«Río de Janeiro se apresta para cobijar la Copa Mundial de la FIFA 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016. Una comunidad de “indios urbanos” es intimada con el desalojo forzoso para dar paso al rediseño del estadio Maracaná y áreas adyacentes. La amenaza se cierne sobre otros asentamientos. Los vecinos se unen en defensa de sus derechos…» El documental, de 89 minutos, exhibido en la sala tres del multicine Infanta durante el 39º Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, fue dirigido por Jason O’Hara (1978).

¿Por qué se fija en esto un canadiense? —tanteamos al también coeditor, productor y director de fotografía.

Antes de rodar la película viví en Recife y Belo Horizonte, de 2006 a 2008, entre el pueblo, su cultura; poco importaba si era extranjero o no; valían los sentimientos. Erijo nexos de solidaridad basados en humanidad y valores afines, no en rasgos definitorios de pertenencia, como son, una misma religión, ciudadanía u origen étnico. Con Stephen Harper, por ejemplo, ex primer ministro de Canadá (20062015), comparto caracteres comunes; ambos somos blancos, canadienses, de género masculino, pero divergen nuestras cosmovisiones y puntos de vista. Hay esencias más hondas en la conexión humana per se, que en los aires superficiales de identidad personal: con respecto a muchos coterráneos, tengo hermanas y hermanos brasileños más cercanos al corazón.

Cual ciudadano del mundo, le preocuparon los hechos.

La problemática de olimpiadas y copas mundiales se da en todas partes; la tuvimos en Canadá en 1976; el costo del estadio olímpico, calculado en ciento veinticinco millones de dólares, ascendió a mil quinientos millones, es decir, a la suma predicha multiplicada por doce… No sé a cuánto subió el monto total de los juegos, pero Montreal quedó empeñada por más de treinta años, y los impuestos a la compraventa de cigarros por parte de los fumadores debieron ayudar al pago de la deuda.

¿Ya era cineasta viviendo en Brasil de 2006 a 2008?

Empezaba a grabar, a aprender —contestó el egresado de tecnología de la música—; Estado de excepción es mi primer largometraje; tengo dos cortos, Demur, Objetar, de quince minutos, totalmente independiente, sobre la 4.ª Cumbre del G-20 realizada en Toronto (2010) y los reparos impuestos al cónclave por la sociedad civil, y Rhythms of resistance, Ritmos de resistencia, de veintinueve minutos, mi tesis para ganar el máster en Documental (2013).

Una comunidad de «indios urbanos» es intimada con el desahucio en las inmediaciones del Maracaná.

Una comunidad de «indios urbanos» es intimada con el desahucio en las inmediaciones del Maracaná.

Cuando dice ritmos, ¿se refiere a pasos o a voces?

A canciones; el corto enfoca la música que, desde las favelas, reta la brutalidad; enaltece la entereza del protagonista, un músico popular baleado por la fuerza pública; para tales asentamientos brasileños, los mandos crearon unidades de policía «pacificadoras»; los habitantes las perciben como sujetos de militarización.

Son tres obras documentales…

Encuadradas en el tema de la resistencia —enfatizó—; no me atraen los filmes históricos; para concebirlos, un director por lo general favorecido, viaja a un país menos desarrollado, recrea episodios remotos, narra el sufrimiento de los pobres… Rechazo perpetuar el legado imperialista dentro del cine; prefiero elevar la firmeza, la perseverancia de las masas; dondequiera que vi al pueblo oprimido o reprimido, hallé resiliencia inspiradora, tenacidad de espíritu para luchar, resistir, levantarse. A diferencia de la típica representación colonial de las víctimas desvalidas, espero que mis filmes celebren cómo los protagonistas, a pesar del frecuente, significativo, material de pobreza, logran ingeniárselas: lejos de ser indefensos, pelean a diario, obran hábilmente para alcanzar mejor vida para sí mismos, sus familias y sus comunidades.

En Estado de excepción el personaje de Zé es un ejemplo máximo de entereza, tenacidad…

La sede de, primero, el Servicio de Protección a los Indios (1910), y luego, del Museo del Indio (1953) y la Aldea Maracaná (2006), sita en el barrio homónimo de Río, no pudo ser barrida; de no ser por Zé y sus seguidores, buldóceres y fuerzas policiales la habrían arrasado; el nieto apoleño, etnia autóctona del Amazonas, inspiró la lucha: en protesta agotadora, por veintiséis largas horas se mantuvo en la copa de un árbol del predio.

Emergió cual punta de iceberg…

Por eso al presentar el documental en La Habana reconocí que el suelo donde nos reunimos fue espacio cotidiano de taínos, siboneyes, titulares originales, administradores de las aguas y tierras cubanas antes de la colonia. En las proyecciones de Estado de excepción invito a los asistentes a informarse, participar en las luchas indígenas. Dondequiera que los pueblos originarios afiancen el control sobre sus territorios, están a la avanzada de la lucha colectiva para regir, resguardar el planeta.

Grafiti en Metro-Mangueira, Río de Janeiro. Los residentes fueron desalojados antes de la Copa Mundial de la FIFA 2014. El proyectado estacionamiento vehicular nunca se construyó.

Grafiti en Metro-Mangueira, Río de Janeiro. Los residentes fueron desalojados antes de la Copa Mundial de la FIFA 2014. El proyectado estacionamiento vehicular nunca se construyó.

Jason O’Hara, ¿se considera rebelde?

Hallo intolerables, me dan rabia, ciertos hechos globales, los daños que unos hombres les causan a otros. Por eso mis películas realzan los frutos de la resistencia. Repudiar el desdén es propio de la persona; por naturaleza la mayoría nos resistimos a ser sumisos. No soy yo el rebelde, sino mis protagonistas: yo solo filmo películas elogiadoras del espíritu indómito que me inspira.

Juntó valentía el equipo de filmación: las cámaras frenan los excesos, mas sufren los primeros golpes.

Debo ser cuidadoso para no perpetuar el falso estereotipo del típico delincuente en Brasil, donde la criminalización de la pobreza es extrema. En el actual contexto brasileño los bandidos habituales bien podrían ser los políticos. Censuro el mito de que las favelas, vecindarios de la clase trabajadora, son espacios criminales: estuve circulando por ellas durante siete años, con mi costosa cámara fotográfica, y nunca padecí ni remotamente una amenaza.

Solo una vez pasé dicha experiencia: fui atacado con crueldad por cinco gendarmes mientras grababa la protesta popular paralela al último juego de la Copa Mundial de la FIFA 2014. Amén de pegarme, asaltarme, me robaron la cámara, el gorro, la máscara antigás; las piezas cubrían mi cuerpo e identidad, me preservaban de los gases lanzados por los guardias sobre los manifestantes.

El incidente ni está en el filme ni suelo divulgarlo: la violencia que sufrí no se compara con la brutalidad que de ordinario desata la policía en las favelas. Según estadísticas, dicha fuerza pública da muerte en Brasil a cinco personas por día; casi siempre las víctimas son mestizos moradores de aquellos barrios pobres, marginales.

Por eso no lo difundo —ya tuvo cobertura en su momento: la real atrocidad resistida por los brasileños es peor. Enfocar un hecho de violencia relativamente leve es un insulto a quienes a diario, en las favelas, enfrentan la letal brutalidad policíaca.

La película informa y recrea: impresiona su fotografía, descubre episodios poco divulgados.

 

Muestra imágenes reales. Varias, en blanco y negro, captadas por terceras cámaras, subrayan la veracidad.

Me plació presentarla en Cuba; agradezco que, producida por un extranjero, condenada a circuitos menores, se incluyese en este maravilloso festival, incluso fuera de concurso, en la sección Latinoamérica en perspectiva, y el apartado En sociedad: comunidades humanas entre lo privado y lo público. Entiendo por qué los organizadores dan prioridad al cine latinoamericano, es una buena política, la apoyo ciento por ciento; importa realzar un trabajo a menudo relegado por el sistema de distribución global favorecedor del quehacer de países de Europa y América del Norte. Espero que el festival de La Habana continúe aclamando filmes creados en la región por ciudadanos y artistas que viven y trabajan aquí.

En 2018 Jason O’Hara, cumplirá los cuarenta, edad crucial en la vida del hombre. Deberá apurarse para así estrenar su segundo largometraje. Nos despedimos en la calle habanera de Infanta, bajo la estatua de la Virgen del Carmen: con el Niño en sus brazos, nuestra señora. no parecía entonar un villancico, sino Minha gente do morro, Mi gente de la favela, trova exquisita, esperanza y denuncia, banda sonora insertada en las postrimerías de Estado de excepción en voz de Clara Nunes (1942-1983), célebre cantante de sambas:

Ayer estuve en la favela, y regresé llorando por mi gente que sufre […]

Están derribando las casuchas de zinc […]

Mudaron mi barrio lejos bien distante a donde Dios no hace morada. ¿Qué culpa tengo yo si nací pobre, si no puedo llevar vida de noble y el salario no alcanza siquiera para comer? Los niños no entienden por qué no puedo ofrecerles nada más: ¡ni yo misma comprendo! Pero un día veré a mi pueblo cantando feliz

Fotos: Cortesía de Seven Generations.