Entre los tantos nombres que ha recibido la Isla de Cuba a lo largo de su historia, como «Juana», «La mayor de Las Antillas» y «Perla del Caribe», el que más apropiado me parece para empezar este trabajo es el de «La Llave del Golfo». En efecto, su estratégica posición entre los macizos de tierra firme del norte y del sur, la convierten en una llave de intercambio. Y de tránsito, o entrada y salida definitiva de inmigrantes y emigrantes. Cabe mencionar también aquí a Argentina y a Uruguay, otros dos países receptores de abundante inmigración procedente de Europa.

La emigrante cubana más célebre del siglo XIX escribió un poema que me gustaría utilizar como emblema para esta lectura. Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), que ha llegado al segundo centenario de su nacimiento en Cuba, falleció en España. Resulta hoy celebrada ya como lo que es: una grande de la literatura universal. Pero en dos siglos no se han atenuado las polémicas y los desafueros en torno a su persona. Si existiera un «más allá», quiero imaginar que anda divertidísima al enterarse de que sus dos ciudades amadas —Sevilla y Camagüey— se disputan sus restos. La antaño trashumante, al punto de ser apodada «La Peregrina» —que murió en medio de una terrible soledad y cuyo entierro apenas fue acompañado por un grupito de dolientes—, sigue dando guerra.

Inauguradora de las raíces en las dos orillas, España y Cuba, el poema que escribió al marchar de Cuba a España en 1836 resume no solo sus sentimientos, sino los de la mayoría de aquellos que por una razón u otra han emigrado de la Isla. Su título es muy elocuente: «¡Al partir!»

¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
La noche cubre con su opaco velo,
Como cubre el dolor mi triste frente.

¡Voy a partir!… La chusma diligente,
Para arrancarme del nativo suelo
Las velas iza, y pronta a su desvelo
La brisa acude de tu zona ardiente.

¡Adiós, patria feliz, edén querido!
¡Doquier que el hado en su furor me impela,
Tu dulce nombre halagará mi oído!

¡Adiós!… Ya cruje la turgente vela…
El ancla se alza… el buque estremecido,
Las olas corta y silencioso vuela!

Mientras preparaba esta conferencia leía El corazón helado, de Almudena Grandes, y me encontré que ella incluía a manera de cita inicial un fragmento del libro de María Teresa León Memoria de la melancolía, que quisiera convocar aquí también: «Estoy cansada de no saber dónde morirme. Esa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos?»

Para entrar en el tema de las emigraciones y de las inmigraciones cabe dejar asentadas dos premisas esenciales: la relevancia de las circunstancias geográficas y la suma importancia de las relaciones sociales. Y algo que señalaría Perogrullo: los inmigrantes son antes emigrados, son el mismo sujeto, los une dejar atrás su tierra, sus raíces, sus costumbres y a veces hasta su lengua y enfrentar una realidad distinta. Los distinguen las causas, los motivos que los llevan a emigrar y a tratar de asentarse en otros sitios. La inmigración se ve a veces desde el juicio del país receptor. Y una cosa es llegar como emigrado por razones personales, familiares, intereses profesionales, y otra como refugiado político o económico. La esencia para las reflexiones es de dónde se parte y a dónde se llega.

El paso del tiempo y las problemáticas del mundo hacen muy variadas las razones de preparar el equipaje y un ejemplo contemporáneo es La Copa del Mundo de Fútbol, tan distinta ahora en la formación de los equipos a las de antaño, donde hay hasta africanos nacionalizados alemanes que ruedan el balón por el país que les ha dado residencia y nacionalidad con la clara intención de contar con buenos deportistas en sus equipos nacionales.

En los primeros tiempos del siglo xx, Cuba, que acababa de alcanzar su independencia, y en especial La Habana, donde su puerto era punto de escala, se convirtió en punto llamativo para los inmigrantes españoles por las posibilidades económicas y sociales que brindaba, aunque la elección de Cuba como destino había comenzado ya desde las últimas décadas del siglo xix. A partir de entonces encontramos una sostenida vida cultural entre España y Cuba.

Otro ingrediente a esta cultura caribeña fue la presencia africana, que no puede catalogarse como inmigración, puesto que sus integrantes llegaban a la fuerza, en condición de esclavos. Lo afro marcó también el mestizaje. Y lo afrocubano, junto con lo hispánico, fueron los componentes de la identidad cubana.

A manera de anécdota: los cubanos unificaban en el habla popular las nacionalidades de los extranjeros que iban llegando; todos los asiáticos eran unánimemente llamados «chinos», a los europeos del centro de Europa, fueran de donde fueran, los llamaban «polacos», y a los españoles de cualquier región, así vinieran de Asturias, Cataluña o las Islas Canarias, eran todos nombrados «gallegos».

A diferencia del resto de los inmigrantes, para los viajeros españoles arribar a Cuba era llegar a una tierra que antes había sido colonia de la Corona española y que hablaba el mismo idioma, elemento importante en las migraciones. También muchos españoles se habían quedado a residir en Cuba después de la Independencia. Cabe indicar aquí la preeminencia intelectual de la inmigración que iba llegando de España. Es cierto que venían muchos labriegos, pero gradualmente, y según pasaban los años, La Habana fue escenario no solo de inmigración económica, sino de ilustres visitantes de la intelectualidad española.

De hecho fueron intensas las relaciones culturales entre La Habana y Galicia. Se puede describir un gran arco cultural que va del estreno del Himno Gallego en el Gran Teatro de la Habana el 20 de diciembre de 1907 hasta la Feria Internacional de la Habana dedicada a Galicia en febrero de 2008. Como consecuencia de lo anterior, anualmente se celebra en Cuba el Festival «La Huella de España», con música, folklore, cine, exposiciones de arte y literatura. Además, se celebran cursillos sobre historia de Galicia y lengua gallega en la Cátedra de Cultura Gallega de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana.

Marqués de Comillas: barco que trasladó a incontables emigrantes españoles a Cuba.

Marqués de Comillas: barco que trasladó a incontables emigrantes españoles a Cuba.

Nos vienen bien unos datos: entre 1903 y 1933 entraron a Cuba 723 381 españoles, de los cuales provenía de Galicia el 33.1%. De esta manera la inmigración española tuvo una alta importancia demográfica, y en el plano más coloquial cabe indicar su alta significación en la formación de las familias cubanas. Entre las muchas instituciones que se fueron formando las dos más grandes fueron la gallega y la asturiana. Las sociedades mutualistas de Galicia y la de Asturias dejaron dos imponentes construcciones. La del Centro Gallego, de estilo neobarroco, frente al Parque Central y con algunos años de antelación, y del otro lado del parque, el Centro Asturiano, que actualmente ocupa el Museo de Arte Universal. Como escuela para niños ambas instituciones fundaron el Plantel Concepción Arenal (actualmente sigue llamándose así la escuela), los gallegos, y el Plantel Jovellanos, los asturianos.

No puedo dejar de mencionar las actividades de la Federación de Sociedades Españolas, que reúne a cerca de 98 asociaciones de once Comunidades Autónomas, según se recoge en los datos, entre ellas 45 comarcales, culturales, de beneficencia, recreo e instrucción —muchas de ellas centenarias— fundadas por emigrantes de toda la geografía española. Y la creación de la Academia de la Lengua Gallega en 1906.

A principios del siglo XX hubo en Cuba un gran esfuerzo para atraer a extranjeros jóvenes, oriundos sobre todo de Galicia, Asturias e Islas Canarias. Según el estudioso Jorge Domingo Cuadriello:

Toda esta campaña hubiera sido infructuosa si en distintas regiones de España, por su parte, no hubieran existido las condiciones esenciales para propiciar el traslado a Cuba de emigrantes en busca de fortuna. Como es bien conocido, en el período de medio siglo que se extiende de 1880 a 1930 ocurrió en suelo español un éxodo que llevó a América a centenares de miles de individuos, en su mayor parte hombres residentes en zonas rurales. Las causas de este fenómeno demográfico fueron diversas, pero radicaron fundamentalmente en el vertiginoso aumento de la población en regiones agrarias pobres, en el lento proceso de crecimiento industrial en algunos territorios, la repetida propaganda de un fácil y rápido enriquecimiento en los países hispanoamericanos y el incremento de la navegación transoceánica bajo mejores condiciones. (……) Diversas coyunturas económicas y políticas favorecieron en algunos momentos de aquel amplio período el deseo de trasladarse a Cuba en busca de fortuna. Entre ellas estuvo el alza sorprendente del precio del azúcar durante la Primera Guerra Mundial. El país conoció entonces una gran prosperidad material, corrió el dinero y la época fue bautizada como «de las vacas gordas». Atraídos por aquella bonanza económica desembarcaron en Cuba decenas de miles de jóvenes españoles con el sueño de «hacer la América». (Jorge Domingo Cuadriello, Diccionario bio-bibliográfico de escritores españoles en Cuba, La Habana, Letras Cubanas, 2010, pp. 9-11)

En un testimonio que dejó la profesora de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, Rosario Novoa, nos contaba:

En esa década del cuarenta, como pasa en todo el resto de América Latina, en algunos países con más intensidad que en otros, hay una enorme cantidad de exiliados españoles que provienen de los sucesos de la Guerra Civil en España. Por Cuba pasan muchos, pero la situación era tan mala que no se pueden quedar, aunque quisieran. Pasó un joven, Bernardo Clariana (1912-1962), brillante maestro de Latín, pasó María Zambrano (1904-1991), discípula de Ortega y Gasset, conferencista excelente y ninguno se pudo quedar. Otros profesionales, con otros medios de vida, como el médico Gustavo Pittaluga, pudieron establecerse por fin, pero de los humanistas no pudieron sostenerse económicamente casi ninguno. (Una memoria de elefante, Entrevista de Mirta Yáñez, Editora Abril, 1991, pp. 81-82)

Cabe insistir en la importancia cultural de esta inmigración. Naturalmente, fueron importantes en el comercio y en otros giros, en la formación de familias, como ya se dicho, pero su relevancia, por ejemplo en la literatura y el periodismo es extrema. Incluso había este dicho: «En Cuba viven cubanos, españoles y extranjeros». Sería imposible mencionar a todos los inmigrantes relacionados con la literatura recogidos en el diccionario, pero he escogido a algunos, entre ellos varios que conocí personalmente: el coruñés Álvaro de la Iglesia (1859-1928), quien llegó con 14 años y decidió quedarse después de terminada la Guerra de Independencia; periodista y académico, fue el autor de las célebres Tradiciones cubanas (1911, 1915 y 1917). Manuel Curros Enríquez (1851-1908), poeta nacido en Galicia, fue fundador de la Asociación de la Prensa en Cuba; Ramón Cabanillas (1876-1959), escritor también de Galicia, publicó No desterro (1913); Xosé Neira Vilas (1928) nació en Pontevedra y luego después de muchos años en Cuba regresó a su terruño; entre otros libros publicó Memoria de un neno labriego (1974), creó la Sección Gallega en el Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana en 1969 y con su esposa Anisia Miranda colaboró en muchos textos de literatura infantil.

Manuel Curros Enríquez.

A otro emigrante a quien le debe mucho la literatura para niños en Cuba es a Herminio Almendros (Albacete 1898-La Habana, 1976), quien dirigió la sección juvenil de la Editorial Nacional de Cuba. Su libro mas renombrado es la compilación Había una vez…, que cuenta con muchas reediciones. Su hijo fue el renombrado cineasta Néstor Almendros (1930-1992).

Quiero recalcar aquí el nombre de Alfonso Hernández Catá (Salamanca 1885 – Brasil 1940), fallecido en un accidente de aviación. Escritor de amplísima obra narrativa y diplomático con una relevante importancia dentro del ámbito literario, a tal punto que en su homenaje se instauró un importante premio de cuento durante la época de la República.

No fue inmigrante, pero ha sido muy estimada en Cuba Rosalía de Castro (1837-1885), quien publicó en la Habana su segundo libro, Follas novas (1880), en la editorial «La Propaganda Literaria», del emigrado Alejandro Chao. En honor a ella se instauró en La Habana en 1945 la «Sociedad Cultural Rosalía de Castro», que tiene más de 400 asociados. Uno de sus poemas más famosos, «Negra sombra», fue musicalizado por Juan Montes (Lugo, Galicia, 1840-1899) y la canción presentada por primera vez en el Gran Teatro de La Habana en 1892. Desde entonces se ha convertido en una obra emblemática del folklore gallego. En todos esos años abundaron los textos literarios con la nostalgia y la diferenciación entre la inmigración y el exilio, en distintos textos catalogados como «la poética de la ausencia».

María Muñoz de Quevedo, nacida en La Coruña en 1886 y fallecida en La Habana en 1947, fue una importante musicóloga. Se trasladó a la Habana en 1919 y fue la primera persona que adoptó la ciudadanía cubana tras la promulgación de la Constitución de 1940. Fundó el «Conservatorio Bach» en 1922. Impartió clases, creó coros y también fue fundadora en 1931 de la Sociedad Coral de la Habana. María Muñoz fue de las gallegas que se sintieron, además, cubanas, y aquí se quedó. Escribió sobre temas de música muy variados, y con una mirada muy contemporánea criticó «la técnica vacía de contenido», frase del texto «La música en los últimos 20 años» que apareció publicado en la revista Social en 1936. Pero lo más señalado de María Muñoz fue que en Cuba dejó una tradición que se prolonga hasta nuestros días, instauró una escuela del canto, un amor por el estudio de la música, una solidez en el campo de los estudios musicales, y dejó discípulos notables.

Entre los ilustres visitantes que pasaron una larga temporada en Cuba está Juan Ramón Jiménez (18811958) con su esposa Zenobia. Llegaron a Cuba en noviembre de 1936 y se marcharon en enero de 1939. Hay colocada una placa en un hotel de la zona del Vedado que recoge su presencia en una de sus habitaciones. Juan Ramón Jiménez llevó una intensa vida con los intelectuales del momento. Ofreció conferencias en el Lyceum, club femenino, y en la Institución Hispanocubana de Cultura. Se cuenta que también compartía con los círculos republicanos. Con la colaboración de Camila Henríquez Ureña y José María Chacón dejó para la historia literaria su importante antología La poesía cubana en 1936 (1937). Y de manera singular, diferenciándose de otros antologadores, incluyó a veintiséis poetisas.

También pasó una intensa temporada en La Habana el poeta Federico García Lorca, a partir del 7 de marzo de 1930, y tanto fue su entusiasmo con la tierra cubana que estampó la frase de «Si yo me pierdo que me busquen en Andalucía o en Cuba». Entre otros muchos visitantes, reconocidos escritores, estuvo Rafael Alberti (1902-1999) acompañado de su esposa María Teresa León (1903-1988). Visitó tres veces La Habana, la primera en 1935, la segunda en 1960 y la tercera en 2001. La hija, Aitana, se ha quedado a residir en Cuba.

La mayoría de ellos participaron en actividades culturales, impartieron conferencias y recibieron diversos homenajes. Entre las instituciones que colaboraron con invitaciones o asumieron el breve tránsito de algunos forasteros en su carácter de exiliados, estuvo la Academia Cubana de la Lengua, la Universidad de La Habana, el Lyceum y Lawn Tennis Club, la Institución Hispanocubana de Cultura, la Sociedad de Amistad Cubano-Española. Como se afirma en diversos testimonios, la presencia de algunos destacados intelectuales dejó un indeleble trazo dentro del ambiente literario cubano.

Entre los inmigrantes de fechas cercanas quiero mencionar a la asturiana Áurea Matilde Fernández (1929- 2017), historiadora y profesora de Mérito de la Universidad de La Habana que ha dejado excelentes textos, uno de ellos autobiográfico: José y Consuelo: amor, guerra y exilio en mi memoria (2007), y ensayos como España, franquismo y transición (2003) y Breve historia de España (2005). Un recuerdo también para Rafael Morante (1931), uno de los más importantes diseñadores que tiene Cuba, Premio Nacional de Diseño en 2001.

Y ahora un caso muy singular: Jose María López Lledín (1899-1985). Dos monumentos y un personaje caracterizan a La Habana: la Giraldilla, el Morro y El Caballero de París. De estos tres, solamente el último hablaba y filosofaba. Lledín se hacía llamar El Caballero de París, vivía en los portales habaneros y, naturalmente, estaba loco. Pero era un símbolo de La Habana. He ahí el por qué de la entrevista que le hice el 15 de octubre de 1970. El Caballero, con su enmarañada melena y luenga barba, su raído saco negro, una camisa que pudo haber sido blanca muchos años atrás y un pantalón negro que arrastraba con sus zapatos, creyó al principio, cuando me le acerqué, que yo era alguien que venía a molestarlo, pero luego me contó que había nacido «en un río de Galicia» y que aunque era un caballero de París también lo era de Galicia y de La Habana. En la actualidad se eleva en la Habana Vieja una estatua suya, realizada por el escultor José Villa Soberón.

En el diccionario mencionado, el investigador Domingo Cuadriello hace un recuento de las publicaciones españolas en Cuba que tuvieron contenido literario, y sin incluir en la relación folletos, boletines informativos u otra prensa no literaria, el número de esas publicaciones es sorprendente, nada menos que 145. A manera de ejemplo voy a mencionar El Eco de Galicia (1878), que según se explica es considerada la más antigua de toda la prensa gallega en Cuba y, además, en el resto de América; el Diario Español, que dirigió durante más de veinte años el ferrolano Adelardo Novo, y La Unión Española, que se considera una de las principales publicaciones de la colonia española en los primeros tiempos del siglo xx.

En los escritores cubanos de distintas épocas y generaciones se aborda, tanto en prosa como en verso, la inmigración española. El más importante de todos esos libros, que incluso ha sido llevado al cine, es la renombrada novela Gallego, de Miguel Barnet. Y como hemos pasado a las obras de ficción incluiré aquí un fragmento de mi próxima novela:

La primera noticia desde su aldea que la abuela paterna recibiera en La Habana, después de haber emigrado a principios de siglo, se demoró algún tiempo en llegar. Y la sorprendió con la obligación que le imponía. En una simple esquela redactada por el párroco y en nombre de su padre, viudo e iletrado, que había quedado en el terruño asturiano a cargo de toda la familia, se le daba parte de un convenio conyugal entre ella y un joven marino gallego de nombre Blas, con apellido de Adelantado de las Américas, poco peculio, aunque honrado, limpio, de buen carácter, que deseaba establecerse formalmente, adquirir sucesión a su apellido en Cuba, y dedicarse a ejercer el oficio familiar y del «progenitor de Nuestro Señor», afirmaba el buen clérigo, la carpintería. Estaba al llegar y la abuela Asunción no lo había visto en su vida. Junto a la esquela y para dar fe de que el tal novio era real, la familia había adjuntado una foto en cartón. La abuela no le confesaría nunca a nadie que la estampa del joven marino la cubrió de entusiasmo desde el primer instante. La foto, de quien después se convertiría en el abuelo Blas, mostraba un muchacho de pelo crespo, partido con una raya al medio, de ojos lánguidos bajo unas pestañas espesas, decimonónicas. El mostacho le cubría los labios que se adivinaban dulces. ¿Sensuales? La abuela nunca se hubiera atrevido ni a pensarlo. Una de las manos, rústicas aunque hermosas, esgrimía una revista que el joven malamente simulaba leer en obsequio del lente. La otra mano se apoyaba con el codo en una mesa de mimbre y sostenía la barbilla, más bien blanda; junto a las cejas amables. El conjunto inspiraba, por su benevolencia, un sentimiento protector que, de inmediato, inclinó para su causa a quien todavía no era la abuela Asunción. El joven estaba vestido con atuendo de oficial de la marina, completamente de blanco, y esto terminó por cautivarla a distancia.

Para coronar, a los pocos días llegó una tarjeta de puño y letras del propio Blas, remitida desde El Mariel, donde había atracado su buque por unas semanas; en ella le declaraba su anticipada devoción y su impaciencia por conocerla. Cuando el joven marinero se presentó en persona, tullido de timidez, con una caja de bombones franceses y un ramo de claveles, ya su batalla estaba ganada desde tres semanas antes. Y él mismo venía, no se sabe cómo, enamorado.

La abuela Asunción y el abuelo Blas llegaron a cumplir sesenta años de casados, y aunque el abuelo no era ya buen mozo, ni la abuela era la sombra de lo que había sido en tiempos de Maricastaña, cuando viajaba en el Marqués de Comillas a hacer las Américas, no podían vivir el uno sin el otro.

Paso ahora a hablar de la emigración desde Cuba, que ha conformado en diversos países del mundo, en especial en Estados Unidos, la llamada «diáspora» de todas las profesiones y niveles sociales. Son muy diversas las circunstancias de la emigración cubana. El hecho de ser una isla, al caso de la tan traída y llevada cita del poema de Virgilio Piñera «la maldita circunstancia del agua por todas partes», así como la complejidad de las relaciones históricas y contemporáneas entre Cuba y Estados Unidos y las divergencias ideológicas han conformado una amplia emigración.

Desde las primeras partidas, tanto legales como ilegales, a lo largo de todos estos años ha emigrado un buen número de intelectuales, algunos por intereses profesionales y otros por discrepancias ideológicas. Pero ante todo deseo empezar diciendo, y enfatizando, que la literatura cubana es una sola. Cabe decir que siempre, a lo largo del siglo xx, se produjeron algunas emigraciones puntuales. A partir del triunfo de la revolución en 1959 varias generaciones de escritores y escritoras emigraron a distintos países, fundamentalmente a los Estados Unidos. Y después de distintos encuentros, eventos académicos, publicaciones conjuntas, investigaciones de ambas partes y reencuentros familiares y fraternales, por fortuna se han realizado algunos acercamientos entre la emigración y los residentes en Cuba.

En efecto, Cuba ha vivido varias oleadas migratorias importantes después de 1959. La primera comenzó apenas fue derrotada la dictadura de Fulgencio Batista y se prolongó durante toda la década de los sesenta, pudiendo señalarse como su culminación el momento de los «Vuelos de la Libertad» desde Camarioca hacia los Estados Unidos. La segunda fue por el puerto del Mariel en 1980; la tercera comenzó con el período especial y tuvo su punto más álgido durante la crisis de los balseros, a mediados de los años noventa del pasado siglo. La cuarta es una continuación del éxodo de los noventa y se ha acrecentado luego de las modificaciones de los trámites migratorios en el 2012. Además de esos éxodos masivos está el goteo de los viajes hacia terceros países.

En la actualidad, con esta administración de Estados Unidos, la situación se ha vuelto más compleja que nunca. El día en que se haga un estudio objetivo sobre este asunto conoceremos su verdadera magnitud y los efectos que ha provocado en nuestra identidad, porque desde 1959 hasta hoy, Cuba —antes un país receptor de migrantes— quizás sea en Latinoamérica, proporcionalmente, uno de los mayores emisores de emigrantes, calificados la mayoría de ellos como asilados políticos. Sobre este tema voy a incluir aquí el testimonio inédito de la escritora cubana Uva de Aragón, emigrada de niña, para una entrevista que le hizo un joven investigador:

Hay una gran diferencia entre los inmigrantes y los exiliados. Los primeros sueñan; los segundos, recordamos. El inmigrante quiere integrarse; el exiliado desea volver a casa. Mientras unos quieren aprender el nuevo idioma, los otros no desean olvidar el propio

¿Cómo se puede prescindir en la historia de la literatura cubana de Lydia Cabrera, Gastón Baquero, Agustín Acosta, Carlos Montenegro, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante? No creo que en los círculos académicos serios el debate sea sobre los autores cubanos que han vivido fuera del país, porque habría entonces que dar al traste con casi todo nuestro siglo xix, comenzando por Martí, la Avellaneda, Varela, Heredia… y parte de la primera mitad del xx, pues Carpentier, José Antonio Ramos, Alfonso Hernández-Catá, Eugenio Florit, entre otros, vivieron mucho tiempo fuera de Cuba por sus puestos diplomáticos. Y a partir del 59, ni se diga… Gran parte de la literatura cubana de todos los tiempos se ha escrito fuera de la Isla. Creo que hay una sola literatura cubana, independientemente del lugar de residencia del autor y que el tiempo es el gran juez en cuyas manos está decidir la buena literatura que sobrevivirá en el futuro. Las aguas ya han empezado a tomar su nivel…

Quiero citar además a la investigadora cubana Vitalina Alfonso, estudiosa que ha trabajado este tema relacionado especialmente con la literatura:

Luego de cinco décadas de éxodo ininterrumpido y de la masividad de este, desde 1990, la renovación de la comunidad cubanoamericana es palpable; cada vez son más normales las relaciones entre sus miembros y sus comunidades originarias, según predijo el sociólogo Lisandro Pérez en 1997, y su transición ideológica se ha movido hacia posturas más afines a las de otras minorías étnicas en los Estados Unidos que a las del llamado exilio histórico, léase, las de los padres y abuelos. Mediante la literatura, y en sentido general, la cultura toda, el cubanoamericano no rompe el vínculo del todo con sus orígenes, al margen de la diferencia en los valores adquiridos, las prioridades, las motivaciones y el espacio en que expresa su ideología; sólo la modifica según sus experiencias de vida (Un país para narrar de Vitalina Alfonso, Ed. Letras Cubanas, 2007, pp. 99-100)

Otro autor cubano que ha estudiado ampliamente este tema es Ambrosio Fornet, crítico e investigador, miembro de la Academia Cubana de la Lengua. En un trabajo publicado en La Gaceta de Cuba (no. 4, julio-agosto de 1998), estampó una frase clave para la literatura de la emigración: «Los reclamos obsesivos de la memoria.» En efecto: el éxodo, el problema de la memoria, la dispersión de la familia y también los conflictos sociales de las últimas décadas, en la mayor parte quedan reflejados en la literatura contemporánea de ambas orillas.

A manera de resumen, reitero que la literatura cubana es una, y de la misma manera que los intelectuales que residen en el exterior no pueden obviar lo que se escribe en Cuba, desde el país hay que reconocer la obra de estos escritores y escritoras que entre muchos otros temas asumen la problemática de la nostalgia, la defensa de la identidad, la emigración o el exilio. Se han ido superando los prejuicios y algunos autores emigrados han sido publicados en Cuba. Aunque, naturalmente, todavía quedan obstáculos a superar por ambas partes.

El tema que conecta a la escritura cubana surgida en el exterior y en el interior  es la preocupación por Cuba. Cuba en sí. Por la singularidad de nuestro momento histórico creo que es el tema de todos los escritores cubanos de alguna u otra forma. Por supuesto, tanto entre los emigrados como entre los residentes en Cuba, hay asuntos que se repiten más: la emigración, el conflicto de los que se van y los que se quedan, el tema de la lucha por la vida cotidiana. Pero la gran preocupación de la mayoría de los intelectuales cubanos es el destino de Cuba

La poesía cubana escrita en el extranjero es otra cara de igual moneda, la «otra orilla» de la misma corriente. La fuente es única, aunque eso que algunos gustan llamar «destino» haya cifrado caminos diferentes. Las poetisas cubanas emigrantes pertenecen —es obvio decirlo e insistir en ello— al mismo corpus literario cubano. La búsqueda de ese espacio común que es la identidad cubana no tiene una frontera, si bien las orillas muestran temáticas distintas, como es inevitable y, por lo demás, enriquecedor. El llamado «discurso de la nostalgia», la referencia al espacio y el tiempo cubanos vistos desde afuera, el «volver la vista atrás» y la conciencia de jerarquías de distinto orden que actúan sobre al acto mismo de la creación —en el cual no es el menor la acción de otras pautas lingüísticas y culturales—, así como la incorporación reciente de la categoría de «cubanoamericano», son parte de la exégesis en proceso del discurso literario cubano de hoy.

Uno de los libros que poseo sobre este tema es Poetas cubanas en Nueva York, antología de Felipe Lázaro publicada por la Editorial Betania, de España, en 1991, donde aparecen cinco poetisas que, según el antologador, las une residir en New York, haber salido de Cuba de niñas o adolescentes, haberse formado en la lengua inglesa, escribir en español y ellas mismas traducir sus poemas al inglés. Sus nombres son: Magaly Alabau (1945), Alina Galliano (1950-2017), Lourdes Gil (1950), Maya Islas (1947) e Iraida Iturralde (1954). A manera de dato curioso, la cubierta del libro pertenece nada menos que a la pintora, también emigrante, Gladys Triana, hermana del dramaturgo José Triana. La prologuista de la antología, Perla Rozensvaig, hace algunas consideraciones válidas no solo para ellas cinco, sino en general para la emigración cubana: «Sus textos se encuentran en la intersección de dos culturas. Se nutren de lo que prefieren o necesitan de cada una y a la vez dan constancia del horror que produce en cierto momento el choque de ambas (…) Existe en ellos, más que en cualquier otro grupo minoritario, una firme determinación por mantener su idioma, sus costumbres, su modo de ser.»

Como mi tema fundamental de estudio es el discurso femenino cubano, he seguido principalmente a las autoras. Por ejemplo: Magaly Alabau (1945), Maya Islas (1947) y Achy Obejas (1955) son tres poetisas que residen en USA y que dan muestra de las variantes de este discurso en la diáspora. El de Magaly Alabau, con dominio absoluto sobre el lenguaje y el tono adolorido de la memoria que evoca, se acerca, se distancia y desde la cotidianidad se lanza a lo hondo del pasado, lo conceptualiza y lo confronta otra vez con los sucesos de la vida común; el de Maya Islas, poetisa con una obra de un lirismo maduro y abarcador, muestra una sensible percepción del mundo y una hábil redimensión imaginativa en el uso de palabras de todos los días; por último, el de Achy Obejas exhibe la mezcla de culturas, de idiomas, de creencias, la síntesis del mestizaje y de nuestro nuevo ajiaco. Achy Obejas es también narradora. Otros casos que deseo mencionar son los de Mabel Cuesta, igualmente en Norteamérica, Damaris Calderón, en Chile, y Minerva Salado, en México.

Por fortuna ya son varias las antologías y los panoramas que han logrado reunir a autores cubanos de las dos orillas, como Estatuas de sal. Cuentistas cubanas contemporáneas (selección de Mirta Yáñez y Marilyn Bobes, Ediciones Unión, 1996) y Puentes a Cuba/ Bridges to Cuba, editado por Ruth Behar, The University of Michigan Press, USA, 1995. Asimismo, Veinte años de literatura cubanoamericana Antología 1962-1982, de Silvia Burunat y Ofelia García, Editorial Bilingüe, Tempe, Arizona, 1988, y Little Havana Blues. A Cuban-American Literature Anthology, editada por Delia Poey y Virgil Suárez, Arte Público Press, Houston, Texas, 1996. Quiero reconocer también a las editoriales que en la actualidad publican a cubanos, como se dice popularmente, «de dentro y de fuera»: en España, «Verbum», de Pio E. Serrano, y «Aduana Vieja», de Fabio Murrieta, y en Estados Unidos «Cubanabooks», de Sara Cooper.

Entre los estudiosos de la literatura cubana desde la emigración cabe mencionar a Roberto González Echeverría (1948), Emilio Bejel (1944) y Raquel Romeu (1926), autora, entre otros libros, de Voces de mujeres en la literatura cubana, (Editorial Verbum, Madrid, 2000); asimismo publicaciones especializadas como la Revista Iberoamericana Cuban Studies y diversas compilaciones criticas

Al principio de 1959 y en la década del 60 abandonaron el país algunos autores que ya tenían una obra reconocida y publicada en Cuba: Lydia Cabrera (1900-1991), Hilda Perera (1926), Enrique Labrador Ruíz (1902-1991), Lino Novás Calvo (1903-1983), Carlos Montenegro (1900-1980)… Lo curioso es que estos dos escritores, Novas Calvo y Montenegro, considerados como importantes narradores de la literatura cubana y que murieron en la emigración, nacieron en Galicia y llegaron a Cuba siendo niños.

Voy a mencionar algunos nombres: el relevante poeta Gastón Baquero (1918-1997), radicado en Madrid desde 1959; el también poeta y ensayista radicado en Nueva York Eugenio Florit (1903-1999); y el brillante poeta Heberto Padilla (1932-2000), protagonista de una de las más fuertes polémicas culturales cubanas, así como poetas más actuales como José Kozer (1940), residente en Estados Unidos, y Pío Serrano (1941), poeta y editor, en Madrid. Entre las escritoras, deseo destacar a Cristina García (1958) por su novela Soñar en cubano; Uva de Aragón (1944) por Memoria del silencio (2002), Wendy Guerra debido a su libro Todos se van (2006) y Karla Suarez (1950) por sus cuentos recogidos en Espuma (1999). También debo citar a narradores importantes como Calvert Casey (1929-1969), Severo Sarduy (1937-1993), José Lorenzo Fuentes (1928-2017) y Juan Arcocha (1927-2010), quien autorizó antes de fallecer en Paris la publicación en Cuba de su obra Los baños de canela; entre los más jóvenes mencionaré a Carlos Victoria (1950-2007) y a Eliseo Alberto (1951-2011). Del ya famoso Guillermo Cabrera Infante (1929-2005), Premio Cervantes, quiero mencionar su primer libro de cuentos Así en la paz como en la guerra, publicado en Cuba en 1960. Y por último al tristemente célebre Reynaldo Arenas (19431990).

De manera especial quiero referirme al gran dramaturgo y poeta José Triana (1931-2018), recientemente fallecido, quien tras su salida al exilio no aceptó ser publicado en Cuba. Como emigrante, fue una excepción, pues a diferencia de otros muchos se marchó a Francia en 1980. Los críticos consideran que en el género de teatro el dilema del idioma es mayor para la puesta en escena. Sin embargo, en este punto también Pepe Triana fue una excepción. Su gran obra La noche de los asesinos, premio de teatro del Concurso Casa de las Américas en 1965, fue representada en numerosos países, incluso en Grecia.

A manera de conclusión quiero hacer constar que la separación ha sido un dolor y un conflicto para ambas partes. Un corpus literario de todas maneras cubano (independiente del lugar de escritura y lengua), donde a veces surge la polémica acerca de los textos escritos en inglés, en especial los que nacieron en el exilio o los llamados cubano americanos. En mi opinión, por sus temas, el desarraigo que presentan, el humor, el sincretismo religioso y otros factores, sus obras pertenecen también al cuerpo de la literatura cubana. Algunos autores de la literatura cubano-americana no nacieron en Cuba, pero aceptan ser herederos de sus raíces y del carácter indivisible, por razones de emigración, de la literatura cubana.

Quiero dedicar un breve homenaje a una poetisa que no pudo compartir con el resto de mi generación los sobresaltos de las primeras ediciones en Cuba de los autores de la emigración. Lourdes Casal (19381981) se fue a USA cuando era una muchachita, pero a través del desgajamiento del exilio y un reconocimiento de su identidad, no solo en cuanto a cubanía se refiere, sino también en su proyección humana que carga en «la mochila» con todas sus marginalidades, se compenetró con la vida de su país natal hasta su prematura muerte. En 1982 le fue otorgado póstumamente el Premio Casa de las Américas. He querido transcribir aquí —por más de una razón— un conmovedor poema suyo donde la apariencia de objetividad descriptiva deja, sin embargo, muy transparente la transida emoción y la autoconciencia del eterno destierro de todos los lugares. Su sensación de sentirse extranjera no ha podido evitarse, mas ya retornó para siempre: los restos de Lourdes Casal descansan en el Cementerio de Colón, de La Habana. En el verano de todos los días pueden recordarse sus textos, despojados de oratoria y «linduras», del mejor tono coloquial de las primeras etapas:

Para Anna Veltfort (Fragmento)

Nunca es verano en Provincetown
y aún en esta tarde tan límpida
(tan poco usual en Nueva York)
es desde la ventana del autobús que contemplo
la serenidad de la hierba en el parque a lo largo de Riverside
y el desenfado de todos los veraneantes que
descansan sobre ajadas frazadas;
de los que juguetean con las bicicletas por los trillos.
Permanezco tan extranjera detrás del cristal protector
como en aquel invierno
—fin de semana inesperado—
cuando enfrenté por primera vez la nieve en Vermont.

Y sin embargo, Nueva York es mi casa.
Soy ferozmente leal a esta adquirida patria chica.
Por Nueva York soy extranjera ya en cualquier parte,
fiero orgullo de los perfumes que nos asaltan
por cualquier calle del West Side,
marihuana y el olor a cerveza
y el tufo de los orines de perro
y la salvaje vitalidad de Santana
descendiendo sobre nosotros
desde una bocina que truena improbablemente balanceada
sobre una escalera de incendios.
La gloria ruidosa de Nueva York en verano,
el Parque Central y nosotros,
los pobres,
que hemos heredado el lago del lado norte,
y Harlem rema en la laxitud de esta tarde morosa.

(…)

Pero Nueva York no fue la ciudad de mi infancia,
no fue aquí que adquirí las primeras certidumbres,
no está aquí el rincón de mi primera caída
ni el silbido lacerante que marcaban las noches.
Por eso siempre permaneceré al margen,
una extraña entre estas piedras,
aun bajo el sol amable de este día de verano,
como ya para siempre permaneceré extranjera,
aún cuando regrese a la ciudad de mi infancia.
Cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,
demasiado habanera para ser newyorquina,
demasiado newyorquina para ser
—aun volver a ser—
cualquier otra cosa.

(«Para Anna Veltfort», de Lourdes Casal, publicado en la revista Areíto en el verano de 1976).

Por todo lo antes dicho, la relevancia en el siglo xx de las inmigraciones extranjeras, sobre todo de España, y las numerosas emigraciones de cubanos hacia una diáspora es que decidí publicar este texto como «Cuba, tierra de inmigrantes y emigrantes». Y para terminar quiero presentar un texto mío: «Las cunchas».

Entre el pueblo de Triacastela y el monasterio benedictino de Samos, a la vera del antiguo camino de peregrinos, en el caserío de San Xil, nació mi abuela. Recuerdo que ella me contaba de su vida en la aldea, de las montañas donde llevaba la vaca a pastar, de los crudos inviernos. Por ella supe lo que era cuidar de los animales en el establo, cobijarse junto al fuego, del temor a los lobos, de las caminatas en la nieve y de los andariegos que cruzaban en su ruta hacia Compostela. Cuando iban de regreso, llevaban colgadas de su ropa las conchas marinas que daban fe del recorrido por el camino de Santiago. Según me han contado, las «cunchas de vieira» representan los buenos actos, el vencimiento del mal. Para mí, además, es la invocación de los mares de mis antepasados y la imagen de mi propio mar habanero que descarga sus olas en el pueblo costero donde vivo, Cojímar, en una calle que, para redondear la metáfora, se llama Concha. Después de muchas peripecias cumplí la promesa dada a mi abuela de llegar a su aldea de San Xil, habitada ahora sólo por una docena de moradores. Toqué las paredes de piedra de la que fuera la casa de mis bisabuelos de apellido Losada, acaricié un perro negro idéntico al que yo misma tuve alguna vez, palpé un viejo árbol que debía haber estado allí desde mucho antes que mi abuelita emigrara a Cuba y vi con mis ojos el terruño que los suyos veían en sus sueños de añoranza. Traje de regreso a La Habana una concha secreta colgada sobre mi corazón.