El celo profesional no tiene épocas y puede tornarse funesto cuando se ejerce entre compatriotas. Quien dude del filo de esas palabras que recuerde la siguiente historia de Esteban Valderrama y Bernardo G. Barros.

El primero nació en Matanzas en 1892. Desarrolló un precoz talento por la pintura. De su misma ciudad salió el presupuesto para que estudiase en la Academia de San Alejandro, de La Habana, y sus cualidades técnicas resultaron tan admiradas que fue becado para perfeccionar estudios en Madrid y París. El segundo nació en Guanabacoa, La Habana, en 1890. Abandonó la carrera de Derecho para dedicarse enteramente al periodismo. Con apenas 18 años se convirtió en corresponsal de El Fígaro, una de las revistas más famosas de la bibliografía cubana, de la cual llegó a ser secretario de redacción. En general, las principales revistas habaneras apreciaban sus colaboraciones, especialmente sus críticas de arte.

En 1915 Valderrama y Barros coincidieron en el diario Heraldo de Cuba, uno como dibujante y el otro como escritor de la sección fija «La vida literaria». Al año siguiente se creó un proyecto que podríamos llamar «martiano», relacionado con las artes plásticas, que podría facilitar dos importantes cosas: la aparición de un gran cuadro histórico sobre José Martí —pues ya Maceo tenía el suyo desde 1906, gracias al pincel de Armando García Menocal— y el surgimiento de la primera revista especializada sobre crítica de arte, que habría de llamarse Revista de Bellas Artes. Los dos jóvenes, Valderrama y Barros, se perfilaban como los escogidos para ambas empresas.

Federico Edelmann, Luis A. Baralt y Peoli y su esposa Blanche Z. de Baralt, los tres grandes conocedores de arte, amigos del Apóstol en Nueva York y ya radicados en Cuba después del surgimiento de la República, unieron fuerzas junto a otros renombrados intelectuales para la inauguración de un salón de Bellas Artes que potenciara el desarrollo de la pintura en Cuba.

Esta exposición no sería para estudiantes y aficionados, los cuales podrían mostrar sus obras en los salones organizados por la Academia de San Alejandro, sino para pintores profesionales de diferentes generaciones. En ella no se concibió la entrega de premios para evitar la división entre los artistas; pero sí se facilitaría el mercado de arte y se nombrarían figuras que harían de intermediarios entre los pintores y las más encumbradas familias cubanas de la época.

La riqueza en Cuba debido a las exportaciones de azúcar alcanzó dividendos nunca antes vistos en el período 1917-1919, durante la llamada época de las vacas gordas o la Danza de los Millones. El gobierno de Mario García Menocal podía sin problema alguno invertir en el arte y apoyar el filantrópico proyecto de los Salones de Bellas Artes y la culminación del Palacio Presidencial.

El gran pintor histórico de Cuba, Armando García Menocal, primo del presidente, no se arriesgó esta vez a plasmar la caída en combate de Martí. A pesar de que su obra la «Muerte de Maceo» fue premiada con la medalla de oro en la Exposición de California de 1915, el lienzo, ya expuesto en Cuba, generó molestias entre los veteranos de la guerra por sus imprecisiones históricas. El artista mostró, como acompañantes del héroe, a personas que no fueron determinantes en el rescate del cuerpo del caído y, además, en aquel momento tenía otro sustancioso contrato de trabajo: los frescos del Palacio Presidencial.

Es por eso que en 1917 partió hacia Bayamo uno de sus más talentosos alumnos, el joven de 25 años Esteban Valderrama. Fue debidamente recomendado al coronel Lores, quien puso a su disposición dos hombres para que lo acompañasen a caballo desde Jiguaní hasta Dos Ríos. Atravesaron el río Contramaestre por el mismo lugar que lo hiciera el Apóstol, en la misma época del año, y en esa zona de difíciles condiciones comenzó un trabajo de cuatro meses de labor en una tela de dos metros de ancho por dos y medio de largo. Como asesores históricos, Valderrama tuvo los servicios del general José Miró Argenter, curiosamente el mismo que sirvió de ayuda a Menocal para la muerte de Maceo y quizás único testimoniante que presenció ambas tragedias, la de Dos Ríos y la de San Pedro, y al señor Augusto Feria, holguinero que aparece registrado en el Diario de campaña del Apóstol, exactamente el 17 de mayo de 1895, el cual, mientras Gómez perseguía el convoy de Sandoval, se quedó al lado de Martí haciendo una copia de las «Instrucciones Generales a los Jefes y Oficiales.»

Esteban Valderrama.

Esteban Valderrama.

Valderrama pensaba que daba pasos seguros. Era una temática dolorosa, pero sencilla de representar. El general Miró le describió cómo estaba vestido el héroe la tarde del suceso. En aquella época se hablaba solo de dos disparos, y no de tres, como se sabe hoy, uno que le fractura el hueso del esternón en el pecho y otro que le penetró por el cuello. El único testigo del suceso, Ángel de la Guarda, ya había muerto y el pintor no encontró registro fotográfico de este, por lo que solo quedaba para retratar el cuerpo de Martí y los dos caballos a galope.

Tanto Miró Argenter como Augusto de Feria vieron el cuadro recién terminado y ambos felicitaron al joven pintor. La obra estaba lista para marchar a La Habana y presentarse al Salón de Bellas Artes de febrero de 1918.

Se presagiaban muchos compradores para los cuadros de aquella exposición. El valor del peso cubano y la bonanza económica hicieron que ese mismo mes llegara a La Habana la mítica actriz francesa Sara Bernardht. Pintores italianos, españoles, mexicanos y estadounidenses quisieron también cotizar sus obras en la exposición habanera. Finalmente se seleccionaron 196 lienzos. La presentación del catálogo fue escrita por Blanche Z. de Baralt. La «Muerte de Martí», de Valderrama, fue la tela inscrita número 33, semejante a la cantidad de años en que se supone fuese crucificado Jesús de Nazaret.

La promoción de esta tela no se hizo esperar. El 3 de febrero El Fígaro reprodujo en blanco y negro la obra. El día 24 la propia revista coloca el cuadro en portada y realiza una entrevista al pintor donde se muestra testimonio gráfico de su proceso de creación en Dos Ríos. Ese mismo día la portada de Bohemia reprodujo la fotografía tricolor del lienzo. Solo faltaba la recepción que hiciera la nueva Revista de Bellas Artes que saldría en el mes de marzo y que como estaba subvencionada por el Estado se distribuiría de forma gratuita, se enviaría a bibliotecas y a centros artísticos que la solicitaran y a las redacciones de prensa en el extranjero.

Este primer número de la revista, que solo tuvo cuatro salidas, parecido a La Edad de Oro martiana, pues en 1919 sobrevino una nueva crisis económica y finalizó el apoyo estatal que recibía, estuvo dedicado casi enteramente al Salón de Bellas Artes de 1918, y el crítico escogido para reseñar las obras fue Bernardo G. Barros.

Bernardo G. Barros.

Bernardo G. Barros.

En la página 20 apareció la última fotografía del cuadro. Y así como Martí fue la única e innecesaria baja del combate de Dos Ríos, el único pintor cubano que recibió los disparos del juicio de Bernardo G. Barros fue Esteban Valderrama; el otro criticado, curiosamente, fue el pintor futurista norteamericano Curtis Moffat.

En orden jerárquico, Barros comenzó hilvanando loas de las obras presentadas por Menocal y antes de escribir del otro gran pintor cubano de aquellos años, Leopoldo Romañach, abrió un espacio para su contemporáneo Valderrama. Todo parecía bien al inicio; lo describía como un joven poseído de un fervor de actividad fecunda, dijo que había tenido una carrera artística rápida y feliz, que amaba los grandes asuntos y no rehuía las más duras dificultades técnicas. Lo consideraba un maestro de la pintura al pastel y elogió su paisaje de Matanzas, también presentado al salón. Mas a continuación, de repente, sobrevinieron sus punzantes palabras contra la obra mayor: «Muerte de Martí». La llama tela carente de emoción, de poco horizonte, de naturaleza mal interpretada. La mano al pecho la considera una actitud de ópera lírica, no siente el aliento humanamente trágico del minuto fatal, considera que el caballo del otro jinete, encabritado, cobra más atención y admiración que la propia figura del Apóstol. Reitera más de una vez la carencia de emoción en la obra y de realidad en el color. Es de la opinión de que en el cuadro no hay una sensación de luz, de aire, de ambiente y que presenta como una pátina que empobrece los colores, restándole brillo de realidad y vida; en fin, una obra artificiosa que no produce la sensación anhelada.

«Muerte de Martí», de Esteban Valderrama.

«Muerte de Martí», de Esteban Valderrama.

La fuerza de estos juicios contra la hasta entonces feliz carrera artística de Valderrama dejó indefenso al enorme lienzo. Y lo que parecía una obra destinada a la adoración, terminó siendo un cuadro mutilado y destruido por su propio autor.

Barros no midió el daño de sus palabras. Continuó colaborando en la Revista de Bellas Artes y en otras publicaciones. Terminó una novela, un libro de cuentos y con solo 30 años fue elegido miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras. Cuando se disponía a tomar posesión de su asiento correspondiente le sobrevino inesperadamente la muerte y su trabajo de ingreso «Origen y desarrollo de la pintura en Cuba» tuvo que ser leído postmortem el 12 de mayo de 1924.

Esteban Valderrama no volvió a pintar a José Martí hasta la lejana fecha de 1945, por medio de dos obras que le fueron solicitadas por el Palacio Nacional de México y el Liceo de Guanabacoa. En 1951, hizo su último retrato del Maestro para el Colegio de Abogados, el cual se encuentra hoy ubicado en el salón de protocolo del Centro de Estudios Martianos. Su obra más conocida y recordada es el propio cuadro que destruyó a la edad de 26 años.

Valderrama fue un enemigo de la pintura de vanguardia, temía que con el excentricismo del arte moderno se perdiera el oficio del pintor y las calidades plásticas. Sin embargo, ironías del destino, el cuadro que acompaña hoy a la «Muerte de Maceo» de Menocal, en el antiguo Palacio de los Capitanes Generales, es el poético y vanguardista lienzo de Carlos Enrique «Dos Ríos».