A mediados del año 1913 algunos acontecimientos atrajeron la atención de la ciudadanía cubana. Entre ellos estuvieron el fin del mandato presidencial del general José Miguel Gómez, perteneciente a las filas liberales, y el ascenso a la primera magistratura de la República del también general Mario García-Menocal, de las huestes conservadoras; la muerte a tiros en el Paseo del Prado del jefe de la Policía Nacional y brigadier Armando J. Riva en un enfrentamiento personal con el coronel Ernesto Asbert, gobernador de La Habana, el senador Vidal Morales y el representante a la Cámara Eugenio Arias; los vuelos de Cayo Hueso a Cuba de Domingo Rosillo y Agustín Parlá, pioneros de nuestra aviación civil, y la anulación, por decreto presidencial, del turbio negocio de dragar los puertos cubanos. A esta relación podría sumarse, en el plano de las letras, el intenso debate provocado por la publicación de la obra de Julio César Gandarilla Contra el yanqui.

» Julio César Gandarilla Díaz y Contra el yanqui

Miembro de una numerosa familia, nació en la localidad oriental de Campechuela el 30 de agosto de 1888.1 Realizó los estudios medios en Manzanillo y en 1910 se graduó en la Universidad de La Habana de Doctor en Derecho. A partir de entonces comenzó a tomar parte en la vida política de su región natal y a colaborar con artículos en la prensa periódica. Algunos de esos trabajos, de fuerte orientación antimperialista y de rechazo a la injerencia de los Estados Unidos en los asuntos cubanos, fueron reproducidos ocasionalmente por periódicos habaneros de mayor circulación como La Prensa, El Triunfo y La Opinión. En forma de volumen y bajo el expresivo título de Contra el yanqui. Obra de protesta contra la Enmienda Platt y contra la absorción y el maquiavelismo norteamericanos salieron de la imprenta en julio de 1913.2 La edición contó con una foto personal del autor y un breve autógrafo elogioso, fechado el 18 de agosto de 1912, del escritor colombiano José María Vargas Vila, quien residía entonces en París y llevaba a cabo una intensa campaña contra la intromisión de los Estados Unidos en los asuntos internos de América Latina.

Esta obra, al estar conformada por textos dispersos, sin un plan expositivo bien elaborado, resulta ser reiterativa y adolece de cierta desorganización. Pero la brújula del autor marca siempre el mismo derrotero: denunciar la nefasta relación entre el gigante del Norte y nuestro país. Con ese objetivo denuncia la política imperial, dominante y avasalladora del vecino desde su emancipación de la Gran Bretaña. Según su criterio, «La rapiña es un instinto en el yanqui y para satisfacerlo, prepara sin escrúpulo el campo del festín y asecha como el buitre. México, Hawaii, Colombia, Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Haití, han sido presa del siniestro buitre» (p. 10). Con el fin de confirmar sus criterios, reproduce declaraciones de Jefferson, Monroe, Adams y otros presidentes norteamericanos en las que manifestaron sus intenciones de apoderarse de Cuba, y reproduce el texto de la Enmienda Platt. Alaba las posiciones antianexionistas de José Antonio Saco y repudia el proceder de Narciso López; reconoce el mérito de la Resolución Conjunta del Congreso estadounidense en 1898, pero critica la actitud pusilánime de los asambleístas cubanos que aceptaron la imposición del Apéndice por miedo a que se prolongara indefinidamente la intervención, y remacha su argumento con este juicio: «Convengo en que los constituyentes cubanos que acordaron (sin facultades para ello) el Apéndice Platt, son culpables de esa Ley del Embudo. Creo que debieron mantener en guerra al país y llevarlo al desastre o la apoteosis, bullente como estaba la pasión mambisa» (pp. 109-110).

Movido por un patriotismo y un antimperialismo desbordados, Gandarilla lanza algunas descargas de fusilería contra el colonialismo español, obvia los desaciertos cometidos por Estrada Palma y José Miguel Gómez en sus respectivos mandatos presidenciales y emplea su más potente artillería contra los Estados Unidos, las dos intervenciones militares que llevaron a cabo en Cuba y el período de gobierno de Charles Magoon. En su afán por combatir al poderoso imperio estadounidense y a sus admiradores en tierra cubana no se detiene ante graves expresiones descalificadoras y afirmaciones históricas que resultan muy dudosas. Llama a los Estados Unidos «el infame ratero del Norte» (p. 11) y a sus simpatizantes en nuestro país «cretinos que gustan de alimentarse de excremento» (p. 189), así como «pederastas de la anexión» (p. 99) y, en el caso de los periodistas, «sodomitas de la pluma» (p. 98). Acerca de un partidario de la Enmienda Platt, cuyo nombre no menciona, dice: «Sus defensas al yanqui parecen alegatos de un marica en pro de un rufián sin entrañas» (p. 111). En particular ataca a Joaquín N. Aramburu, redactor de la leída columna «Baturrillo», que publicaba en el Diario de la Marina, y contradictor suyo cuando comenzó a dar a conocer sus artículos antimperialistas en la prensa. Con propósitos demoledores lo llama «sodomita del sentimiento que se queja como un pederasta» (p. 95) y «pederasta escritor fecundo» (p. 98).

De igual modo afirma: «hasta los imbéciles saben que los mismos yanquis volaron el Maine para que el pueblo americano se indignara y pidiera la guerra; mientras gran parte de la oficialidad comía en tierra, unos marinos, a quienes se embriagó, prendieron fuego a los explosivos» (p. 16), y ya por ese derrotero sensible a la polémica hace aseveraciones como estas: «en realidad, la guerra yanqui fue contra Cuba, pues el invasor bombardeó la población pacífica de la Isla, arrasándola con el fuego, y la mató de hambre con el bloqueo horrible, en términos en que si España prolonga su resistencia, no queda vivo un solo cubano siquiera» (p. 17); «la toma de Santiago realizóla el indomable e invencible Mayor General Calixto García, que dirigió, en verdad, los ejércitos coaligados» (p. 17) y, ya de un modo descocado, declara Gandarilla: «Los crédulos se pusieron de rodillas ante la Sanidad yanqui. No saben que los Estados Unidos combatieron las enfermedades y atacaron al noble mosquito, aliado del cubano, para que no mataran soldados y turistas yanquis, como vengadoramente mataban españoles» (p. 76). Por otro lado, considera «funesta» la preferencia que los Estados Unidos le concedieron en Cuba a la educación porque a través de ella «sembraban en el alma cubana el gusto al yanqui» (p. 74). Decidido a negarle el más mínimo mérito a la presencia de los norteamericanos en Cuba, no reconoce las labores de saneamiento que estos hicieron en la Isla ni el apoyo que le brindaron a la instrucción pública. Esa desmedida pasión por el sentimiento patriótico lo conduce, por otra parte, a exageraciones históricas como estas: «los heroísmos y éxitos cubanos /en las guerras del 68 y del 95/ más levantados fueron que los de Sucre, San Martín, Bolívar y Juárez» (p. 151), y «El yanqui logró sofocar la insurrección cubana, haciendo más desgraciado al país y convirtiéndolo en una colonia con falsos oropeles de República. Si el calificativo que Weyler merece (siendo como era nuestro enemigo franco), es el de “sanguinario”, ¿cuál corresponde al yanqui, que vendiéndose amigo ejerce una política más siniestra e inhumana que la del mismo Weyler?» (p. 84 nota)

Julio César Gandarilla Díaz (1888-1924).

Julio César Gandarilla Díaz (1888-1924).

Así, de un modo desordenado, vehemente en exceso y con el lastre de una redacción muchas veces pedestre, avanza hasta el final esta obra de Gandarilla, quien no deja de sorprendernos por sus posicionamientos políticos. Como prueba podemos mencionar el entusiasmo que le provoca el Imperio Japonés, que por aquellos días sojuzgaba de un modo avasallador a la Península de Corea. Su valoración se regía fundamentalmente por la contraparte que el Imperio Japonés establecía en el Lejano Oriente a los Estados Unidos, que ya había desembarcado sus tropas en Filipinas. No logró apreciar que en realidad eran dos imperios con las mismas apetencias hegemónicas y, por lo tanto, repudiables por igual. Y en su euforia antinorteamericana llegó a exclamar como si su voz representase a todo el pueblo cubano: «El Japón es Sol para América y Fantasma para el yanqui. Cuba saluda al Imperio del Sol Naciente. Al glorioso Fantasma del Japón, Cuba manda su simpatía.» (p. 182) Esta demostración de inconsecuencia política ponía al desnudo también la inmadurez del pensamiento de Gandarilla, que no reflejaba un pensamiento analítico bien sustentado.

» Estalla la polémica

Contra el yanqui salió de la imprenta a mediados de julio de 1913 y muy pronto atrajo la atención de un sector importante de intelectuales, patriotas, periodistas y políticos cubanos. A través de nuestras búsquedas bibliográficas hemos podido acopiar un nutrido grupo de comentarios de diverso cariz que no constituye, por supuesto, la totalidad de las reacciones provocadas por esa obra. Dado el actual deterioro de algunos periódicos de la época no nos fue posible consultarlos todos. Por otro lado, representa una tarea compleja ordenar de un modo coherente esos criterios muchas veces dispares. Nosotros hemos optado por agruparlos en tres secciones: los que eran favorables a Contra el yanqui, los que rechazaban abiertamente esta obra y los que le reconocían méritos, pero le hacían reparos. En cada uno de esos grupos trataremos de que exista un orden cronológico.

Hasta donde conocemos, el primer espaldarazo público provino del joven periodista Enrique Mazas Pérez-Muñoz, quien cumplía dos años de prisión en la Cárcel de La Habana por haber abofeteado a un diplomático norteamericano en Cuba. Como era de esperar a partir de este hecho, en la sección que entonces escribía, «Desde mi celda», que vio la luz en el diario La Noche el 27 de julio de 1913, no le escatimó elogios a la obra, y declaró: «Su libro Contra el yanqui es un magnífico estandarte libertario. Es un himno de pasión y de amor a la tierra nativa. Es la avanzada del patriotismo constante.» (…) «…Gandarilla resume la historia yanqui en una palabra: despojo. En un ideal: absorción. En una práctica para obtener sus fines: la astucia, el dolo, la perfidia.» (…) «Contra el yanqui es un libro que debe estar en todos los hogares donde el patriotismo sea un culto. Instruye. Eleva. Educa… La juventud tiene el deber de leerlo, estudiarlo, sintiéndolo.»3 En el artículo titulado «Por ministerio yanqui o atrabilis», incluido en su libro, ya Gandarilla se había encargado de enaltecer el enfrentamiento físico de Mazas y el diplomático norteamericano.

Al mes siguiente, en la revista El Fígaro, de gran circulación, el joven periodista e historiador de arte Bernardo G. Barros, fundador de la Sociedad de Conferencias y de la Sociedad Teatro Cubano, bajo el seudónimo de Ariel expresó en su sección «Entre Libros» con respecto al volumen de Gandarilla: «Son estos los libros que hoy necesitamos ver publicados. Libros de combate, libros de acción, que mantengan en la conciencia del pueblo la necesidad de vivir en acecho frente a la política norteamericana.» (…) «Es un libro que todos los cubanos deben leer, tienen que leer, y acerca del cual deben meditar.»4 Una semana después el periodista aragonés afincado en la localidad de Guanabacoa Pedro Checa y Herrera, director del semanario de esa villa Eco del Comercio, envió al Diario de la Marina una carta para apoyar la obra de Gandarilla y solicitar ejemplares con el fin de distribuirlos entre sus amigos.5 Y dos días más tarde en este mismo diario el redactor de la columna «Plumazos», Manuel Rodríguez Rendueles, exaltó a Gandarilla, lo llamó patriota y afirmó que tenía un gran corazón.6

Por su parte, el diario El Triunfo, que en su edición del 16 de julio había publicado un suelto para dar a conocer la salida de Contra el yanqui y asegurar que sus artículos «son vibrantes como nacidos al calor de un ardiente patriotismo y una muy intensa sinceridad»,7 el 26 de septiembre insertó en una de sus páginas el comentario, sin firma, «Cuba y el yanki» (sic), en el cual se rechazaron las posiciones pronorteamericanas de Joaquín N. Aramburu, principal oponente de Gandarilla, y se ensalzó la batalla de este contra la Enmienda Platt.8

En la acera opuesta a estos elogios dedicados a Contra el yanqui podemos hallar valoraciones que le son por completo desfavorables. Uno de los ataques más virulentos provino del abogado y general de la Guerra de Independencia Fernando Freyre de Andrade, quien entonces ocupaba el alto cargo de alcalde de La Habana. A través de una carta abierta dirigida a Gandarilla y enviada a la prensa habanera, esta importante personalidad de la vida pública, molesto por haberle enviado el autor un ejemplar de su libro, declaró enfáticamente: «Lejos de estar contra el yankee, estoy a favor del yankee.» (…) «Soy de sus amigos leales y de aquellos que no olvidan los favores inmensos que les debemos.» (…) «ellos ofrendaron sus vidas por nuestra libertad». Y con respecto al libro lo descalifica de la siguiente manera: «…obra desatentada y loca, me parece falta de patriotismo, me parece completamente equivocada: porque nos hace aparecer a los cubanos como ingratos, como desleales, como malos amigos, desconocedores de los inmensos beneficios recibidos.» Y por último asegura: «…nada tenemos que temer del yankee.»9

Como respuesta a esta carta pública, que fue divulgada también ese mismo día por los diarios Cuba y La Discusión, el autor del volumen reafirmó sus posiciones políticas a través de otra misiva, que bajo el título de «Del Dr. Gandarilla al General Freyre de Andrade», vio la luz en la primera página del Diario de la Marina dos días después. En sus argumentos de descargo apeló a frases de Martí contra el poderoso gigante norteamericano, reiteró las ambiciones de este y el uso que hacía de su poder para avasallar a las naciones más débiles, y por último sentenció: «El cubano nada debe al yanqui que no sea el despojo que contra el Decoro y la Justicia el yanqui realizó sobre Cuba.»10 La respuesta de Gandarilla vio la luz también en La Discusión dos días más tarde.

Como ya dijimos en líneas anteriores, Aramburu fue uno de los principales detractores de los pronunciamientos antimperislistas del abogado oriental y sería labor fatigosa repasar los extensos escritos que incluyó en su variada sección «Baturrillo», incluso antes de la aparición del volumen de Gandarilla, para combatirlo. Como un simple ejemplo anotaremos la supuesta trifulca que entablaron tres ciudadanos habaneros después de leer Contra el yanqui.11 Menos persistentes en el ataque, pero igualmente diáfanos, fueron el abogado, ensayista, dramaturgo y profesor Salvador Salazar y el patriota y periodista Néstor Leonelo Carbonell. El primero de ellos, en el comentario que dedicó al general Freyre de Andrade y publicó en la revista semanal Pay-Pay bajo el elocuente título de «A favor del yankee», definió esa obra como un «cuasi-libelo» y «una boutade», hizo recordación de los lazos de hermandad entre cubanos y norteamericanos cuando se enfrentaron en 1898 al ejército español y alabó las relaciones fraternales que unían entonces al gobierno de los Estados Unidos, encabezado por el presidente Wilson, y al de Cuba, con García-Menocal como máximo mandatario.12

Carbonell, por su lado, en esta misma publicación la semana siguiente expresó su criterio a través del artículo «En voz alta», que incluye los siguientes fragmentos:

No estoy conforme, no, con los ataques sistemáticos de Gandarilla en contra de los descendientes de Washington. Ni por ser rubios ni por ser fríos hemos de odiarlos, olvidando que fueron esos rubios y esos fríos los únicos que nos prestaron en nuestra era de sacrificios, en nuestro vía-crucis horrendo, el calor de su apoyo, desinteresado o no, y que sin ellos, forzoso es confesarlo, acaso si todavía estuviéramos atados a la cola del viejo león español, o sangrando desesperados en las montañas rebeldes. No estoy conforme con esos odios absolutos e inmotivados, ni aplaudo ni aplaudiré jamás a los que, no agradecidos, sino menguados y descreídos, ven pequeños y miserables a todos sus compatriotas y están loando constantemente las grandezas de los norteamericanos y pidiendo que vengan a manejarnos la casa, porque a nosotros se nos cae encima (…) Yerra, a mi juicio, el cubano que predica la guerra santa contra un pueblo que fue seguro asilo de los criollos emigrados, cuna de la revolución libertadora y brazo médico de nuestra nacionalidad. Yerra tanto ese, como el que, nostálgico de la cadena, rinde acatamiento al yanqui soberbio y despreocupado que proclama la necesidad de convertir a Cuba en el vertedero de sus sobrantes mocetones hambrientos.

Y más adelante se pregunta Carbonell: «¿Por qué ese odio a los Estados Unidos? (…) Rindamos agradecimiento, que agradecimiento le debemos, a los norteamericanos que en 1895 nos prestaron ayuda para fomentar y alimentar la guerra separatista contra España, y, luego, en 1898, cayeron a nuestro lado, no con menos brío que nosotros, por nuestra independencia, y mostrémosle repulsión (…) a los yanquis desalmados que (…) quieran ensoñorearse de nuestra tierra.»13

Muy parecidos argumentos para invalidar la obra de Gandarilla fueron esgrimidos por el joven intelectual Carlos de Velasco, jefe del Consejo de Redacción de la revista Cuba Contemporánea, una de las publicaciones cubanas más valiosas de la época:

…su libro desde el punto de vista histórico, deja mucho que desear; desde el punto de vista literario, todavía más, y desde el punto de vista patriótico es muy discutible, aun cuando no puede negarse que quien lo ha escrito siente ardoroso amor a Cuba. Pero el mismo fuego de su pasión patriótica le ha hecho emplear un lenguaje poco recomendable. Bien está que fustigue a los cubanos desdichados (pocos, por fortuna), que sienten aún nostalgia del látigo colonial; pero que use lenguaje agresivo, virulento, al referirse al único pueblo que vino en nuestro auxilio, durante la guerra de 1895-98, para ayudarnos a echar de aquí a España, al referirse a los únicos hombres que contra los comisionados españoles defendieron, mientras se discutía el Tratado de París, el derecho de Cuba a ser independiente, nos parece mal. No defendemos a los norteamericanos; sabemos bien que su auxilio no fue desinteresado, que sus intereses comerciales inclinaron la balanza a nuestro lado, que intervinieron cuando ya no les quedaba más remedio que hacerlo; pero no hay que olvidar nunca que si podemos llamarnos cubanos, a ellos lo debemos en gran parte. Mucho hay de certidumbre en su conducta, antes y después de nuestras contiendas, sobre todo en el período 1906 a 1908; pero ni esto, con ser mucho, es bastante para hacernos olvidar que si no es por ellos, jamás, o por lo menos en largo tiempo —casi podría afirmarse— hubiéramos obtenido el supremo bien que gozamos de no ser colonos españoles.14

El también joven intelectual José Sixto de Sola, de la misma edad que Gandarilla y miembro fundador de Cuba Contemporánea, en aquel año de 1913 escribió el breve ensayo «El pesimismo cubano», en el cual, sin mencionarlo explícitamente, repudiaba por igual el libro Contra el yanqui. Veamos sus argumentos: «… la república no se formó con el solo esfuerzo de los cubanos; aunque sí es dable afirmar que entre la república y el esfuerzo cubano existe la conexión causal; porque los cubanos, por su fiera e indomable tenacidad en el propósito de lograr su independencia, por sus dos guerras llenas de actos que demuestran maravillosos poderes de resistencia, impresionaron favorablemente a la opinión pública norteamericana, que con su admirable criterio de justicia impuso nuestra independencia.» A continuación afirma: «no hay temor alguno de que los Estados Unidos de Norteamérica nos quiten nuestra independencia violentamente o contra nuestra voluntad.» Y para terminar justifica la existencia de la Enmienda Platt: «Tenemos la Enmienda Platt: los cubanos que piensan serenamente no quieren que todavía se suprima: nuestra nacionalidad nació a la vida libre con varios años de premura, y su estado de civilización exige esta cortapisa. Lo que quieren hoy esos cubanos es que se limite y fije en común acuerdo el alcance de esa Enmienda, mientras ella sea necesaria, para que en el mañana —mañana que quizás no veamos nosotros— sea abolida por innecesaria.»15

Si tomamos en cuenta el pensamiento político del malogrado ensayista Jesús Castellanos, quien falleció en mayo de 1912, cuando Gandarilla comenzaba a divulgar sus artículos antimperialistas en la prensa, no resulta en modo alguno aventurado considerar que habría repudiado Contra el yanqui. El razonamiento que hace tiene la misma orientación que la de sus contemporáneos y amigos Carlos de Velasco y José Sixto de Sola. Veamos: Estados Unidos fue «el único pueblo cuyo corazón sentimos latir al lado del nuestro en los días trágicos.» (…) «el pueblo sencillo de la gran república /norteamericana/ hizo algo más que darnos la libertad con una guerra rápida: nos dio su dinero para comprar vendas y gasas, organizó expediciones, se condolió de nuestros reconcentrados y les mandó barcos cargados de alimentos…»16 Y en el artículo «El alma americana», que tras su muerte fue encontrado en su buró y posiblemente sea su último escrito, declaró: «En Cuba tenemos la necesidad absoluta de amarlos /a los estadounidenses/, porque sería enorme ingratitud no hacerlo y porque nos conviene que exista amistad donde forzosamente han de existir relaciones. La América entera ha de amarlos, porque son su única defensa seria ante el expansionismo europeo y porque son el modelo de vida nueva que ante los ojos tiene.»17

Tercera edición de Contra el yanqui (1973).

Tercera edición de Contra el yanqui (1973).

Al dramaturgo, narrador y ensayista José Antonio Ramos, coetáneo de Gandarilla, también lo podemos incluir dentro de la relación de los jóvenes intelectuales cubanos que mantenían una posición política muy diferente a la de este con respecto a los Estados Unidos y de forma oblicua repudiaron Contra el yanqui. Ramos precisamente en el año 1913 publica el conjunto de ensayos Entreactos, donde reconoce que el vecino del Norte constituye un pueblo vigoroso y emprendedor, poseedor de un sistema democrático y un nivel de instrucción dignos de tomar como ejemplos. Al establecer un rápido paralelismo entre sus gobernantes y los de Latinoamérica, dice:

…frente a nuestros Rosas, Guzmán Blanco y tantos otros tiranuelos sangrientos, ellos podían oponernos sus Jefferson, sus Adams, sus Lincoln; frente a nuestra politiquería de campanario y bravuconerías tabernarias ellos pueden mostrar sus «plataformas» esencialmente económicas y de sabio practicismo, lleno de ingenua fe; frente a nuestro aristocraticismo de blasón y holgazanería, su aristocracia del dollar y del trabajo; frente a nuestras tradiciones de raza, llenas de conquistas y dominaciones brutales y sangrientas, su breve historia y su fuerza actual, no tradicional, pero desconcertante; no «gloriosa», pero capaz de aplastarnos con toda nuestra Tradición de un zarpazo.18 Dos años después, en Lisboa, donde desempeñaba un puesto diplomático, Ramos escribe su conocido Manual del perfecto fulanista, en el que reconoce que los cubanos le debemos a los Estados Unidos «algo tan importante como su cooperación en la lucha contra el despotismo español; les debemos que la transición al régimen republicano se hiciese sin reacciones de las muchedumbres —que siempre confunden la libertad con la licencia— y sin reacción por parte de los elementos expredominantes, tan numerosos, tan fuertes y tan enconados después de la independencia como antes de ella.» E igualmente, según Ramos, les debemos «la conservación de nuestro status quo internacional, después de la vergonzosa anarquía a la que nos llevó la rebelión de agosto de 1906. El Apéndice Constitucional conocido por Enmienda Platt —que algunos falsarios cándidos o cándidos ignorantes tienen la ceguera de rechazar— demostró su eficacia en aquella ocasión. Y a despecho de pueriles amenazas de algunos jingoes sin importancia política alguna, quedó sentado un precedente que garantiza la perpetuación de nuestra independencia.»19 Evidentemente para este autor dentro de la lista de «falsarios cándidos o cándidos ignorantes» se hallaba Gandarilla.

Junto a Castellanos, Carlos Velasco, Sixto de Sola y Ramos podemos situar también en aquel tiempo al joven abogado e historiador Francisco Caraballo Sotolongo, quien en su estudio El imperialismo norte-americano le dedica los siguientes elogios a los Estados Unidos:

No se le puede regatear al coloso americano este enaltecedor cuadro de su política exterior: Con la Doctrina de Monroe impidiendo que la Santa Alianza destruyera el triunfo libertario en América. En 1895, oponiéndose a que Inglaterra desmembrara a Venezuela. En la guerra de Cuba luchando por una causa humanitaria, y más tarde concediéndole la independencia. En 1905 mediando en Santo Domingo para evitar que cayese en poder de las grandes potencias. Laborando a favor de China para salvarla de conquistas exteriores. Después interviniendo por los judíos de Kichineff. Mediando por la conclusión de la guerra ruso-japonesa. En Cuba en 1906 pacificándola tras las sacudidas de una guerra civil, y retirándose después sin ultrajar su soberanía.20

En una nota al pie insertada en páginas anteriores, Caraballo Sotolongo hace el siguiente comentario invalidante acerca de Contra el yanqui, cuya publicación era muy reciente: «El joven escritor cubano César Gandarilla, con encendido estilo de protesta, levanta la nueva cruzada de odios hispano-americanos contra los Estados Unidos en su obra reciente, intitulada Contra el yanqui, en que arrastrado por el hermoso amor hacia la América Latina, no ha serenamente estudiado el Imperialismo norte-americano en su aspecto científico.»21

Después de haber realizado un rápido recorrido por las valoraciones desfavorables a esta obra, pasaremos a citar aquellos otros criterios en que, si bien se le hicieron reparos, algunos méritos se le concedieron. Comenzaremos por la voz de uno de los periodistas y políticos más conocidos en aquellos tiempos, Wifredo Fernández Vega, director del importante diario El Comercio, que era portavoz del gremio de los comerciantes habaneros, integrado en su mayor parte por españoles conservadores. En su sección «Comentarios» del 17 de julio afirmó: Contra el yanqui es «la obra de un cubano enamorado de las ideas de Martí, sincero, honrado, altamente patriótico, aunque notamos en ella algunas exageraciones hijas del apasionamiento o de los pocos años, porque negar que es aguerrido el ejército español y que fueron leones los soldados de Vara del Rey, y que sea hidalga España, a la que maltrata duramente el talentoso autor, lo atribuimos solamente al ardor, al entusiasmo de quien solo al escribir pensó en convertir su pluma en daga.» Y después de ese reproche, motivado por el interés en agradar al grueso de sus lectores y por su pasado de guerrillero al servicio de España durante nuestra gesta independentista, según las acusaciones que se le hacía entonces, Wifredo Fernández cerró el texto con esta felicitación: «Nuestro aplauso al doctor Gandarilla por su libro.»22

Al mes siguiente, en esa misma sección, volvió sobre esta obra para expresar su resentimiento por la derrota de la dominación española en Cuba como consecuencia de la intervención norteamericana, sacó a relucir la desvergüenza administrativa que imperó durante el mandato de Magoon, defendió a Gandarilla ante los ataques del alcalde Freyre de Andrade y como cierre aseguró: «Cuba debe al yankee (sic) su independencia…»23

Por su parte el narrador y periodista Pascasio Díaz del Gallego en la sección a su cargo en el diario La Noche, titulada «En la Brecha», comentó del siguiente modo rimbombante el libro de Gandarilla: «Contra el yanqui, obra sujeta a un plan de estudio hábilmente combinado y llena de erudición, es en su fondo la voz de “Cuba Libre”, es la savia del renuevo que tras el invierno cano de la patria, luce a los rayos de abril sus brotes de oro…» Y más adelante:

Me hallo conforme en muchos puntos con el modelo de sentir y de pensar de Gandarilla. Es preciso avivar los adormecidos sentimientos por la patria soberana; es preciso predicar contra la Enmienda vejaminosa de nuestra Constitución. Urge ciertamente completar la obra esforzada de nuestra independencia…

En lo que no estoy conforme es que a la Unión del Norte se le reste admiración como lo hace Gandarilla. Ella es nación modelo en el mundo (…) creo que el ilustre autor de Contra el yanqui pudo esmerarse más en cortesía y en justicia con la Unión de Norte América (…) Porque si su imperialismo es, por lo común, pacífico, no acudiendo a la guerra sino en casos muy extremos y aun en estos respetando con cuidado exquisito los derechos del hombre… ¡bien merece se la trate en igual tono diplomático, pacífico y humano!24

Miguel Ángel de la Torre, también narrador y periodista, como el anterior, emitió su comentario en el espacio de la revista Bohemia que estaba a su cargo, «Tinta Fresca». Acerca de Contra el yanqui lanzó la pregunta: «¿Cómo pudieran anatematizarse en nombre de la patria esos extraviados —quizás nocivos— esfuerzos noblemente enderezados hacia su servicio y exaltación?» (…) Y a continuación afirmaba: «el libro todo es un inhalamiento áspero de frases de admonición y de insulto…» Y para finalizar decía: Es posible que «se condene la significación política de esas páginas, pero sería injusto el que dijera mal de su arranque patriótico.»25 En el número de este hebdo madario correspondiente al 31 de agosto de 1913 vio la luz una entrevista realizada a Gandarilla con motivo de la salida de su libro y de él haber obtenido «relieve y actualidad palpitante».26 En sus declaraciones negó que los cubanos estuvieran incapacitados para gobernarse y que les debiéramos agradecimiento alguno a los Estados Unidos. De nuevo atacó al general Freyre de Andrade y exhortó a Sanguily a sumarse a su campaña patriótica en aras de una Soberanía Absoluta.

Una semana antes en la sección «Actualidades» del Diario de la Marina, que se encargaba de redactar su director, el asturiano Nicolás Rivero Muñiz, de firmes posiciones hispanófilas, conservadoras y clericales, se hizo saber la opinión de este acerca de la obra en discusión y del debate que sostenían el alcalde de la capital y el autor. «No estamos de acuerdo con el señor Gandarilla ni con el señor Freyre de Andrade», declaró don Nicolás. «Ni contra el yankee, como el primero, ni a favor del yankee, como el segundo. Ni odio ni amor. El yankee no hizo en Cuba ni más ni menos que lo que hubiera hecho otro conquistador.»27

En aquellos días finales del mes de agosto se elevó también la voz autorizada del insigne patriota y escritor Manuel Sanguily, quien no dejó pasar por alto la censura que Gandarilla había lanzado contra los miembros de la Asamblea Constituyente de 1901, en la cual él había tomado parte. Sobre este punto declaró en un artículo que vio la luz el 21 de agosto en el semanario Pay-Pay:

Si la Constituyente rechaza la Enmienda, nuestro sino inevitable hubiera sido muy semejante al del Egypto (sic) moderno. Aceptada como tuvo que serlo, hemos podido disfrutar de ésta que muchos consideran falsa República, pero que es condición muy superior a la que representa y es en realidad cualquier forma de lo que se ha llamado autonomía, sea bajo España o bajo los propios Estados Unidos. Estamos, al cabo, en condiciones definidas de mejorar, de ascender, de evolucionar progresando, y alguien acaba de decir en libro sabio y muy brillante que conservar es también una creación que por lo mismo exige grandes esfuerzos, grandísima virtud. ¿Qué mejor ideal que ese, que impone a los cubanos la necesidad de mantener su independencia?, pero ciertamente a condición de mucha vigilancia, de grandísima paciencia, de cordura, de soberana prudencia, que son virtudes, cualidades casi idénticas o equivalentes a las que supieron ejercitar incansables durante sus guerra contra España.

Y ya con respecto al volumen de Gandarilla, hizo esta muy atendible recomendación: «Y si fuere verdad, como se repite cada día, que ya se ha apagado en nuestras almas viciosas el verdadero patriotismo, que ya se ha eclipsado en nuestro horizonte nacional el ideal cubano, sean bienvenidos los que como el Dr. Gandarilla quieren encenderlo de nuevo, pero háganlo de modo que sea resplandor que impida torcer el rumbo necesario, calor que alimente y robustezca la vida de nuestro pueblo, y no volcán que todo alguna vez lo salte y sepulte para siempre!»28

El libro también había causado una polémica en la prensa entre Wifredo Fernández y Aramburu, cada cual atrincherado en sus respectivos periódicos. Otros comentaristas intervinieron en el asunto para expresar sus opiniones personales y de ese modo la divulgación de la obra fue mayor. Como demostración podemos citar el artículo sin firma «A favor del yanqui», que salió impreso en El Triunfo el 19 de septiembre. El autor anónimo, tras repudiar la actitud del presidente Estrada Palma, quien solicitó la intervención norteamericana para contener a los alzados contra su intento de reelección arbitraria, llega a la siguiente conclusión: «Cuando los Estados Unidos ayudaron a Cuba para la obtención de los grandes ideales del pueblo cubano nuestra honda gratitud fue el pago natural y justo, pero siempre que enseñan la oreja dominadora la gratitud deja lugar a un sentimiento diametralmente distinto. No son los cubanos los que varían, sino la acción americana que de amistosa y benévola se trueca en hostil y abusiva.»29 Como habrá podido observarse, en casi todas las valoraciones que se hacían de la obra de Gandarilla salía a la palestra si le debíamos o no gratitud al gigante del Norte por la emancipación de España.

» Contra el yanqui se adelantó a su tiempo

En realidad en el año 1913 no existía en Cuba una corriente de pensamiento político capaz de asumir de modo analítico, integral y con sólidos argumentos el antimperialismo. No solo era muy fuerte la influencia norteamericana y su poder hegemónico sobre el comercio, la industria, la prensa, la banca y la inversión foránea en Cuba, sino que prevalecía un sentimiento ya arraigado de gratitud hacia los Estados Unidos por su participación decisiva en la lucha que los insurrectos cubanos libraban contra la corona española. Si bien algunas pocas voces ya se habían elevado para mencionar el papel injerencista del vecino del Norte en nuestros asuntos, como las de Enrique Collazo en Los americanos en Cuba (1905) y Santiago Rodríguez Góngora en el folleto Al pueblo de Cuba. Lo que somos, cómo estamos, qué hemos hecho, qué queremos y lo que nos falta por hacer (1912), realmente no habían logrado conformar un coro. Por eso el libro de Gandarilla no resultó bien venido, hablando en términos generales, y no alcanzó una recepción muy favorable. Como muestra de la actitud incluso pronorteamericana que entonces prevalecía podemos ofrecer este botón, tomado de un editorial de enero de 1913 de la importante revista Cuba y América, que siempre dirigió el escritor y patriota Raimundo Cabrera: al ofrecerse en el Casino Español de La Habana un banquete para celebrar el centenario de la Constitución de Cádiz se hizo «un silencio elocuente»· cuando el presidente del Senado de Cuba manifestó «la gratitud que nuestro pueblo les debe a los Estados Unidos». Y termina el editorial, con no disimulada irritación: «…serían allí muchos los antiamericanos y pocos los cubanos resueltos a aplaudir en casa ajena en que eran invitados. Si nosotros hubiéramos asistido al banquete habríamos aplaudido y roto la nota fría porque aunque no nos oponemos a las corrientes de armonía y unión entre los elementos españoles y los cubanos, en lo de la gratitud a los americanos que nos libertaron y nos aseguran el porvenir libre, no capitulamos.»30

Fue necesario que transcurrieran algunos años, que ocurrieran importantes acontecimientos nacionales y extranjeros y que se publicaran nuevos textos sobre el papel de los Estados Unidos en nuestro continente para que esa situación cambiara. Los ciudadanos cubanos más atentos a los vaivenes de la política interna y foránea, pudieron aquilatar la injerencia del vecino del Norte en Haití, en 1915, en la República Dominicana y en México, en 1916, en Nicaragua, en Panamá, en Guatemala…, así como el apoyo del gobierno norteamericano y de su embajador en La Habana, míster González, a la fraudulenta reelección de García-Menocal en 1917, el regateo de Isla de Pinos, que influyentes sectores estadounidenses deseaban enajenarla de Cuba para incorporarla a su ámbito territorial, y la galopante absorción de las tierras y las industrias azucareras por el poderoso capital de los Estados Unidos. También se requirió que fuera disolviéndose el sentimiento de arraigada gratitud hacia esa potencia por su decisiva intervención en la contienda contra España. Estos, entre otros muchos elementos, fueron conformando en los años siguientes un sentimiento antimperialista, que a partir de los inicios de la década del 20 empezó a manifestarse, de un modo aún tibio, a través de algunas obras pioneras, entre las que estuvieron El águila acecha (Santiago de Cuba, 1921), de Eduardo Abril Amores, El peligro del águila y Frente a la América imperialista, la América de Bolívar, impresos ambos en 1922 y pertenecientes, de modo respectivo, a Miguel Ángel Carbonell Rivero y a su hermano José Manuel Carbonell Rivero. A esos títulos debemos añadir el estudio de Enrique Gay-Calbó La América indefensa (1925), que se inicia con esta frase lapidaria: «El imperialismo de Norteamérica es un hecho histórico innegable».

A fines del año 1923 visitó La Habana el dirigente estudiantil peruano Víctor Raúl Haya de la Torre y a través de los encuentros que sostuvo con los universitarios habaneros divulgó la prédica antimperialista que al año siguiente lo llevaría a fundar en México la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), que tuvo sus seguidores en nuestro país. En 1925 surgió la sección cubana de la Liga Anti-imperialista de las Américas, que presidió el líder estudiantil Julio Antonio Mella, y se fundó el Partido Comunista de Cuba; en 1927 se celebró en Bruselas el Congreso Internacional Antimperialista, cuya repercusión se hizo sentir entre nosotros, y por aquellos días los ataques a la prepotencia de los Estados Unidos en el continente se pusieron de manifiesto a través de los escritos más serios y profundos, sin ofensas personales, de Mella, de Rubén Martínez Villena, del malogrado José Antonio Foncueva y de Emilio Roig de Leuchsenring, así como de las revistas atuei, de La Habana, y Amauta, de Perú, a pesar de la limitada circulación que estas disfrutaron por la represión de la dictadura machadista. Los estudios económicos Azúcar y población en las Antillas (1927), de Ramiro Guerra, y Our Cuban Colony (New York, 1928), de Leland Jenks, también contribuyeron al conocimiento del poder alcanzado en Cuba por los consorcios norteamericanos. Fue así que pudo irse conformando en el seno de la intelectualidad cubana de fines de esa década un pensamiento antimperialista coherente y bien fundamentado. El libro de Gandarilla quedó entonces como un aldabonazo prematuro, altisonante y ya desactualizado que debía dar paso a textos de mayor hondura conceptual.

» El final de Gandarilla y la suerte corrida por Contra el yanqui

La polémica suscitada por el volumen de sus artículos fue quedando atrás y Julio César Gandarilla en marzo de 1915 asumió el cargo de Fiscal de Tercera Clase de la Audiencia de Manzanillo.31 Por aquel tiempo se adentró en las pugnas políticas de esa región como activo militante del Partido Liberal y con aspiraciones de ocupar puestos de relevancia. Este importante detalle explica por qué en su libro cortejó a destacadas figuras del liberalismo como el catedrático e historiador, asentado en Pinar del Río, Leandro González Alcorta, quien poco después, en 1914, fundara el Partido Liberal Independiente, así como al doctor en Medicina y veterano de la causa emancipadora Guillermo Fernández Mascaró, máxima figura del Partido Liberal en la provincia de Oriente y Representante a la Cámara electo en 1914, a quien denomina «titán zolaico que acompañó a Maceo» (p. 170). Similar apreciación tenemos del trato que le concede al coronel del Ejército Libertador Faustino (Pino) Guerra, quien en 1904 había alcanzado un acta de Representante en Pinar del Río por el Partido Liberal Nacional, y al general Eusebio Hernández, «candidato a la Vicepresidencia de la República por el Partido de las ideas liberales de Cuba» (p. 116 nota)). Mención aparte merece la consideración que demuestra hacia el general José Miguel Gómez, presidente de la República como candidato del Partido Liberal. Entusiasmado por la digna notificación que en mayo de 1912, con motivo del alzamiento de los Independientes de Color, este le dirigió a míster Taft, presidente de los Estados Unidos, quien le propuso enviar fuerzas militares a Cuba para sofocar la rebelión, exclama: «Aunque haya quienes menguar pretendan la obra del General Gómez, ¡continúe el General con su alma alzada y majestuosa, que hoy encarna con sus palabras magníficas el sentimiento esencial del veterano, del sabio, del obrero, del luchador, del joven, de la mujer, del pueblo cubano, de Cuba entera, de Cuba libre!» (p. 140).

No menciona, por supuesto, que durante el mandato de este presidente se disparó la corrupción administrativa y el robo del erario público y se consumaron «chivos» escandalosos como el canje de los terrenos del Arsenal, propiedad del Estado, y el dragado de los puertos, aumentó el número de «botelleros», se le concedió mayores posibilidades a los antiguos guerrilleros al servicio de España en detrimento de los veteranos, resurgieron con gran fuerza la lotería y el juego y fueron en aumento los negocios poco diáfanos con las grandes compañías norteamericanas. Y con respecto a la despiadada represión cometida contra los independientes de color alzados en armas, principalmente en el oriente de la Isla, dice que «siguieron a dos jefes acéfalos» (p. 142), en referencia a Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet, y no emite una frase de censura dirigida a los despiadados represores, tanto militares como voluntarios. Por el contrario, de un modo que ya cae en el racismo, afirma: «El pueblo cubano aniquilará solo, al negro traidor que por maldad pretenda hundir al país, al negro que quiera entregarnos por su criminal codicia en los colmillos de Taft, al negro que no confraterniza con el alma cubana; pero lo aniquilará sin ajeno auxilio, mil veces más peligroso que el crimen del negro enemigo de Cuba.» (pp. 138-139)

Gandarilla no solo aprovechó sus alegatos antimperialistas para ensalzar a estos correligionarios suyos, sino también para zarandear a uno de sus oponentes políticos, el poeta y educador, también manzanillero, Francisco Rodríguez Mojena, quien dirigía la revista Penachos, en cuyas páginas se había manifestado muy agradecido del impulso que los interventores norteamericanos le habían concedido a la educación en Cuba. Y ya hemos reiterado que el autor de Contra el yanqui no admitía gratitud alguna a estos intrusos extranjeros.

En los años siguientes continuó desarrollando su activismo político y en las elecciones parciales celebradas el 1º de noviembre de 1922 aspiró a un acta de Representante. Tras efectuarse el conteo de votos quedó como segundo suplente con 23 565 sufragios a su favor.32 Acerca de la limpieza de aquella justa electoral en Manzanillo y de la veracidad de sus resultados, nos dice el historiador Mario Riera: «En estas elecciones se pagaron los votos municipales a 200 pesos y a los electores de los barrios rurales se les ofrecía para agenciarlos yuntas de bueyes con sus respectivas carretas».33 Desde el año 1908 la región manzanillera constituía un bastión del liberalismo oriental y uno de sus principales caciques era el comandante Carlos Bertot Masó. Como dato curioso anotaremos que en dichas elecciones sí conquistó un cupo como Representante, por el Partido Popular Cubano, zayista, Francisco Rodríguez Mojena.

No deja de resultar decepcionante que Gandarilla se sumase a los rejuegos políticos y a las componendas electorales de una agrupación como el Partido Liberal, viciado por la compra-venta de votos, las marrullerías y los «pucherazos». Por aquellos días desarrollaba también su activismo público el Partido Nacionalista, de reciente creación, dirigido por dos honrados y relevantes intelectuales: Juan José Maza y Artola, a nivel nacional, y Max Henríquez Ureña, en la provincia de Oriente. Sin embargo, Gandarilla no se incorporó a esta organización, de bases más limpias, así como tampoco al Partido Obrero Socialista, embrión de lo que sería años después el Partido Comunista, aunque sí se conoce que tuvo relaciones amistosas con su principal figura, Martín Veloz, humilde tabaquero de Manzanillo que tenía, sin embargo, una formación marxista. Hasta donde conocemos, tampoco se sumó al Grupo Literario de Manzanillo, creado en 1921 e integrado por jóvenes intelectuales de izquierda como Manuel Navarro Luna, Luis Felipe Rodríguez y Julio Girona. En cambio hay versiones más confiables de que perteneció a la masonería e integró la hermandad fraternal de una logia manzanillera.

Por este tiempo la salud de Gandarilla comenzó a resquebrajarse, a pesar de su juventud. Con la ilusión de restablecerse se trasladó a la capital, pero de nada le valieron los recursos de la medicina. El 18 de mayo de 1924 falleció en San Anastasio, entre Dolores y Tejar, La Víbora, como consecuencia de una «pleuresía purulenta», según reza en el libro de enterramientos de la Necrópolis de Colón, donde al día siguiente sus restos fueron depositados.34 A pesar de que su nombre había ocupado los titulares de la prensa habanera a mediados de 1913, su fallecimiento pasó casi por alto y, como ironía del destino, anotaremos que en el momento en que se realizaban sus exequias el escritor colombiano José María Vargas Vila, aquel que había celebrado con unas palabras de felicitación los artículos antimperialistas de Gandarilla en 1913, disfrutaba de un opíparo banquete ofrecido por Carlos Miguel de Céspedes en su Villa Miramar, al que asistieron, entre otras encumbradas personalidades, el general Gerardo Machado.35 En el diario El Mundo apareció su esquela mortuoria, sin comentario alguno, donde se reflejó que tenía diez hermanos. En Heraldo de Cuba, de orientación liberal, un suelto deploró su muerte e informó que dejaba a una viuda con cinco hijos y que el duelo en el cementerio había sido despedido por Elizardo Muñoz Sañudo, presidente de la Gran Logia de Cuba y tío por vía materna de la poetisa Dulce María Loynaz. Uno de los pocos que le rindió homenaje fue el narrador Luis Felipe Rodríguez, quien le dedicó un sentido artículo necrológico en el número del 30 de junio de 1924 de la revista manzanillera Orto. A partir de entonces tanto el nombre de Julio César Gandarilla como su libro cayeron en el olvido y durante varias décadas nadie se acordó de recordarlos.

Pero el primer día de enero de 1959 cayó la dictadura de Fulgencio Batista y se inició un proceso de radicales transformaciones que estremeció toda la estructura política, económica y social del país. De modo casi simultáneo surgieron los primeros roces de las nuevas autoridades cubanas con el gobierno estadounidense, que fueron en aumento con el transcurso de los días. La prensa nacional se hizo eco de ese enfrentamiento y podemos observar que en 1960, de un modo muy llamativo, aparecen publicadas varias obras de carácter antimperialista o que al menos recordaban pasajes de nuestra historia en los cuales se ponía de manifiesto el hegemonismo del poderoso vecino del Norte. Entre ellas cabe mencionar el estudio El imperialismo norteamericano en la economía de Cuba, de Oscar Pino Santos, Los Estados Unidos contra Cuba republicana, de Emilio Roig de Leuchsenring, la compilación La lucha antimperialista en Cuba, que incluyó textos de Manuel Sanguily, Carlos Rafael Rodríguez y otros autores, y los folletos de propaganda Bartolomé Masó, el presidente que vetaron los yanquis y El Maine y La Coubre: 1898-1960, ambos del estridente orador y tránsfuga José Pardo Llada, quien pocos meses después se marchó del país. A esos títulos debemos sumar la reimpresión de otras obras de muy similar orientación como Cuba NO debe su independencia a los Estados Unidos (1950) y Martí antimperialista (1953), de Emilio Roig, El imperio americano (1921), del marxista norteamericano Scott Nearing en traducción de Carlos Baliño, el volumen de artículos de Julio Antonio Mella La lucha revolucionaria contra el imperialismo y Contra el yanqui (1913) de Julio César Gandarilla. A nuestro entender todo aquel movimiento editorial respondía al interés del gobierno en pertrechar ideológicamente a los lectores cubanos ante una contienda que ya se avecinaba y que estalló meses después, en 1961, con el rompimiento de las relaciones diplomáticas de los Estados Unidos con Cuba y la invasión armada por la Ciénaga de Zapata para derrocar al gobierno.

Esta nueva edición de Contra el yanqui,36 volumen resucitado al cabo de casi medio siglo, resulta de interés por contar como introducción con una «Nota de los Editores», quienes no se identifican, en la cual ofrecen algunos datos sobre este autor, que en aquellos momentos venía a ser casi un desconocido. Pero mayor curiosidad encierra que hayan amputado del volumen original, sin previa explicación, cuatro textos: el Prefacio, «La nota del Presidente», un breve elogio a Vargas Vila y «Nunca es tarde». ¿Por qué esas exclusiones? Después de haberlos repasado varias veces, no tenemos respuesta acerca del primero y el último trabajo, pues se mantenían dentro de la línea política trazada por el autor en todo el libro. Con respecto a la alabanza a Vargas Vila, quizás su eliminación se debió al descrédito en que había caído este escritor que hizo de la misoginia una bandera. Y en relación con «La nota del Presidente», suponemos que fue echado a un lado por sus ditirambos al general Gómez, ya tachado de corrupto y servil a los intereses norteamericanos de acuerdo con los patrones valorativos del proceso revolucionario, y por los criterios de Gandarilla con respecto al alzamiento de los Independientes de Color y sus expresiones discriminatorias hacia los negros. No tenemos conocimiento de que esta edición de Contra el yanqui haya dado pie a algún comentario en la prensa.

En el año 1973, en medio del tristemente célebre «quinquenio gris», que según nuestra apreciación en realidad se extendió mucho más de un quinquenio y tuvo una tonalidad mucho más oscura, volvió a ser reimpresa la obra de Gandarilla, en esta ocasión fiel a la original, sin textos omitidos y con una «Nota Preliminar» que contiene informaciones provechosas escrita por un historiador reconocido, Julio Le Riverend.37 Contra el yanqui era traída se nuevo a la palestra pública cubana en un momento de rigidez de la doctrina marxista, adoctrinamiento político, intransigencia revolucionaria y enfrentamiento a toda manifestación de «diversionismo ideológico». Evidentemente se apelaba de nuevo a sus artículos para fortalecer el sentimiento antimperialista. En estas páginas preliminares Le Riverend afirma que Gandarilla «vio más en lo hondo de cuanto ocurría» y considera que añadió en su obra «elementos hasta entonces desconocidos o no analizados», pero se abstuvo de entrar a mencionarlos. Y como mayor mérito apunta que el autor «formula, por primera vez, la profunda antinomia pueblo-imperialismo que constituye el esquema teórico elemental de todo análisis de la historia republicana neocolonial».38 De acuerdo con nuestro criterio, una aseveración discutible, pues resulta innegable las muy diversas y retorcidas acepciones que se le puede dar al término pueblo, que para muchos políticos encumbrados, plumíferos serviles, funcionarios gubernamentales y altos jefes militares suele englobar lo mismo a seguidores incondicionales que reproducen consignas, a masas de obreros y campesinos en reclamo de sus legítimos derechos o, para no ir muy lejos, a esos seres envilecidos que son acarreados por el régimen para protagonizar los «actos de repudio».

El volumen Contra el yanqui a continuación entró a dormir el sueño del olvido, del cual ahora nosotros lo hemos sacado momentáneamente. Sin embargo, le corresponde el indiscutible mérito de haber sido una de las obras de las letras cubanas que mayor número de comentarios polémicos causó en el momento de salir impresa.

Notas y Referencias:

  1. Algunas informaciones sobre la vida de Gandarilla nos fueron proporcionados amablemente por la historiadora y profesora Josefina Suárez, quien tiene en proceso de edición un estudio sobre este autor.
  2. Gandarilla, Julio César: Contra el yanqui. Obra de protesta contra la Enmienda Platt y contra la absorción y el maquiavelismo norteamericano. La Habana, Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Ca., 1913. 198 pp.
  3. Mazas, Enrique «Desde mi celda. Contra el yanqui». En La Noche Año II Nro. 206. La Habana, 27 de julio de 1913, p. 4. Enrique Mazas Pérez-Muñoz tomó para sí la afrenta que, según algunas versiones, ese diplomático le había expresado en una carta oficial al patriota Manuel Sanguily, entonces Secretario de Estado. Con su airado gesto ganó celebridad y tras cumplir su condena asumió la dirección de Heraldo Cuba, resultó electo Representante a la Cámara por el Partido Liberal y por la provincia de Las Villas en 1920. En 1927 obtuvo en la Universidad de La Habana el título de Doctor en Derecho y en 1946 fue nombrado Magistrado de la Audiencia de La Habana, cargo que conservó tras el golpe de Estado de Batista en 1952.
  4. Ariel /Bernardo G. Barros/ «Entre libros». En El Fígaro Año XXIX Nro. 32. La Habana, 10 de agosto de 1913, p. 399.
  5. Checa, Pedro «El libro de Gandarilla». En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 208. La Habana, 17 de agosto de 1913, p. 1.
  6. Rodríguez Rendueles, M. «Plumazos. El libro contra el yanqee» (sic). En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 194 (sic). Edición de la Tarde. La Habana, 19 de agosto de 1913, p. 5.
  7. «Contra el yandui» (sic). En El Triunfo Año VII Nro. 193. La Habana, 16 de julio de 1913, p. 2.
  8. «Cuba y el yanki» (sic). En El Triunfo Año VII Nro. 260. La Habana, 26 de septiembre de 1913, p. 3.
  9. «Carta de Fernando Freyre de Andrade a Julio P. (sic) Gandarilla». En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 204. La Habana, 13 de agosto de 1913, p. 1.
  10. «Del Dr. Gandarilla al General Freyre». En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 206. La Habana, 15 de agosto de 1913, p. 1
  11. Aramburu, Joaquín N. «Baturrillo». En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 212. Edición de la Mañana. La Habana, 21 de agosto de 1913, p. 3.
  12. Salazar, Salvador «A favor del yankee». En Pay-Pay Año I Nro. 9. La Habana, 18 de septiembre de 1913, p. 8.
  13. Carbonell, Néstor «En voz alta». En Pay-Pay Año I Nro. 10. La Habana, 25 de septiembre de 1913, p. 4.
  14. Velasco, Carlos de «Julio César Gandarilla. Contra el yanqui». En Cuba Contemporánea Año I Nro. 2. La Habana, octubre de 1913, pp. 177-178.
  15. Sola, José Sixto de «El pesimismo cubano». En Pensando en Cuba. La Habana, Editorial Cuba Contemporánea, 1917, pp. 48-49 y 63.
  16. Castellanos, Jesús «Los dos peligros de América». En Los optimistas. La Habana, Avisador Comercial, 1914, p. 222.
  17. Castellanos, Jesús «El alma americana». En Cuba Contemporánea Año IV Nro. 4. La Habana, agosto de 1916, p. 290.
  18. Ramos, José Antonio La Habana-Madrid, Ricardo Veloso Editor, 1913, p. 48-49
  19. Ramos, José Antonio Manual del perfecto fulanista. La Habana, Jesús Montero, 1916, pp. 119-120.
  20. Caraballo Sotolongo, Francisco El imperialismo norte-americano. La Habana, Imprenta El Siglo XX, 1914, p. 137-138.
  21. Ídem., p. 77
  22. Fernández Vega, Wifredo «Comentarios». En El Comercio Año XXVI Nro. 195. Edición de la Tarde. La Habana, 17 de julio de 1913, p. 1.
  23. Fernández Vega, Wifredo «Comentarios». En El Comercio Año XXVI Nro. 216. Edición de la Tarde. La Habana, 14 de agosto de 1913, p. 1.
  24. Díaz del Gallego, Pascasio «En la Brecha. Contra el yanqui». En La Noche Año II Nro. 201. La Habana, 20 de julio de 1913, p. 3.
  25. Torre, Miguel Ángel de la «Tinta Fresca». En Bohemia Año IV Nro. 30. La Habana, 27 de julio de 1913, p. 351.
  26. «Contra el yanqui» En Bohemia Año IV Nro. 35. La Habana, 31 de agosto de 1913, p. 415.
  27. «Actualidades». En Diario de la Marina Año LXXIV Nro. 205. Edición de la Tarde. La Habana, 14 de agosto de 1913, p. 1.
  28. Sanguily, Manuel «Contra el yanqui». En Pay-Pay Año I Nro. 5. La Habana, 21 de agosto de 1913, p. 3. Egipto había sido ocupada militarmente por Gran Bretaña unos años antes.
  29. «A favor del yanqui». En El Triunfo Año VII Nro. 253. La Habana, 19 de septiembre de 1913, p. 2.
  30. «La Nota Fría». En Editorial de Cuba y América Año XV Nro. 3. La Habana, 25 de enero de 1913, p. 1.
  31. Llaca y Argudín, Francisco Organización de los Tribunales en Cuba y su personal. La Habana, Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cía, 1923, p. 278.
  32. Riera, Mario 52 años de política. Oriente 1900-1952. La Habana, s/i, 1953, p. 219.
  33. Ídem., p. 227.
  34. Casi todas las fuentes que hemos consultado, entre ellas el Diccionario de la literatura cubana (1982), señalan que Gandarilla murió en el año 1923. Esta rectificación se la debemos también a la historiadora Josefina Suárez.
  35. «Vida Habanera». En El Mundo Año XXVI Nro. La Habana, 20 de mayo de 1924, p. 3.
  36. Gandarilla, Julio César Contra el yanqui. Obra de protesta contra la Enmienda Platt y contra la absorción y el maquiavelismo norteamericanos. La Habana, Editorial Nuevo Mundo, 1960, 113 pp.
  37. Gandarilla, Julio César Contra el yanqui. Obra de protesta contra la Enmienda Platt y contra la absorción y el maquiavelismo norteamericanos. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, Instituto Cubano del Libro, 1973. Nota preliminar de Julio Le Riverend, 186 pp.
  38. Le Riverend, Julio «Nota Preliminar». En Contra el yanqui. Edición citada en la nota anterior, p. 6.