(Especial para Alerta)

Una ciudad no entrega fácilmente su secreto, su mismo rostro innúmero que la define y sostiene en su extensión lograda de profundidad y espíritu. Ahí puede estar la ciudad inmensa y rica, trabajada por la industria, cercada, rellena, medida, utilizada para todos los quehaceres urbanos y sin embargo muda, hoscamente obstinada en una fría duración, en una existencia de mineral helado, presentando a la mirada amorosa la resistencia eficaz del hierro y el cemento de sus sólidas edificaciones yertas. Puede estar atrozmente sucia, levantando en su abandono los muñones más siniestros de la miseria; arrastrando en su plaza más querida el hedor inconfundible de sus tejas podridas, de su maderamen anacrónico, sus gastadas tuberías con el agua infecta del lodazal cercano y del arroyo mísero. Puede estar de muchas e infinitas maneras y estar muda, negada al diálogo con el hombre, su hijo que siempre se le parece y de quien espera la primera palabra para despertar y comenzar a convivir con él, siguiendo los justos requiebros de su natural destino. Porque la vida de una ciudad es su dialogo con el hombre que la habita y que le hace miserable o gloriosa, fría o amorosamente cálida; reposada en su gloria o agitada de ambición y señorío. Es este diálogo esencial y cercano a una magia cumplida de cotidiana vida la que alimenta el sagrado corazón secreto de las ciudades, el que hace que la ciudad muestre su escondido cuerpo imaginado por el primer dibujo del sueño de sus fundadores; la maravilla del llamado a la lluvia que cae sobre ella siguiendo los dominios exactos de las señales invisibles de su floresta cercadora; el sol naciente en las mañanas de primor urbano y su morado, lento funeral dignísimo al atardecer puntual y único siempre; el mensaje que la noche difunde pesarosamente y cuyos caracteres da a entender por el peso de las sombras y la construcción de ajustadas penumbras valederas. Porque todo eso está dedicado al habitante de las ciudades para iluminar su realidad de vida, para hacerle vívido el trazado matemático de las calles rectísimas, añadir la sombra del tiempo a la sombra férrea de sus puentes, llenar con el misterioso sentido de las innumerables combinaciones de la luz, el frío cuadrado de las ventanas que le esperan en correcta formación estática, a todo lo largo de sus miradas. Si el hombre no responde a estas señales y ob-sedido por menesteres extraños a este lenguaje continúa poniendo cosas y maquinarias sobre el cuerpo externo de su ciudad, sin preocuparle la armonía profunda de sus actos y las relaciones necesarias entre arquitectura y poesía, urbanismo y poesía, sus construcciones, sus mismas marcas propias en la piel de su ciudad perecen extrañamente, retornando el ladrillo al ladrillo, la ventana a su simple aritmética utilitaria.

La historia de una ciudad ha de normar la conducta de sus hijos para con ella, y en la historia real de una ciudad, más peso tienen los sueños de sus diversos fundadores y continuados constructores que el ejército inacabable de sus tornillos, sus capiteles iniciales y el número de sus habitantes.

Al desoír la historia de su ciudad el hombre va cobrando en ella un raro contorno de salvaje máquina y refiere su vida a sórdidas consignas de procesos vacíos que usa técnicamente para la hora del trabajo, la hora de la diversión, la hora del amor y de la familia… y por supuesto también la consigna alcanza la hora de ocuparse de su ciudad. Es entonces cuando entre sus construcciones falsificadas, solitario en el tumulto de solitarios, comienza a integrar comités de acentos pragmáticos que claman por turistas y por las condiciones necesarias para que estos repitan su visita anual. Es la hora del exterminio de los viajeros por la ola ciega y satisfecha obligatoriamente de los turistas.

Viajero es quien viene a convivir con el ritmo vital de una ciudad en sus auténticas circunstancias, propias y peculiares; turista es el ente producido por una halagadora propaganda que busca distraerse rodeado de su higiene, de su confort, de sus bares y prostíbulos para después, terminado el tiempo de licencia, volverse a su mejor higiene, mejor confort y mejores bares y prostíbulos.

Cuando nuestra noble y desgraciada Habana sea la perla de los turistas podremos estar seguros que su voz ha callado definitivamente y que un monstruoso disco dictará extraños sones agradables a los honorables turistas y a sus obsequiosos nativos adjuntos.

Tomado de Alerta Año XV Nro. 211. La Habana, 12 de septiembre de 1949, p. 4.