Los nacidos en la década del 60 ya pasamos los cincuenta años y dentro de poco entraremos en la clasificación de la «tercera edad». No niego que me crispa los nervios tal denominación, sobre todo cuando se trata de mi misma. No tengo idea de cuántos quedamos en la Isla; entre los que han emigrado y los que perdieron la vida en África, se redujo notoriamente el número de la explosión generacional ocurrida en aquel período con respecto al nacimiento y también al envejecimiento.

No soy un genio en las estadísticas; los números no son mi fuerte y puedo afirmarlo porque trabajé en el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, precisamente en el área de jubilación, y tuvimos que lidiar con la explosión de envejecimientos de los 80, etapa en que se jubilaban los nacidos en la década del 20. Al notar que el número de jubilados ascendía vertiginosamente, se realizaron algunas estrategias y se previó que en el año 2020 sucedería algo similar.

En aquellos días sacábamos cálculos y nos reíamos de la enorme distancia que faltaba para llegar a esa fecha. Porque entonces los cincuentones de hoy no pasábamos de los treinta años. Aún no teníamos canas, nuestros cuerpos se mantenían firmes y casi todos éramos delgados. Llevaríamos entre 6 o 7 años de graduados, algunos estudiaban y trabajaban a la vez, motivados por la superación profesional, el cumplimiento del deber y el deseo de ofrecer nuestros servicios a la sociedad que estábamos construyendo. Pensábamos de manera colectiva, jamás individual.

Hacernos profesionales sería alcanzar una meta que compensaría el futuro que estábamos creando para nuestros hijos. Ellos disfrutarían el resultado de nuestro esfuerzo. Me encantaba esa idea; no voy a negarlo.

Algunos ostentábamos la condición de Jóvenes Comunistas, conquistada a golpe de trabajo e inhibiciones religiosas y sexuales. Hicimos 120 horas de trabajo voluntario al mes, largas jornadas en la agricultura, recogimos papa, tomate, hojas de tabaco, dimos pico y pala abriendo túneles para estar preparados cuando viniera el enemigo. Más tarde tuvimos que palear más duro para cerrarlos.

Recuerdo que a pesar de tantos inconvenientes nos alegraba formar parte de algo, saber que entre todos construíamos un bello proyecto que repercutiría en la sociedad, y la sociedad involucraba a nuestra familia. Creo que de ahí viene ese sentido de colectividad que todavía nos corre por las venas a muchos de nuestra generación. Estos encauces ideológicos formaban parte del discurso cotidiano y nos daban la dimensión de la importancia de nuestra posición en el momento histórico en que vivíamos. Y por ello dedicábamos gustosamente una gran parte de nuestro tiempo al arreglo de los murales, la Emulación Individual y Colectiva, la asistencia a las Asambleas de Servicios, y un buen número de actividades que nos mantenía muy ocupados y de las que nunca recibimos retribución monetaria. En cambio, sí «reconocimiento moral», que era en realidad lo que más nos importaba, como los diplomas de Vanguardia, las medallas otorgadas por las Milicias de Tropas Territoriales por cumplir con la Defensa de la Patria y otros premios y condecoraciones que avalaban la conducta ejemplar de los jóvenes comunistas. Aquellos estímulos le dieron a nuestro día a día una intensa jornada de labor, pero también una motivación, una esperanza. En medio de esa vorágine nos casamos y tuvimos hijos, que intentamos educar dentro de estos principios.

Sin embargo, la ruta de nuestros destinos dio un giro de ciento ochenta grados con la caída del campo socialista y, como resultado, el comienzo del eufemísticamente denominado Periodo Especial. Exhaustos, pero entusiasmados aún, vimos cómo dicho «período» parecía declinar con la llegada de las empresas mixtas y las nuevas corporaciones con capital extranjero. Muchos de nosotros encontramos en esta asociación un respiro. Calificados gracias a nuestra preparación universitaria y, lo más importante, a la trayectoria política que nos respaldaba, pudimos formar parte no solo como empleados de estas corporaciones, sino también de su dirección. Algo que, a ninguno nos faltó, ni aunque hubiéramos querido. La estructura nos mantenía a raya, y era imposible un buen empleo sin participación en Comités de Defensa, Trabajos Voluntarios, Jornadas a la Agricultura, por solo mencionar algunas. Y con todos esos adornos pudimos formar parte como empleados y también de la dirección de estas corporaciones.

El Estado optó por un pago en divisa paralelo al salario, no incluido dentro del Snc1-25, documento que en el momento de la jubilación acredita los salarios cobrados. Por lo tanto es un pago ignorado que no implica nada en el balance de la futura jubilación.

El tiempo ha transcurrido aprisa, como casi siempre ocurre cuando no queremos envejecer. La crisis económica de los 90 parece lejana. Nuestros destinos iníciales cambiaron su ruta y jamás volvieron a reanudarla. Ahora estamos cansados no solo del arduo trabajo que no condujo a nada, sino también de pensar en el futuro próximo sin encontrar vía rentable. Abrumados, ya en la vejez que se aproxima, de tanto buscar un camino que nos conduzca un poco al confort que considerábamos merecido. Nos atrapa la incertidumbre cuando pensamos en lo que sucederá en los próximos cinco años si se mantienen los salarios actuales y la legislación vigente. Los galardones y premios obtenidos tampoco significarán nada en la vida del futuro jubilado. Aquellas medallas, los diplomas y cuanto reconocimiento obtuvimos por nuestra «conducta ejemplar» no se convertirán en un respaldo práctico cuando llegue el momento más vulnerable de nuestra existencia.

Pongamos el ejemplo de un médico: teniendo en cuenta que se les incrementó el salario, reciben un salario mensual aproximado de 1 000 pesos cubanos. Si se jubila con 25 años de servicios tendrá una jubilación de 600 pesos cubanos, más o menos. Y aquellos que hoy trabajan en las empresas mixtas y reciben un salario de 800 pesos cubanos mensuales, su jubilación ascenderá a 400 pesos aproximadamente. Jamás recibirán el pago en divisa por concepto de almuerzo o por el cumplimiento del plan. Estos incrementos salariales no son tenidos en cuenta para los cálculos de la jubilación.

Si no sucede entonces un milagro y nuestra sociedad da un giro favorable, nos quedaremos con los deseos de disfrutar de aquello que en su momento llamamos «aporte a la sociedad». Nuestra participación en cada una de las tareas a la que fuimos convocados, como se solía decir, se extravió por algún sitio y no ha tenido repercusión alguna ni en nuestras familias ni en cada uno de nosotros.

Imbuida como estaba en mi rol de madre trabajadora, militante de conducta ejemplar, no pude vislumbrar que me perdía algo jamás recuperaría. Recuerdo con tristeza la reacción de mi hija una tarde, ya casi de noche, hora habitual en que la recogía en su Círculo Infantil. Cuando llegué coincidí en la puerta con un padre que, cortésmente, me dejó pasar antes que él. Al verme comenzó a saltar de alegría y a cantar: «fui la penúltima, fui la penúltima». Porque siempre era la primera en llegar al Círculo y la última en irse. Yo no tenía otra alternativa; tenía que desplazarme desde Alamar hasta el Vedado. En aquel momento se me saltaron las lágrimas.

Cuando pienso en la infancia de mis hijos no puedo evitar ese sentimiento de culpa que brota por mis largas ausencias del hogar y por no haber disfrutado a plenitud de su crecimiento, de su compañía. También por la promesa incumplida: no haberles podido ofrecer ese futuro mejor que siempre les prometí.

Si ahora me preocupa el futuro de los cincuentones de hoy, no es solo por la terrible imagen de los ancianos que vemos a diario vendiendo jabas en la entrada de los Agromercados, caramelitos o caldos de pollos en las paradas de los ómnibus. Siento también desconsuelo, temor al futuro y la vergüenza de no haber sido una madre mejor.