Algunas ideas se detuvieron en el umbral, pasaron revoloteando encima de mi cabeza y solo se atrevieron a ostentar sus alas parecidas a las de las mariposas, para escaparse después. Me consuela lo expresado por Federico Nietzsche cuando dice que “los pensamientos que no han llegado a término tienen su valor.

Por eso no hay que atormentar a un poeta con un comentario sutil y reírse de la incertidumbre de su horizonte, como si la ruta que le conduce a más ideas  estuviese aún abierta.”1 Por otra parte, las ideas largamente amasadas, avariciosamente conservadas, llevan el sello del conformismo y la lentitud. Como indica Gastón Bachelard: “la razón felizmente incompleta… necesita probar y probarse. Está en lucha con los otros, pero principalmente con ella misma.”2