Desde un tiempo a la fecha, el tema de la sociedad civil ha ido ganando terreno en nuestro país. No obstante, debe reconocerse que la interpretación de este fenómeno ha pasado por diferentes voces y múltiples escenarios, ya sean de carácter oficial o de marcada tendencia independiente. Aclaro que no tengo la menor intención de añadir nada en materia de definiciones o conceptos sobre qué es o qué no es la sociedad civil. Inteligencias más avezadas que la mía ya lo han hecho.

Pero hay algo que sí es preocupante, y es que uno de los actores fundamentales en la gestión y desarrollo de la sociedad civil en nuestro país, al parecer, no tiene muy claro cuál es el papel  participativo que tiene en esta importante empresa social. Me refi ero a la comunidad cristiana. Hago énfasis en el término de comunidad y no “Iglesia” porque, en primer lugar, me remito a toda la comunidad de creyentes cristianos, en general, y no a una en particular. En segundo lugar, el enmarcar la cuestión de la sociedad civil en relación con el cristianismo en Cuba, significa tocar la relación Iglesias (así, en plural) y Estado.

Pero sobre todo, va enfocado hacia la actuación del cristiano común, ese que no ostenta cargo o jerarquía eclesiástica alguna, en el marco de la sociedad civil, donde, además de cristiano, es un ciudadano libre, con deberes y derechos, que vive y se desarrolla en un determinado marco social.