El dominio colonial de España sobre Cuba, que se extendió hasta las postrimerías del siglo XIX, y la emigración hacia la Isla desde la Península Ibérica, que le sucedió a continuación, provocaron un intercambio demográfico entre las dos naciones que se manifestó de muy diversas maneras y en el que intervinieron tanto los que hacían el viaje de ida y vuelta como los nativos cubanos. Su repercusión en el ámbito de la economía, la política, la cultura e incluso el idioma y la religión resulta innegable y se mantuvo latente durante la primera mitad del siglo XX. Si observamos aquel trasvase humano solo desde el punto de vista de la cultura podríamos apreciar el considerable número de académicos, escritores y artistas españoles que se afincaron en suelo cubano de modo definitivo o durante un largo espacio de tiempo, del mismo modo que otros colegas suyos, nacidos en Cuba, se arraigaron en territorio de España. Los narradores gallegos Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro, el pedagogo manchego Herminio Almendros, el ensayista alicantino Juan Chabás, el poeta asturiano Alfonso Camín, la pensadora malagueña María Zambrano, el compositor catalán José Ardévol y el pintor andaluz José Segura Ezquerro, entre otros, integran el primer grupo. En la relación del segundo se pueden incluir al periodista cardenense José Ortega y Munilla, padre del conocido pensador José Ortega y Gasset, al narrador pinareño Eduardo Zamacois, al traductor Ricardo Baeza, nacido en Bayamo, a la actriz cienfueguera Catalina Bárcenas, al santiaguero Emilio Mira y López, especialista en psicología, a la escritora habanera Silvia Mistral y al afamado cantante sagüero Antonio Machín. En esta lista igualmente se podría añadir a Alberto Insúa.

Alberto Insúa, al centro y delante, al desembarcar en el puerto de La Habana en diciembre de 1926.

Alberto Insúa, al centro y delante, al desembarcar en el puerto de La Habana en diciembre de 1926.

» Noticia biográfica incial sobre Alberto Insúa

Nació en La Habana en 1885 y su nombre original era Alberto Álvarez Escobar, pero decidió asumir como segundo apellido el de su padre, nombrado Waldo Álvarez Insúa (La Estrada, Pontevedra, 1858 – Madrid, 1938), y de ese modo firmó toda su abundante producción literaria. Fue este un periodista y abogado gallego que tras haber completado los estudios en la Universidad de Santiago de Compostela emigró joven a Cuba, en 1878, y en La Habana logró unos años después fundar y comenzar a dirigir la revista El Eco de Galicia. Ferviente admirador de su terruño natal, de un artículo suyo en esa publicación surgió la iniciativa de fundar el Centro Gallego de La Habana, institución social que alcanzaría gran importancia en décadas posteriores. Sostuvo siempre don Waldo posiciones políticas de un integrismo colonial a toda prueba, defendió el derecho de posesión de España sobre sus territorios en América y al capitular el ejército español ante el gobierno norteamericano regresó de inmediato con su familia a La Coruña, donde le tocó beber el amargo cáliz de la derrota. Poco después, en su libro de memorias Finis. Los últimos días de España en Cuba (Madrid, 1901), volcó todo su resentimiento contra los patriotas cubanos, pero sin dejar de reconocer la torpeza, la corrupción y el desgobierno de los representantes de la Corona en la Isla, tanto civiles como militares.

Durante ese período el adolescente Alberto había realizado los primeros estudios en La Habana, agitada entonces por la gesta independentista, el exaltado patrioterismo del elemento español, la mano dura del general Weyler, la explosión del acorazado Maine en la bahía, la declaración de guerra del gobierno de los Estados Unidos, el desastre de la escuadra del almirante Cervera en las aguas de Santiago de Cuba y, por último, la claudicación de España ante el poderoso enemigo de Norteamérica. A los trece años dejaba atrás la ciudad donde había nacido para desembarcar en Galicia y comenzar una nueva etapa de su vida.

En un principio dio continuidad a los estudios de nivel medio, pero siendo aún muy joven decidió seguir los pasos de su padre y comenzó a colaborar en la prensa periódica y a adentrarse en la creación literaria. Al menos en el año 1906 ya se encontraba en Madrid, donde don Waldo se había establecido como abogado. Por aquel tiempo trabó relaciones amistosas con un joven de su misma edad, nacido en una aldea de Salamanca y llamado Alfonso Hernández Catá, quien de niño había residido en Santiago de Cuba. Después de su regreso a España se entregó a la bohemia madrileña y a la literatura, como se demostró al publicar en 1907 su primer libro, Cuentos pasionales, al que le seguirían muchos otros. A mediados de aquel año casó con una hermana de Alberto Insúa y a partir de entonces, además de los lazos familiares, los unió la colaboración en varias piezas teatrales que dieron a conocer juntos con posterioridad, entre ellas Amor tardío (1913) y En familia (1914).

Pero antes de que surgiese esa colaboración literaria entre los dos, Insúa a los 20 años publicó en el importante diario madrileño El País su primer artículo. A partir de entonces colaboró asiduamente en el periódico El Liberal y en las revistas de amplia circulación Blanco y Negro y Nuevo Mundo. Al igual que Hernández Catá, en 1907 dio a la publicidad su primer libro, Don Quijote en los Alpes – viajes y crítica, al que le siguieron a continuación La hora trágica (1908), El triunfo (1909) y Las neuróticas (1911), entre otros títulos. Muy joven aún, daba muestras como escritor de una fecundidad irrefrenable que hizo despertar la atención de los lectores y de los críticos. En estas obras se adentró en el universo de las pasiones sentimentales, los dramas amorosos, la sensualidad y la búsqueda del placer, temas que manejó con cierto atrevimiento para la época y que le proporcionaron un éxito envidiable, como también resultaron exitosas las crónicas que daba a conocer periódicamente en las revistas madrileñas, siguiendo así los pasos del entonces muy popular cronista Enrique Gómez Carrillo.

Por aquel tiempo obtuvo en la Universidad Central de Madrid la Licenciatura en Derecho y tras el estallido de la primera Guerra Mundial en 1914 fue enviado a Francia como corresponsal del diario ABC. Era una época de grandes enfrentamientos políticos entre germanófilos y aliadófilos, que estremecían a toda Europa, y aunque España se mantenía en una posición neutral no dejaba de sufrir algunos impactos severos de la contienda, como fue el hundimiento de varias de sus naves. Su estancia en territorio francés le permitió conocer el desenvolvimiento de una sociedad más abierta y cosmopolita y ampliar su horizonte cultural.

De nuevo en la capital española, sigue adelante con sus ambiciosos proyectos literarios y publica Las fronteras de la pasión (1920), Maravilla, Batalla sentimental y Un corazón burlado, las tres novelas en 1921, así como El negro que tenía el alma blanca, al año siguiente, obra que alcanzó gran popularidad, fue reimpresa en varias ocasiones e incluso llevada al cine, y La mujer, el torero y el toro (1926), que de igual modo se benefició de tiradas de miles de ejemplares y pronto fue traducida al francés. Insúa comprendió entonces que había hallado un buen filón para complacer el gusto de los lectores poco exigentes con la originalidad literaria y, en cambio, deseosos de adentrarse en los meandros de los vínculos amorosos, la infidelidad conyugal, el erotismo y las desavenencias en el seno de la alta sociedad. En aquellos años otros novelistas españoles de su generación, como Ramón Pérez de Ayala y Gabriel Miró, para no mencionar a los ya consagrados miembros de la llamada Generación del 98 Pío Baroja y Ramón del Valle Inclán, se esforzaban por abordar temáticas más complejas y por crear una prosa pulcra, bien pulida, trabajada. Mas en cambio Insúa, como José María Carretero Novillo (El Caballero Audaz), marchó directamente, por el camino más fácil, en busca de la complacencia de un público lector superficial e indiferente ante los valores literarios.

Aquellos años se corresponden también con un período complejo de la historia de España, marcado por la inestabilidad de los distintos gobiernos que asumen el poder, la guerra colonial en Marruecos, donde el ejército sufre escandalosas derrotas, como el llamado desastre del Anual, el creciente desprestigio de la corrupta y obsoleta monarquía encabezada por el rey Alfonso XIII y la implantación en 1923 de la dictadura del general Primo de Rivera, contra la cual se levantan prestigiosas figuras de la intelectualidad española como Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Fernando de los Ríos; pero estos acontecimientos no causaron impacto alguno en la vida muelle y acomodaticia que Insúa ya había asumido. Sus constantes colaboraciones en la prensa y las ganancias que le reportaban la edición y la reedición de sus libros le proporcionaban seguridad económica y la posibilidad de participar plácidamente en las tertulias de los cafés madrileños.

Por aquel tiempo también en él surgió el propósito de recuperar sus orígenes nativos y aproximadamente en 1925 publicó en un importante periódico de Madrid el artículo «Soy cubano», cuya referencia no hemos podido precisar. Aquel trabajo periodístico fue muy bien recibido en Cuba, donde acababa de llegar al poder el gobierno encabezado por el presidente Gerardo Machado, quien enarbolaba un ambicioso proyecto de modernización del país. Y animado por esta circunstancia política favorable y como prolongación de aquel impulso sentimental, se entregó a la tarea de preparar su viaje a la capital cubana. En carta dirigida al periodista e historiador cubano Antonio Iraizoz y a su esposa Josefina, fechada en Madrid el 29 de diciembre de 1926, afirma Hernández Catá: «¡Con qué envidia vi embarcar a mi cuñado! Ignoro cuáles son sus planes, porque es muy gallego y reservado, pero sin duda va a algo. El viaje ha sido preparado hace mucho con la ayuda de la Embajada. Ojalá que todo le salga bien».1 Después de 27 años de ausencia, en los últimos días de diciembre de aquel año Alberto Insúa desembarcó en el puerto de La Habana, donde fue recibido con muestras de afecto y admiración por algunos familiares y por un considerable número de integrantes de la colonia española, en particular la gallega, quienes no olvidaban a su padre.

El 3 de enero de 1927 vio la luz en el influyente Diario de la Marina una larga entrevista que le hizo el periodista Jorge Roa, en la cual no escatimó zalamerías a Cuba, a la capital y a la mujer cubana. Como muestra vamos a reproducir algunas de sus afirmaciones:

¡Hablemos de Cuba! No vengo a anunciar mis libros. Acabo de venderlos a un editor portugués. Llego a visitar mi patria nativa después de largos años de ausencia. (…)

¿La Habana? ¡Un encanto, un delicioso encanto! ¡Cómo he identificado La Habana de mis trece años! (…) ¡Cómo amo yo La Habana de los puestos de fruta con su olor a plátano! (…)

Cuba, como el viejo castillo hidalgo que le sirve de atalaya a la entrada del magnífico puerto que fue antemural de las Indias, es la isla vigilante de América en cuyo seno se han de solidarizar en beneficio recíproco, en provecho de esta humanidad que quiere ser disímil siendo una y la misma según la frase de Santa Teresa…2

Dentro del intenso programa de actividades que desarrolló durante su estancia habanera, estuvo una conferencia que impartió en el elitista Casino Español el 21 de enero y el homenaje que le tributó, junto al también escritor español Luis Araquistain, el Grupo Minorista, que unos meses antes había recibido con amplias demostraciones de afecto a su cuñado, Hernández Catá.

Insúa retornó a España muy complacido del trato que se le dispensó en la capital cubana y a partir de aquel momento se le abrieron las puertas para colaborar en el importante Suplemento Literario del Diario de la Marina, que entonces dirigía el periodista y narrador asturiano afincado en nuestro país Rafael Suárez Solís, y pocos meses después pasó a ser asumido por el ensayista e investigador cubano José Antonio Fernández de Castro. Entre los textos que publicó en ese suplemento estuvieron varios agrupados bajo el título «Mis amistades cubanas», que dedicó a los destacados intelectuales Fernando Ortiz, Mariano Aramburo, José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara) y Jesús Castellanos. Por aquel tiempo esa página literaria adquirió un notable prestigio, incluso a nivel internacional, y entre sus colaboradores estuvieron los españoles Ramón Gómez de la Serna, Ernesto Giménez Caballero, Benjamín Jarnés y Antonio Espina, así como el argentino Jorge Luis Borges, la uruguaya Juana de Ibarbourou y el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Alberto Insúa también publicó en la prestigiosa Revista de Avance un trabajo sobre el dramaturgo francés Jean Cocteau y en Social, de gran circulación, dos textos, uno de ellos titulado «Mi amistad con Mauricio Barrés». En su viaje de regreso cargaba además con este alfilerazo crítico que le había dispensado el sacerdote franciscano vasco y periodista de intransigentes posiciones católicas Mariano García de Andoaín (Mariánofilo) desde las páginas de la revista San Antonio: «Insua…, novelista de quien la moral ha recibido mil vejámenes y malos tratos».3 Pero llevaba igualmente como estímulo la fraternal propuesta del político, abogado y famoso orador José Manuel Cortina de escribir una novela de ambiente cubano. También por medio de una carta de Hernández Catá, esta vez con el ensayista Mariano Aramburo como destinatario y fecha 12 de octubre, conocemos los siguientes detalles: «Alberto vino muy contento de las admiraciones que cosechó ahí. Tiene muchas amistades políticas, y espera de ellas algo que ignoro lo que es, pero que supongo cargo diplomático más o menos directo. Él no se franquea jamás del todo, así que, alegrándome de cuanto bueno le suceda, no tendré de ellos noticia cierta hasta que ocurra.»4 Sin lugar a dudas acariciaba el sueño de ingresar en el cuerpo diplomático cubano y ser nombrado representante en algún destino europeo, siguiendo así los pasos que su cuñado había iniciado en 1908.

» Humo, dolor, placer 5

Animado por la recuperación de su tierra natal y por la posibilidad de explotar el nuevo filón que representaba publicar una novela dirigida al público cubano, que de seguro le abriría más puertas, Alberto Insúa en la capital española se entregó a la tarea de escribir esta nueva obra, que según su testimonio logró terminar en abril de 1928 y salió impresa pocos meses después con una tirada de 13 000 ejemplares. Pero antes, como un adelanto a los lectores cubanos y para crear toda una expectativa favorable a su recepción, dio a conocer un capítulo en el Suplemento Literario del Diario de la Marina y otro en la revista Social.

Homenaje del Grupo Minorista a Alberto Insúa, sentado con bastón, en el Casino Español de La Habana. Sentados, delante, Alejo Carpentier y Jorge Mañach.

Homenaje del Grupo Minorista a Alberto Insúa, sentado con bastón, en el Casino Español de La Habana. Sentados, delante, Alejo Carpentier y Jorge Mañach.

No resulta fácil hacer un resumen de Humo, dolor, placer por la considerable extensión de la historia que nos presenta, pero trataremos de exponerlo del siguiente modo: El protagonista, Antonio Santángel, es un hombre joven de 36 años nacido en La Habana, de padre español integrista y madre cubana, que cuando era un niño, al concluir la dominación española, fue llevado a España por sus progenitores. Con posterioridad se dedicó al periodismo y a la actuación, combatió en la primera Guerra Mundial, disfrutó de la bohemia parisina y, entregado también a la pintura, entabló relaciones amorosas con una modelo húngara. Un tío paterno, de posiciones políticas liberales, a diferencia de su hermano decidió permanecer en Cuba tras el cese del régimen colonial, logró hacer fortuna y al cabo de los años se convirtió en propietario de vegas de tabaco en Pinar del Río y de la fábrica de cigarros La Gloria, en La Habana. Al morir, dejó como heredero de su legado material a su sobrino Antonio y a una hermana de este. Ante aquel cambio radical de su destino, el protagonista abandona la capital francesa y a su amante y viaja a Cuba para tomar posesión de sus propiedades. Ya en tierra cubana, se identifica con sus pobladores y entabla una intensa relación amorosa con Mercedes, hija de una amante de su difunto tío. Decide entonces establecerse en el país y la novela se cierra en momentos en que está a punto de realizarse la boda, en un final idílico que tiene como escenario bucólico una de las vegas de Pinar del Río.

Como podrá observarse, la novela cuenta con un enorme caudal de elementos autobiográficos y de informaciones del pasado colonial de Cuba que sin lugar a dudas el autor escuchó de boca de su padre; pero sin asumir las posiciones retrógradas y españolistas de este. También el autor incorporó, innecesariamente y con cierto carácter didáctico, toda una larga serie de acontecimientos históricos que lastran el desenvolvimiento de la trama, como la llegada de Cristóbal Colón a la Isla, la resistencia del cacique Hatuey a los conquistadores, el proceso de colonización y argumentos acerca de la raíz del movimiento separatista de los cubanos. Los hechos se presentan de acuerdo con el orden cronológico tradicional, siempre con el protagonista como eje, y en algunas páginas se empleó el género epistolar.

Con el evidente fin de granjearse las simpatías de los lectores cubanos, Alberto Insúa no escatimó elogios a los cafés y restaurantes habaneros, a las sociedades españolas, los clubes privados y los espacios bien concurridos como el Parque Central, la Playa de Marianao, la Manzana de Gómez y los centros Gallego y Asturiano. De igual modo alaba el proceso de modernización de la ciudad llevado a cabo por el ambicioso proyecto de Obras Públicas que se trazó el régimen de Machado, ensalza el carácter abierto y sociable del cubano y su inclinación al choteo y, por el sendero de la descripción de las costumbres de los nativos, se encarga incluso de narrar una pelea de gallos en Marianao.

Merece una mención especial el sentimiento nacionalista que en algunos momentos se pone de manifiesto a través del protagonista, a quien «Cuba le pesaba en el pecho. Ya no era la patria remota, pequeñita y leve, que le permitió en Europa volar sobre todos los nacionalismos y ser, en cualquiera de las direcciones de su vida, un deleitante, un amateur. Ahora, Cuba cobraba ante sus ojos su verdadero volumen de isla grande y sus límites de nación territorialmente perfecta (…) y la densidad de su pasado gravitaba sobre su corazón» (p. 123). Y más adelante ese sentimiento de cubanía se acopla a un rechazo a las pretensiones anexionistas norteamericanas, como demuestra la siguiente apreciación suya al entrar en el puerto de La Habana y contemplar la fortaleza de El Morro: «La /bandera/ del triángulo rojo y las franjas blancas y azules, sobre el cielo azul, “hace” muy bien. Está en su sitio. El alma solo desea que nunca deje de estarlo, que no la sustituya, ni aun efímeramente, la del Norte: multiestelar y captadora insaciable de estrellas» (p. 137). De un modo más explícito, lamenta «la imprevisión y el poco patriotismo de los cubanos que vendían sus tierras y la captación paulatina de las mejores industrias del país por los yanquis» (p. 208), una actitud similar a la que manifestaba por aquellos días el narrador manzanillero Luis Felipe Rodríguez en sus «relatos de cañaveral». Ante esa indígnate situación propone la unión fraternal de españoles y cubanos para combatir al «imperialismo yanqui /que/ no ceja en su política de absorción» (p. 256). Porque, según también la apreciación del protagonista, «el yanqui llega a Cuba para atraerla a su órbita económica, adueñándose de sus industrias y de su suelo: para convertirla en una colonia “de hecho”» (p. 211). Estas afirmaciones antimperialistas, deudoras de las expresadas en el cuento «Don Cayetano el informal», de su cuñado Alfonso Hernández Catá, que sin espacio a la duda bien conocería, al ser puestas en boca de Antonio Santángel servían para enaltecer el sentimiento patriótico de los cubanos.

» El tropezón con las despalilladoras

Como era de esperar, el autor se encarga de ofrecer, con detalles, la toma de posesión del protagonista de la fábrica de tabacos La Gloria, que acaba de heredar y cuya dirección asume, a pesar de que constituye una responsabilidad inesperada y una labor para la cual no está debidamente capacitado. Se pasa entonces a describir el proceso de elaboración de los tabacos y la tarea que desempeñan los diversos trabajadores. Para la faena del tabaquero en las galeras reserva los mayores elogios y afirma que este por lo general, «es dispendioso, jugador, enamorado: romántico» (p. 189), partidario del amor libre y la poligamia y procreador de numerosos hijos; sin embargo, con un nivel de instrucción algo superior gracias a la lectura en las tabaquerías. También ensalza la labor de los escogedores, a quienes llama «los aristócratas de las fábricas» y piropea del siguiente modo a las anilladoras: «Casi todas son jóvenes. Algunas bonitas. La mayoría lleva sombrero, se corta el pelo y se da colorete en los carrillos y “rojo” en los labios» (p. 193).

Según la descripción que se nos hace, en la fábrica existían siete gremios, divididos del siguiente modo y en el mismo orden de producción: dependientes, despalilladoras, tabaqueros, rezagadores, escogedores, amarradores y anilladoras. Al detenerse en las integrantes del segundo gremio afirma el protagonista:

…las «despalilladoras». Son las que arrancan de la hoja la vena central, que en las tabaquerías llaman «palito». Este es el gremio más humilde, tanto por la facilidad del trabajo, que apenas necesita aprendizaje, como por la cuantía mísera del jornal. Lo cierto es que en el gremio de despalilladoras alternan las principiantas y las veteranas, predominando estas últimas, y en uno y otro grupo, las mujeres de color. Me dice Sostoa que el sueño de todas ellas es «soltar el barril». Explicación: para despalillar se utilizan unos barriles donde se guarda el tabaco húmedo. Cuando las despalilladoras solicitan trabajo «piden un barril», y en cuanto pueden «lo sueltan». Algunas, las menos, se casan. Lo corriente es que se conformen con uniones libres. Demasiado pobres para tener moral. Cambian de «marido» como de barril. El departamento de las despalilladoras es el único que a mí me parece triste en la fábrica, el único donde el tabaco generoso y jocundo (los griegos hubiesen hecho del tabaco un dios) se transforma en uno de esos espíritus sin misericordia que solapadamente esclavizan a la humanidad: Esclavas son de su ignorancia, tal vez de su abulia, y hasta de un pasado tormentoso las humildes despalilladoras. Pero lo son antes de un régimen social injusto. Claro que yo no voy a socializar «La Gloria», pero poco he de poder si, por lo menos en mi feudo, no mejora la situación de estas obreras. Hay algunas, blancas o de color, tan débiles, tan decrépitas, de manos tan exangües, que aun el ligero esfuerzo de arrancar el «palito» me parece en ellas heroico. Y trabajan. Y conversan. Y ríen. Y cuando yo paso, secretamente desolado, más de una sonrisa —quizá burlona— enciende esos ojos amarillos de las negras y las bocas cárdenas de las mulatas musitan no sé qué… (pp. 184-185)

Apenas dos o tres semanas después de haber salido impresa esta obra en Madrid ya se encontraba en venta en las principales librerías de La Habana, donde se tenía conocimiento de su existencia y se esperaba con vivo interés. Uno de los primeros en dar cuenta de su publicación fue Rafael Suárez Solís, quien en la página 30 del número del Diario de la Marina del 18 de julio de 1928 le dedicó un comentario elogioso bajo el título «Una novela cubana». Pero cinco días después, en el periódico La Lucha, vio la luz el severo artículo de E. González Vélez titulado «Una pifia de Insúa», en el cual, después de elogiar Humo, dolor, placer por su cubanía y sentimiento patriótico, pasa a ofrecer sus reparos:

Pero existe algo lamentable, algo dolorosísimo en este libro admirable de Alberto Insúa (…) Se afirma en esta novela del insigne cubano: «que la despalilladora, es una mujer que cambia de marido como de barril».

 

Esta afirmación es una injusticia y una atrocidad tremenda. En esa afirmación del autor, no existe verdad, es error y error tremendo lo que existe. Nunca mujer alguna ha sido tratada con injusticia tanta por la equivocación de un juicio. La moral de la despalilladora cubana es absoluta. Hay que conocer de cerca a esas infelices trabajadoras para saber bien del todo cuántos y cuántos son los sacrificios de estas mujeres cubanas humildes para mantenerse virtuosas y fieles a la moral más escrupulosa. Por sus jornales limitadísimos, por su miserable vivir, que es existencia de infierno permanente, si se tornaran prostibularias, ni aun así se les podría censurar, ya que a esos abismos las hubiera lanzado el egoísmo de muchos y el desamparo e indiferencia de no pocos. Pero no obstante todo ese martirologio, toda esa odisea negra y terrible, por el contrario permanece la despalilladora cubana, honrada, digna y ejemplarmente virtuosa. Sabe agotarse, tuberculizarse, morirse en ese propio barril a que se refiere Insúa, antes de caer y claudicar. (…) Se asegura que la Federación Nacional de Despalilladoras de Cuba protestará de esta afirmación deshonrosa (sic), que de esas obreras se hace en el galano libro de Alberto Insúa. También los torcedores de Cuba se unirán a la justificada protesta…6

No solo las despalilladoras, sino el gremio tabacalero, en general, habían recibido las afirmaciones sobre ellas vertidas en Humo, dolor, placer como una bofetada y como una ofensa gratuita e imperdonable. Además de arrastrar una existencia miserable, que muchas veces concluía prematuramente víctima de la tuberculosis, como bien menciona el autor antes citado, tenían que soportar una afrenta por completo inmerecida. Y para mayor escarnio de las víctimas, el autor le dirigía palabras de galantería a las anilladoras, sus compañeras en la fabricación del tabaco, una diferencia en el trato que de seguro venía a herir aún más el amor propio de las encargadas de quitar el «palito».

Alarmado por la airada reacción de las despalilladoras y de un número considerable de lectores en la Isla, Alberto Insúa en cuanto tuvo conocimiento de la situación se apresuró a tratar de enmendar su desaguisado y le hizo llegar a su amigo Suárez Solís una carta, fechada en París el 26 de agosto, que comienza con estas líneas: «Le supongo enterado del incidente promovido por algunos gremios de tabaqueros con motivo de una frase que estiman injuriosa de Humo, dolor, placer. Me interesaría mucho cancelar en la mejor forma posible este incidente. Para ello he escrito la adjunta carta abierta que envío al gremio de las despalilladoras, a La Lucha, El País y al Diario /de la Marina/ por mediación de usted. Le agradeceré muchísimo que la publique cuanto antes. El incidente es bastante enojoso.» Y más adelante acota: «Humo, dolor y placer (sic) ha sido en España un gran éxito de librería y de crítica.»7

Con el fin de cumplimentar la solicitud del novelista, Suárez Solís insertó su carta en el artículo «Las despalilladoras y Alberto Insúa», que vio la luz en el número del Diario de la Marina correspondiente al 17 de septiembre de 1928, pero antes salió en su ayuda con estas frases de justificación: «Acogió un mal informe, lo trasladó a la ligera, sin establecer juicio contradictorio. Tenía prisa por llegar a todos los matices de la exaltación que le impulsaba a escribir una novela eminentemente cubana, patrióticamente cubana. Obsesionado por hacer el bien pecó —él reconoce que pecó— víctima de la prisa. Quería llegar pronto al corazón de su pueblo y dio algún empujón desconsiderado.»

A continuación se reprodujo el descargo del novelista, del cual tomamos algunos fragmentos:

Carta Abierta – A las despalilladoras de Cuba

París, 25 de agosto de 1928

Estimadas compatriotas:
Hasta el día de ayer no he tenido noticia del noble sentimiento de protesta que en ustedes ha suscitado una frase de mi novela Humo, dolor, placer. Desde hace un mes estoy viajando por Europa. La carta en que un amigo me da cuenta de tan doloroso asunto —y me envía el patético artículo publicado por el señor González Vélez en La Lucha del 23 de julio pasado, así como un suelto en El País del 26 del mismo mes, donde se registran manifestaciones del señor Ricardo García como presidente de la Federación Bi-Provincial de Torcedores de La Habana y Pinar del Río— no llegó a mis manos, lo repito, hasta el día de ayer. Esto excusa la tardanza en mi respuesta.

Respuesta que no puede ser sino el más terminante, el más paladino desagravio al gremio de despalilladoras, ofendido por mi pluma inconsecuentemente. Mi frase acerca de la moral de las despalilladoras no deriva de una información aviesa, como los señores González Vélez y García suponen, sino de alguna de las múltiples conversaciones que, con personas distintas sostuve acerca de las costumbres de los tabaqueros. Yo visité cuatro o cinco fábricas de La Habana, estuve en Vuelta Abajo y fui cliente del restaurant de La Reguladora. (…) Yo, estimadas compatriotas, asumo la responsabilidad de estas palabras que lamento haber escrito. (…)

Sería triste que una obra escrita con la más desinteresada intención patriótica, donde mi amor a la tierra natal se recrea en sí mismo y busca en su entraña la fórmula del bienestar de todos los cubanos quedara inválida para posibles efectos beneficiosos por unas palabras que, al borrarse, dejarán sin sombra la pureza de su intención.

Y después de formular la propuesta de eliminar, en una próxima edición de la novela, toda aquella frase que pudiera ser ofensiva para el gremio de los tabaqueros cubanos, en su conjunto, Alberto Insúa se despedía de la siguiente forma: «les ruego acepten, todas, con mi sincero desagravio, un saludo respetuoso y cordial».8

De poco valieron sus frases de contrición. El mal ya estaba hecho y la fractura de su relación con el importante gremio de los tabaqueros cubanos resultaba irreparable. De un modo que nunca hubiera imaginado se había enajenado las simpatías del público cubano y se volvían agua de borrajas sus aspiraciones de ingresar en el cuerpo diplomático de la República de Cuba, algo ya impensable. Aquel tropiezo lo marcó para siempre y a partir de ese momento no volvieron a aparecer colaboraciones suyas en la prensa periódica cubana. Su nombre apenas volvió a ser mencionado, a diferencia de su hermano político, Hernández Catá, quien contaba con numerosos admiradores en los círcu los literarios de nuestro país y sí era asumido como un autor cubano.

» Etapa final de Alberto Insúa

En la capital española siguió adelante con sus proyectos literarios y con los trabajos que frecuentemente insertaba en El Imparcial, La Esfera, Blanco y Negro y en otras revistas. En 1929 publicó otras dos novelas: El barco embrujado y El capitán Malacentella, y al año siguiente El amante invisible. El derrumbe de la monarquía y la proclamación de la República en abril de 1931 constituyeron acontecimientos trascendentales en la historia de España; comenzó entonces no solo una nueva etapa desde el punto de vista político, sino también cultural, en su sentido más amplio. Llegaba con paso arrollador un proceso de renovación en la poesía, con los miembros de la llamada Generación del 27, en el teatro, con Federico García Lorca y Alejandro Casona, en el cine, con Luis Buñuel, en la pintura, con Picasso, Dalí, Joan Miró, en las revistas culturales, en el pensamiento filosófico, en la jurisprudencia… De golpe envejecían a pasos agigantados las obras de autores que hasta poco antes se habían considerado glorias de las letras españolas, como los dramaturgos Manuel Linares Rivas, Eduardo Marquina y los hermanos Quintero, los narradores Felipe Trigo y El Caballero Audaz, los poetas Salvador Rueda y Ricardo León. Un nuevo sentido del gusto estético se abría paso. Y Alberto Insúa y su vasta producción literaria comenzaron a ser arrinconados.

En los convulsos años del período republicano, a diferencia de otros muchos intelectuales españoles se abstuvo de tomar partido a favor del gobierno legítimamente constituido o de las fuerzas reaccionarias que conspiraban para derrocarlo y asumir el poder. En julio de 1936, cuando finalmente estalló la sublevación de los militares rebeldes y el territorio español se convirtió en un extenso campo de batalla dominado por la muerte, la destrucción, la venganza cainita y las bajas pasiones, Alberto Insúa decidió, como Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna y otros escritores, marchar al extranjero. Dada su condición de cubano nativo bien pudo entonces aprovechar esa ventaja y trasladarse a nuestro país, como más tarde hicieron el ya mencionado Eduardo Zamacois y el dramaturgo Alfonso Lapena, nacido en Santiago de Cuba; pero él prefirió seguir viaje y establecerse en Buenos Aires. De seguro la polémica surgida por Humo, dolor, placer le provocaba amargos recuerdos y en modo alguno deseaba revivirla si desembarcaba en La Habana. Incluso en su voluminoso libro de memorias, publicado en la década de los 50, integrado por varios tomos y no exento de informaciones de interés, apenas le dedicó algunas páginas a su tierra natal.

Como Alberto Insúa no tomó parte en la campaña antifranquista durante su refugio en Argentina, pudo regresar tranquilamente a España en el año 1948 y darle continuidad a su vida muelle y a los encuentros con viejos amigos en los cafés madrileños. Ya su etapa como escritor prolífico había quedado atrás y no le era posible revivir los viejos laureles. Murió apaciblemente en la capital española el 8 de noviembre de 1963, a los 78 años de edad.

» Su pobre legado literario

Cuando Alberto Insúa publicaba sus novelas en las principales casas editoriales madrileñas, con envidiable frecuencia y grandes tiradas, pocos hubieran imaginado que el valor literario de sus obras se devaluaría de modo tan lastimoso. En los años en que disfrutó del aplauso de algunos críticos y de lectores poco exigentes recibió un número considerable de comentarios elogiosos y hasta el ensayista y profesor universitario burgalés Francisco Carmona Nenclares le dedicó el estudio El amor y la muerte en las novelas de Alberto Insúa (Madrid, 1928). Pero con el transcurso del tiempo su prestigio como escritor se fue desinflando. En el segundo tomo de su Ensayo de un diccionario de la literatura (Madrid, 1949), el académico Federico Carlos Saínz de Robles aún pudo obsequiarlo con estos ditirambos:

Alberto Insúa es un psicólogo profundo, un analista consumado, dotado de cultura amplia y de un estilo fácil y elegante. Acción, pasión y análisis hay en sus libros; de aquí su éxito grande. En sus primeras obras dominan el realismo y la sensualidad; en las últimas, la fantasía y una maestría narrativa que comprende por igual el paisaje, el ambiente, las figuras y la emoción. (…) Interés cautivador, realismo de una humanidad sugestiva, son las notas características de las producciones novelescas de Alberto Insúa.9

Sin embargo, otros prestigiosos historiadores de las letras españolas ni de lejos comparten criterios tan generosos como los anteriores. El catedrático Ángel del Río en su Historia de la literatura española (1948) ni siquiera lo menciona, como tampoco lo hace su tocayo Ángel Valbuena Prat en su voluminosa obra homónima, publicada en Barcelona en 1968. El ensayista Juan Chabás también lo ningunea por completo en su estudio Literatura española contemporánea 1898-1950 (1952). Gonzalo Torrente Ballester en su Panorama de la literatura española (Madrid, 1961) cita su nombre una sola vez dentro de la relación de novelistas volcados «al éxito fácil (…) cuyas obras rebasan ya los límites que separan de la pornografía» (Tomo I, p. 120). Y Eugenio G. de Nora lo incluye, como no podía ser de otro modo, en su exhaustivo estudio La novela española contemporánea (1898-1927), y anota que «gozó, durante los años veinte y treinta, no solo de una gran popularidad, sino también de una notable reputación literaria», pero al final hace el siguiente balance de su producción narrativa: «una calidad media discreta, dentro de un género de literatura vagamente amena, con tendencia a lo fácil, y de posibilidades rápidamente agotadas».10 Por la parte cubana, los historiadores de nuestras letras como Max Henríquez Ureña, Raimundo Lazo y Salvador Bueno lo consideran un autor español, y por igual motivo el investigador Julio E. Sánchez lo omitió en su «Bibliografía de la novela cubana», publicada en la revista Islas en 1960. Del descrédito como escritor en que muy pronto había caído Alberto Insúa bien puede servir de ejemplo que durante la famosa polémica que en 1949 entablaron a través de la prensa el reconocido intelectual Jorge Mañach y el poeta José Lezama Lima, ambos pertenecientes a diferentes generaciones literarias, este le echó en cara que en la Revista de Avance (1927-1930), codirigida por el primero, hubiesen publicado hasta una colaboración del autor de Humo, dolor, placer.11 Vaya, como si este fuese la última carta de la baraja literaria española.

Las obras de Alberto Insúa no han vuelto a ser reimpresas y, hasta donde conocemos, muy pocos se ocupan de leerlas y menos aún de estudiarlas. Por su apoliticismo no fue incluido en el monumental Diccionario biobibliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939 (Sevilla, 2016), a pesar de haberse refugiado en Argentina al desencadenarse la contienda española. Hoy puede afirmarse que en menos de un siglo el olvido ha sepultado a Alberto Insúa. Así pasan las glorias de este mundo.

Referencias:

  1. Carta de Alfonso Hernández Catá a Antonio Iraizoz y Josefina Hernández. En Compañeros de viaje. Correspondencia de Alfonso Hernández Catá con intelectuales cubanos (1908-1940). Recopilación, introducción y notas de Cira Romero. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2004, p. 86.
  2. «Alberto Insúa relata a los lectores del “Diario” las impresiones de su regreso a Cuba, después de 27 años». En Diario de la Marina Año XCV Nro. 3. La Habana, 3 de enero de 1927, pp. 1 y 24.
  3. Marianófilo «El retorno de los hijos pródigos». En Ensayos espirituales. La Habana, s/i, 1938, p. 407.
  4. Carta de Alfonso Hernández Catá a Mariano Aramburo. En Compañeros de viaje. Cit., p. 96.
  5. Insúa, Alberto: Humo, dolor, placer. Madrid, Ediciones Rivadeneyra, 1928, 307 pp. Introducción de José de Armas.
  6. González Vélez, E.: «Una pifia de Insúa». En La Lucha Año XLIX Nro. 173. La Habana, 23 de julio de 1928, p. 8.
  7. Archivo Literario del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor. Fondo Rafael Suárez Solís. Carpeta 8 Nro. 779. Carta mecanografiada, firmada y con membrete.
  8. Suárez Solís, Rafael: «Las despalilladoras y Alberto Insúa». En Diario de la Marina Año XCVI Nro. 260. La Habana, 17 de septiembre de 1928, p. 28. Por el deterioro en que se encuentra la colección del diario El País de ese mes no hemos podido acceder a la mencionada carta de Ricardo García.
  9. Saínz de Robles, Federico Carlos: Ensayo de un diccionario de la literatura. Tomo II. Escritores españoles e hispanoamericanos. Madrid, Aguilar, S. A. de Ediciones, 1949, pp. 790-791.
  10. Nora, Eugenio G. de: La novela española contemporánea (1898-1927). Madrid, Editorial Gredos, 1963, pp. 405 y 413, respectivamente.
  11. Lezama Lima, José «Respuesta y nuevas interrogantes. Carta abierta a Jorge Mañach». En Bohemia Año 41 Nro. 40 La Habana, 20 de octubre de 1949, p. 77.