En la introducción a la monumental investigación de Norberto Fuentes titulada Hemingway en Cuba (1984), el conocido narrador Gabriel García Márquez afirmó: «Ningún escritor —salvo José Martí, por supuesto— ha sido objeto en Cuba de tantos homenajes a tantos niveles» (p. 17). En efecto, desde hace décadas el famoso novelista norteamericano se ha convertido en nuestro país en un autor de culto. En su honor se creó el Torneo Nacional de la Aguja Hemingway, convocado por el Inder y a celebrarse cada año en el mes de mayo en la Corriente del Golfo; se estableció el Museo Finca Vigía en la casona que fue su residencia en San Francisco de Paula; se colocó una estatua suya a tamaño natural, obra de José Villa Soberón, en el bar Floridita, donde acostumbraba tomar incontables daiquirís; fue erigido un busto en el parque de Cojímar, donde acostumbraba reunirse con sus amigos pescadores y se filmó El viejo y el mar, una de sus obras más conocidas. Además, en el hotel Ambos Mundos, de la calle Obispo, se conserva como un santuario la habitación en la que se alojó durante largo tiempo y escribió numerosas páginas, y el Centro Turístico Barlovento, propiedad del clan del dictador Fulgencio Batista, fue rebautizado como Marina Hemingway. En el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana, fue creada la Cátedra «Ernest Hemingway», y varios talleres literarios del país llevan su nombre. Sus libros han sido editados varias veces por las editoriales cubanas y sus principales novelas forman parte de los programas de enseñanza de los niveles medio y superior. Algunos relevantes autores cubanos, como Guillermo Cabrera Infante, Leonardo Padura y Francisco López Sacha, han reconocido a Hemingway como uno de sus principales maestros. La medalla de Premio Nobel de Literatura, galardón que se le entregó en 1954 y él donó a la Virgen de la Caridad del Cobre, es uno de los objetos más admirados en ese santuario santiaguero.

Su vida y su obra han sido objeto, además de numerosos artículos, de estudios realizados por escritores cubanos, entre los que se encuentran, en la temprana fecha de 1955, El esqueleto del leopardo; notas sobre la obra de Ernest Hemingway, de Silvano Suárez; Hemingway (1963), de Lisando Otero; El Floridita de Hemingway (197?), de Fernando G. Campoamor; Cuba y Hemingway en el gran río azul (1981), de Mary Cruz; Hemingway y la Revolución Cubana (Madrid, 1992), de César Leante; Tras los pasos de Hemingway en La Habana (Madrid, 1993), de Ciro Bianchi, Hemingway en la cayería de Romano (1999), de Enrique Cirules, y La Habana de Hemingway y Campoamor (2009), de Osmar Mariño Rodríguez, además de la investigación de Norberto Fuentes ya mencionada. Todos esos trabajos son respetuosos, incluso algunos laudatorios, hacia el novelista norteamericano; en el lado contrario habría que situar el texto de Edmundo Desnoes «El último verano», incluido en su libro Punto de vista (1967), en el cual declaró, entre otras descalificaciones: «Nosotros /los cubanos/ salimos muy mal parados en la obra de Hemingway» (p. 51) y que dicho autor realmente nunca nos comprendió (p. 57). A la relación anterior habría que sumar el documental Hemingway (1962), financiado por el Icaic y dirigido por Fausto Canel, y el filme de Tomás Gutiérrez Alea Memorias del subdesarrollo (1968), donde aparecen imágenes de Finca Vigía y se le dirigen al autor unos controvertidos reproches. Muchas han sido las aristas de dicho escritor analizadas por estudiosos norteamericanos, cubanos y de otras naciones; pero, hasta donde conocemos, no se ha realizado una investigación profunda acerca de los vínculos que tuvo en Cuba con los exiliados republicanos españoles, quiénes fueron estos y su posterior destino individual. Ese es el objetivo de estas páginas.

» Rápido recorrido sobre los primeros pasos de Hemingway en Cuba

Llegó a La Habana por primera vez en abril de 1928, en compañía de su segunda esposa, y solo permaneció dos días en tierra cubana. Eran los años iniciales del régimen de Machado, quien llevaba a cabo un ambicioso proyecto constructivo que incluía la realización de la Carretera Central, el malecón habanero, la escalinata de la Universidad y el Capitolio Nacional, en gran medida gracias a la bonanza económica que propiciaba la zafra azucarera y a los empréstitos de la banca norteamericana. La ciudad crecía, se modernizaba y se levantaban nuevas edificaciones y palacetes. Hemingway contaba con 28 años y ya había conocido profundas experiencias durante la etapa final de la primera Guerra Mundial como voluntario de la Cruz Roja en Italia, donde sirvió de conductor de ambulancias y de camillero, fue herido gravemente en combate y tuvo sus primeras experiencias amorosas. Tras regresar a su hogar, muy cerca de Chicago, se dedicó al periodismo y más tarde se trasladó a París como corresponsal del periódico Toronto Star. En la capital francesa desarrolló una intensa vida social, trabó amistad con reconocidos escritores y artistas como James Joyce, Ezra Pound, Gertrude Stein y Pablo Picasso, y se convirtió al catolicismo. La publicación de su novela Fiesta (1926) fue recibida con numerosos elogios.

Después de aquel primer encuentro con nuestro país, se estableció en Cayo Hueso, donde escribió la novela Tener o no tener, llevada más tarde al cine con éxito. Pero en 1932 retornó a la capital cubana, atraído por una de sus grandes pasiones: la pesca de la aguja, y a partir de entonces se calcula que residió en nuestro suelo alrededor de veintidós años, con largas estancias en Europa, en África, donde se dedicó a la caza de animales salvajes, y en los Estados Unidos. En 1934 adquirió un yate de pesca, que bautizó con el nombre de Pilar, y a partir de entonces navegó por las aguas de la costa norte de Cuba y tomó la localidad de Cojímar como su punto de atraque y de reunión con los numerosos pescadores del lugar, que asumió como amigos.

» Hemingway y España

Durante su etapa parisina, Hemingway visitó por primera vez España en 1923, estuvo en Pamplona durante la fiesta de San Fermín y quedó maravillado con las corridas de toros, que desde aquel momento se convirtieron en otra de sus pasiones. Entró en contacto con los toreros y, en general, con el mundo de la tauromaquia, y retornó a España en años posteriores. Tras el estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936, Hemingway, hombre aventurero volcado siempre hacia las emociones fuertes, aceptó la propuesta de desempeñarse como corresponsal en la zona republicana de la agencia de prensa North American Newspaper Aliance y en marzo del año siguiente llegó a territorio español. Estuvo en Madrid, bajo los criminales bombardeos de los rebeldes, en Valencia y en otras ciudades, en los frentes de batalla y en estrecho contacto con los defensores de la República, así como también con los intelectuales extranjeros que en solidaridad con la causa del pueblo español viajaron a España, entre ellos los cubanos Nicolás Guillén y Juan Marinello y el novelista alemán Ludwig Renn. Ya en los meses finales de la contienda, estuvo presente en la Batalla del Ebro, último gran esfuerzo del ejército leal de contener a las tropas de Franco. Ante el avance final de las fuerzas sublevadas, a principios de 1939 cruzó la frontera con Francia, al igual que miles de combatientes que escapaban de una represión tan segura como brutal. Las amargas experiencias vividas en suelo español lo llevaron a escribir seguidamente la novela Por quién doblan las campanas (1940). También lo reafirmaron en sus convicciones antifascistas.

» Hemingway y los exiliados republicanos en Cuba

Tras pasar por Cayo Hueso, Hemingway viajó a Cuba en el yate Pilar aproximadamente en abril de 1939, en los días en que comenzaba el gran flujo de exiliados españoles hacia distintos países hispanoamericanos, entre ellos Cuba. Como ejemplos podemos mencionar el arribo a territorio cubano de los narradores Lino Novás Calvo y Antonio Ortega, los poetas Manuel Altolaguirre y Concha Méndez, el pedagogo Herminio Almendros, el filósofo José Ferrater Mora y los políticos Álvaro de Albornoz y Diego Martínez Barrio. Nuestro país se convirtió entonces en punto de escala de aquellos refugiados para seguir viaje a continuación hacia México o en tierra de acogida para establecerse. También en aquellos días la situación política cubana se adentraba en un clima de normalidad después de varios años convulsos, todos los partidos políticos, incluso el Comunista, estaban legalizados y se convocaba a una Asamblea Constituyente para la redacción de una nueva Carta Magna.

El novelista norteamericano, que afrontaba entonces conflictos matrimoniales, se aloja en una habitación del hotel Ambos Mundos, donde ya había estado hospedado antes, y se entrega con nuevas energías a la creación literaria. En ese lugar escribió, con los recuerdos de la tragedia española aún muy frescos, gran parte de la ya mencionada novela Por quién doblan las campanas. Esta obra fue muy bien recibida por la crítica y por el público, resultó nominada para el Premio Pulitzer y le proporcionó importantes ganancias monetarias.

Unos meses después, en compañía de su nueva esposa, comenzó a residir en Finca Vigía en calidad de inquilino; pero al año siguiente pasó a ser de su propiedad. En esta amplia y cómoda residencia, apartada de la bulliciosa capital, pudo disfrutar de un espacio sumamente agradable para leer, escribir, acoger a decenas de gatos y perros y recibir a un número cada vez mayor de visitantes. Incontables fueron las personalidades que a partir de entonces se hicieron presentes en sus predios, desde periodistas y actores norteamericanos hasta editores, admiradores y viejos amigos. Entre los asiduos contertulios de aquellos años estuvieron varios integrantes del exilio republicano español. Reconocemos no tener respuesta acerca de cómo y cuando trabó amistad con cada uno de ellos, si fue en el transcurso de la guerra española o cuando ya se habían refugiado en nuestro país; pero abundan las pruebas documentales de los estrechos vínculos que mantuvieron con Hemingway.

En particular esa relación colectiva se hizo más intensa tras el regreso del escritor a Cuba en 1945. Durante el período anterior había estado en China como corresponsal periodístico de la guerra de ese país con Japón. De vuelta a nuestro suelo en momentos en que se intensificaba la segunda Guerra Mundial y los Estados Unidos se incorporaban a la contienda contra el Eje Nazi-Fascista, logró de las autoridades cubanas que se admitiera la adaptación militar de su yate Pilar. A partir de entonces, armados con fusiles, ametralladoras y granadas, Hemingway y un grupo heterogéneo de acompañantes comenzaron a patrullar la costa norte de Cuba con el fin de localizar submarinos alemanes, responsables del hundimiento de varias naves mercantes cubanas. Aquella misión secreta, que se realizaba en coordinación con las fuerzas militares de los Estados Unidos, en realidad no logró sus objetivos; pero puso de manifiesto la actitud antifascista del escritor, quien más tarde se trasladó a Europa, tuvo cierta participación en los combates finales contra las fuerzas alemanas, ya en retirada, estuvo presente en el desembarco aliado en Normandía, en la liberación de París en agosto de 1944 y en las operaciones militares de los norteamericanos contra la Línea Sigfrido, que costó decenas de miles de soldados muertos.

A punto de restablecerse la paz en Europa, retorna a Finca Vigía cargado de un mayor número de vivencias y de emociones intensas. Retoma entonces sus proyectos literarios y en un ambiente más sosegado acoge dentro de su círculo de amistades más íntimas a varios españoles del exilio republicano. De esa relación empezaremos mencionando a los hermanos José Luis, Roberto y Armando Herrera Sotolongo, todos ellos originarios de Madrid.1 El primero nació el 18 de marzo de 1913 y se graduó de doctor en Medicina en 1936 en la Universidad Central de Madrid. Cuando a continuación estalló la Guerra Civil marchó en defensa de la causa republicana. Fue capitán médico provisional en el Hospital Militar Número 2 del Ejército del Centro, perteneció a la Jefatura de Sanidad de la XII Brigada Internacional y al concluir la contienda fue apresado por los franquistas y condenado a la pena de muerte. Gracias a las gestiones de los diplomáticos cubanos, que intercedieron a su favor tomando como base que su padre había nacido en Cuba, le fue conmutada la sentencia y en 1944 fue liberado. De inmediato se trasladó a La Habana y al poco tiempo logró establecer un laboratorio de análisis clínico.

En el caso de José Luis Herrera Sotolongo podemos asegurar que conoció a Hemingway en el frente de batalla de Madrid en 1937, según varias fuentes y el siguiente testimonio suyo: «Fue una vida de verdadera intimidad porque las amistades que se hacen en la guerra son profundas» (Fuentes, p. 88). Una vez en la capital cubana restableció los contactos con el novelista norteamericano y pasó a ser su amigo de toda confianza y su médico personal. Suponemos que por medio de él sus hermanos Roberto y Armando se sumaron al círculo de amigos íntimos de Finca Vigía. El nacimiento del primero de los dos ocurrió el 8 febrero 1917; comenzaba a estudiar la carrera de Medicina en la Universidad Central de Madrid cuando estalló la contienda española. A partir de entonces trabajó como interno honorario y asistente de clases prácticas bajo la orientación del Dr. Tello y perteneció además a la Sanidad Militar del Ejército Republicano. Al ocurrir la ofensiva final franquista logró marchar al extranjero y en 1939 llegó a los Estados Unidos. Durante nueve meses trabajó en el Memorial Hospital de Nueva York como técnico del Laboratorio de Anatomía Patológica. Al menos en noviembre de 1940 ya se encontraba en La Habana, pues en esa fecha intentó continuar sus estudios de Medicina en la universidad habanera al tiempo que prestaba servicios en distintos laboratorios. Muy pronto estrechó relaciones con Hemingway, quizás porque se habían conocido en Madrid por intermedio de su hermano José Luis, lo cual no podemos afirmar. En cambio puede asegurarse que formó parte de la tripulación que a bordo del Pilar patrulló las aguas cubanas en busca de submarinos nazis y «tuvo a su cargo la administración de Finca Vigía casi desde principios de la década del 40» (Fuentes, p. 123) y durante un tiempo fue el secretario particular del escritor y el encargado de ordenar la voluminosa correspondencia que recibía desde distintas partes del mundo.

Armando Herrera Sotolongo nació en 1915, también en la capital española. Estudió la Licenciatura de Medicina en la Universidad Central de Madrid, militó en la Federación Universitaria Escolar y estaba a punto de culminar su carrera cuando estalló la guerra en 1936. Se incorporó entonces a la defensa de la causa republicana, fue capitán médico de una unidad de tanques del Ejército del Centro y tomó parte en varios combates. Al concluir la contienda cayó en manos de los franquistas, fue juzgado y condenado a la pena de muerte. Gracias a la intervención de los diplomáticos cubanos, quienes intercedieron a su favor por haber nacido su padre en la Isla, le fue conmutada esa pena y finalmente, por mediación del Ministerio de Estado de Cuba, salió en libertad en mayo de 1943. De inmediato se trasladó a La Habana y comenzó a desempeñarse como visitador-médico de una compañía farmacéutica. De acuerdo con alguna versión, completó en la Universidad de La Habana sus estudios de Medicina, pero nosotros no hemos encontrado ningún expediente suyo en el archivo de esa institución. Su relación con Hemingway fue más discreta en comparación con la de sus hermanos, pero también concurrió muchas veces a las reuniones en Finca Vigía.

No resultaría muy aventurado asegurar que José Luis Herrera Sotolongo fue el hombre de toda la confianza de Hemingway en Cuba. No solo se desempeñó como su médico particular, sino que fue además su confidente, el amigo que intercedió en los conflictos conyugales y, más allá de ellos, familiares del escritor, quien marchaba por las noches a dormir y lo dejaba jugando canasta con su esposa. En Finca Vigía tomaba parte en las tertulias nocturnas de los miércoles y además pasaba muchos fines de semana. Junto a ellos, como un contertulio especial, igualmente muy apreciado, se hallaba un sacerdote vasco. No tenemos información acerca de dónde y cómo Hemingway y él se conocieron y entablaron amistad. El padre Andrés de Untzain Iraola había nacido en la localidad vizcaína de Mundaca posiblemente en el verano de 1895 y después de su ordenación sacerdotal había sido párroco de la aldea de Canala, perteneciente a Pedernales. Tras el inicio de la guerra se incorporó como capellán al Batallón Saseta, del Ejército Republicano, y al ocurrir la ocupación del País Vasco por los franquistas en agosto de 1937 cruzó la frontera con Francia, temeroso de ser represaliado por sus abiertas simpatías hacia el nacionalismo vasco. A fines de aquel año arribó a La Habana, donde residía una hermana suya, y unos meses después ya oficiaba en el poblado de Catalina de Güines, a unos cincuenta kilómetros de la capital; pero en 1942 pasó a ser presbítero de los poblados de Guara y de Melena del Sur, responsabilidad que desempeñó durante más de una década. En octubre de aquel año, durante la visita a La Habana del presidente del País Vasco en el Exilio, José Antonio de Aguirre, este sacerdote tomó parte en los actos de recibimiento, lo cual demuestra que mantenía en alto sus ideales nacionalistas.

El padre Untzaín, al que Hemingway rebautizó como Don Black y a veces lo tomó como confesor o guía espiritual, no dejaba de asistir cada miércoles a Finca Vigía. En su libro Norberto Fuentes nos ofrece la siguiente estampa suya en relación con una aguda crisis nerviosa que durante un tiempo padeció Patrick, uno de los hijos del escritor:

Este sacerdote, que visitaba asiduamente la casa de Hemingway, era un caso especial. Don Andrés era un exiliado español y, como dice Herrera Sotolongo, «tuvo hechos que comprobaron perfectamente la posición tan correcta de este hombre». Don Andrés era un religioso liberal, que se consideraba a sí mismo anticlerical. Pero Patrick los aceptaba a todos menos al cura, que le provocaba accesos de histeria, porque decía que don Andrés «era el diablo en la tierra». Por tanto, don Andrés se veía obligado a retirarse de la habitación; después, cuando lograban hacer dormir a Patrick, empezaba la conferencia etílica entre los cuatro amigos habituales. Hemingway, con el rostro preocupado, el médico Herrera Sotolongo, el cura don Andrés y Sinsky, que preparaba los llamados compuestos químicos, casi siempre con ginebra, una especialidad suya. «Creo que va a ser necesario llamar a un exorcista», decía Ernest, mirando de soslayo a don Andrés.2

Además de tomar parte en Finca Vigía en esas veladas donde no estaban ausentes las bebidas alcohólicas, el padre Untzain gustaba de presenciar, vestido de civil, los partidos de pelota vasca que se efectuaban en el frontón habanero conocido popularmente como El Palacio de los Gritos, en la esquina de Concordia y Lucena, y hasta hemos escuchado versiones de que en una ocasión la policía lo detuvo por tomar parte en las apuestas, que no estaban permitidas. Por su antifranquismo, comportamiento relajado y sus declaraciones liberales, que tanto contrastaban con la actitud mesurada de otros muchos religiosos, algunas veces fue llamado El Cura Rojo y en Melena del Sur aún los viejos vecinos lo recuerdan con simpatía. El dirigente socialista Indalecio Prieto en su artículo «Los escritores y el suicidio», publicado el 26 de julio de 1961 y recogido en el primer tomo del volumen póstumo De mi vida, nos ofrece la siguiente evocación de Untzain, compañero suyo en las tertulias que se llevaban a cabo en el puerto de San Juan de Luz, en el País Vasco Francés.

…don Andrés de Unzaín (sic), hombre recio y alto, joven aún, que había sido párroco de Canala, aldea vizcaína del municipio de Pedernales, separada del resto del pueblo por la ría de Mundaca. Como tantos otros clérigos vascos, abandonó el país al invadirlo el ejército franquista, por temor a las iras de éste contra los curas de tendencia nacionalista, alguno de los cuales, tanto en Guipúzcoa como en Vizcaya, fueron fusilados y muchos encarcelados. Don Andrés trasladóse a Cuba y allí consiguió la parroquia de Melena del Sur, poblado cerca de La Habana, pero en verano iba invariablemente a San Juan de Luz.3

Y más adelante añade Indalecio Prieto:

Don Andrés de Unzaín (sic) se vanagloriaba de ser muy amigo del escritor norteamericano Ernesto Hemingway. (…)

Este prefería entre sus amigos de La Habana a dos refugiados vascos: él y el capitán de la Marina Mercante Juan Duñabeitia, quien, antes de enrolarse en un buque con la categoría correspondiente a su título náutico, estuvo en México, a raíz de la expatriación, ocupando un puesto de velador en el hotel Majestic, de la calle Madero. En Unzaín y Duñabeitia debió de encontrar Hemingway dos excelentes tipos humanos, por lo cual les colmaba de atenciones. El autor de Por quien doblan las campanas le anunciaba al sacerdote su próximo arribo a París, desde donde le avisaría telegráficamente para ir juntos a la Costa Azul.

Pocos días más tarde vino don Andrés a despedirse de mí. Ya tenía el aviso telegráfico de Hemingway y, según lo convenido, marchaba a reunirse con él. Irían a Niza, Mónaco y otros lugares de la Riviera. Allí lo pasarían en grande. Supongo que durante tan placentera excursión, don Andrés dejaría en el fondo del baúl su manteo, su sotana y su sombrero de teja, impropios para casinos y centros nocturnos. Después… después vuelta a Melena del Sur para casar mulatos y bautizar negritos…4

En las citas anteriores ya se hizo mención a otro exiliado vasco perteneciente el círculo de amigos más íntimos de Hemingway, Juan Duñabeitia Mota, quien había nacido en Bilbao el 16 de abril de 1898. Desde joven ingresó en la marinería y fue además atleta, volatinero, cantante, miembro de un circo ambulante y profesor de la Escuela Náutica de Deusto. Capitaneó varias embarcaciones en las aguas del Golfo de Vizcaya y militó en el nacionalismo vasco. Durante la Guerra Civil combatió a los sublevados fascistas y fue agregado civil de la Armada de Guerra de Euskadi. Al caer el País Vasco en poder de las fuerzas de Franco pasó a Francia y durante un tiempo cortó árboles en la zona de Burdeos, de acuerdo con una de las versiones de su salida de España. Marchó después a Ciudad de México, donde trabajó como velador del Hotel Majestic, pero aproximadamente en 1942 se trasladó a La Habana y estableció estrecha amistad con el escritor norteamericano Ernest Hemingway, sin que sepamos en qué circunstancias. También integró la tripulación del yate Pilar que se empeñó en perseguir los submarinos nazis. Gracias a sus conocimientos náuticos a continuación pasó a ser capitán de barcos de la línea naviera Vapores García, S. A., que más tarde asumió la denominación de Ward García Line. Tuvo bajo su mando, entre otras naves, las llamadas Río Escondido y Atlántico y en numerosas ocasiones hizo recorridos entre puertos cubanos y la ruta La Habana-Nueva Orleans. No tenía familiares en Cuba y Hemingway le tomó gran afecto, lo llamaba con los apodos de Simbad el Marino y Sinsky, y lo asumió como personaje de Islas en el golfo. Cuando navegaba no bebía una onza de alcohol, pero ya en tierra, y más aún en Finca Vigía, se entregaba a su bebida favorita: la ginebra. De acuerdo con varias versiones, en 1956 sacó clandestinamente de Cuba en su barco a dos jóvenes revolucionarios involucrados en el atentado al coronel Blanco Rico, oficial de los cuerpos represivos de la dictadura de Batista.

Hemingway y Duñabeitia (1957). Óleo sobre lienzo de José María de Ucelay. 130,5 x 166,3 cm.

Otro exiliado español que puede considerarse entre los íntimos de Hemingway fue Adonis Rodríguez González. Nació en Oviedo, Asturias, el 3 de noviembre de 1901 y desde muy joven realizó estudios en academias militares hasta alcanzar el grado de mayor de Aviación. Al desencadenarse la contienda española tomó parte como aviador de combate en la ofensiva republicana para sofocar el intento de sublevación en Murcia. A continuación participó en numerosas acciones de guerra y llegó a ser teniente coronel de la Aviación del Ejército Republicano. Ante el avance final de las tropas franquistas buscó refugio en Francia en febrero de 1939 y pocos meses después pasó a la República Dominicana, donde se desempeñó como entrenador de los pilotos del ejército de Trujillo. Posiblemente en 1942 arribó a Cuba y muy pronto ingresó en el cuerpo de agentes comerciales de la American National Ins. Co., de Matanzas, ciudad donde se estableció un tiempo y se afilió a la masonería en 1943 como miembro de la Logia Libertad. Al año siguiente era presidente de la delegación en Matanzas del Círculo Republicano Español y en 1945 había pasado a ser superintendente de la empresa norteamericana de transporte aéreo Air Cobra. Residió también por breve tiempo en las ciudades de Santa Clara y de Santiago de Cuba. En esta última se vinculó a los intelectuales santiagueros y tomó parte en las tertulias literarias de la Sociedad de Estudios Baratos de Oriente (SEBO). Por aquellos años se desempeñó como orador en actos antifranquistas y en logias masónicas. Aproximadamente en 1950 fijó su residencia definitiva en La Habana y comenzó a trabajar en la compañía norteamericana de seguros American Life Insurance Company, de la cual llegó a ser subdirector de su filial en Cuba. En aquel tiempo estrechó relaciones de amistad con el escritor norteamericano Ernest Hemingway y también visitó con frecuencia la residencia de este, Finca Vigía. En su caso tampoco tenemos informaciones acerca de cuándo y cómo se conocieron.5

Por último mencionaremos a otro exiliado, cuya relación cercana al novelista solo se limitó a dos o tres años: Gustavo Durán Martínez, personaje controvertido por diversas razones. Nació en Barcelona el 14 de noviembre de 1906, pero de niño fue llevado a Madrid, donde estudió en el Instituto Cardenal Cisneros y después en el Conservatorio de Madrid. Formó parte de las vanguardias de los años 20 y 30 y compuso obras musicales renovadoras. Aproximadamente en 1927 viajó a París, donde continuó su ascendente carrera como compositor de piezas musicales de vanguardia y conoció a artistas e intelectuales como Alejo Carpentier y Hemingway. La guerra española lo sorprendió en Madrid y de inmediato entró en contacto con los sindicalistas para organizar la resistencia. Fue uno de los fundadores del Quinto Regimiento y muy pronto se le nombró comandante de la Primera División Motorizada del ejército republicano. También estuvo entre los fundadores de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura. Ingresó en el Partido Comunista de España, resultó herido en combate y tras su recuperación recibió la visita de Hemingway, quien estaba interesado en el rodaje del filme Tierra de España, sobre el desarrollo de la guerra desde la perspectiva republicana. A continuación los consejeros soviéticos lo eligieron jefe del Servicio de Información Militar (SIM) de Madrid. Ya en la etapa final de la contienda fue ascendido a teniente coronel y se le entregó el mando del XX Cuerpo del Ejército. Logró escapar de España desde el puerto de Gandía horas antes de que el generalísimo Franco anunciase el fin de la guerra y se trasladó seguidamente a Gran Bretaña, donde conoció a una dibujante norteamericana con la que semanas después contrajo matrimonio. Juntos viajaron a Nueva York, a donde fue a visitarlo Hemingway con el fin de mostrarle su novela Por quién doblan las campanas, en la cual el protagonista resulta ser un alter ego de Durán.

Muy hábil para abrirse camino, ingresó como especialista en el Museo de Arte Moderno de Nueva York y tras obtener la ciudadanía norteamericana pudo comenzar a prestar servicios en las agencias de espionaje de los Estados Unidos y en su cuerpo diplomático. Enterado de esos ascensos, Hemingway lo llamó para que viniera a Cuba a tomar el mando del grupo que a bordo del Pilar patrullaba las aguas cubanas. Gustavo Durán viajó a La Habana a fines de 1942, se hizo cargo de la encomienda y, además, se convirtió en el máximo responsable de los servicios de inteligencia de la Embajada de Washington, al frente de la cual se hallaba el nuevo diplomático, Spruille Bradem. Quizás con el fin de enmascarar un poco sus tareas de espionaje en diciembre de 1942 ofreció en la Institución Hispanocubana de Cultura la conferencia «Tendencias de la música hispanoamericana contemporánea». Durante su estancia en Cuba, además de fungir como supervisor de los proyectos militares de Hemingway y sus amigos, visitó con frecuencia Finca Vigía en compañía de su esposa. El novelista estadounidense lo llamaba en broma Alejandro Magno. Durán se marchó de Cuba a mediados de 1945, siguiendo los pasos del embajador Bradem, quien fue destinado a Buenos Aires.6

En esta etapa de la segunda mitad de la década de los 40 y los años 50, cuando el escritor se encontraba en su residencia, ¿cómo se desenvolvían las reuniones que periódicamente tenía con estos amigos? De acuerdo con varios testimonios y los recuerdos de José Luis Herrera Sotolongo, conversaban sobre distintos tópicos: la política mundial y la nacional, los recuerdos de España durante la guerra, los más recientes filmes norteamericanos, temas deportivos —boxeo, jai alai, pesca, beisbol—, las corridas de toros, las peripecias personales… También a través de un modesto proyector veían documentales sobre la segunda Guerra Mundial. Siempre había wiskie, ginebra, ron, para los diferentes gustos. No creemos que se hablara de literatura. De seguro para todos ellos esos encuentros semanales constituían un remanso de expansión y de cordialidad, interrumpido por los viajes del anfitrión al extranjero.

Resulta muy llamativo que Hemingway, durante su largo tiempo de residencia en Cuba, nunca demostró interés en relacionarse con los escritores cubanos. La única excepción fue su gran amigo, el periodista y ensayista artemiseño Fernando González Campoamor; pero a este lo conoció a fines de 1933 cuando regresó de los Estados Unidos y se le presentó en el hotel Ambos Mundos con una breve carta de recomendación de William Faulkner, otro grande de las letras estadounidenses. A partir de entonces establecieron una cálida amistad que solo terminó con la muerte de Hemingway. En un peldaño muy inferior pudiera mencionarse a Lino Novás Calvo, traductor de algunas de sus obras y en particular de El viejo y el mar, que en su versión al español apareció en una gran tirada en la revista Bohemia, así como al destacado narrador y periodista de El País Enrique Serpa, ya consagrado en aquellos días con las novelas Contrabando (1938) y La Trampa (1956). Tampoco manifestó interés en la producción artística de los pintores cubanos y solo en una ocasión escribió algunas páginas sobre Antonio Gattorno. En las paredes de su residencia se hallaban colgados cuadros de Joan Miró, de Juan Gris, de Picasso…; pero ninguno de Lam, de Portocarrero, de Ponce o de otro cubano.

En realidad la mayor parte de las amistades de Hemingway en Cuba pertenecía a la clase humilde. Él mismo se encargó de asegurarlo en un artículo que publicó en julio de 1949 en la revista Holiday: mis amigos son revendedores de lotería a quienes conozco desde hace muchos años, policías que me han devuelto con favores los pescados que les he regalado, patrones de botes de remos que han perdido la ganancia de un día sentados conmigo en el juego del frontón, y conocidos que pasan en automóvil por el puerto y el malecón y me saludan con la mano, y a los cuales les devuelvo el saludo aún cuando no puedo reconocerlos a distancia.7

A esa relación habría que sumar pelotaris, boxeadores, los cantineros del bar Floridita y del Sloppy Joe’s, los pescadores de Cojímar y, en especial, a Gregorio Fuentes, patrón del Pilar, muchos vecinos de San Francisco de Paula, los que practicaban el tiro al pichón en el Club de Cazadores del Cerro… En agosto de 1956, con motivo de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura, se le ofreció un gran homenaje en la Cervecería Hatuey, del Cotorro, y entre los numerosos invitados estuvieron, en la presidencia, el pugilista Evelio Mustelier (Kid Tunero) y en las restantes mesas gran cantidad de humildes pescadores mezclados con periodistas y algunos escritores. En aquel acto le hizo entrega a Fernando G. Campoamor de la medalla del premio para que se encargara de depositarla en el Santuario del Cobre. Hasta donde conocemos, Hemingway no tuvo contacto alguno con las instituciones culturales cubanas de entonces como la Academia Nacional de Artes y Letras, el Ateneo de La Habana y el Instituto Nacional de Cultura. Algunos han interpretado esa indiferencia suya como arrogancia o menosprecio; pero en realidad él no tenía muchas cosas en común con las personalidades de las letras cubanas de aquellos días como José María Chacón y Calvo, Fernando Ortiz, Jorge Mañach y Ramiro Guerra. Los separaba el sentido audaz, vitalista y aventurero que él tenía de la existencia; ni de lejos era un disciplinado intelectual de gabinete. Así lo siguió siendo hasta el final.

» Noticias sobre el destino posterior de cada uno de ellos

El padre Andrés de Untzaín, enfermo del corazón, regresó a su Vizcaya natal en 1954. Murió de un infarto en octubre del año siguiente en el lugar donde había nacido: Mundaca. Adonis Rodríguez acogió con entusiasmo el triunfo revolucionario de 1959, se desempeñó como instructor de escuelas de milicias e impartió charlas políticas en centros laborales y estudiantiles. También se incorporó a organizaciones que intentaron derrocar por las armas al régimen de Franco y en realidad tuvieron corta vida. Más tarde ingresó en el Partido Comunista de Cuba y falleció en el Hospital de Emergencias, de La Habana, el 9 de diciembre de 1967. Juan Duñabeitia quedó al garete en la capital cubana cuando la compañía naviera para la cual trabajaba se retiró del país tras la radicalización del proceso revolucionario. Aproximadamente en 1963 retornó a Bilbao, donde logró establecer una tienda de enseres náuticos. Allí lo sorprendió la muerte el 20 de marzo de 1964. Gustavo Durán se desvinculó del Departamento de Estado en 1946 y pasó a ser funcionario de las Naciones Unidas; pero a partir de 1950 fue procesado por su pasado comunista y tuvo que responder las preguntas de un jurado inquisitorial creado por el senador MacCarthy. En sus declaraciones exculpatorias, según Norberto Fuentes en su libro, cometió la vileza de afirmar: «El que es de izquierda realmente es Hemingway» (p. 325) y «No tuvo reparos en afirmar que Hemingway era comunista» (p. 27), lo cual constituía, además de una muy grave acusación, una calumnia. Libre al cabo de toda sospecha, se reintegró a su puesto en las Naciones Unidas y llegó a ser representante personal del Secretario General de esa organización. Falleció en Atenas el 25 de marzo de 1969.

Armando Herrera Sotolongo en 1958 era vicepresidente de la empresa farmacéutica Laboratorios G. R. 2, S.A., con sede en La Habana. De acuerdo con algunas versiones, después de 1959 se desempeñó como jefe de los Servicios Médicos del Ministerio del Interior. Dejó de existir en esta capital el 8 de marzo de 1970. Su hermano Roberto, tras largos años de estudios irregulares finalmente se graduó de doctor en Medicina en 1965 en la Universidad de La Habana. Entonces comenzó a ejercer su profesión en el Hospital Nacional Enrique Cabrera y en el Hospital Clínico Quirúrgico Joaquín Albarrán; pero al mismo tiempo se desempeñó como conservador-jefe del Museo Hemingway en Finca Vigía, que fundó y dirigió Fernando G. Campoamor. Gracias a su esfuerzo lograron preservarse documentos y libros pertenecientes a dicho escritor. Al morir el 13 de octubre de 1970 aún ocupaba ese puesto.

José Luis Herrera Sotolongo ingresó en la Sanidad Militar del Ejército Rebelde poco después de ocurrir el triunfo revolucionario. En 1961 se desempeñaba como jefe de Sanidad del Ejército de Occidente. También perteneció a la Cruz Roja de Cuba y fue profesor de Medicina Militar. Sus informaciones fueron de vital importancia para que Norberto Fuentes pudiera llevar adelante la investigación sobre Hemingway en Cuba. Murió en La Habana el 20 de marzo de 1995 y sus restos fueron depositados en el Panteón de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en la Necrópolis de Colón.

De izquierda a derecha: José Luis Herrera Sotolongo, Juan Duñabeitía, Hemingway y el padre Andrés Untzaín. En Finca Vigía hacia 1947.

Ernest Hemingway, después de haber permanecido durante una larga estancia en Francia y en España, retornó a la capital cubana en noviembre de 1959, cuando se intensificaba el proceso de radicales transformaciones que llevaban adelante las nuevas autorida des y comenzaban a manifestarse los primeros roces entre los gobiernos de Cuba y de los Estados Unidos. De nuevo en Finca Vigía, logró terminar la redacción del libro París era una fiesta. Durante la realización en mayo de 1960 del concurso de pesca convocado en su honor conoció personalmente a los comandantes Fidel Castro y Ernesto Guevara. De acuerdo con versiones encontradas, saludó la Revolución Cubana, pero de modo privado expresó su preocupación por los cambios políticos que se realizaban en el país. Pocos meses después viajó a España, interesado en escribir sobre temas taurinos y con evidentes síntomas de desgaste físico y mental. Esta situación lo obligó a trasladarse a los Estados Unidos y ser hospitalizado en la Clínica Mayo, donde recibió un tratamiento de electroshocks. Atenazado por los padecimientos físicos y mentales, al amanecer del domingo 2 de julio de 1961, en su residencia en Ketchum, Idaho, se privó de la vida por medio de un disparo de fusil. A partir de entonces, lejos de disminuir, el mito acerca de su personalidad ha ido en aumento.

Notas:

  1. Eran hijos de Juan Miguel Herrera Sotolongo, Marqués de Sotolongo, nacido en Cuba y llevado a España por sus padres al concluir la dominación colonial, y de la zamorana Práxedes Bollo Matías. Sus apellidos realmente eran Herrera Bollo; pero una vez en nuestro país, por razones fáciles de comprender y que no necesitan explicación, sustituyeron el apellido materno por el segundo de su padre, Sotolongo. También contaban con otro hermano, Juan Miguel, nacido igualmente en Madrid, graduado de Medicina y exiliado después de la guerra en Cuba, donde también cambió legalmente su segundo apellido; pero en 1945 marchó a Panamá, donde se estableció y ejerció su profesión.
  2. Fuentes, Norberto Hemingway en Cuba. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984. pp. 131 y 133
  3. Prieto, Indalecio De mi vida. México, Ediciones Oasis, S.A., 1968. Tomo I. pp. 269-270.
  4. Ídem. pp. 273 y 274.
  5. Muchos datos sobre Adonis Rodríguez nos fueron proporcionados por su hijastro, el cantante lírico Eudaldo García Gómez Lario, conocido por el nombre artístico de Aldo Lario, a quien entrevistamos en 2003 en su residencia en la calle 100, de Marianao.
  6. Hemingway también mantuvo relaciones afectivas con otros exiliados, entre ellos el joven asturiano Lucio Losa, refugiado también en La Habana en los años 40, quien estuvo a punto de ser fusilado por las fuerzas franquistas cuando ocuparon Asturias. Véase el libro de memorias Una vida. Infancia y juventud (México, 2013) de Federico Álvarez Arregui, quien afirmó: «La historia de Losa era abrumadora. Hemingway la conocía y por eso tal vez lo respetaba y lo recibía siempre con afecto» (p. 254).
  7. Citado por Gabriel García Márquez en la introducción a Hemingway en Cuba de Norberto Fuentes. Ob. Cit., p. 13.