Con motivo de celebrarse el centenario de la aparición de la revista semanal habanera Carteles (1919-1960), de notable importancia para las letras cubanas, ofrecemos el siguiente artículo, que aborda un tema que avivó la sensibilidad política del pueblo cubano: la Guerra Civil en España.

Hasta el estallido de la segunda conflagración mundial, la Guerra Civil española se inscribió como el acontecimiento internacional de mayor impacto en la opinión pública y el periodismo impreso y radial de la Isla. Se afirma que llegó a desplazar el pico de popularidad alcanzado hasta ese momento por la Revolución rusa. Y las razones eran bien conocidas. Durante cuatro siglos de dominación colonial, la «Madre Patria» había dejado anudados en el territorio más español de América una larga historia en común y una comunidad de bienes (idioma, cultura, religión…) difícil de romper. Tan es así que, contrario a lo sucedido en otras repúblicas latinoamericanas, el flujo migratorio proveniente de la ex metrópoli hacia la Cuba independiente fue mayor en esta etapa, que durante todo el período colonial. Un caso totalmente sui generis en la historia de la descolonización, que «lejos de interrumpir el proceso de españolización de la sociedad cubana, no hizo sino cambiarlo de sentido».1 Al respecto Ignacio Sotelo agrega:

En la primera mitad del siglo xx nos topamos con otra presencia de España en Cuba, tal vez la más vívida y original. La España que ha eclipsado es la que representaba un Estado mediocre, con sus empleados públicos «corruptos» y sus militares «despiadados» […]. La España que llega con el nuevo siglo es la del emigrante proveniente de los sectores sociales más bajos, y que tiene que hacerlo todo con su propio esfuerzo. Algunos pocos que sobresalen por su audacia y capacidad de trabajo, se enriquecen […]. Es un nuevo tipo de español, sin poder político ni social, pero con mucho contacto con la gente.

Aparte de los aspectos señalados por Sotelo, resulta difícil entender esta atipicidad migratoria si no se tiene en cuenta que en la Isla nunca se llegó a sentir o anidar repugnancia alguna hacia lo español, sino hacia la autoridad colonial. Durante la preparación de la guerra necesaria, José Martí gustaba de repetir que no era España el enemigo ni, por tanto, los españoles, sino la política cerrada y hostil de su gobierno. El Héroe Nacional apeló en su momento por la afirmación de una Cuba ideal en que esa misma sustancia, hecha de valores españoles, hallara una proyección más plena y efectiva. Cuando al fin se arrió en el Morro de La Habana la bandera roja y gualda, el público criollo respetó visiblemente el dolor de los que miraban hundirse tras aquellas aguas el sol del imperio, sin que quedara ninguna huella de encono o rencor entre los adversarios. Tampoco se anidaron resentimientos étnicos de los que habían viciado la formación de otras repúblicas americanas. Carente de nostalgias de civilización pretérita y dotada, por otra parte, de una elasticidad espiritual, la confraternidad entre el gallego y el negrito emergió como testimonio perdurable de esa compenetración o simpatía. Exenta Cuba, por lo demás, de una fuerte y apreciable inmigración extranjera, lo español nunca estuvo a la defensiva, como no fuera respecto a la irradiación norteamericana que la vecindad geográfica propiciaba. En concreto, en la Isla lo criollo siempre se sintió signado por lo hispánico. Así lo sintetizó Manuel Moreno Fraginals en Cuba/España España/Cuba. Historia común, uno de sus últimos libros publicados:

El hecho concreto fue que la Guerra de Independencia y la intervención norteamericana en Cuba llevaron hacia la definitiva separación política de Cuba y España, pero no cercenaron el proceso de españolización de la sociedad cubana. Es después de proclamada la República de Cuba que las sociedades regionales españolas alcanzaron su más alto nivel, los anarquistas dominaron el movimiento obrero cubano (especialmente en el tabaco), se fundó la Hispano Cubana (sic) de Cultura, y el gallego siguió siendo el personaje clave del teatro vernáculo cubano. La estatua de José Martí, que encendió la guerra y declaró que no era contra su padre valenciano ni su madre canaria, quedó en una plaza limitada, entre otros edificios, por el Centro Gallego, el teatro del catalán Payret, el Centro Asturiano y la españolísima Manzana de Gómez.2

Pero, basta trasladarse solamente en el tiempo para apreciar con mayor nitidez la ausencia de este resentimiento. Cítense a modo de ejemplo dos fragmentos del histórico mensaje de salutación enviado por Tomás Estrada Palma a Alfonso XIII el 23 de mayo de 1902, apenas 72 horas después de haber quedado constituida oficialmente la República de Cuba. En el primero de ellos se leía: «Tengo la alta honra de poner en conocimiento de Vuestra Majestad, que el día veinte del mes que cursa, […], quedó constituida la República de Cuba, en virtud de haber cesado la ocupación por los Estados Unidos del Norte de América, y que he asumido el ejercicio del Poder Ejecutivo que la Constitución Cubana me confiere».3

Y a reglón seguido añadía el nuevo presidente — en nombre del pueblo cubano— sus deseos de mantener «las más estrechas y cordiales relaciones de amistad con todas las Naciones, y especialmente con el Gobierno y el pueblo de España».4 Pero, con independencia de la cordial respuesta del rey, cursada al mes siguiente («…nos complacemos en aseguraros que veremos con placer afianzarse y estrecharse, durante Vuestro Gobierno, la buena inteligencia que tan útil ha de ayudar á los respectivos intereses de España y de la República de Cuba»),5 las cosas en España marcharon por otros caminos. Desde el inicio, la ex metrópoli no pudo ocultar su frustración por la pérdida de la siempre fiel. Por mucho tiempo sufrió de una «superidentificación narcisista con la isla de Cuba»6 y vivió su emancipación como «una pérdida de su propio ser; como una especie de amputación […]».7 Téngase a bien recordar como expresivo detalle de lo dicho, el sonado incidente entre María Cristiana y Cosme de la Torriente, encargado de negocios ad-interim de Cuba en Madrid, en el Palacio Real cuando la reina madre rehusó saludar frente a todo el cuerpo diplomático latinoamericano al prestigioso coronel de la última guerra de independencia, quien se había personado allí para felicitar a Alfonso XIII por haber salido ileso de un atentando anarquista efectuado en París.8

Sin prestar más atención de lo debido a estos asuntos —a la larga— transitorios, el advenimiento del nuevo siglo y el nacimiento con él de Cuba como Estado «independiente» planteó para sus habitantes un reto mayor: la urgencia de pensarse y reconstruirse como nación. ¿Quiénes somos y hacia dónde debemos mirar? Fueron algunas de las primeras interrogantes que salieron al ruedo en este árido e inseguro camino de la iniciación, propio de las primeras etapas. Un grupo apostó por los Estados Unidos, la nación de la modernidad y del progreso económico. Había que imitar el modelo anglosajón si de verdad se deseaba alcanzar una evolución positiva del país. En este sentido, Roque E. Garrigó no pudo evitar poner el dedo en una llaga evidente con una pregunta y una respuesta contundente:

¿qué hubiera pasado en América Latina si los colonizadores hubieran sido ingleses en lugar de españoles? […] habrían llevado a esa tierra la idea de la libertad, tan clara en su constitución, en lugar de los síntomas de decadencia que los españoles han trasplantado a América.9

Otros defendieron la herencia española y la base de toda su espiritualidad como parte indisoluble del ser cubano. En tanto, los más intransigentes optaron por desligarse de cualquier influencia foránea o corrien te extranjerizante, y decidieron levantar la bandera de Cuba para los cubanos como vía de afianzar una identidad propia y emanciparse de la segunda metrópoli.10 Dentro de este complejo mundo de tendencias encontradas, la figura del joven antropólogo Fernando Ortiz emergió como fuerza renovadora en los debates suscitados en 1910, a raíz de la visita a La Habana del intelectual español Rafael Altamira y su propuesta de la reconquista de América. Opositor a esta idea y partidario de que la solución, en aquellos momentos, era americanizar Cuba y europeizar España, Ortiz elaboró sus primeras tesis acerca de la cubanidad, lo que le permitió desarrollar luego con más amplitud sus estudios sobre el aporte del elemento africano a las raíces de la cultura nacional.11

En concreto, como bien afirma Rafael Rojas, durante la primera experiencia republicana los intelectuales cubanos se enfrentaron con un «repertorio simbólico que reproducía las tensiones entre desencanto y fundación, panhispanismo y panamericanismo, sajonofilia y latinofobia, nacionalismo y cosmopolitismo, afrocubanismo y anticaribeñismo».12 Pero, conforme avanzaron las primeras tres décadas del siglo xx y la joven República fue arribando lentamente a su mayoría de edad, el mundo intelectual cubano centró la atención en otros problemas de mayor inmediatez. La Revolución del 30, como acertadamente ha expresado Berta Álvarez Martens, colocó a la mayor de las Antillas en la urgencia de «discutir a escala de la sociedad cómo debía estar organizada una república —similar a la prefigurada por José Martí y diferente por fuerza a la constituida en 1902.»13 La nación cubana, continúa, «se completa en la década del treinta, aún cuando el logro de una nación en el aspecto económico quedase pospuesto. Esa Revolución abrió el campo de las posibilidades y permitió el ajuste de factores estratégicos y tácticos para la Revolución de los cincuenta. La Revolución del treinta vendría a ser lo que fue la Ilustración a la Francia del siglo xViii».14

De modo que el saldo resultó, sin duda, esperanzador para el cambio. Atenta a los principales efectos derivados de la intensidad político-social de aquellos años, Álvarez Martens ilustra con ejemplos concretos esas transformaciones. A saber: el nacimiento de una renovada sociedad civil con conciencia propia, el arribo al plano político de la clase obrera con nuevos líderes ideológicos no tradicionales, el desarrollo de un fuerte sindicalismo de clave marxista, el fortalecimiento del sentimiento antimperialista de raíz martiana, la sustitución de los términos «República» y «Estado» por «Nación» y la necesidad de cambiar el ejercicio del poder, entre otros. La conjunción de todos estos factores propició que el país entrara en un nuevo ciclo de vida no solo político, sino también social y cultural. Y fue justamente en este complejo escenario de reestructuración, distante del logrado en España aquel memorable 14 de abril de 1931, cuando cinco años después estalló la guerra más dolorosa e impactante de la historia de la otrora «Madre Patria».

Para ese entonces el interés por las raíces hispanas en la conformación identitaria del pueblo cubano había dejado de ser una cuestión tangencial en los debates académicos, originados a inicios de siglo. Todos fijaron la atención en los destinos de España. Desde la Isla se siguió paso a paso cada batalla, cada pacto, cada alianza. El tema se reflejó con pasión en la prensa, la radio, en las calles, en los centros regionales españoles y en cada uno de los hogares cubanos donde, sin exageración, convivía un pariente, un padre o un abuelo español. Ningún espacio público y/o privado pudo escapar de los comentarios y las rencillas, pues en la lejana España se debatía el futuro del mundo, sintetizado en la fórmula fascismo contra democracia.

Hoy, a los 82 años del comienzo de aquella triste tragedia, resulta difícil imaginar cómo el lector cubano de la época, alejado del escenario belicista, logró formarse una idea exacta de lo que verdaderamente sucedía al otro lado del Atlántico. Máxime cuando cada uno de los bandos en pugna trató de defender y legitimar su propia guerra informativa, a menudo muy contradictoria. Había que convencer al mayor número de personas en el menor tiempo posible. Frente a la incertidumbre de los primeros momentos, la prensa de la Isla reprodujo las informaciones y las imágenes tal cual llegaban desde la península. Pero conforme se fueron delimitando los frentes de combate y se supo con certeza el fracaso del golpe militar y la prolongación de la guerra, el periodismo cubano también tomó partido. Unos hicieron causa común con la República, otros con el bando nacionalista y los más escépticos optaron por la neutralidad.

Ahora bien, ¿cómo lograron los rotativos inclinados por esta última tendencia tan difícil reto? Para dar respuesta a esta interrogante hemos tenido en cuenta, al margen de las consideraciones más generales que pudieran ser examinadas, la amplia cobertura informativa que el suceso originó en las páginas de la revista Carteles, sobre todo por medio de la fotografía: una de las grandes novedades que el periodismo moderno hizo suyo de manera inmediata, tras la irrupción de nuevos actores colectivos, las masas, en la vida socio-política de la sociedad contemporánea. Con su aparición la lectura fue suplantada por la imagen como generadora de opinión pública y el fotógrafo, recluido hasta entonces en su pequeño estudio, decidió salir a la calle para convertirse en un cronista gráfico de cada suceso. De forma más precisa, Manuel Fraga Iribarne ha señalado algunas de estas transformaciones estructurales para el mundo de la información: En primer lugar, el pensamiento lineal, «melódico», discursivo, propio del «logos» sucesivo que se expresa mediante la palabra, hablada o escrita, es constantemente agredido por el pensamiento simultáneo «sinóptico», global, característico de la imagen, que aporta de un golpe la íntegra complejidad de una «escena», facilitando el ejercicio del pensamiento intuitivo.15

De modo que nuestra elección de la revista Carteles no ha sido al azar, como tampoco lo ha sido el marco cronológico escogido (la Guerra Civil española). Se trata, básicamente, de analizar la importancia de las imágenes «no como objetos de arte sino como textos que narran hechos sociales»,16 justo en el momento en el que el mundo del periodismo comenzaba a asistir a la cimentación de una sociedad cada más visual y al nacimiento de un espectador cada vez más complejo, que demandaba con cierta urgencia otra tipología de prensa. Por ello no resultó casual que el escenario bélico español se convirtiera en el laboratorio por excelencia de los primeros ensayos del principio de movilización emocional por medio de la imagen y que en España se gestaran las bases del fotoperiodismo moderno. Y en esto radicó, precisamente, el mérito de Alfredo T. Quílez, director de Carteles: en saber captar la impronta de la nueva época de la información a contracorriente de la opinión de sus co legas, para quienes era inadmisible alzar la bandera del apoliticismo de cara a un conflicto como el español y plantearse, en su lugar, la búsqueda de un perfecto equilibrio informativo.

A diferencia de Bohemia, que transitó sin pausa de la neutralidad partidista a una abierta cordialidad con el bando republicano, o del Diario de la Marina, que pasó velozmente de la llamada conciliatoria a una identificación abierta con los insurgentes hispanos, Carteles definió su imparcialidad desde el mismo 18 de julio de 1936: ni con los leales ni con los rebeldes. Desde ese horizonte periodístico trató solamente de proporcionar información visual a sus lectores, la más objetiva, para que fueran ellos los propios evaluadores e intérpretes de la guerra. Aunque la mayoría de los especialistas en la materia niegan la existencia de la pura objetividad informativa, una pretensión muy lejana del reino de lo humano, y reconocen que sus órganos, por muy neutrales que quieran parecer, informan siempre desde unos determinados puntos de vista y con una cierta finalidad, en Carteles hubo un acuerdo generalizado de no fomentar simpatías ideológicas hacia uno u otro bando y, menos aún, de provocar un fenómeno de movilización social a través de la publicación de noticias sensacionalistas (fotografías escandalosas, relatos malsanos…). Quílez solo intentó estimular en la conciencia colectiva el sentimiento, el pensamiento, el sentido y la emoción visual. En otras palabras: formar un conocimiento, transmitir multitud de mensajes y ofrecerlo que él entendía como la realidad más transparente de la contienda a un público separado del momento de la contemplación de los hechos. Tan es así que uno de sus corresponsales en España, el experimentado periodista Manuel Millares Vázquez, recibió orientaciones de reportar fidedignamente lo que veía, pero sin tomar partido por ninguno de los dos grupos enfrentados.

Sobre este principio de mostrar y no juzgar, la revista volcó páginas enteras cargadas de fotografías con escuetos pies de fotos. Nacionalistas y republicanos fueron presentados en un mismo plano, sin preferencia de espacios, y hechos tan impactantes como el injusto bombardeo de Madrid, en noviembre de 1936, no tuvieron mayores comentarios que el siguiente: «El 6 de noviembre volaron sobre Madrid los aeroplanos del general Franco, dejando caer su carga mortífera sobre el centro de la ciudad. Varias de la bombas hicieron explosión en una plaza pública donde jugaban los niños».17

Desde esta perspectiva se ilustró además la destrucción del Alcázar de Toledo y de Guernica, la ciudad santa de los vascos. Para el primer hecho, la revista reprodujo las imágenes tomadas por el reconocido fotógrafo alemán Kurt Hielscher,18 instalado en España desde la I Guerra Mundial, y en uno de sus pies de fotos se pudo leer: «La explosión de dos minas colocadas por los zapadores en sus cimientos determinó la destrucción parcial del Alcázar de Toledo, uno de los más bellos monumentos de España y una joya de la arquitectura universal».19 Mientras que el segundo suceso apenas fue detallado. La revista prefirió remarcar su imparcialidad absoluta frente al curso de los acontecimientos con el añadido de que solo se limitaría a «informar de los hechos de forma objetiva y a publicar relatos de los testigos presenciales de la guerra y declaraciones de los jefes responsables».20

No fue necesario ir más lejos para apreciar similar estilo comunicativo en la publicación de dos pequeñas fotografías, una de Federico García Lorca y la otra de Ramiro de Maeztu. Ambas estuvieron acompañadas de breves frases sentidas. La primera por el asesinato del «genial poeta español, fusilado por los rebeldes en Granada»21 y, la segunda, por el crimen del «célebre escritor español, muerto en Madrid, según el cable».22

Pese a este difícil reto, muchas veces obstaculizado por la pujante polarización de la práctica periodística en la Isla, Alfredo T. Quílez logró mantener hasta el final de la guerra un sorprendente equilibrio informativo. Manejó con inigualable destreza la síntesis de los sucesos peninsulares y aquellos que, al calor de la contienda española, fracturaban a la sociedad civil cubana. Ninguna de las actividades de las tendencias en pugna fue soslayada, pero la discreción primó en todas sus noticias al lograr colocar en la misma balanza informativa los homenajes ofrecidos a Lorca y Antonio Machado por los partidarios de la República, como los celebrados por el bando contrario a Emilio Mola Vidal y José Antonio Primo de Rivera. Con igual intención se proporcionó información acerca de los actos organizados por el Círculo Republicano Español, Izquierda Republicana Española, el Ateneo Socialista Español y el Centro Catalán, así como los promovidos por Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS) y el Comité Nacionalista Español de Cuba. Es más, sin que la pasión dominara la cobertura periodística, se reportó con idéntica cautela la llegada a La Habana de Marcelino Domingo, Ramón Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Claudio Sánchez Albornoz, Indalecio Prieto, Fernando de los Ríos, Eugenio Montes Domínguez, Samuel Ros y Miguel Espinós, entre otros. Invariable en su postura, la revista se reservó incluso hasta de enjuiciar la actitud del gobierno cubano en junio de 1937, al impedir el desembarco de casi quinientos niños catalanes que, con destino a Morelia (México), hicieron escala en el puerto capitalino.

De modo que a un año de iniciada la contienda española nada parecía estremecer a su director, y un ejemplo de ello fue la publicación del número extraordinario, puesto a la venta el 14 de julio de 1937. Bajo el título «Un año de guerra en España», Carteles mostró un resumen gráfico de cientos de fotografías, hasta ese momento no publicadas, y de mapas de las operaciones militares, para que fueran sus propios lectores los que pudieran «darse exacta cuenta de lo ocurrido, comprender mejor los acontecimientos que relata a diario el cable y deducir las posibilidades futuras».23 En líneas generales, la edición no estaba destinada ni a exaltar la proeza del ejército franquista ni a minimizar la heroica defensa de las milicias españolas. Era una especie ambigua de solidaridad con las dos facciones enfrentadas, pero al mismo tiempo de condena a sus excesos. Razón por la cual, la revista declaraba que no podía«[…] simpatizar, ni siquiera por afinidad en la doctrina, con ninguno de los bandos que por destruirse destruyen a España».24

Tanto fue así que no tuvo empacho en remarcar su posicionamiento al presentar en una detallada galería de fotos a los hombres más importantes del gobierno de Valencia y de Madrid, y a los generales de la «Revolución». Esta última presentación, susceptible de más de una lectura si tenemos en cuenta la desaparición del vocablo rebelde o sublevado para referirse, como se venía haciendo, a los militares insurgentes. Pero, la ambigüedad de Quílez era muy difícil de medir. Léase a modo de ejemplo el pie de foto que acompañaba la imagen respectiva de Franco y de Manuel Azaña.

«El general Francisco Franco rodeado de sus lugartenientes, los generales Mola (muerto en un accidente de aviación), Saliquet, Queipo del Llano y Cabanellas».25
El Gobierno de Casares Quiroga, que se encontraba en el poder el 18 de julio de 1936, cuando estalló la rebelión, dimitió ese mismo día, cediendo el paso a un gobierno Martínez Barrio, puramente republicano, que duró apenas unas horas. El gobierno de Martínez Barrio fue sustituido por el gobierno de Giral, que gobernó hasta el 4 de noviembre. En esta fecha se amplió la base política del Gobierno con la desintegración del Gabinete de Largo Caballero, al que dieron ministros todos los partidos del Frente Popular, desde los nacionalistas vascos hasta los comunistas y las organizaciones sindicales de la CNT y la FAI. Largo Caballero gobernó hasta que, a fines de mayo de 1937, los acontecimientos de Barcelona y las exigencias de la guerra dieron lugar a la formación del Gabinete Negrín, en el que colaboraron todos los partidos del Frente Popular, pero del cual fueron excluidos los anarcosindicalistas.26

Como para no variar, el número especial reprodujo además dos cartas escritas para la revista, una de Ramón Menéndez Pidal —accediendo a la petición de José María Chacón y Calvo—, y la otra de Juan Ramón Jiménez, a propuesta de Manuel Millares Vázquez. Sin contar con el espacio dedicado a las «bellas milicianas» que combatían en el frente y a las enfermeras que cuidaban los heridos de Franco.

Conviene tener presente además que, con independencia de este posicionamiento a menudo reprobado por sus colegas, Quílez mostró interés también por medir el pulso ideológico de sus lectores más asiduos. En septiembre de 1937 la revista dio a conocer la convocatoria de un sugestivo concurso que llevaba por título «¿Quiere Ud. ganarse $100? ¡Corte el cupón que aparece al pie de esta plana y díganos si es derechista o izquierdista!». Sin ir más lejos, los dos polos opuestos que, en opinión del equipo editorial, estaba dividido el mundo y, de manera particular, la sociedad civil cubana de aquellos años. Aunque aparentemente ninguna de las interrogantes guardaba relación con el conflicto español, resulta interesante advertir que su anuncio coincidía con el sondeo que, por igual fecha, realizaba Bohemia en sus páginas.27 En concreto se trataba de una invitación a todos los interesados a responder por medio de un cuestionario estas siete preguntas:

1.¿Es usted derechista o izquierdista? 2. ¿Cuáles son a grandes rasgos, en el orden político-social, los ideales de su doctrina, que le inclinan a defenderla? 3. ¿Cuáles son los que defienden el bando contrario y con cuáles está usted en pugna o desacuerdo? 4. ¿Estima usted que el fascismo es una doctrina de izquierda o de derecha? ¿Por qué? 5. ¿Dónde coloca usted al comunismo, en la derecha o en la izquierda? Dé sus razones. 6. ¿Con cuál de los dos regímenes han alcanzado mayores libertades y oportunidades de superación el obrero manual, el campesino y los que se consideran en el orden social desheredados de la fortuna? 7. Si ninguno de esos dos regímenes le satisface, ¿cuál otro encarna dentro de sus ideas derechistas o izquierdistas los supremos ideales del pueblo y por qué?

En su primera llamada, la revista dejó claro que la encuesta no evaluaría la retórica y, mucho menos, el estilo de los concursantes. Solo le interesaba saber cuáles eran los ideales que sustentaban unos y otros, ya que hasta esos momentos ni los derechistas más recalcitrantes «han sabido razonarnos por qué son derechistas y por qué repudian a la izquierda, ni los izquierdistas más convencidos han logrado exponernos con claridad sus doctrinas, ni definirnos los fundamentos en que descansa sus convicciones y su antagonismo con el bando opuesto».28 Las respuestas, continuaba el anuncio, no debían exceder una cuartilla y se irían publicando en el orden en que fueran llegando a la redacción. Terminada la recepción, un jurado secreto de tres miembros se encargaría de escoger las veinte mejores respuestas de ambas tendencias. Estas serían publicadas nuevamente junto con un cupón que permitiría a los lectores emitir su voto a favor de la más completa. La que obtuviera el mayor número de votos recibiría 100 pesos, la segunda 20 pesos y las otras seis primeras 5 pesos, cada una. El escrutinio final se realizaría públicamente en las oficinas de la revista.

En líneas generales así diseñó Carteles su estrategia competitiva. Pero la cantidad de cartas llegadas a la redacción en la primera semana con respuestas de carácter centrista, obligó a la revista a incluir esta opción como una tercera vía de elección, la misma asumida por el Consejo de Redacción desde el estallido de la guerra en España. Era evidente que, en apenas un año, Quílez y su equipo habían logrado uno de sus propósitos claves: hacerse de un público, puesto que la noticia, aunque es para todos, necesita de la cooperación espiritual del destinatario para convertirse en un centro de interés. De ahí que unas influyan en un tipo de persona más que en otras. No obstante, para sorpresa de sus lectores el resultado total de la votación individual nunca fue publicado. La dirección del impreso declaró que su propósito no era contribuir al antagonismo de los credos políticos, sino premiar una buena definición ideológica. En cambio, a muy pocos pudo sorprender los resultados finales del escrutinio. La posición centrista obtuvo, de hecho, el primer premio en sintonía con su público y la vendida imagen de neutralidad del impreso. De las manos del administrador Juan Gómez, el habanero José Isern Cordero recibió el cheque de 100 pesos y un diploma de reconocimiento. Baste citar un fragmento de la respuesta de Isern Cordero para comprender las razones que motivaron su elección: «El ideal de mi doctrina es el aprovechamiento equitativo de la civilización por todas las clases sociales, pues el desequilibrio actual tiene su origen en el hecho de que mientras la civilización avanza en progresión geográfica, el aprovechamiento de sus ventajas por las distintas clases sociales lo hace en progresión desigual con manifiesta injusticia para las más numerosas. La socialización a que es necesario llegar para obtener esta solución sólo me parece posible mediante la democracia parlamentaria».29

A finales de 1937 e inicios de 1938, el semanario, atendiendo a su ya anunciada voluntad de publicar relatos de los testigos presenciales del conflicto, decidió ensanchar un poco más su espectro informativo consagrado a la contienda. «Mi odisea por las cárceles y checas de España», un conmovedor y apasionante testimonio escrito por el periodista Manuel Rafart, residente en España, encontró acogida en sus páginas por ser una obra imparcial, según el cartel, de alguien inocente que había estado a merced de los dos bandos y que contaba, sin engaño ni adulteraciones, por capítulos, los horrores de la guerra y el desprecio que tanto republicanos como falangistas sentían por la vida humana. Igual aceptación tuvo el libro El sitio del Alcázar de Toledo, del comandante inglés Geoffrey Mcneill Moss, por basar su historia en un hecho de armas distante de los aspectos políticos de la revuelta española.

Debemos insistir en que hasta el final de la guerra Alfredo T. Quílez se atrincheró en la fotografía como forma de narrar los hechos y se distanció de la creación de un efecto de grupo a favor de uno u otro bando. Incluso en enero de 1939, apenas dos meses antes de la entrada del ejército franquista en Madrid, se reservó todo tipo de comentario, aunque ya la fotografía de un Franco —mayor en tamaño que la del general republicano Vicente Rojo y la de los coroneles Enrique Líster y Valentín González, el Campesino—, comenzaba a dar algunas pistas visuales más allá de una lectura imparcial. Aun así fue necesario esperar al mes siguiente para leer, como de costumbre, una breve nota de solidaridad hacia los republicanos: «Y ahora, que se enfrentan con la derrota después de más de dos años y medio de guerra terrible, […] nos parece justo reconocer que los republicanos lucharon valientemente en defensa de sus principios e hicieron cuanto estuvo en sus manos por mantener en alto la enseña tricolor».30

El 1º de abril de 1939 terminó para España la gran pesadilla. Franco se alzó con la victoria y una larga dictadura se enraizaría por casi cuarenta años en suelo español. A tono con los acontecimientos, Bohemia dedicó páginas enteras a la marcha forzada y al exilio incierto de la facción derrotada, el Diario de la Marina celebró hasta el cansancio el triunfo de la España verdadera sobre la antiEspaña, mientras que Carteles se mantuvo impasible frente a los nuevos destinos de la «Madre Patria». Una de sus páginas, Actualidad Española, mostró con la misma reserva que lo había hecho hasta entonces las fotos de un pueblo enardecido en la Puerta del Sol ante la entrada de las tropas franquistas en Madrid, y con escuetas imágenes de sus protagonistas informó acerca de la huida, a última hora, de José Miaja con su estado mayor, la entrega del edificio de la embajada española al gobierno cubano por Carlos Montilla Escudero —el último representante de la II República en la Isla—, así como la llegada a La Habana de José Giral, Manuel Altolaguirre y del primer grupo de brigadistas cubanos repatriados, entre otras fotografías.

Ahora bien, ¿mantuvo Alfredo T. Quílez la misma línea editorial frente a la fractura de las dos Españas como resultado de la guerra? ¿Continuó el director de Carteles calculando a sus lectores? o, en el mejor de los casos, ¿persistió en la despolitización de su revista para lograr un público más extenso? Todas estas respuestas ameritan, por supuesto, de otro trabajo. El fenómeno periodístico de la contienda civil en la península es demasiado complejo para tratarlo al paso. Este ha sido solamente un breve acercamiento a la importancia de la fotografía como documento histórico-social para reconstruir, entender y valorar el pasado. Sin ir más lejos, otra fuente primaria de gran utilidad para los historiadores a la hora de analizar un conflicto que, como el español, suscitó y aún suscita tantas lecturas e interpretaciones.

Notas:

  1. Ignacio Sotelo: A vueltas con España, Gadir Editorial, S.L., Madrid, 2006, p. 218.
  2. Manuel Moreno Fraginals: Cuba/España España/Cuba, Historia común, Crítica, Barcelona, 1995, pp. 299-230.
  3. Documentos internacionales referentes al reconocimiento de la República de Cuba 1904, Librería e Imprenta «La Moderna Poesía», Habana, 1904, p. 23.
  4. Ibíd.
  5. Ibíd., p. 67.
  6. David Marcilhacy: Raza hispana. Hispanoamericanismo e imaginario nacional en la España de la Restauración, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2010, p. 286.
  7. Ibíd.
  8. Para ampliar información sobre este sonado incidente, véase al respecto Cosme de la Torriente: Cuarenta años de mi vida 1898-1938, Imprenta «El Siglo xx», A. Muñiz y Hno., La Habana, 1939. En 1903, Cosme de la Torriente fue enviado a España como encargado de Negocios interino, al enfermar gravemente, a los pocos días de su llegada a Madrid, Rafael María Merchán, primer Ministro Plenipotenciario. Como Encargado de Negocios, primero, y como Ministro Plenipotenciario, después, De la Torriente sirvió en el cuerpo diplomático hasta 1906, año en que solicitó su relevo del cargo.
  9. Rafael Rojas: Essays in Cuban Intellectual History, New York, Palgrave Macmillan, 2008, p. 34. Citado por Ángel Esteban y Yannelys Aparicio: «La herencia española en las formulaciones de la identidad cubana en la Primera República: la narrativa de Miguel de Carrión», en Ángel Esteban (ed.): Madrid habanece. Cuba y España en el punto de mira transatlántico, Iberoamericana Vervuert, Madrid, 2011, p. 94.
  10. Véase al respecto Eduardo Abril Amores: Adentro; bien adentro del alma cubana, Editorial El Arte, Manzanillo, 1931 y Eliseo Giberga Galí: El pan-americanismo y el pan-hispanismo, [s. e], Habana, 1916.
  11. Véase al respecto Rafael Altamira y Crevea: España en América, Sempere y Compañía Editores, Valencia, 1908 y Mi viaje a América, [s. e], Madrid, 1911. De Fernando Ortiz: La reconquista de América. Reflexiones sobre el panhispanismo, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas, París, [s. a] y El engaño de las razas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. De Jesús Guanche: Fernando Ortiz y España a cien años de 1898, Editorial Fundación Fernando Ortiz, Cuba, 1999; de Norma Suárez: Fernando Ortiz y la cubanidad, Ediciones UNION, Ciudad de La Habana, 1996; y de Ángel Esteban y Yannelys Aparicio: op. cit., pp. 94-113. Estudios recientes han aportado nuevas e interesantes interpretaciones sobre los intereses reales del viaje de Rafael Altamira a América y los equívocos del intelectual cubano. Al respecto véase David Marcilhacy: Raza hispana. Hispanoamericanismo e imaginario nacional en la España de la Restauración, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2010.
  12. Rafael Rojas: «Apuntes para una historia intelectual», en Consuelo Naranjo Orovio (coord.): cit., pp. 397-416.
  13. Berta Álvarez Martens: «La Constituyente de 1940 es una lección de madurez nacional. El período 1935-1940 en la historia de Cuba», en Julio César Guanche: La imaginación contra la norma. Ocho enfoques sobre la República, Ediciones La Memoria, La Habana, 2004, p. 6.
  14. Ibíd.
  15. Manuel Fraga Iribarne: Horizonte español, HEROES, S.A., Madrid, 1968, p. 327.
  16. André Rouillé: «Pour une histoire social de la photographie du xix siècle», en Les Cahiers de la Photographie, 3, Paris 1981, p. 35. Tomado de Bernardo Riego y Carmelo Vega: Fotografía y Métodos Históricos: Dos textos para un debate, Aula de Fotografía de la Universidad de Cantabria y Aula de Fotografía de la Universidad de La Laguna, Santander, 1994, p. 31.
  17. «Horrores de la guerra», en Carteles, La Habana, noviembre 17, 1936, no. 42, vol. XXVII, p. 24.
  18. Kurt Hielscher es el autor de una joya fotográfica titulada España Incógnita, publicada en 1918, que reproduce el paisaje y, sobre todo, la monumentalidad española.
  19. «La destrucción del Alcázar de Toledo», en Carteles, La Habana, septiembre 27, 1936, no. , vol. XXVII, p. 25.
  20. «La destrucción de Guernica», en Carteles, La Habana, junio 6, 1937, no. 23, vol. XXIX, p. 23.
  21. «De la España en guerra», en Carteles, La Habana, octubre 18, 1936, no. , vol. XXVII, p. 20.
  22. «Sucesos de España», en Carteles, La Habana, agosto 30, 1936, no. 35, vol. XXVII, p. 29.
  23. «Un año de guerra en España», en Carteles, La Habana, julio 18, 1937, no. 29, vol. XXIX, p. 16.
  24. «La tragedia española», en Carteles, La Habana, julio 18, 1937, no. 29, vol. XXIX, p. 19.
  25. «Los generales de la Revolución», en Carteles, La Habana, julio 18, 1937, no. 29, vol. XXIX, p. 51.
  26. «El Gobierno de España», en Carteles, La Habana, julio 18, 1937, no. 29, vol. XXIX, p. 39.
  27. Boleta de las Simpatías: Iniciativa implementada por la revista Bohemia en febrero de 1937 para medir el pulso de la Guerra Civil española entre sus lectores. Los interesados —a quienes se les reservaba su identidad—, debían marcar con una cruz su inclinación a favor de los «rebeldes» o de los «leales», y podían enviar en pliego aparte las razones de su elección. La iniciativa reavivó la pasión por los acontecimientos hispanos y rebasó las expectativas de la publicación. Más de dos millones de cartas recibidas obligaron a prorrogar el plazo de aceptación de los cupones y a dedicar un suplemento extra a la publicación de las impresiones de sus lectores. Al igual que Carteles, Bohemia nunca publicó los resultados.
  28. «¿Quiere Ud. ganarse $100? ¡Corte el cupón que aparece al pie de esta plana y díganos si es derechista o izquierdista!», en Carteles, La Habana, septiembre 5, 1937, no. , vol. XXIX, p. 32.
  29. «Concurso ideológico de Carteles», en Carteles, La Habana, mayo 14, 1939, no. 20, vol. XXXIII, p. 70.
  30. «El desenlace de la guerra española», en Carteles, La Habana, febrero 12 de 1939, no. 7, vol. XXXIII, p. 41.