El Dios que mi patria necesita

Amarás a tu prójimo como a ti mismo Levítico 19,18

Tal vez me equivoque, asumo el riesgo, pero los cubanos siempre hemos necesitado algún Ser Supremo que nos ampare al caminar, tanto en los cincuenta y seis años de la república multicolor como en los sesenta y pico de la de gules, aunque en la última se haya producido una modificación social, plena de frenesí revolucionario, con el objetivo de implantar una filosofía antirreligiosa llegada del Este, reemplazar a la clase burguesa por la proletaria y pintar solo con rojo sobre el Paño nacional un paisaje Watteau más justo y equitativo que el existente. Para alcanzar la igualdad rasa entre todos fue preciso nacionalizar las empresas extranjeras, los negocios particulares y las escuelas privadas, laicas o religiosas. La formación atea comenzó a impartirse en la única enseñanza autorizada, obligatoria, pública, gratuita, politizada y sustentada por el Estado. Desaparecieron los conceptos burgueses de matrimonio, educación de los hijos y familia, según aconseja El Manifiesto Comunista, y florecieron otras opiniones acerca del amor libre, la interrupción del embarazo y el divorcio. Asimismo, se efectuaron numerosos mítines de repudio, depuraciones y la exclusión lapidaria de los demás colores del diorama oficial, que provocaron la escisión de los nacionales en dos grupos antagónicos: escarlata y violáceo. Brotaron otros omnipotentes que suplantaron al Dios judío en el que se creía desde el Descubrimiento, quien fue lanzado al cuarto de desahogo junto con los crucifijos, Últimas Cenas, Sagrados Corazones, Nacimientos, estampitas piadosas e imágenes de santos, los cuales fueron reemplazados con fotografías de personajes históricos, cuyos ejemplos y frases debían seguir niños y jóvenes para convertirse en el Hombre Nuevo: un neodiós con atributos imprecisos.

En la actualidad el país renquea de mala manera a pesar de los controles, reajustes, modelos económicos, pymes, lineamientos, planes y promesas. Para nivelar su marcha, evangelizar con alegría pero con acierto, y engalanar el Lienzo patrio del mejor modo posible, es forzoso escudriñar primero el contexto vernáculo, sin apegos doctrinales ni fidelidades incongruentes, para identificar las deidades existentes y elegir la que necesitamos con prisa. La irisación ambiental sugiere que para colorear bien hay que usar la paleta amplia y pincelar los tintes con equilibrio artístico, como en un Bodegón de Amelia, ya que un paisaje monocolor no es atractivo, porque al no variar agota o algo peor: suscita indiferencia. Nos rodea un entorno de hermosura sorprendente: un archipiélago localizado en una zona geográfica envidiable; infinidad de playas que ciñen a una campiña tan sinople que hechiza, donde coexisten flora y fauna en total armonía, exquisitamente coloreadas y del todo inofensivas. Cuatro estaciones sin fronteras, difuminadas entre sí como veladuras amulatadas del maestro Carlos Enríquez. ¿Cómo describir la euritmia del arcoíris? Nada de tsunamis con olas de ocho pisos de altura. Cero desiertos que compelan a deambular como beduinos, quienes rascan la arena hasta la extenuación para conseguir apenas el sustento.

Andurrial generoso en donde los tornados con rachas de quinientos kilómetros por hora son tan exóticos como el bisté de res en la carnicería del barrio. Al enfocar la vida cotidiana sobresale una planta alta absolutamente estable; el rumbo de la nación lo establece una conjunción de partido­gobierno­partido­estado­partido que se autoconsidera perfecta y con una ideología basada aún en los principios cromáticos iniciales, por lo cual permite que una sola pigmentación siga cubriéndolo todo, sin consentir el menor espacio en blanco para brochazos con otras coloraciones por temor, quizás, a ser superada en las urnas; no obstante, asombra su cantidad de guerras en el exterior siendo un país pequeño, bloqueado, pobre y con una presidencia que jura defender la paz y la amistad entre los pueblos, pero aun así aquí no se sabe de bombardeos como en Tokio o Berlín, y de cañonazos… solo el de las nueve, que a veces ni se oye. Las noticias oficiales aseguran que no hay violencia de género, inseguridad ciudadana, asesinatos, disidencia patriótica, maltrato infantil, consumo de drogas, juegos de azar, fracasos productivos, presos políticos, prostitución, pobreza ni discriminación racial o religiosa. Además los servicios médicos, las vacunas y los abortos son totalmente gratuitos. El compatriota es instruido, la mayoría sabe leer, escribir, sumar y restar con aceptable calidad. Miles de médicos, científicos, ingenieros, técnicos medios, sin excluir a excelentes músicos, intelectuales, escritores…

Si poseemos los bienes necesarios para que la nación marche sin bamboleos, ¿por qué razón cojea? Al indagar a nivel de cuadra se descubre que el nativo de la planta baja no tiene planes de futuro; abundan los que viven solo para el hoy y escarban el asfalto como nómadas del erial desde antes de la pandemia y el reordenamiento; muchos sueñan con emigrar o asumir otra nacionalidad para saltar de la «pesadilla» interna al «sueño» externo. Presionadas por las carencias tangibles y subjetivas numerosas personas aseguran practicar una extraña religión cuyo ser supremo es una neblina a lo Enríquez entre Yavé y Olofi, sin asumir un compromiso serio con alguno —¿cuál será el dios de los jubilados, quienes ni con el aumento de la pensión cubren las necesidades de la mitad del mes? Otras personas depositan su confianza en aquellos todopoderosos bien visibles que les permiten alimentar y vestir a toda la familia con cierta holgura y sin mucho esfuerzo, pero a cambio emparedan los ojos, prensan sus labios y participan solo para ser vistas; individuos que para ascender reptan en vez de caminar y exhiben tantas caras como un poliedro para ocupar algún empleo clave con prebendas en donde puedan viajar allende, desviar recursos, falsear precios, torcer balanzas y pregonar «lo mío primero» sin compunción; seres incapaces de distinguir legalidad de ilegalidad y su conducta, al ser altamente contagiosa por la escasez, incrementa las olas de corrupción por encima de los ocho pisos. ¿Cuál de las divinidades aludidas sería capaz de repintar el Óleo nuestro y suprimir la dependencia estatal de los sustentáculos del préstamo, las remesas familiares y las donaciones?

El panorama actual indica que se requiere de un Dios Maestro que enseñe a dialogar, reconocer que ya es hombre el feto de hombre, considerar que lo mío no siempre es lo primero, ascender sin reptar e interiorizar que rostro y corazón deben para bien obrar juntos. De uno Misericordioso que nos ayude a perdonar más de setecientas veces siete, resucite los conceptos de familia, matrimonio y probidad que teníamos en el pasado, conjure al espíritu promotor de la lucha de clases, ese que enfrenta a estos contra aquellos en una batalla fratricida donde solo hay vencidos, impida el resurgimiento de mítines de repudio, guerras, depuraciones y viabilice las buenas relaciones con todos, todos, los países; de uno Sanador capaz de curarnos la ceguera, el mutismo y la indiferencia para descubrir qué nos falta, expresar qué pensamos y reclamar todo aquello que consideremos pertinente, y… por supuesto, de uno Justo que inspire al paisajista principal de la planta alta a matizar con euritmia —a lo Peláez, sin ultravioletas… sin ultrarrojos—, porque la Tela es colectiva, y posibilite que Cuba se abra a Cuba. El Dios que mi patria necesita no es una de esas deidades supletorias llegadas del levante con gritos de guerra y de victoria ni las surgidas por inopias de cualquier naturaleza, sino el mismo en quien se confiaba antes del cincuenta y nueve, aquel De sahuciado ayer que por ser a un tiempo Maestro, Mise ricordioso, Sanador y Justo es capaz de remplazar con la sencilla moción de amarás a tu prójimo como a ti mismo a la dogmática advertencia de Patria o Muerte, seguida por un Venceremos anunciador de un triunfo que jamás se alcanza.

Tal vez me equivoque, asumo el riesgo.