» Introducción

Este trabajo forma parte muy sintetizada de un estudio mayor —en proceso de realización— dedicado a las Claves para salvaguardar la diversidad cultural y las identidades culturales: interculturalidad vs multiculturalismo, por el alcance mundial del tema y sus particularidades en el contexto nacional.

La globalización fragmentada del sistema-mundo pone en debate las potencialidades de la diversidad cultural y de las identidades como recurso humano de la sabiduría acumulada, el necesario respeto mutuo por expresiones culturales no compartidas, el sentido histórico de la continuidad cultural; así como su valor económico y patrimonial. Sin embargo, la salvaguardia de la diversidad cultural y el reconocimiento de las identidades culturales se relacionan con temas abordados reiteradamente por los estudios antropológicos como las sucesivas aproximaciones a lo identificado como supuestos «universales culturales» y las relaciones de convivencia entre grupos humanos con diversas expresiones culturales; también identificado como interculturalidad y multiculturalismo, con una rica y contradictoria gama interpretativa, que podría sintetizarse en la propuesta de la cultura como «manera de vivir juntos»1 o en la actitud hegemónica galopante de «divide y vencerás»,2 para garantizar las distancias entre unas expresiones culturales dominantes y otras desfavorecidas, especialmente entre las personas portadoras de estas expresiones.

En un orden general, permite caracterizar el debate antropológico sobre la interculturalidad y el multiculturalismo como recurso epistemológico para identificar los discursos hegemónicos y contrahegemónicos que impiden o facilitan la salvaguardia de la diversidad cultural, las identidades culturales y el derecho de muy variados grupos humanos a coexistir en espacios comunes.

»Universalismo y antropocentrismo

De modo específico, es posible valorar las aproximaciones sucesivas de la antropología sobre los denominados «universales culturales» y sus vínculos con la diversidad cultural y las identidades; caracterizar las tendencias interpretativas sobre la interculturalidad y sus aplicaciones; así como sobre el multiculturalismo y sus implicaciones políticas; y relacionar las diversas tendencias interpretativas anteriores con la salvaguardia de la diversidad cultural y las identidades culturales.3

En el caso de Cuba, cuando culminamos en los años 80 del siglo pasado dos Atlas culturales, me refiero al Altas de los instrumentos de la música folclórico-popular de Cuba4 y al Atlas etnográfico de Cuba: cultura popular tradicional,5 junto con la constatación del alto grado de ignorancia que había sobre las peculiaridades locales de muy variadas expresiones culturales saltó a la luz la muy amplia riqueza de la diversidad cultural como núcleo duro caracterizador de la cubanía en su proceso histórico. En este sentido, la unidad nacional ha estado precisamente caracterizada por la riqueza de su diversidad cultural.

A modo de ejemplo, una expresión identitaria que geográficamente abarca todo el país, sin excepción, como el son cubano, arrojó la presencia de 66 tipos de combinaciones de conjuntos instrumentales por provincias a partir de la presencia de 26 instrumentos musicales que se combinan en muy diversos repertorios, lo que abre un amplio diapasón que va de grupos familiar-vecinales compuestos por cuatro instrumentos (tres, guitarra, maraca y marímbula) hasta conjuntos más complejos homologables con los de la música profesional, que se nutre de múltiples expresiones raigales.

Sin embargo, para valorar la interactividad de la diversidad de expresiones culturales y las respectivas identidades, cual sentidos de pertenencia/diferencia, debemos considerar que de manera muy temprana los estudios antropológicos se han ocupado de estudiar tanto la evolución de los humanos como especie biológica y la unidad psíquica de la humanidad, como la presencia de un conjunto de rasgos culturales, con independencia del grado de organización social, que sean comunes a todos los pueblos del orbe como resultado de procesos creativos, difusivos y adaptativos a los más variados contextos, así como para satisfacer diversas necesidades.

Conjuntamente, para justipreciar el muy loable esfuerzo de varias generaciones de investigadores sobre el acercamiento y sistematización de estos rasgos culturales resulta necesario desmontar uno de los mitos más pretenciosos e inverosímiles del ser humano, especialmente de la cultura occidental, al tratar de equiparar la escala humana en la esfera terrestre con el universo en su alcance global. Tal visión antropocéntrica —debido a las limitaciones en el desarrollo del conocimiento— generó la noción de «universal» desde una escala extremadamente distante.

Por suerte, el impetuoso desarrollo de la astronomía y del conjunto de campos científicos que le acompaña ayudan cada vez más a poner en su sitio al ser humano (cual nano partícula pensante), comparable con el tamaño del universo.

Quizá por esta y otras razones fue que Albert Einstein enunció una de sus célebres frases: «Dos cosas son infinitas; la estupidez humana y el universo; y no estoy realmente seguro de lo segundo».

Recordemos que La Tierra se formó hace solo unos 4 550 millones de años y la vida surgió unos mil millones de años después. Actualmente es el único cuerpo astronómico (esferoide oblato) donde se conoce la existencia de vida. La circunferencia en el ecuador es solo de 40 091 km y su masa es aproximadamente de 5,98×1024 kg.6 Sin embargo, El universo, según observaciones astronómicas, tiene una edad entre 13 730 y 13 810 millones de años; y una extensión de al menos 93 000 millones de años luz.7 De modo que las diferencias entre la Tierra y el Universo son sencillamente abismales.

En este sentido, han sido muy diversas las aproximaciones a los rasgos identificados como supuestamente «universales de la cultura», un problema estudiado y desarrollado por la antropología para identificar características comunes a todas las sociedades humanas; desde listados y sus respectivas definiciones hasta síntesis que envuelven los más abarcadores aspectos de la vida humana en sociedad.

El criterio generalizador y pretencioso de lo tenido por «universal» debe ser sometido a crítica por su amplia polisemia y su contradictoria inconsistencia, hasta su reducción al absurdo. Al mismo tiempo, cuando surge la idea de lo identificado como «universal» en la antigüedad griega aun había un inmenso desconocimiento de las matemáticas y de otras ciencias naturales para establecer escalas ficticiamente homologables entre el mundo (La Tierra) y el resto del cosmos (Universo).8

En el orden filosófico el denominado «problema de los universales» envuelve diversos campos como la propia filosofía, la psicología cognitiva, la epistemología, la ontología y la antropología, entre otros. Más allá de su alcance físico (fenoménico), que designa la totalidad del espacio-tiempo, de todas las formas de la materia (conocida y oscura, energía e impulso), las leyes y constantes que las rigen; este también hace referencia al modo en que pensamos y sabemos, y cuáles son las realidades a ser conocidas de modo general.

Históricamente este mito ha operado como una construcción ideológica multidireccional: el universalismo, basado en la idea o la creencia de una supuesta «verdad universal», objetiva y eterna; es decir, divina, que lo determina todo y que debe estar por lo tanto, presente en todos los seres humanos por igual. El pensamiento universalista aboga por una verdad única o específica de ver, explicar e interpretar los fenómenos y procesos de la realidad. Lo anterior puede ejemplificarse en el «universalismo religioso y teológico» del cristianismo y el islamismo; el «universalismo moral» derivado de estas cosmovisiones supranaturales; y el «universalismo político» afincado en las relaciones de poder dominantes a nivel global en diversas épocas; entre otros.

Por su alcance, el «universalismo» está sobremanera lastrado por el antropocentrismo (del griego anthropos: hombre y del latín centrum: centro), que si bien se identifica como una concepción filosófica palmariamente errónea «según la cual el ser humano constituye el centro del universo»,9 este término abarca e implica la interpretación de la realidad exterior solo desde la escala de los valores creados por los humanos y no a partir de las relaciones con la naturaleza, donde el ser humano es un componente más, pero no mayoritario, como son las masas de agua, de tierra, de aire, o del resto de la biota en el orbe. El antropocentrismo también limita valorar con certeza el papel y lugar de los humanos en el medio natural.

» Rasgos culturales comunes

Por la razón anterior empleamos una categoría propia de la escala humana como la de rasgos culturales comunes, una vía más expedida para acercarnos de modo sistémico al conjunto de cualidades generalizables a los diversos grupos humanos y cómo varían a partir de ellos su sentido de pertenencia/diferencia. Frente a la evolución de los juicios y valoraciones sobre la imaginada «universalidad», cual verdades eternas e inmutables, sobremanera lastradas por cosmovisiones e ideologías desde el poder en diversas épocas históricas, la identificación de rasgos culturales comunes es otra vía interpretativa basada en el ser humano en sociedad como escala del análisis. Esta nueva propuesta nos permite identificar las relaciones interactivas entre diversidad cultural e identidad cultural.

Los acercamientos, aproximaciones y limitaciones de muy diversos trabajos anteriores hacen posible una nueva reflexión propositiva sobre los rasgos culturales comunes a la humanidad que operan como sistema en permanente interacción y que podemos identificarlos de la manera siguiente:

  1. Las diversas formas económicas (modos de producción) a través del trabajo (relaciones de producción) y diversos medios de subsistencia garantizan la reproducción social del grupo;
  2. El matrimonio, los variados tipos de familia y sus correspondientes lazos de parentesco hacen posible la reproducción biológica e identitaria del grupo;
  3. La endogamia étnica garantiza la estabilidad y continuidad intergeneracional del grupo;
  4. El aprendizaje de las personas hace posible la endoculturación familiar y otras formas de educación formal e informal en las nuevas generaciones y garantizan su continuidad cultural;
  5. El etnocentrismo (la mismidad), en su acepción favorable, condicionado o no por los vínculos con otros grupos humanos (la otredad), aprecia los bienes culturales propios respecto de los ajenos;
  6. La lengua y su expresión oral, junto con las formas no verbales de comunicación garantizan los peculiares códigos de comunicación del grupo;
  7. La formación y desarrollo de la conciencia y del pensamiento abstracto mediante símbolos, cual representación perceptible de una idea, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada y en conexión con signos que configuran una realidad percibida mediante los sentidos y que remite a imaginar otra realidad que no está presente, hace posible la comunicación social e interpersonal.
  8. La autoconciencia étnica, que define la identidad étnico/cultural, marca el sentido de pertenencia a su grupo;
  9. Las normas de conducta hacen posible la regulación del comportamiento individual y social de cada grupo;
  10. La actividad emic/etic como estrategia de conocimiento/acción condiciona la interacción de cualidades del sujeto cognoscente como transformador de la realidad;
  11. El conjunto de necesidades y la adecuación constante de sus múltiples satisfactores garantizan el de sarrollo humano como calidad de vida; y
  12. La creatividad es una condición humana particular de gran alcance y muy envolvente para la formación y desarrollo de artes, ciencias, religiones, ritualidades, deportes, inventos, ocio, solución de problemas, técnicas y otros modos de adaptación y transformación del medioambiente y, a la vez, de las propias personas.

» Rasgos culturales crecientes

Lo anterior hace posible establecer una marcada diferencia respecto de otros rasgos culturales crecientes, pero aun no comunes a la humanidad como, por ejemplo, la escritura, cual modo gráfico típicamente humano de transmitir información, con unos 30 mil años de antigüedad; los medios de comunicación masiva (prensa, radio, cine y tv), que se han ido expandiendo a mayor velocidad en los dos siglos más recientes; la telefonía fija y móvil desde mediados del siglo xix y desde mediados del siglo xx, respectivamente; y las tecnologías de la información y las comunicaciones (TICs), que a través de Internet, desde fecha tan cercana como 1969, aceleran procesos para alcanzar proyectivamente la sociedad de la información y en mayor perspectiva la sociedad del conocimiento. Esto último aun marca una gran brecha entre continentes, regiones y países del mundo, por lo tanto, es una indeleble señal de desigualdad global.

Sin embargo, el énfasis y el modo en que interactúan y se modifican en el tiempo/espacio los rasgos culturales comunes a la humanidad en diferentes sociedades, al mismo tiempo que condicionan en lo subjetivo la identidad cultural como sentido de pertenencia/ diferencia, conforman la diversidad cultural respecto de cada grupo en su evolución espacio-temporal y en relación o no con otros grupos humanos con características de adaptación y transformación del medio semejantes o diferentes, pues la sinergia entre los diversos rasgos culturales comunes es un proceso permanente e inherente a la especie humana desde sus orígenes hasta el presente.

En este sentido, los vínculos interactivos de la identidad cultural y la diversidad cultural son asumidos como categorías históricas, dinámicas y articuladas. Si la identidad cultural forma parte de la subjetividad elaborada y enriquecida desde la realidad objetiva y de los imaginarios sociales, la diversidad cultural forma parte de esta realidad objetiva tanto en el ámbito de las manifestaciones objetuales realizadas (instrumentos, plazas, ciudades, tecnologías…) como de la sabiduría alcanzada, acumulada y transmitida durante generaciones por el grupo. De ese modo, la diversidad cultural envuelve por su alcance la identidad cultural, ambas en constante cambio e interacción como parte de la realidad social.

Todo lo anterior abre un campo inagotable a la interpretación sobre los procesos de la realidad sociocultural en muy diversos contextos, bien desde el paradigma dialógico de la interculturalidad, bien desde las relaciones de dominación sobremanera marcadas por el multiculturalismo. El estudio de ambos procesos nos permite establecer claves para salvaguardar la diversidad cultural como especificidad humana y para valorar la dinámica de la identidad cultural.

» La dominación global de las mentalidades

Todas estas reflexiones se reducen a cero cuando uno observa la realidad que nos imponen determinadas empresas cubanas como Artex y Palmares que se mueven en dirección contraria a la salvaguardia de la diversidad cultural y al sentido de pertenencia identitaria local, como si fueran representantes de la McDonald’s Corporation o de la Burger King Holdings, Inc., dos de las grandes transnacionales achatadoras de la diversidad y neutralizadoras de las identidades.

Es una forma de complicidad con la dominación mundial de las mentalidades. Tal como señala Ramonet:

La americanización de nuestras mentes ha progresado tanto que para algunos denunciarla parece cada vez más inaceptable. Para hacerlo, habría que estar dispuesto a prescindir de una buena parte de las prácticas culturales (de vestuario, deportivas, lúdicas, de entretenimiento, lingüísticas, alimenticias, etcétera) que hemos adoptado desde la infancia y que no cesan de acosarnos…10

En el caso de Artex, del Ministerio de Cultura, ya es habitual la realización de múltiples reproducciones de obras del Museo Nacional de Bellas Artes y de otros artistas de la plástica, realizadas en China y convertidas en sombrillas, jarras de cerveza, platos, bandejas, cortinas de baño y otros objetos que son distribuidos por todo el país como si no hubiera talentos en muy diversos lugares para ser temas de otras propuestas más apegadas a lo local.

En cuanto a Palmares, del Ministerio de Turismo, también se ha hecho habitual llevar establecimientos emblemáticos de la capital del país a diversos espacios como el cabaret Tropicana, la Bodeguita del Medio y el Floridita, o la casa de los Beatles, como si las personas y las autoridades de Matanzas, Trinidad, Sancti Spíritus, Holguín y Santiago de Cuba, por el momento, no tuvieran capacidad ni talento para ponerles nombres propios a sus establecimientos, los que si se emplean adecuadamente pueden llegar a ser más emblemáticos que la reproducción mimética del habanocentrismo. Sería algo así como imponer una Loma de la Cruz, bendecida por el papa Francisco, desde Holguín al resto del país; o generalizar el Museo de la Guayabera, muy espirituano, a toda la Isla. Este achatamiento de la diversidad cultural que atenta contra el sentido de pertenencia local ya no es una posibilidad sino una evidente realidad aupada por instituciones del estado cubano.

Lo anterior dista mucho de lo que en 1895 señaló José Martí, sobre el sentido de la patria y el valor de lo local; una idea mil veces manipulada, cercenada y sacada de contexto por múltiples motivos. Por ello encomia y saluda la salida en Santiago de Cuba de la Revista Literaria Dominicense por el dominicano Manuel de Jesús Peña, cuando al inicio de su breve artículo escribe:

Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno, y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor, y más naturalmente, en aquello que conoce, y de donde le viene inmediata pena o gusto: y ese repartimiento de la labor humana, y no más, es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria. […]Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca, y en que nos tocó nacer.11

O sea, Martí enfatiza en el decisivo valor de lo local desde una visión mundial.

» A modo de conclusiones

Deseo concluir con algunas consideraciones para impulsar el debate:

Resulta imprescindible desmontar el mito antropocéntrico de los imaginados «universales», inferidos de una escala cósmica, y valorar la significación y trascendencia de la escala humana como recurso epistemológico para constatar el papel y lugar de los seres humanos en el mundo, desde su origen hasta el presente/futuro, como medio para convivir armónicamente con el medioambiente, también identificado por diversos pueblos autóctonos como Madre Tierra.

La caracterización de las relaciones interculturales entre personas y grupos humanos portadores de expresiones culturales diversas constituye una vía expedita para superar el lastre histórico de la colonialidad y alcanzar el respeto mutuo desde las diferencias como medio de dignificación de las respectivas identidades culturales. Las políticas encaminadas a la multiculturalidad representan una forma renovada de eternizar la coexistencia separada de grupos humanos y personas portadoras de expresiones culturales diversas; lo cual opera como un recurso de dominación encaminado a conservar el lastre histórico de la colonialidad y el racismo e imponer un discurso hegemónico global que atenta contra la dignificación de las respectivas identidades culturales.

La dinámica cambiante de las identidades culturales como recurso de la subjetividad hace posible valorar los sentidos de pertenencia/diferencia según lenguas, saberes, haceres, nociones espacio/temporales y otras peculiaridades de las personas y los grupos humanos a través de la diversidad de expresiones culturales. En el ámbito nacional, resulta impostergable denunciar las irregularidades y contradicciones entre las intenciones de una la política cultural socialista y diversas acciones de contenido neoliberal de determinadas empresas nacionales que aplastan la diversidad cultural y atentan contra el sentido de pertenencia identitaria.

La salvaguardia de las identidades culturales no es directamente proporcional a la cantidad de mensajes propagandísticos o consignatarios de diversas tendencias ideológicas encaminadas a amaestrar las mentalidades, sino a través de la sostenibilidad de la calidad de vida personal, familiar y grupal para contrarrestar los muy diversos impactos de las pobrezas y desigualdades en la subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación e identidad, para así neutralizar diversas patologías que rebasan los límites críticos de intensidad y duración a nivel social.

Notas:

1. Véase Javier Pérez de Cuéllar et al. Nuestra diversidad creativa. Informe de la Comisión mundial de cultura y desarrollo, UNESCO, París, 1996.
2. Véase, entre muchos ejemplos posibles, la reflexión de Don Closson sobre «Multiculturalismo», en http://www. ministeriosprobe.org/; es una nueva versión de la vieja propuesta que le hizo Nicolás Maquiavelo en 1532 a Lorenzo de Médicis en El príncipe, Clásicos Universales, PMI, S. A, 2008.
3. Véase Jesús Guanche. El mito antropocéntrico de los «universales» y los rasgos culturales comunes, donde se efectúa un análisis crítico de varios autores claves como Herskovits, Bromlei, Harris, Bueno y Max-Neef, que envuelve muy diversas fuentes empleadas por los respectivos estudios para llegar a propuestas específicas y conclusiones generalizadoras.
4. Eli Rodríguez, Victoria; et al. Instrumentos de la música folclórico-popular de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales y Ediciones Geo, 3 tomos, La Habana, 1997.
5. Atlas etnográfico de Cuba, cultura popular tradicional, Multimedia en CD, La Habana, 2000.
6. Véase G. Brent Dalrymple «The age of the Earth in the twentieth century: a problem (mostly) solved», en Geological Society, London, Special Publications, 190 (1), 2001:205-221.
7. Véase Charles Lineweaver y Tamara M. Davis. «Misconceptions about the Big Bang», en Scientific American, 2005.
8. A lo anterior se añaden las teorías y las respectivas críticas sobre el multiverso, desde que el término es introducido en 1895 por el psicólogo William James (1842-1910) y empleado luego en cosmología, física, astronomía, filosofía, psicología y ciencia ficción, entre otros campos.
9. Véase Jesús Guanche. «Antropocentrismo», en Léxico intercultural sobre religiones afroamericanas, Colección La Fuente Viva, no. 37, Fundación Fernando Ortiz, La Habana, 2011:44-45.
10. Véase Ignacio Ramonet. Propagandas silenciosas, Ediciones especiales, ICL, La Habana, 2001, p. 11.
11. José Martí. «La Revista Literaria Dominicense», en Patria, 25 de enero de 1895; OC, t. V: 468.