En cuanto a las disputas entre ciencia y fe, el autor sostiene que “el dogmatismo es más rentable que la honestidad intelectual, de modo que se requiere una gran libertad de conciencia para admitir que uno pudo estar equivocado”. Se diría que uno ha logrado cierta madurez intelectual cuando entiende que esas ideas que hasta entonces había recibido y reproducido pasivamente las había pensado alguien en determinadas circunstancias.

Esas ideas no venían del Empíreo: habían nacido de la experiencia y la reflexión, y a veces reflejaban los debates de un reducido grupo. Sin duda, no andaba tan errado quien dijo que para entender a los filósofos había que averiguar con quien estaban enojados.