Un balance mínimo en torno al sistema de educación cubano en los 50 años transcurridos de la Revolución debe partir de la capacidad de reconocer la continuidad y conciencia política expresada en el diseño de la política educacional y cultural del poder revolucionario desde el mismo inicio en que una nación como la nuestra, con un proyecto de sociedad con intención socialista en el Tercer Mundo, tenía que desarrollar una reforma cultural en profundidad para remover y transformar las bases materiales y espirituales del antiguo sistema republicano.

Se trataba de una revolución del saber que debía impulsar y promover la formación y el desarrollo de un nuevo sujeto para la historia, preparado para asumir la responsabilidad y los retos que suponía la configuración y desarrollo de este proyecto societal. Y el ethos de esa reforma cultural partió básicamente del despliegue del movimiento de descolonización que se estaba articulando a lo largo y ancho del Tercer Mundo, y del pensamiento contracolonial y antiimperialista martiano, acorde con el triunfo de un movimiento de liberación nacional, con una amplia base popular, liderado básicamente por el Directorio Revolucionario, el Partido Socialista Popular y el Movimiento 26 de Julio. Su objetivo fundamental era eliminar el analfabetismo, que todos los hombres y mujeres accedieran a una formación técnica y profesional.