Al iniciarse el año 1931 la situación cubana estaba muy lejos de ser esperanzadora y muy sombrío se avizoraba el horizonte del país. El llamado crack de la economía norteamericana de 1929 había tenido una repercusión muy grande en la Isla y la exportación de azúcar, su principal rubro productivo, se había desplomado. El brusco descenso de los capitales y de la producción había incrementado el desempleo, las protestas de los obreros y la inconformidad de la ciudadanía.

En el orden político, cada vez se reiteraba con más fuerza la esencia represiva del régimen de Gerardo Machado, quien había llegado a la presidencia en 1925 con un prometedor programa nacionalista, el lema “agua, caminos y escuelas” y el ingenuo entusiasmo de amplios sectores sociales, y había demostrado a continuación su verdadero rostro de gobernante autoritario y sin escrúpulos.