En esta encíclica tan esperada, el papa Francisco rescata los principales documentos y pronunciamientos de su pontificado para hablar de la fraternidad humana, proyecto tan postergado y urgente. Hay una nueva e inspirada síntesis, iluminada por la figura de Francisco de Asís.

Es un documento con el estímulo de la colaboración con un hermano de otra religión, el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, con quien ya había acordado en Abu Dhabi, en 2019, sobre la fraternidad humana en favor de la paz mundial y la convivencia. Por lo tanto, es un documento en perspectiva de diálogo: con la mejor tradición de la Iglesia católica (Francisco de Asís, padres de la Iglesia, Papas antiguos y recientes), con otras religiones (Mahatma Gandhi, Ahmad Al-Tayyeb), líderes cristianos de otras denominaciones (Martin Luther King, Desmond Tutu), pensadores reconocidos (Gabriel Marcel, Karl Rahner), escritores (Eloi Leclerc), poetas y compositores (Vinicius de Moraes).

Francisco afirma que mientras redactaba la encíclica explotó la pandemia del COVID-19. Según él, este hecho desnudó la falsa seguridad en que nos encontrábamos, confiando en una cultura tecnocrática que nos protegería de cualquier amenaza. Además, puso en evidencia nuestra incapacidad de colaborar, de actuar en conjunto, de reaccionar de manera no fragmentada.

Así inicia su escrito, con la esperanza de que los cristianos y todos los hombres y mujeres de buena voluntad redescubran la insoslayable importancia de la fraternidad, sueño tantas veces postergado.

En su diagnóstico, la encíclica menciona la integración que hoy conoce fracasos: el de la Europa unida, el de una América Latina que se comprenda como Patria Grande, el de una América que conecte indisolublemente norte y sur como un solo continente y una sola Iglesia. La globalización conectó individuos, pero no pudo superar el individualismo y formar comunidad fraterna, imponiendo un modelo cultural único y golpeando de muerte la conciencia histórica y la memoria viva de las culturas autóctonas.

En ese ambiente donde la única aspiración es consumir, la política perdió su capacidad de sana discusión sobre proyectos a largo plazo para el bien común y se convirtió en estrategias que apuntan a la destrucción del otro para obtener cargos que solo beneficiarán ilegítimamente a algunos.

Mientras en Laudato Si el pontífice proponía una conversión ecológica que nos llevara a comprendernos como seres vivos habitando y cuidando a una casa común, ahora se dirige a la humanidad para que comprenda que cuidar al mundo significa cuidar de sí misma. Es cuando desarrolla su triste diagnóstico de nuestra cultura como signada por el descarte: de los objetos, de las cosas, pero también, aterradoramente, de las personas.

Son las grandes víctimas del descarte mundial algunas categorías de personas: los ancianos, los discapacitados, los pobres (especialmente las mujeres, que lo son doblemente por el menor acceso al mercado de trabajo y porque tienen que llevar muchas veces solas la tarea del cuidado de los hijos), los migrantes. Personas descartadas y suprimidas en todos los pronósticos y los mapas porque ya no sirven, no son útiles, en la rueda de una sociedad basada en éxitos y no en fecundidad.

Francisco reconoce el progreso de la humanidad al crear instituciones y legislaciones que favorecen el respeto de los derechos humanos. Sin embargo, se constatan todavía aberraciones como la esclavitud, el racismo, la trata de personas y la violencia de género, que agreden la dignidad humana de las maneras más escandalosas.

Por lo tanto, la humanidad está todavía muy lejos de llegar a la fraternidad proclamada por el sentido común. Aun cuando parece haber progresado, como en el caso del racismo, se constatan retrocesos y rebrotan antiguos odios y agresiones que demuestran que la semilla envenenada de la discriminación sigue viva y late como una infección.

Además de esas exclusiones todavía tristemente vigentes, el Papa se detiene con ardiente atención en un tema que le es muy caro: el de los migrantes, drama que constituye «una piedra angular del futuro del mundo». La encíclica denuncia implacablemente la falta de dignidad humana en las fronteras. A pesar de reconocer que muchos buscan el camino hacia otros países entusiasmados por ilusiones irreales y sueños irrealizables, hay muchos, la mayoría, que busca sencillamente vivir, ya que no tiene condiciones para hacerlo en sus países de origen, por la guerra o el hambre. La encíclica denuncia así el rechazo de los países ricos de Europa o de América, causado por el miedo al otro. El Papa recuerda que un pueblo solo es fecundo si sabe creativamente integrar en su seno la apertura a los demás.

En medio de esa situación de exclusión y descarte, la comunicación entre los seres humanos se encuentra con abundancia de medios y escasez de fines. Las redes conectan a todos todo el tiempo, pero no instauran auténtica comunicación, no generan una verdadera relación y reciprocidad. Por el contrario, aíslan aún más a quienes por detrás del móvil o de la computadora se tornan dependientes de los clics y no consiguen comunicarse de veras. Al mismo tiempo que potencian las posibilidades de comunicación, las redes también favorecen una agresividad exacerbada que destruye a las personas en lugar de ayudarlas a vivir.

¿Qué pretende Francisco con este diagnóstico sombrío del momento presente? La encíclica parece dejar claro que el Evangelio tiene algo que decir. Es cuando empieza a exponer y comentar la parábola del Buen Samaritano, y anuncia la responsabilidad universal de unos para con otros, único camino para la fraternidad.

Así, la actitud del samaritano frente al desconocido herido es la verdadera actitud humana. No le interesa de dónde es. Está herido, y es lo que importa, lo que obliga a la compasión. Asumir como propia la fragilidad ajena es el único camino que tenemos para rehacer la comunidad humana, dice el Papa. Y hoy la exclusión o inclusión de todos los que sufren al margen del camino define los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos.

Según Fratelli tutti hay dos tipos de personas: las que se ocupan del sufrimiento del otro y las que pasan de largo. Así como hay dos tipos de sociedades: las que abren brechas para la inclusión y hacen posible la justicia y las que funcionan en la ganancia que busca desordenadamente el dinero y las ventajas y excluyen personas y pueblos inescrupulosamente. El mundo no puede ser de socios que usan las relaciones para obtener ganancias sino de hermanos que aman y sirven gratuitamente.

Por ello, dice el Papa, hay que hacer cambios estructurales, además de la conversión personal. Y uno de los que recomienda en su encíclica es volver a proponer la función social de la propiedad. Esto se encuentra en los Padres de la Iglesia, como san Juan Crisóstomo, que dice que «no hacer que los pobres participen de los propios bienes es robar y sacarles la vida; no son nuestros, sino de ellos…».

Si el destino de los bienes de la tierra es común a todos, este criterio tiene que aplicarse a los países, sus territorios y recursos. Cada país es del extranjero tanto como del ciudadano. El Papa reafirma una y otra vez su convicción de que los migrantes son una bendición y una riqueza que invita a una sociedad a crecer, y por eso hay que ayudarlos a integrarse.

A partir de este punto del texto, el Papa sale del nivel intersubjetivo para alcanzar el colectivo. Va a hablar directamente de la política. Y lo hace denunciando las «formas populistas» así como «las formas liberales» que se sirven del pueblo o que sirven a los poderosos.

El Papa defiende la legitimidad de la noción de «pueblo» (como lo viene haciendo a lo largo de todo su pontificado teológica y pastoralmente) y aquí la aplica a la fraternidad y amistad social. No se puede eliminar la palabra «pueblo» del lenguaje, ya que solo en cuanto pueblo es posible tener un sueño y un proyecto colectivo. Por lo tanto, «pueblo» y «popular» son constitutivos de la realidad e identidad social y la base para un verdadero desarrollo económico. La denuncia que hace de las visiones neoliberales radica en su individualismo, que no atiende los derechos de los más débiles y adjudican al mercado la solución para todo. Por eso el único sistema político con legitimidad es la democracia, que es un gobierno del pueblo.

La buena política, por lo tanto, está llamada a ser una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común. Tiene que ejercerse dentro de los imperativos que llevan a crear instituciones más sanas, reglamentos más justos, estructuras más solidarias.

La caridad es más que un sentimiento subjetivo, es un compromiso con la verdad y con la construcción de proyectos y procesos de desarrollo humano de alcance universal. La caridad, corazón del espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos, que implica mucho más que obras asistenciales. Es sobre todo abrir los cauces de participación social a los pobres para vivir el principio de la subsidiariedad, inseparable del de la solidaridad.

Por eso el Papa estimula las iniciativas y movimientos que incluyen la participación colectiva. Convoca una participación que incluya a los movimientos populares y a los excluidos en la construcción del destino común. Es bueno promover que «estos movimientos, estas experiencias de solidaridad que crecen desde abajo, desde el subsuelo del planeta, confluyan, estén más coordinadas, se vayan encontrando». Y aquí va dejando cada vez más claro su convicción de que solo así, en un esfuerzo que empieza por «abajo», por los más pobres, por los márgenes, es posible construir una fraternidad verdaderamente universal que no deje a nadie afuera: «Si hay que volver a empezar siempre será desde los últimos».

La encíclica no es romántica o idílica en este punto. Reconoce que un movimiento así necesariamente se da en una realidad donde el conflicto está presente. Y, por lo tanto, el amor que preside esta fraternidad universal tiene que tomarlo en cuenta. Los consensos deben alcanzarse en un ambiente de diálogo y escucha de la diferencia del otro, incluyendo a todos y garantizando derechos para todos. Y para que esto se concrete, el ateo tiene que estar junto con el creyente y con el fiel de otras religiones; los segmentos de la sociedad abiertos a la escucha de unos por otros en un pacto social y cultural; y la justicia y la misericordia tienen que darse la mano.

Reafirmando su rechazo radical a la pena de muerte y a la guerra, que nunca es justa y no tiene ni puede tener excusas humanitarias, Francisco concluye su encíclica. Propone la fraternidad universal, pero dejando en claro cuál es su punto de partida. Se apoya en la luminosa figura del beato Carlos de Foucauld, militar francés que después de su conversión buscó siempre ser hermano de todos y terminó su vida como eremita en el desierto africano. Francisco llama la atención por el hecho de que «él fue orientando su sueño de una entrega total a Dios hacia una identificación con los últimos… expresaba sus deseos de sentir a cualquier ser humano como un hermano. Quería ser, en definitiva, “el hermano universal”. Y solo identificándose con los últimos llegó a ser hermano de todos».

Tomado de Criterio. Buenos Aires, octubre-noviembre de 2020, pp. 26-28.