los autores cubanos, en mayor número, dejaron asimismo páginas magníficas en esta publicación, atentos a diversas temáticas del país y de Latinoamérica. Recordemos algunos textos importantes por su tema o por la calidad de la exposición, en todos los casos racionalmente ordenada y con una valiosa profundidad en su tratamiento, en muchos casos con un inteligente manejo de fuentes primarias. Así podemos citar el trabajo de Francisco José Ponte Domínguez titulado «Don Francisco de Arango y Parreño, artífice del progreso colonial de Cuba», detenido examen de la cuestión a lo largo de más de cuarenta páginas, e igualmente este otro análisis suyo: «Arango y Parreño y la idea de la independencia de Cuba», así como el de Raúl Maestri, «Arango y Parreño, el estadista sin Estado».

No menos valiosas en sus análisis son las indagaciones de Emeterio Santovenia acerca de la colonización de Cuba, las de Julio Le Riverend a propósito del historiador del siglo xviii cubano José Martín Félix de Arrate —una aproximación de gran calidad a esa figura fundadora de la historiografía nacional—; la de Mario Sánchez Roig en torno a la imprenta en América; la de Felipe Pichardo Moya acerca de lo que él llama La Edad Media Cubana —los siglos anteriores al xviii—; la de José Juan Arrom sobre las letras en Cuba antes de 1608; la de José Antonio Fernández de Castro que titulada «Domingo del Monte, editor y corrector de las poesías de Heredia», la de José de Armas y Cárdenas acerca de Cervantes en la literatura inglesa (parte del homenaje que la revista le dedicó al autor del Quijote, número de 1947, en el que aparecieron también aportes importantes de José María Chacón y Calvo sobre Cervantes y el romancero, de Rafael Marquina acerca de tres mujeres del Quijote, de Esteban Borrero Echevarría a propósito de las influencias sociales del Quijote).

El número de enero a junio de 1940 se dedica a la ilustración cubana, tema de la mayor preferencia del fundador, Chacón y Calvo, en el que intervienen verdaderas autoridades en la investigación de los valores de la cultura cubana, como Ramiro Guerra, Rafael Esténger, el propio Chacón, César García Pons, quienes se adentran en figuras como Don Luis de Las Casas, José de la Luz y Caballero, el Obispo Espada, Domingo Del Monte, José María Heredia, Félix Varela y sus discípulos, José Antonio Saco, Enrique Piñeyro, Enrique José Varona, José Martí. En 1953, como era de esperar, se dedica un magnífico homenaje a Martí en su centenario, con nombres de gran importancia en el estudio de su vida y su obra.

Se trata, en todos esos casos y en otros de autores extranjeros, de serias conclusiones en diversos temas de interés, como «El español en México, los Estados Unidos y la América Central», de Pedro Henríquez Ureña; el estudio de Ramón Menéndez Pidal acerca de poesía árabe y poesía europea; el de Orlando Ferrer sobre Aretino en Venecia; las reflexiones de Edmundo López a propósito de la estética de Juan Sebastián Bach, el de Rafael Azcárate Rossel con el tremendo nombre de «La filosofía en la historia», el de Luis Rodríguez Émbil acerca de la música, el de Giuseppe Favole Giraudi para analizar la traducción que hace de La Eneida el matancero Antonio Guiteras.

Si bien los editores consideraban a la cultura como una fuerza neutral, al servicio solo del crecimiento espiritual del individuo y ajena a posiciones políticas, hay que destacar la preocupación en estas páginas por cuestiones relacionadas con América y, desde luego, con nuestra isla, como se evidencia en el interés que demostraron en los proyectos de cooperación intelectual que fueron concebidos en la época, en los congresos nacionales de Historia, en la Conferencia de Panamá, convocada en 1943 —sobre la que Chacón y Calvo ofreció una conferencia ese propio año bajo el transparente nombre de «Hacia la unidad continental»—, así como en el Congreso Internacional de Americanistas de 1936, hechos todos que fueron temas de reflexión en la revista. En un trabajo como el del entonces Ministro de Educación de Cuba, Juan J. Remos, titulado «La política en la cultura», se nos revela, más allá o más acá de la voluntad del autor, el trasfondo nutricio de esa aparente neutralidad de las ideas y los juicios estéticos. Los acercamientos a Latinoamérica que integran una buena parte de la publicación son asimismo de gran elocuencia en lo que concierne a la preocupación de sus promotores por la vida de nuestros países.

Dentro de esos aportes podemos citar, además de los que aluden a Cuba o a figuras nacionales de relevancia, las aproximaciones siguientes: «La primera constitución política de Santo Domingo», de Javier Malagón Barceló y Malaquías Gil; «Vida cultural de Santo Domingo en el siglo xvi», de Vicente Llorens Castillo; «América y el destino del hombre», de Campio Carpio; las incursiones de Gabriela Mistral en cuestiones políticas de su país, la de Juan J. Remos alrededor de la Tradiciones de Ricardo Palma como expresión del alma peruana, la que tiene por nombre «El poeta del Martín Fierro», de Raimundo Lida, la de Alfonso Hernández Catá acerca de Os Sertoes de Euclydes da Cunha —su prólogo a la primera edición del libro en castellano—; la de Arturo Torres-Rioseco sobre José Eustacio Rivera, la de Amado Alonso a propósito del contenido de la poesía de Pablo Neruda, la de Medardo Vitier titulado «Lineamientos de la literatura hispanoamericana», la de José Manuel Cortina, «América y el destino del hombre», y las consideraciones que despliega Jorge Mañach en torno a la literatura de Hispanoamérica.

Otros temas enriquecen estos números y les dan un carácter más universal, como el tratado por Campio Carpio en «Literatura española del destierro, universal y eterna», el de Ramón Gómez de la Serna cuando escribe acerca de las características nacionales de España, el del ya citado Rafael Azcárate y Rosell sobre cultura y valor, el de Mariano Brull a propósito de Jean Racine, un texto que contribuye sustancialmente a ofrecernos una visión más completa de la obra de nuestro representante de la poesía pura; el de Francisco Romero, «El tiempo y la cultura»; el de Orlando Ferrer en su acercamiento a Poe; el de Humberto Piñera Llera adentrándose en el pensamiento existencial de Heidegger y Sarte, de gran actualidad en su momento, 1948; el de Rafael Alberti en torno a Lope de Vega y la poesía contemporánea, el del crítico André Rousseaux interpretando la poesía de Paul Valéry, los de Karl Vossler con el tema de la poesía simbólica y neosimbolista —con una elogiosa alusión, al final, a la novela Contrabando, de Enrique Serpa— y el dedicado al teatro de Tirso de Molina; el de Jorge Guillén adentrándose en la obra del poeta español Figueroa; el del ensayista y estudioso Ferrater Mora con la obra de Miguel de Unamuno como centro; las consideraciones de Rafael Marquina en su inteligente aproximación al teatro de Musset; el de Salvador Bueno y la evolución del género biográfico; el de Carmen Conde acerca de la composición literaria infantil; el de Asela Gutiérrez en torno a Katherine Mansfield, las afirmaciones de Francisco Romero al acercarse a Goethe y la filosofía, el de Rafael Heliodoro Valle con el tema de lo español en Séneca, el de José Antonio Ramos con el teatro literario en Norteamérica, el de Waldo Frank cuando habla de la pintura contemporánea norteamericana.

Dentro de los trabajos de autores cubanos aparecido en la revista creo que merecen ser citados, además de los enjundiosos estudios ya mencionados de investigadores más conocidos en el campo de la historia y de las letras nacionales, el de Gaspar Agüero sobre el compositor Nicolás Ruiz Espadero —uno de los dos textos que se detienen en un músico cubano importante, junto al trabajo que dedica Adolfo Salazar a la obra de Alejandro García Caturla—, el de Luis Felipe Rodríguez titulado «El sentido del paisaje vernáculo», el de Rafael Marquina acerca de los caminos de la novela cubana y el que dedicó a la obra del pintor Mario Carreño, uno de los dos que prestaron atención a la obra de un artista cubano de la plástica (el otro es de Ernesto Ardura acerca del personaje El Bobo, de Eduardo Abela), el de Agustín Acosta en torno a Julián del Casal, el de la pedagoga Piedad Maza sobre la vida sexual del adolescente.

Muy poco se dio a conocer en estas páginas el pensamiento y la obra de creación literaria de autores cubanos del momento, entre ellos Florit, Ballagas, Pichardo Moya, Carpentier, Lezama, Rodríguez Santos, Cintio Vitier.

Tanto en su caso como en el de Lezama estaban exponiendo sus primeros criterios, Lezama mediante su importante conversación con Juan Ramón Jiménez, y Vitier mediante consideraciones muy lúcidas acerca de lo que denominó «El saber poético», en 1945, si bien ya había expuesto algunas de sus ideas al respecto en una conferencia que dio el año anterior en el Ateneo de La Habana, invitado por el propio Chacón y Calvo, bajo el título de «Experiencia de la poesía». Ballagas, por su parte, se adentra en una caracterización del futurismo, reflexiones con las que contribuyó, junto a los dos autores que acabo de mencionar, a difundir las más recientes tesis de la poesía del momento y de los años inmediatamente anteriores.

Era evidente que las inquietudes de los editores no estaban cifradas en la divulgación de esas obras, sino en la herencia que el pasado había entregado al presente, una herencia en la que descansaba, según el criterio acertado de los editores, una parte sustantiva de nuestra identidad y el sentido último del porvenir de la nación. Ese pasado se hacía extensivo hacia las fuentes primarias de la cultura occidental, insistimos en ello, como sucedió con la publicación, en el número 1 del propio 1935, del extenso trabajo de Sánchez de Bustamante y Montoro acerca de las ideas de Platón, el único en toda la revista con ese carácter y con esas pretensiones.

Dos razones confirman mi criterio de que la presencia de ese tema en la revista tiene la finalidad expresa de llamar la atención de los lectores sobre nuestras fuentes últimas: una es que le fue encomendado a un autor cubano, con lo que se subraya que nuestros hombres ilustrados se nutren de ese saber, y la otra es la ausencia en esas páginas de lo que vendría a ser la puesta al día del conocimiento del tema entre los mejores y más conspicuos estudiosos, pues el propósito principal es destacar por parte de la publicación la significación de esa magna obra en la conformación de determinada concepción del mundo, una tesis que los editores también querían evidenciar entre los interesados en los problemas de la cultura. Ciertamente, las páginas de la Revista Cubana no dedicaron mucho espacio a esos orígenes, sino que se detuvieron con más atención en el pasado hispánico, en Hispanoamérica y en los aportes de la propia historia nacional, cuyas figuras más altas fueron exaltadas y analizadas con mayor minuciosidad, y en alguna medida también el quehacer de autores y obras del momento.

Prestaron atención asimismo sus editores a las ferias del libro que por entonces se realizaban en Cuba, a las misiones culturales, encargadas de llevar las expresiones artísticas de de esos años a zonas apartadas y habitualmente desatendidas por las administraciones gubernamentales, a la escuela cubana, a libros importantes que se publicaban sobre temas significativos de la vida del país en el pasado y acerca de obras y hechos de la época, a las actividades culturales que realizaban instituciones o personalidades de la cultura, como ciclos de conferencias, congresos y encuentros entre los intelectuales y el público, todo ello con el propósito de crear un ciudadano mejor y más apto para dirigir los destinos históricos por caminos que condujesen a la solución de los múltiples problemas estructurales de aquella sociedad.

Si nos detenemos a valorar, por otra parte, lo que no hizo esta revista en lo referente a la difusión de otros autores extranjeros y cubanos, lo que desatendió en materia de obras relevantes de la época, veremos que están ausentes de sus espacios numerosos temas y especialistas de gran renombre, en primer lugar, por ejemplo, algunos franceses que por entonces, en las década de 1940 y 1950, ya poseían un renombre que los identificaba como primeras figuras en sus respectivos campos de trabajo, pero ello no sustrae méritos a lo realizado, una labor que sin duda dejó un saldo muy positivo a pesar de esas carencias y de las posiciones ideostéticas que sustentaban a esos maestros del conocimiento historiográfico, filosófico, artístico y literario.

Si la orientación que tenía, en lo esencial, el pensamiento imperante en los promotores y sustentadores de esa gran labor difusora de cultura, no era ciertamente un pensamiento de vanguardia que enfocase los problemas desde una perspectiva moderna, creadora, con aportes importantes para la construcción de una conciencia ciudadana de más perdurable alcance, es innegable de todas maneras que la política que siguieron a lo largo de los años coadyuvó sustantivamente en la preparación y elaboración de una fuerte base espiritual que alcanzó rápidamente la calidad de una tradición ella misma, al menos tan atendible y valiosa como la que defendieron y propagaron estas páginas. Los hombres y mujeres que integraron el consejo de redacción, de muy bien ganado renombre, entre los que se encontraban el escultor Juan José Sicre, el poeta y ensayista Gastón Baquero, el periodista y ensayista Rafael Suárez Solís, el investigador Francisco Ichaso, el pintor Mario Carreño, el investigador de temas históricos y sociales Juan Pérez de la Riva, la eminente folklorista Lydia Cabrera, con José María Chacón y Calvo como Presidente de Honor y fundador de la revista, dieron continuidad, como se lo habían propuesto, según declaraba el preámbulo publicado en el número 1, de enero de 1935, a la Revista Cubana que publicó Enrique José Varona entre 1885 y 1894, y a la que en cierto sentido fue la predecesora de esta, la Revista Bimestre Cubana, fundada en 1831 por José Cubí y Soler.

Esa tarea en favor de nuestra dignidad, de nuestro enriquecimiento espiritual y, por ende, de nuestra condición de cubanos, tenemos que agradecerla hoy si somos intelectuales y ciudadanos que queremos una patria mejor, más plena.

Gracias, pues, a esos maestros que trabajaron con empeño, con inteligencia y con honestidad por un país más sólido y mejor preparado para el futuro. En 1959 reapareció el proyecto con el nombre de Nueva Revista Cubana, dirigida por Cintio Vitier, pero vio solo dos números, el segundo dirigido por Roberto Fernández Retamar. Sus propósitos eran en esencia los mismos, pero ya los tiempos eran decididamente otros, con una descomunal apertura hacia el futuro y una diferente concepción de la Historia y en general de la cultura, con un movimiento de masas de proporciones nunca vistas en Cuba, por lo que, entre otros factores importantes, se cerró ese ciclo creador que tanto agradecemos. Ese nuevo impulso en favor de la difusión del saber posee sus propios méritos y su personalidad, pero no habría surgido si sus editores no hubiesen sentido el calor vital de la llama que su predecesora había encendido. Los años no han podido borrar de la memoria y de la ejecutoria de los intelectuales, escritores y artistas de Cuba aquellas incursiones en el saber y en beneficio de la nación que desde 1935 hasta 1957 nos gratificaron y enriquecieron.