Muchas de las circunstancias de la vida del excepcional narrador cubano Guillermo Rosales se confabularon para que aún su obra resulte prácticamente desconocida, tanto en su país natal como en el que eligió para morir. Se marchó de Cuba en 1979, cuando ya había desarrollado una labor periodística intensa, fundamentalmente en la revista Mella, órgano oficial de la Asociación de Jóvenes Rebeldes y, a partir de abril de 1962, revista de la Unión de Jóvenes Comunistas, año en que Rosales se integró a su equipo de  colaboradores.

Desde los primeros textos su prosa rebasa lo descriptivo de la crónica o el reportaje encargados, y emplea recursos y técnicas literarias que mostrarán sus dotes de escritor con apenas dieciséis años. A solo cinco meses de su ingreso en Mella, incursiona también en la narrativa y ve la luz su cuento “Oro pá Patinegro”, al que seguirían durante el transcurso de ese mismo año dos cuentos más: “Algo de las montañas” y “Groggy”1. Entre 1963 y el primer trimestre de 1964 (justo en marzo apareció su última colaboración), Rosales escribió crítica televisiva y comentarios sobre libros y autores de su preferencia, como Hemingway, Poe, Stevenson y Kafka, aquellos que, al decir de la crítica,2 le eran más cercanos en vivencias y conflictos personales.