«Salí a buscar un reino…»

De todos los modos de la literatura fantástica,
el más interesante, si no el más importante,
es la ciencia ficción.
Oscar Hurtado

Si se pregunta por el escritor Oscar Hurtado (La Habana, 8 de agosto de 1919 – 23 de enero de 1977) se comprobará que no es una figura muy recordada en la actualidad por el lector cubano, sobre todo por las generaciones más jóvenes. No forma parte del canon principal de la literatura cubana y su obra no motiva un interés especial entre los estudiantes y/o estudiosos de la literatura. Pero se obtendrá una respuesta diametralmente opuesta si se interroga a los seguidores de la ciencia ficción y la fantasía: para ellos Hurtado sigue siendo un escritor vivo en la memoria, el precursor o incluso «el padre» de la ciencia ficción cubana (véase, por ejemplo, los artículos a él dedicados en Ecured y Wikipedia). Todavía hoy hay un importante premio de este género que lleva su nombre. (Es un premio en metálico otorgado por el taller literario Espacio Abierto y el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Se entrega en varias categorías, incluida la poesía.) En gran medida olvidado para el mundo «exterior», Hurtado es, sin embargo, un clásico para los seguidores cubanos de la ciencia ficción y ciertas corrientes de la fantasía afines a ella.

Muy distinta era la situación en los años 60 del pasado siglo. En esa época Oscar Hurtado llegó a ser una de las figuras intelectuales más connotadas (y pintorescas) de la nueva y vivaz escena literaria surgida a raíz del triunfo de la Revolución en 1959 y los cambios que esta introdujo en la cultura. Entre 1959 y 1961 fue uno de los miembros del equipo de realización de Lunes de Revolución y luego fue director, entre 1965 y 1966, de Ediciones R (junto a Unión, la editorial más importante en este momento), período durante el cual fundó las colecciones Fénix (de poesía) y, sobre todo la Serie del Dragón, una colección mítica en la historia editorial cubana, que existió durante cinco décadas (hasta entrado el presente siglo), y que, por decisión del propio Hurtado, se especializó siempre en ciencia ficción y literatura policial. Hurtado fue también autor de varios libros de poesía y narrativa bien acogidos por la crítica en su momento. De ellos, el más conocido fue La ciudad muerta de Korad (1964), un cuaderno de poesía cuya aparición señala, para algunos, el inicio de la ciencia ficción cubana. El propio Hurtado se encargó de publicitar su libro como «el segundo poema de ciencia ficción escrito en el mundo», afirmación que debe tomarse con cuidado, debido a las dificultades para estudiar este problema. Según The Encyclopedia of Science Fiction una escritora estadounidense ya había publicado un libro de esta temática en 1952: The Wine of Wonder, una obra no mencionada por Hurtado. Pero es cierto que antes de 1965, como se explica en la citada enciclopedia, «solo ejemplos aislados de poesía de ciencia ficción aparecieron en revistas como Unknown y The Magazine of Fantasy and Science Fiction», y es solo años más tarde que se volvería habitual la publicación de obras de este género, por lo cual es bastante probable que el cuaderno del autor cubano fuera, en efecto, uno de los primeros de su tipo.

Hurtado también fue un colaborador asiduo de Bohemia, la más leída revista cubana de esta época, donde publicó artículos sobre el vuelo de Gagarin, la exploración de Marte, la ciencia ficción, una amplia reseña de Pasajes de la guerra revolucionaria (de Ernesto Guevara), así como crítica de pintura y teatro. En sus páginas también apareció su polémica con Luis Agüero y José Triana y hasta una entrevista a raíz de la publicación del antes citado poemario. Aunque hoy parezca curioso, hacia mediados de los 60 hubo una especie de boom de la ciencia ficción en Cuba, que en buena medida se debió a la labor de promoción y divulgación realizada por Hurtado, ya fuese mediante los libros que publicó como editor, ya fuese mediante sus prólogos y artículos, además de su citado poemario. De ahí el apelativo de «padre» de la ciencia ficción cubana, con que a menudo se lo recuerda.

Constatado el olvido (relativo) de la obra de Hurtado, cabe preguntarse: ¿vale la pena entonces recordarlo? ¿No es simplemente otro autor menor que tuvo sus cinco minutos de gloria en la lejana década del 60? Mi respuesta es: sí, vale la pena, pues en su momento Hurtado fue algo así como el vector para la introducción de una serie de novedades en la literatura cubana, y este aspecto de su labor intelectual ha trascendido en el tiempo. Además, en algunas de sus afirmaciones, aunque típicamente apasionadas y nada mesuradas, puso el dedo en la llaga sobre algunos problemas que merecen nuestra atención.

Su nombre completo era Oscar Manuel González y Hurtado y nació en La Habana en 1919, en el seno de una familia de pescadores. Cursó el primer año de bachillerato en el Instituto de La Habana, pero abandonó los estudios por razones económicas y debió trabajar durante algunos años como vendedor de pescado en la Plaza del Polvorín. Mucho tiempo más tarde evocaría aquellos tiempos con amargura, pues «no se escaman peces en los años de formación impunemente», como dejó escrito en un poema. Esto debió ser muy frustrante para alguien que aprendió a leer a los dos años y siempre tuvo una mente alerta e inquisitiva, abierta a los más variados intereses culturales. Estudió mecanografía y entre 1926 y 1932 cursó estudios en el Conservatorio Musical de La Habana (llegó incluso a cantar en el coro de algunas óperas en el Teatro Auditórium). A los 29 años marcha a Nueva York, donde vivió entre 1948 y 1949. De 1958 a 1959 volvió a residir en esta ciudad: trabajó primero como administrador de una tienda y luego en la agencia Prensa Latina. Allí se lo encontró Guillermo Cabrera Infante en el otoño de 1959 (ya se conocían desde antes), según relata en su libro póstumo Cuerpos divinos (2010), y lo instó a que volviera a Cuba: «[fui] a convencerlo de que Cuba lo necesitaba —cosa que creyó, ya que Óscar era una extraña mezcla de timidez y vanidad, en cuya mente triunfaba a veces la una a expensas de la otra: ahora era su vanidad la que dominaba». Por eso cuando regresa en otoño de 1959 Hurtado se incorpora al colectivo que hacía cada semana Lunes de Revolución. Hurtado también tenía sólidos conocimientos de ciencia, que adquirió de forma autodidacta. Entre 1960 y 1961 trabajó como profesor de Panorama Actual de la Ciencia en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling; luego, en 1963, pasó a trabajar como profesor de matemáticas en el Instituto de La Habana. Fue asimismo redactor científico del diario Revolución y también publicó, dentro de la misma temática, en Juventud Rebelde y Pionero. Tradujo poemas de los beatniks. Colaboró en Orígenes, Lunes, Bohemia, Unión, La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas, Revista Cubana y El Caimán Barbudo. Compiló y prologó la selección Cuentos de ciencia ficción (1964), un cuaderno que solo incluía tres autores cubanos, y Cuentos de ciencia ficción (1969), una antología internacional que se convirtió pronto en un clásico editorial. Escribió curiosos y personales prólogos para varios libros y selecciones, como Aventuras de Sherlock Holmes y Crónicas marcianas. Fue autor de los cuadernos de poesía La Seiba (1961), La ciudad muerta de Korad (1964) y Paseo del malecón (1965), así como del volumen de relatos Carta de un juez (1963). Publicó el ensayo Pintores cubanos (1962) y, junto a Évora Tamayo, Cuba: cien años de humor político. En 1980 el Ballet Nacional de Cuba celebró el vuelo espacial cubano-soviético con el

estreno del ballet Misión Korad, inspirado en su obra. La escritora Daína Chaviano reunió póstumamente gran parte de su obra poética y narrativa en el libro Los papeles de Valencia el Mudo (Letras Cubanas, 1983).

Durante sus años en Lunes… Hurtado publicó bastantes artículos, pero curiosamente ninguno sobre ciencia ficción. El texto suyo que más se acerca a esta temática es el controvertido cuento «Carta de un juez» (que motivaría su caída en desgracia, años más tarde), aunque tampoco es exactamente de ciencia ficción. Tiene más bien un curioso parecido con lo que andando el tiempo se iba a conocer como el realismo mágico latinoamericano, al igual que otras historias suyas, como «Metamorfosis». También es intrigante su respuesta a la encuesta de Lunes sobre los «diez libros que usted salvaría», donde no menciona ninguna obra de ciencia ficción o fantasía (aunque en un artículo posterior, titulado «Los libros», explica por qué excluyó a Poe, Bradbury y Borges). El primer texto (hasta donde conocemos, no hemos hecho una búsqueda exhaustiva) en que Hurtado habla de la ciencia ficción es su artículo sobre Gagarin publicado en Bohemia el 13 de abril de 1962.

La poesía de Hurtado fue saludada en su momento con entusiasmo por escritores como Manuel Díaz Martínez, quien viera como principal virtud de su último poemario, Paseo del Malecón, el haber sabido «incorporar a un mundo de materias poéticas en gran tensión, locuciones, frases hechas y formas de decir netamente populares, dotándolas de jerarquía lírica». Pero, vista desde la perspectiva actual, creo que esta poesía adolece de cierto prosaísmo. Véase, por ejemplo, esta línea de verso: «los rayos cósmicos atraviesan la piel del rinoceronte» (de La ciudad muerta de Korad). Aquí el lector debe conocer que los rayos cósmicos son partículas de tan alta energía que la piel de un rinoceronte es incapaz de detenerlas. Pero para quien ya sabe eso, el dato de Hurtado es trivial. Otras veces, sin embargo, el autor ofrece acabadas muestras poéticas, como en «Invocación del muerto» o «El banquete de las sombras», ambos del citado poemario.

Con el virtual retiro de Hurtado de la esfera pública luego de enfrentar una acusación de plagio a finales de los 60 (sobre lo que volveré más adelante), y con la corriente fantástica prácticamente borrada del mapa después de 1971, parecía que el legado del autor de La ciudad muerta de Korad pasaría al olvido. Pero eso no ocurrió. En primer lugar, su propaganda de la ciencia ficción no había caído en terreno estéril. En comparación con los magros resultados de la política editorial de una época posterior (donde a veces se dispuso de más recursos, pero no de la misma voluntad y capacidad de hacer y fundar), la labor editorial de los 60 comenzó a agrandarse en la memoria cultural. Ahí estaba para demostrarlo, por ejemplo, el fabuloso catálogo de la Serie del Dragón de 1965 a 1971, en los años en que la dirigió Hurtado, donde lo único que se lamenta es que no se hayan publicado más títulos, o su antología Cuentos de ciencia ficción (1969), leída con fervor por varias generaciones y que nunca fue superada. (Recuerdo, en mi juventud de estudiante, adquirir completas algunas de esas colecciones de los 60, incluidas las de ensayo, sin más referencias, pues la calidad estaba garantizada.) Y, por otro lado, existió el amoroso rescate de su obra realizado por algunos de sus seguidores, principalmente Daína Chaviano, que en 1983 compiló buena parte de su obra poética y narrativa en el volumen titulado Los papeles de Valencia el Mudo, y sobre todo escribió un prólogo en el que evocaba su figura con tintes casi míticos: «… jamás hubiera creído que un hombre de nuestra época pudiera dejar tras de sí el rastro de la más bella de las leyendas modernas» (p. 7). El primer taller literario para escritores de ciencia ficción, fundado pocos años antes, había recibido precisamente el nombre de «Oscar Hurtado». Importante también, en esta formación del «mito Hurtado», fue el testimonio ofrecido por el escritor Eduardo Heras León, quien (a diferencia de Daína) conoció personalmente al autor de La ciudad muerta de Korad. Varios de los escritos posteriores sobre Hurtado se remiten de uno u otro modo a lo dicho por Daína y Heras León.

Hurtado combinaba un conocimiento real de la ciencia (tan poco común, lamentablemente, entre los literatos) con una propensión hacia las llamadas pseudociencias que más de una vez lo llevó a in currir en afirmaciones temerarias, como esta, con la que empezaba su prólogo a la edición cubana de Crónicas marcianas: «Ahora que tenemos las pruebas de que la Tierra ha sido visitada por seres de otros mundos…». ¿Y cuáles eran esas pruebas? Una era las pinturas rupestres descubiertas en el Sahara (en Tassili n’Ajjer) que, según ciertas especulaciones, representaban astronautas. Aunque refutadas repetidamente por la ciencia, estas ideas siguen contando con seguidores hasta el día de hoy, de lo cual son ejemplo programas televisivos como la serie Ancient Aliens. Durante una visita a la Unión Soviética en 1963 Hurtado tuvo ocasión de conocer al escritor ruso de ciencia ficción Alexandr Kázantsev, quien tal vez lo introdujo en sus teorías sobre alienígenas que habían visitado la Tierra en tiempos remotos y enseñado a los humanos los rudimentos de la civilización, y le expuso su hipótesis de que el evento de Tunguska fue causado por la explosión de una nave extraterrestre. Hay

incluso una foto donde se ve a ambos, Kázantsev y Hurtado, examinando una de las curiosas figurillas dogu de la civilización Jomon (que para algunos constituyen representaciones de seres de otro planeta). Todo esto era también producto de una imaginación desbordada, que lo llevaba a aceptar hipótesis improbables como hechos fehacientes, como se ve en su fe en la existencia real de Sherlock Holmes y su simpatía por los que creían que Arthur Conan Doyle era «un testaferro literario del doctor Watson».

Su poesía tal vez hoy suscite reparos (aunque el lector tendría que leerla y juzgar por sí mismo), pero la verdad es que Hurtado también podía ofrecer ráfagas de excelente prosa, como lo muestran algunas frases diseminadas en su obra o en el final de la entrevista que le hicieron en Bohemia en 1964. Allí, después de calificar de «fracaso» a su poema (La ciudad muerta de Korad), declara:

A pesar de mi fracaso, sé que no debo acongojarme. La poesía, contrario a la prosa, siempre recompensa del poco éxito que obtuvimos en la búsqueda. La poesía, como dice Lezama, «viene en auxilio hasta de sus enemigos». Y así, como el rey Saúl, que salió a buscar unas anillas y regresó con un reino, yo, a la inversa del rey, salí a buscar un reino y regresé con un anillo. La recompensa está en que mi asno, como el de Apuleyo, es de oro. Cocea alegremente, hace reír y hace soñar. (Bohemia, 21 de agosto de 1964, p. 26)

La figura de Hurtado estuvo íntimamente relacionada con un fenómeno muy típico de la década de los 60 en Cuba, que aún no ha sido bien explicado: el notable auge de la literatura fantástica en esos años. Esta corriente, que tenía su precursor nacional en los Cuentos fríos de Virgilio Piñera, llegó a alcanzar una expansión tan grande hacia 1966-1968 que parte de la crítica empezó a hablar de ella como una tendencia de importancia pareja a la de la literatura realista (en Cuba). En septiembre de 1966, por ejemplo, se publicó en Bohemia un amplio dossier dedicado a la literatura fantástica con artículos de Ambrosio Fornet, el propio Oscar Hurtado, Eliseo Diego, Rogelio Martínez Furé y Rogelio Llopis. Y en 1968 vio la luz el volumen Cuentos cubanos de lo fantástico y lo extraordinario, donde Rogelio Llopis compiló muestras muy diversas de la literatura no realista cubana. Retrospectivamente puede verse que esta antología marcó, hasta cierto punto, el momento culminante de esta corriente. Mediante sus prólogos, artículos y selecciones a Oscar Hurtado le tocó ser el principal promotor de la ciencia ficción en el marco de ese interés más general por el cultivo de la ficción fantástica.

Un gran acierto en la labor divulgativa editorial de Hurtado fue su antología Cuentos de ciencia ficción (1969), un libro que, como dije, sedujo a varias generaciones de lectores (seguía siendo de lectura casi obligada hasta los años 80) y tuvo un papel clave en la divulgación de la ciencia ficción en Cuba. El libro en realidad era un trabajo muy original, que ofrecía la visión personal de lo que Hurtado entendía que era la ciencia ficción. Hacia esta época ya existían unas cuantas antologías de este género (casi todas en inglés), pero Hurtado no parece haber sido influido por ninguna de ellas. Tampoco se advierte en su selección la huella del ingente trabajo de difusión de la ciencia ficción que había realizado José Hernández Artigas desde Carteles tan solo una década atrás. La principal característica de Cuentos de ciencia ficción es que se centra en la llamada «ciencia ficción blanda», o sea, aquella relacionada con problemas humanos y sociales, por oposición a la ciencia ficción «dura», orientada hacia la ciencia y la tecnología. Adicionalmente, Hurtado privilegió textos que eran interesantes también como literatura. Tal vez esto es lo que explica ciertas notorias ausencias en su selección, como la de Robert Heinlein, el autor más influyente de la Edad de Oro, pero también un practicante de la ciencia ficción tecnológicamente orientada, y al cual Hurtado tenía que conocer. Cierto que Heinlein también escribió cuentos y relatos más cercanos a lo fantástico, como el célebre «Y construyó una casa torcida» (o, mejor aún, «La desagradable profesión de Jonathan Hoag», aunque este es casi una noveleta), pero tal vez Hurtado no había oído hablar de ellos. En cambio, Hurtado hizo una selección que podía ser mejor asimi lada por el lector cubano de la época, aún no suficientemente familiarizado con las convenciones del género (de hecho, el libro en su momento fue leído hasta por los niños). Esto fue muy atinado, visto en el contexto de la época, como también lo fue su selección de obras para la colección Dragón, aunque esta sí estaba más en sintonía con lo que se hacía en otras latitudes, como, por ejemplo, el catálogo de la editorial Minotauro, dirigida por el editor hispano-argentino Francisco Porrúa, cuyo trabajo pudo haber influido en Hurtado, quien también estuvo involucrado en polémicas, de las cuales la más interesante (aunque hoy totalmente olvidada) fue la que podríamos llamar la «polémica del aburrimiento en la literatura». Todo comenzó con el prólogo de Hurtado al volumen Cuentos de ciencia ficción, de 1964 (que no se debe confundir con la posterior antología internacional de 1969 y de igual nombre), donde calificaba a la literatura cubana como «una de las más aburridas del mundo», luego de constatar el escaso interés por cultivar una literatura de imaginación en Cuba, tal como —según Hurtado— se encontraba en los géneros fantástico, policial y de ciencia ficción. Este criterio, ofrecido así, sin matices y sin un debido análisis, era muy controvertible, invitaba a la respuesta, y pronto la obtuvo en un inflamado artículo de Luis Agüero (que por entonces era un crítico muy importante, a cargo de una sección de Bohemia) titulado «La ciencia, la ficción». Aquí Agüero, luego de saludar el interés de algunos jóvenes escritores por cultivar un género sin tradición en Cuba como la ciencia ficción, pasaba a rebatir la opinión de Hurtado:

… ¿qué pretende decir Hurtado con esta afirmación tan rotunda?, ¿acaso que nuestra literatura es aburrida por no haber sabido ejercer la imaginación?, ¿quizás que el único modo de no ser aburrido es practicando la ciencia ficción? […] la tesis de su prólogo […] bien podría resumirse en una sola, terrible afirmación: la imaginación es propiedad exclusiva del género fantástico, de la ciencia-ficción, de las narraciones policiales. Yerra Oscar Hurtado si eso afirma, pues tanta imaginación necesitó Flaubert para escribir Madame Bovary, como Bradbury para sus Crónicas marcianas. Yerra también Hurtado cuando señala entre nuestras «ilustres excepciones» que han ejercido lo fantástico a Onelio Jorge Cardoso, que en toda su vida solo ha escrito un cuento que puede ubicarse en ese género. Y yerra además cuando se olvida de incluir a Lezama, a Rodríguez Tomeu, al propio Alejo Carpentier y a ese fabuloso relato que se titula «Un flirt extraño», uno de los mejores ejemplos de la literatura fantástica cubana. (Bohemia, 10 de abril de 1964, p. 23)

La respuesta de Hurtado apareció en la Bohemia del 1º de mayo, donde se defendió atacando: «Decía Ortega y Gasset que pensar es exagerar; yo, al pensar, exagero, a la vez que digo la verdad; es decir, que esta condición de ser aburridos no se puede aplicar a todos nuestros escritores, pero sí en gran parte a nuestra literatura».   Creo que también es necesario leer lo que dejó escrito sobre este tema en el primer prólogo a La ciudad muerta de Korad. Es curioso, no obstante, comprobar que en realidad ya Hurtado había dicho exactamente lo mismo el año anterior, sin levantar ronchas, en el marco de una reseña de Pasajes de la guerra revolucionaria, de Ernesto Che Guevara:

Para el lector, este libro, además de documento histórico, es un libro ameno de leer. No solo debe leerse, sino que puede leerse con interés, o con el interés que suscita un libro de aventuras. Esta condición algunos de nuestros escritores la pondrían al margen del interés literario, pero si se observa que nuestra literatura, con excepción de algunos autores, es una de las más aburridas del mundo, la condición de que un libro sea ameno para el lector es una condición cardinal. (Bohemia, 6 de diciembre de 1963, p. 73)

No sería difícil enumerar unas cuantas objeciones obvias a la afirmación de Hurtado (en eso Agüero tenía razón), pero cuando se piensa en la marea de libros aburridos que le esperaba al desprevenido lector cubano a la vuelta de un futuro no tan lejano, de pronto uno se siente tentado a concederle a la radical tesis de Hurtado un poco más de consideración. Porque a veces se tenía la impresión de que el lector era en lo que menos se pensaba cuando se publicaba un libro. Se puede construir todo tipo de razonamientos plausibles para justificar que ciertos libros sean enviados a imprenta. Pero todo eso no cambia el hecho básico de que, diga lo que se diga, los lectores siempre están buscando primordialmente una lectura interesante. Y no habrá lectura si no hay lectores interesados. En esto Hurtado, aunque era un soñador desaforado, tomó partido por el sentido común.

Sin embargo, no debemos confundirnos: Hurtado no estaba apostando al populismo, esa posición según la cual lo bueno es lo que le gusta a la mayoría. Ya en el poema La Seiba había denostado a «aquellos que medran con la ignorancia del pueblo anegando de folletines radiales / basura tras basura». Su obra (en verso como en prosa) desborda de referencias muy cultas al canon literario y era un defensor acérrimo de la importancia de la poesía, como se constata en sus respuestas a la citada entrevista de Bohemia en 1964. Hurtado más bien lo que no creía en divisiones axiológicas artificiales dentro de la cultura, entre una «alta» literatura y una literatura popular y por lo tanto (supuestamente) menor. Este problema iba a ser el centro de enconados debates teóricos pocas décadas más tarde y Hurtado fue un adelantado de ideas que luego se volvieron populares (aunque el debate continúa, aclaro, pues no es un asunto sencillo). Su actividad como editor estuvo dirigida a tal fin: publicar los mejores ejemplos de esa literatura popular, «otra» (y que a veces, como en Bradbury y C. S. Lewis, podía ser bastante sofisticada), pero que él intuía que podía despertar la pasión por la lectura y la cultura en ciertos sectores del pueblo (más amplios de lo que se supone), como le ocurriera a él mismo con las historias de Sherlock Holmes: «… ese hombre extraordinario,/ que borró el tedio y la nada/ de la solitaria aridez de mi infancia». Y en esto su éxito fue rotundo, pues no solo conquistó a los lectores, sino que incluso tuvo la aprobación de críticos importantes.

El verdadero escollo en la carrera de Hurtado, sin embargo, no llegó en la forma de la reacción de algún crítico airado, sino de una acusación de plagio presentada contra él por el conocido escritor y crítico Rogelio Llopis (otro de los protagonistas de la escena literaria de los 60 y, como Hurtado, paladín de la literatura no realista), quien descubrió que el cuento «Carta de un juez» presentaba demasiadas similitudes con un relato aparecido años atrás en una revista norteamericana. Sometido a una comisión de ética, Oscar Hurtado fue separado de la UNEAC. ¿Qué habrá sentido entonces el hijo del pescador? Era como si los demonios de la soledad y la exclusión que lo acosaron en su infancia y juventud hubieran retornado de pronto (pues «no se escama pescado en años de formación impunemente»). Los que lo trataron hacia esa época dicen que ya no era el mismo y que incluso no se expresaba con su habitual coherencia. Hurtado al parecer no volvió a publicar nada (o casi nada) hasta su muerte a la prematura edad de 58 años. Esto sucedió el 23 de enero de 1977, irónicamente justo en el umbral de una nueva época de florecimiento en Cuba de su amado género de la ciencia ficción, cuando las semillas que él mismo había sembrado empezaban a germinar. De haber vivido solo unos pocos años más hubiera recibido el homenaje agradecido de una nueva generación de jóvenes escritores y tal vez su propia obra hubiera experimentado un resurgir. Pero le había tocado el destino de tantos precursores: señalar el camino que solo otros recorrerían hasta el final.

Obras citadas

Agüero, luis «La ciencia, la ficción». Bohemia, 10 de abril de 1964, No. 15, p. 23. b/rAnly/, r/oberTo/ «Hurtado, Oscar». En: Sección de Literatura del Instituto de Literatura y Lingüística: Diccionario de literatura cubana (Cuaderno de trabajo). Letra H-K [texto mimeografiado], 1968, pp. 71-72.

Cabrera Infante, Guillermo Cuerpos divinos. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2010 (e-book).

Díaz Martínez, Manuel: «Paseo del Malecón» (reseña). Bohemia, 29 de abril de 1966, No. 17, p. 7.

Heras León, Eduardo: «Oscar Hurtado, el Dragón». Letras Cubanas, Octubre/Diciembre, 1987, No. 6, pp. 167-170.

Hurtado, Oscar: «Carta de un juez». Lunes de Revolución, 11 de abril de 1960, No. 54, pp. 10-11.

«Los libros». Lunes de Revolución, 27 de junio de 1960, No. 27, p. 8.

«Gagarin: ciencia y realidad». Bohemia, 13 de abril de 1962, No. 15, p. 3-5.

«Pasajes de la guerra revolucionaria». Bohemia, 6 de diciembre de 1963, No. 49, pp. 76-77.

«Bocanadas del dragón». Bohemia, 1 de mayo de 1964, No. 18, pp. 22-23.

«Sobre ciencia ficción». Bohemia, 30 de septiembre de 1966, No. 39, pp. 30-31.

Los papeles de Valencia el Mudo. Selección y prólogo de Daína Chaviano. La Habana, Letras Cubanas, 1983.

  1. F.: «Poetry», en: SFE: The Encyclopedia of Science Fiction (http://www.sf-encyclopedia.com/). Versión del artículo: March, 06, 2019.

S/A: «Diálogo con Oscar Hurtado». Bohemia, 21 de agosto de 1964, No. 34, p. 26.