Como si su continuidad a lo largo de las 41 ediciones anteriores no fuese prueba suficiente de la resiliencia del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, el siempre esperado evento ha dado de nuevo muestras convincentes de ella, ajustándose esta vez a las exigencias impuestas por la pandemia de COVID 19. En su propuesta para esta edición, los organizadores del Festival decidieron dividirla en dos partes: una primera, formada por obras que participan fuera de competencia, a presentarse en las habituales fechas de la primera quincena de diciembre —que los bromistas fijan “entre Santa Bárbara y San Lázaro”, aludiendo a las fiestas de dos de los santos de mayor devoción popular en Cuba, 4 y 17 de diciembre, respectivamente—, y una segunda, la de los debates, las conferencias de prensa y, sobre todo, las premiaciones. Así, la primera parte de esta 42ª edición se celebró entre el 3 y el 13 de diciembre de 2020, mientras que la segunda etapa será del 11 al 21 de marzo de 2021.

Una de las ofertas decembrinas del Festival fue el documental ítalo-canadiense-chileno Cuban Dancer, que se exhibió en la sala 23 y 12 los días 9 y 10 de diciembre. Fue triste constatar, una vez más, que para la inmensa mayoría del gran público el documental es un formato cinematográfico poco atractivo. La sala estaba prácticamente vacía, y era fácil percatarse de que no pocos de los asistentes eran familiares y amigos, ya fuese de alguno o algunos de los protagonistas del filme, o de otras personas implicadas en su producción, porque se turnaban para tomarse fotos ante el cartel de la película. Una vez más lamenté que tantas personas que conozco, que habrían disfrutado de este documental, no hayan estado allí.

Según relata el director del documental, Roberto Salinas, Cuban Dancer comenzó como un proyecto coral dedicado a la Escuela Nacional de Ballet, de La Habana, donde enseña su amiga y colaboradora Laura Domingo Agüero, coguionista de la película. Allí conoció —y comenzó a seguir— la historia del joven Alexis Valdés Martínez, el bailarín cubano, a que hace referencia el título de la película. Durante cinco largos años, Salinas seguió las andanzas de Alexis y su familia por rumbos que ninguno de ellos podía prever cuando comenzó el proyecto.

Alexis siempre ha tenido una aspiración bien definida en su vida: llegar a ser un gran bailarín de ballet. A ello se encaminaba ya entonces con pasos firmes, a sus 15 años, como alumno de la más importante institución docente de danza del país. Allí recibía, gratuitamente, una educación artística de primera impartida por un claustro de profesores de nivel mundial, y sus padres lo apoyaban sin condiciones. Su futuro parecía estar ya trazado.

La vida, sin embargo, toma rumbos inesperados. Los padres de Alexis, que soñaban desde hacía años reunirse con la media hermana de este (hija del primer matrimonio de la mamá), que vivía en Estados Unidos, y habían visto fracasar sus numerosas gestiones para obtener visas de inmigrantes, recibieron de pronto la noticia de que se les otorgarían los ansiados permisos y podrían estar juntos de nuevo. La familia de Alexis emprendió así el camino lleno de incertidumbres que recorrieron tantos emigrantes antes que ellos: el del desarraigo y la adaptación a un nuevo idioma, modo de vida y cultura. Cuban Dancer se inicia en La Habana del joven Alexis, estudiante de la Escuela Nacional de Ballet, y lo sigue a lo largo de un recorrido que pasa por Pembroke Pines, en la Florida, donde se establece con su familia, Boca Raton, donde gracias a una beca logra continuar sus estudios de ballet hasta su graduación, Nueva York, donde participa en un concurso nacional de promesas, y finalmente en sus empeños por insertarse como bailarín profesional en alguna gran compañía estadounidense.

Cuban Dancer se desarrolla así en tres capas: es un documental sobre danza, que sigue la vida artística de Alexis y su progreso en el ballet, primero en la habanera Escuela Nacional de Ballet y después en el floridano Conservatorio Harid, con metodologías diversas, pero igual empeño por lograr la excelencia, igualmente exigentes sesiones de práctica, ambientes similares de ese rigor académico que es universal en las instituciones de formación artística de alto nivel, métodos afines de atención personalizada a los estudiantes, parecidas rutinas estudiantiles.Y presente en todo, la voluntad de los alumnos por crecer como artistas, trabajando sin cesar en constante porfía por alcanzar la perfección.

Filmación del documental en la Escuela Nacional de Ballet. Aparecen Laura Domingo, Roberto Salinas y una estudiante.

Filmación del documental en la Escuela Nacional de Ballet. Aparecen Laura Domingo, Roberto Salinas y una estudiante.

Es también un documental sobre la familia. Todo el itinerario artístico de Alexis se ve garantizado por el apoyo afectivo y efectivo que le brindan sus padres, quienes no escatiman esfuerzos para asegurarle un entorno material y espiritual adecuado. Su padre es una verdadera fuerza que lo mantiene centrado en su formación, animándolo, aconsejándolo, asegurándole en todo momento su respaldo incondicional. Las escenas del reencuentro con la hermana después de ocho años de separación son conmovedoras, como lo son las manifestaciones de cariño de Alexis por los demás miembros de su extensa familia, algo tan importante en nuestra cultura.

Por último, es también un documental sobre la emigración que nos permite acompañar a Alexis y su familia a través de los trámites migratorios, la preparación de la difícil partida, el trauma de la separación de familiares, la novia, los amigos y compañeros de estudio, hasta la inserción en un entorno extraño, con otro idioma, otras costumbres, donde hay que trabajar sin descanso para salir adelante, en medio de una lucha para mantener su identidad cultural. Es impactante la conversación de Alexis con su padre, en la que este trata de evitar que la costumbre estadounidense de que los hijos se independicen totalmente de sus padres al llegar a la mayoría de edad afecte la convivencia de su familia cubana: “nosotros somos cubanos”, le recalca. El propio Alexis vive con intensidad, en sus estudios y en su desempeño artístico, esa reafirmación identitaria: “yo siempre me voy a presentar como lo que soy: cubano; yo soy de Cuba”. En efecto, oímos en off al locutor del concurso neoyorquino en el que compite Alexis cuando lo presenta: “de Cuba…”

En varios momentos de la película se hace presente como un trasfondo —no podía faltar— el tema de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos. En la primera parte, la normalización de relaciones durante el gobierno de Obama, que facilitó la comunicación y los viajes entre los cubanos de la isla y su enorme diáspora en Norteamérica. Después, con la llegada de Trump a la presidencia, la reinstauración del clima de aislamiento y hostilidad mutua, que tantas dificultades impone a las relaciones entre los cubanos de una y otra orilla del Estrecho de la Florida.

Cuban Dancer es un docudrama. Los protagonistas actúan —sin actuar— sus vidas ante la cámara. En el hecho de que esa “no actuación”, que tan importante es para la autenticidad del relato, se haya logrado con tanta eficacia, influyó probablemente el largo tiempo que el equipo de realización, encabezado por Salinas —quien fungió además como camarógrafo— los acompañó en momentos cruciales de su itinerario de vida. Salinas relata que Alexis le preguntó al inicio si debía actuar, decir algunas líneas de guion, alguna frase específica. Él le pidió que lo ignorara, y siguiera adelante con su vida, como si la cámara no estuviera allí. La gran naturalidad con que transcurre la acción demuestra que, con la obvia excepción de algunas escenas de diálogos íntimos, ellos siguieron esa recomendación al pie de la letra.

En primer plano el bailarín Alexis Valdés.

En primer plano el bailarín Alexis Valdés.

El trabajo fotográfico es notable: aprovechando al máximo la gran fotogenia de Alexis, la cinta logra sus mejores momentos en las escenas de danza, con encuadres clásicos de gran belleza. El vigoroso montaje de esas secuencias coopera en forma muy eficaz a reflejar el esfuerzo y la concentración de los jóvenes bailarines.

El director de Cuban Dancer es Roberto Salinas, un realizador, productor, guionista y director de fotografía ítalo-nicaragüense, que desarrolla su vida profesional entre Managua y Roma. Originalmente graduado en Historia del Teatro en la universidad romana de La Sapienza, derivó pronto hacia la realización cinematográfica. Salinas se ha desempeñado como realizador de documentales y director de fotografía en numerosas producciones, que incluyen documentales de largo metraje, comerciales y series de TV, en Italia y otros países. The Troublemaker, behind the scenes of the United Nations (El revoltoso, detrás de la escena de las Naciones Unidas), que viera su estreno en la 36 Edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, y se presentara después en otros importantes festivales, como el Festival Internacional de Derechos Humanos de Buenos Aires y el Festival de Cine Latino de Chicago, es una muestra de su producción político-social, mientras que su bien recibida semblanza del famoso realizador italiano Mario Monicelli Una storia da ridere: breve biografia de Mario Monicelli (Roma, Lantana Editore, 2011) (Una historia para reír: breve biografía de Mario Monicelli) es representativa de su dedicación paralela a los temas culturales, área en la que también se inserta, por supuesto, Cuban Dancer.

Aunque las escenas finales de la cinta sugieren el camino que se abre ante el perseverante protagonista, uno no puede menos que preguntarse qué otras sorpresas el destino les deparará a él y a su familia, y desearles que se mantengan igualmente resueltos y animosos para que puedan enfrentarlas también con éxito. En estos tiempos de calamidad e incertidumbre, películas como Cuban Dancer son ventanas a la esperanza, quealientan nuestra fe en el espíritu humano.