Confieso que la primera vez que escuché hablar de microteatro mi reacción se movió entre el escozor y el rechazo. Como me ocurrió antes, cuando una furia de monólogos inundó el teatro cubano – dejando como saldo algunas obras maestras, otras pocas valiosas y mucha mediocridad a lo largo de numerosas muestras y festivales-, el nuevo género me pareció que apuntaba a empequeñecer, empobrecer, casi a pedir disculpas por seguir ejerciendo este arte esencial. Después me acerqué a la variante, leí y hasta aplaudí algunas de estas obras de unos quince minutos. Y he logrado valorarlas en su útil alcance y su -no necesariamente superficial- estructura