I

El pasaje bíblico sobre el encuentro de Cristo con dos peregrinos en Emaús (Lucas 24: 13­35) es en realidad confirmación de nuestra soledad, de la ausencia como destino. En este sentido, la visita de Jesús, su (re)aparición, es la negación de un encuentro, destello huidizo de lo que no tendremos, del abandono, del dios que nos falta.

Entre los encuentros posteriores a la resurrección de Cristo, el pasaje de Emaús es el más peculiar, el de mayor suspenso y misterio. Lucas es el único de los cuatro evangelistas que lo recoge. Mateo sólo refiere la aparición de Jesús a María de Magdala y María de Santiago (28: 9­10), las mujeres que al amanecer del domingo van al sepulcro, y el cierre del primer evangelio es precisamente las palabras a la multitud, la encomienda de llevar la buena nueva del evangelio por todo el mundo (28: 16­20). Estos dos pasajes son un lugar común entre los demás evangelistas (Marcos 16: 9­20; Juan 20: 11­18 y 19­28). La excepción está en la historia de Lucas, aunque también Juan, además de las escenas referidas, agrega en el capítulo 21 la aparición de Cristo a los discípulos a orillas del lago Tiberíades, que en realidad es una mezcla de dos episodios tradicionales previos a la muerte y resurrección: la pesca milagrosa y la comida pos­pascual.

En el caso de Lucas, es donde encontramos las variaciones y los episodios sobre la resurrección que más se desvían de los demás apóstoles. Primero, no dice nunca que las mujeres se hayan encontrado con Cristo, deja la historia en el diálogo con los ángeles en el sepulcro. Incluso, en Lucas 24:24 el autor declara que ni las mujeres que fueron primero a la tumba ni los hombres vieron a Jesús. Simplemente no estaba allí. Primera negación: no está. Además, por si fuera poco, Lucas enfoca de entre los hombres a Pedro (24: 12) cuando, al escuchar lo que ellos consideran «desatinos» de las mujeres, va al sepulcro, «pero sólo vio los lienzos y se volvió a casa, asombrado por lo sucedido».

A la búsqueda del cuerpo de Cristo, la respuesta es el vacío, las telas como un desierto blanco ante sus ojos.

La resurrección, desde este instante, se revela más como ausencia que como reencuentro. Las mujeres, al escuchar las palabras de los ángeles, tienen que hacer de la negación un acto de fe, creen que Jesús está vivo por oposición, convierten la ausencia en vida. Los mismos hombres no les creen cuando dicen que Jesús ha resucitado, y esta es la segunda negación. Todo parecía tener cierta lógica, una especie de relación causa­efecto, si recordaban las palabras que les había dicho Cristo; sólo que el efecto (la resurrección) tenían que deducirlo, no había confirmación de ello.

La resurrección es, pues, una gran ausencia, el inicio (o mejor, la continuidad) de un largo abandono.

El primer encuentro de Jesús con algún hombre lo reserva Lucas para los peregrinos de Emaús, dos desconocidos; el evangelista solo nos da el nombre de uno: Cleofás. Posiblemente la relevancia que da a estos dos caminantes esté en relación con su propósito de escribir la historia no solo para los judíos, sino para los gentiles todos, para cualquiera que desease conocer la vida del maestro. Estos dos discípulos en peregrinaje y en (casi) anonimato representan, entonces, a los nuevos creyentes, a otros seguidores distintos, incluso, de los doce apóstoles, por lo que es de gran importancia que Lucas los presente como los primeros que ven a Jesús después de resucitar. No se presentó a Juan, a Pedro, a María de Magdala, no, según la versión de Lucas apareció primero delante de dos hombres que estaban fuera del círculo de sus más cercanos.

Emaús es, entonces, la soledad de dos caminantes casi anónimos que hacen de la ausencia un cuerpo, con las últimas palabras construyen una figura y una cena, imaginan una estancia. Pero en realidad este encuentro es una negación amarga, más terrible que la de Pedro, es una negación indulgente, misericordiosa, un souvenir que nos deja Cristo para nuestro desamparo.

II

Esta negación como base de la fe se refuerza en algunos poemas de la tradición lírica cubana. La escena de Emaús es un factor común en Dulce María Loynaz (1902­1997), Fina García Marruz (1923) y Gelsys M. García Lorenzo (1988).

En Dulce María, el efecto de esa pérdida es el «miedo», la palabra más repetida en su poema «Emaús» junto a las formas del verbo «quedarse» (ambas escritas cuatro veces). La insistencia en que se quede el extranjero con ellos es precisamente para prolongar un poco más lo que parece ya perdido para siempre. Entre la oposición y el paralelismo especular y cóncavo entre «miedo» y «quédate», se mueve el texto loynaciano. La autora comienza con una petición («quédate») y termina con la negación de lo pedido, la adversativa, lo contrario: «Pero él no se quedó». Ni siquiera responde, ni siquiera dice «no», simplemente parte al alba.

En cada una de las peticiones, en las propuestas de que Cristo haga estancia entre ellos hay una expansión del silencio, de la esperanza, de la posibilidad que se refleja en el uso continuo de los puntos suspensivos, como procurando una respuesta del interpelado, a la espera de su asentimiento. A ello se opone un cierre rotundo, un punto final luego de la adversativa, que se potencia al oponerse a ese ondular casi marino, en suspenso, que proponen los tres puntos: «Quédate con nosotros…/ pero él no se quedó.» La composición está hecha de oposiciones: él (tú)/nosotros, quedarse/partida, puntos suspensivos/punto final, súplica/adversativa de cierre, diálogo/soledad… Al mismo tiempo, los versos que se encierran entre la primera y última frases quedan como argumentos, balbuceos que van de la justificación inicial atmosférica («ya anochece») a una más personal y subjetiva, y por ello más poderosa y sincera (el miedo a la soledad y al abandono). Todo ello entre los dos barrotes de marco: súplica y negación.

Dulce María Loynaz.

Dulce María Loynaz.

Si en el caso de Dulce María una de las palabras más repetidas es «quédate» y todo el poema es un gran contraste entre esa petición, sus argumentos y la negación de todo ello, Fina García Marruz hace del texto «Visitación, 8» una definición de otro vocablo que repite seis veces: «huésped». El sujeto lírico se convence de lo inevitable: huésped es palabra transitoria, cuerpo que ha de partir, revelación momentánea que inevitablemente ha de acabar.

La historia, parece decirnos Fina, tiene en la propia palabra del peregrino, en su condición de hospedado un final y una huida irremediables. A diferencia de Loynaz, Marruz parte convencida desde el primer momento que esta epifanía (como toda aparición de un ser divino) ha de acabar y ha de durar poco. Ya Fina no opone su deseo o sus argumentos ante el viajero, asume desde la propia definición lo inevitable: el vacío que leíamos en Lucas, la negación entre sábanas de rotunda vacuidad. Las definiciones de Marruz se encaminan en espiral continua a la partida: del misterio, del resplandor como nieve, de las manos que alumbran el pan nuestro, a la partida en el alba.

A ello nos conduce Fina en uno de sus poemas que también recrea otro pasaje bíblico: «La transfiguración de Jesús en el Monte» (1947). En sus versos, la autora ya apunta al abandono, al silencio, a la soledad como modos de corporeidad y transfiguración de Jesús: «se aleja con el gesto del que regresa», «hasta ahora Él les había mostrado sus palabras pero ahora les ha de entregar también su silencio; hasta ahora ellos han conocido su compañía, pero ahora les ha de entregar también su soledad». Cristo «se ha vuelto totalmente exterior como la luz», «y la Luz por vez primera», como presencia, como Shekinah, «como nube los cubre y se revela en su gloria». Jesús consigue en la transfiguración, según Marruz, hacer de su cuerpo un sistema natural dinámico: como el aire, como el agua, como la luz. Pero en verdad, su luz es una enorme ausencia, hace que Juan cierre los ojos, se expande y se confunde con el todo y con la nada.

El yo enunciante en el poema «Visitaciones, 8» no argumenta contra la partida (como sí hace Loynaz), sus definiciones son una asunción resignada del esplendor transitorio, efímero, que se perderá con la aurora. Milagro de una sola noche, palabra de una única vigilia. No hay contradicción ni oposición alguna en Marruz, ni siquiera una referencia en segunda persona a Cristo. Al contrario, Jesús es sólo «huésped». La lejanía y la incomunicación se han acrecentado de un texto a otro: la oposición nosotros/tú se vuelve en García Marruz nosotros/él.

Fina García Marruz.

Fina García Marruz.

La imposibilidad comunicativa y la negación son totales en el poema «No seguirás al caminante de Emaús» de Gelsys M. García Lorenzo. «No» es la primera palabra del título, del texto y constituye uno de los últimos versos. Es, además, la palabra más repetida: aparece en siete ocasiones.

A diferencia de Loynaz, los argumentos de Gelsys no son para hacer estancia de un viaje de paso, ni para hacer residente al itinerante, al «extranjero». No será ni siquiera «huésped», no habrá posibilidad ni intento de comunicación. No habrá destello ni epifanía. Las suyas son las razones del no, del vacío, del sinsentido, de las sábanas hundidas, abandonadas sobre la piedra. Gelsys refuta, niega la posibilidad del camino. Sus explicaciones persiguen el viaje inverso, el no­viaje.

La autora declara a una segunda persona (que ahora sería un potencial caminante de Emaús, un desconocido cualquiera que podría interactuar con Cristo) las razones positivas y negativas de un posible itinerario ya conocido, trillado, manifiesto, y por ello, innecesario, absurdo, trivial. «No./ Es mejor quedarse en casa/ con la tele apagada».

III

Transitamos en esta lectura de los lienzos vacíos y de los «desatinos» de las mujeres en Lucas, como primera negación, a la petición de Loynaz: «quédate con nosotros… (…) Pero él no se quedó». Consciente de la fragilidad de cualquier petición, García Marruz asume el destello como milagro pasajero, como corta eternidad, como don fugaz. Gelsys niega todo los caminos, su viaje es el no­viaje, su Cristo es el no­Cristo. Si nos ha de abandonar, si la negación está anunciada desde Lucas, si sólo han sido los desatinos de unos cuantos locos que le seguían, pues entonces no hay nada ni a nadie que seguir. Ni los riesgos ni los recursos justifican ir hacia el lugar que todo el mundo conoce: el no como un cuerpo reluciente e inalcanzable.

En estas relecturas del pasaje de Emaús, la negación (leída desde el propio Lucas, de su versión distinta a los demás evangelistas sobre la resurrección de Cristo) se vuelve especular por adversa. Emaús es nuestro espejo ustorio. Jesús nos ha dejado la negación como un cuerpo, como única salvación. Una negativa que es ausencia, y acaso eso sea la presencia paradójica de Dios, la columna de nube que acompañaba a los israelitas en el desierto, la Shekinah: un «no» eterno y femenino que, como (y junto a) nosotros, naufraga, vaga, anda errante y emigra perpetuamente. Yo soy el Gran No Soy, parece decir Dios. Si Shekinah significa «morada», «presencia», «compañía», Emaús es su opuesto y su conversión en orfandad y abandono.

El hijo del hombre sigue sin tener dónde recostar su cabeza.

Gelsys M. García Lorenzo.

Gelsys M. García Lorenzo.

 

Poemas analizados:

Emaús

Quédate con nosotros… Ya anochece
y estás cansado bien se te ve…
Es mejor que te quedes pues parece
que la noche va a ser larga y oscura.
Tenemos miedo, sí…
Miedo
aunque no sepamos
bien por qué.
Miedo por ti, tal vez
o por nosotros, tan solos en esta casa, en esta hora…
Miedo de haber perdido en el camino
algo que ya nunca más habrá de aparecer.
Quédate con nosotros, Extranjero…
Pero Él no se quedó.

Dulce María Loynaz (En: Finas redes, 1994)

Visitaciones
8

¿No sentías que ardía tu corazón
cuando nos hablaba de las Escrituras?
(Los peregrinos de Enmaús)
Huésped me fue palabra misteriosa.
Huésped es el que viene de muy lejos,
de algún pueblo que nunca habremos visto.
Huésped es el que viene por la noche,
toca la aldaba de la puerta y todo
el umbral resplandece como nieve.
Huésped es quien se sienta a nuestra mesa
sólo por una noche, y no se acierta
sino ya a oír lo que su boca dijo.
Huésped es el que alegra con su rostro,
y alumbra con sus manos nuestro pan,
y no logramos recordar su nombre.
Huésped es el que ha de partir, al alba.

Fina García Marruz
(En: Visitaciones, 1970)

No seguirás al caminante de Emaús

No caminarás hacia un sitio
que no sabes exactamente dónde está.
No caminarás durante una semana y cuatro días
pasando por pueblos destartalados
al borde de un camino lleno de insectos y paseantes ocasionales.
No caminarás aunque tengas un poco de agua
y algo de comida.
No caminarás hacia un sitio
que sabes donde está.
Hacia un sitio al que todas las flechas del mapa te indican.
No.
Es mejor quedarse sentado en casa
con la tele apagada.

Gelsys M. García Lorenzo
(En: No te afeitarás en vano, 2014)