Los análisis sobre la producción historiográfica son recurrentes en los estudios sobre la historia de Cuba. Su presencia resulta observable en los proyectos científicos, sean individuales o de carácter institucional. La mencionada regularidad en el ejercicio investigativo ha sufrido un proceso digno de examinarse. Tal vez, en algún momento, su historicidad merezca un ciclo de debates capaz de revelar los procesos históricos concretos que posibilitan o no la creación científica —no siempre valorada como tal—, así como la evolución de los conocimientos teóricos conceptuales de los especialistas apreciada, por supuesto, a través de sus obras.

La crítica historiográfica desconoce el contexto, como tiempo específico, de las realizaciones epistemológicas. Si se lograra profundizar, aunque fuese de forma general, las circunstancias sociales en las que se desenvuelven los quehaceres investigativos se comprenderían, con mayor nitidez y objetividad, el mundo específico de la contemporaneidad y el valor de los objetos y sujetos de estudio.

A veces se olvida, por elemental que resulte, que investigamos el pasado desde el presente con sus múltiples contradicciones y avatares, sus políticas y decisiones de variados orígenes y propósitos, inmersos en circunstancias personales y colectivas capaces de explicar las condicionantes del proceso creador y el entendimiento de su carácter y esencia científicos. De construirse estos se aportarían múltiples visiones controversiales y enriquecedoras sobre la contemporaneidad, cuyo tiempo y espacio son desdeñados o soslayados por los historiadores. Cuestión polémica aún sin dilucidar hasta el presente.

Muchas veces los defensores de la historia como ciencia señalan, con celeridad y justicia, que su objeto es el análisis crítico del pasado con vistas al mejoramiento del presente y el futuro, acorde con su función de emisora de ideas y conocimientos.

Retornando a la crítica y su relación con la experiencia del ejercicio epistemológico, bien puede decirse que no se trata solo de valorar, en un determinado texto, la presencia y uso de las tendencias en boga mediante el imprescindible diálogo con el objeto estudiado sino, además, exponer analíticamente el universo asumido durante el proceso de acumulación de saberes. Es decir, lo que se ha pensado en materia teórica en el largo y complejo tiempo de búsqueda, procesamiento y redacción de los resultados obtenidos. Ello implica la entrega de un legado de experiencias capaz de ofrecer aperturas hacia nuevos esfuerzos investigativos.

Fernand Braudel.

Fernand Braudel.

El historiador dialogante con su propia vida de trabajo enriquecerá el mundo de los encuentros con la filosofía de la historia. Experiencia que bien puede trasladarse a los restantes científicos sociales quienes, durante la fase experimental, acumulan vivencias dignas de socializarse. Sin embargo, prefieren mostrar sus resultados específicos. Ello, indiscutiblemente, redundará en el desarrollo de los diferentes campos del saber.

La aplicabilidad de los conceptos, teorías y tendencias a la esfera de la investigación histórica concreta resulta encomiable en tanto lo predominante, hasta el presente, es la indagación puntual, cuestión merecedora de nuevas revisiones por los cultivadores cubanos de las ciencias históricas. Semejante afirmación no desconoce al actual movimiento que, progresivamente, incorpora el saber metodológico del conjunto de esta disciplina a los objetos estudiados. Sin embargo, aún sigue siendo minoritario si apreciamos el reducido volumen de las publicaciones.

Las antologías historiográficas, compiladoras de las producciones nacionales y extranjeras, indican que el fenómeno de la temporalidad aún permanece inédito. El principio adoptado para la determinación de las etapas, períodos y procesos es cronológico y, en menor medida, temático. Las tendencias, métodos y criterios de selección todavía se muestran débiles en tanto el objetivo central de los mismos lo constituye la sistematización de los aconteceres con fines docentes e investigativos.1 Cuestión presente en los artículos y ensayos de colegas extranjeros, en su inmensa mayoría españoles y estadounidenses.2

Particularmente, las llamadas etapas históricas son mostradas, en los balances historiográficos, a través de algunos elementos caracterizadores de las estructuras socioeconómicas y de los sucesos políticos. Tanto las determinaciones de las etapas como de las periodizaciones se mantienen prácticamente incólumes desde las emisiones públicas de los monográficos llevadas a cabo a partir de los años setenta del pasado siglo hasta el presente. El acontecer político ha tenido la supremacía en la determinación de estas.

Las cuestiones relativas a la filosofía de la historia no han sido contempladas en los estudios historiográficos. Desde lo más elemental, como es el diseño de un proyecto investigativo, la reseña o el comentario de un texto hasta su realización, hay ausencia de valoraciones sobre la aplicabilidad del aparato teórico conceptual. Explícitamente se desconoce lo que se ha avanzado o retrocedido en este último sentido. Tal parece, para la generalidad de los historiadores, que solo el anuncio de los presupuestos científicos avala la labor investigativa y no sus enriquecimientos a través de la emisión de nuevos conceptos o el cuestionamiento hacia la bibliografía tradicionalmente establecida. Sobre este particular escribiré más adelante.

En muy pocos espacios de discusión académica están presentes el uso y la explotación de las fuentes primarias y secundarias. El grueso del análisis radica en los problemas que atañen a su conservación y accesibilidad tales como la carencia de insumos y prácticas burocráticas, entre otros. Quedan en el vacío las miradas polisémicas y las interrelaciones entre las esferas disciplinarias inherentes a las ciencias históricas.

La problemática de la multidisciplinariedad o interdis ciplinariedad, según lo que se quiera señalar —propuesta heredada de los clásicos del marxismo y de Braudel y sus contemporáneos—, sigue siendo, por lo general, una quimera. Nos referimos a ella, exhortamos a su aplicación, reseñamos los puntos comunes, pero su aplicabilidad, en sentido general, aún dista de ser efectiva.3

También están los prejuicios o las subestimaciones a lo que no es propiamente historia política, económica y social, al decir de algunos sectarios. Cuestión presente en las valoraciones sobre la historia cultural como especialidad histórica porque incluye las problemáticas de género, religión, racialidad, cultura artística y literaria, y el asociacionismo con sus elementos antropológicos y sociológicos. Se ignora la cultura, en su indiscutible universalidad, como parte inseparable del análisis histórico bajo la defensa de la identidad de la historia como disciplina científica, lo que conlleva la correspondiente mutilación de sus contenidos. Olvidan que el historiador construye críticamente la vida del pasado del hombre y que él es una unidad diversa dentro de una sociedad determinada por sus múltiples espiritualidades.4

A lo anterior puede agregarse el desdén, por parte de los investigadores parcelarios, hacia el caudal teórico y de conocimientos ofrecido por la historia cultural donde las costumbres, los imaginarios, las tradiciones y demás aspectos de la sensibilidad están presentes para marcar etapas y momentos definitorios.

En el campo historiográfico el uso de la diversidad como concepto se muestra indistintamente según la temática y la época analizada. Me refiero en concreto a los fenómenos culturales que se producen en el tiempo histórico. Por lo general, se aplica a los procesos de la creación artística y literaria, antropológicos, etnológicos y en cierta medida a la sociología. En lo propiamente político resulta apreciable en las contradicciones de las luchas revolucionarias, del pensamiento rector procedente del liderazgo, del accionar de los gobiernos y partidos, y de la sociedad en su conjunto. En lo económico se distinguen el sistema de propiedad, la productividad, la fuerza de trabajo, las relaciones comerciales, la agricultura, la industria, entre otros. Los estudios históricos sociales la destacan en las conductas cotidianas y públicas de resistencia, en el acomodamiento de los diferentes sectores sociales a las normas jurídicas estatales, en la sociabilidad, las mentalidades, etc. Sin embargo, la identificación de los elementos coexistentes entre las diferentes esferas sociales que facilitan la conceptualización histórica del fenómeno cultural aún está pendiente. Cómo era el cubano a través de su historia como individuo y sociedad constituye un reto a dilucidarse multidisciplinariamente.5

Las reflexiones de la socióloga Blandine Destremau al respecto nos incitan a una mayor profundización sobre asunto merecedor de renovados análisis y debates:

Me viene también la idea que no solo es importante hacer la historia de la cultura, sino también considerar a la cultura como forma de historia, como un tipo de historia sedimentada, cristalizada en mentalidades, aspiraciones, valores, prácticas, resultados de experiencias, individuales y compartidas, que se formaron al llegar a Cuba, para millones de inmigrantes, al compartir sus condiciones objetivas de vida con otros ya instalados en ciudades y campos, en formas de trabajo e involucrados en relaciones. Cómo se vuelve lo nuevo (de la vida, del trabajo, de las relaciones…) en cultura y, característicamente, en cultura «cubana».6

No pocas veces los objetos de estudio, pese a los llamados hacia la aplicación de la «diversificación y el pluralismo» de los métodos y teorías, siguen mostrando anémicos tratamientos intelectuales. Fenómeno que responde a una determinada etapa de la creación historiográfica donde el pensamiento abstracto sesgó la exposición puntual. A veces sentimos la presencia del escolasticismo con su inopia de pensamientos innovadores, así como más sistematización de fuentes que construcción de ideas.

Uno de los aspectos teóricos menos aplicados es justamente el de la temporalidad. El sabio Braudel se torna fuente de referencia y materia de elucubraciones, muy dignas del más refinado lenguaje científico sin enriquecimientos epistemológicos de alta y convincente envergadura académica. Recuérdense estas palabras suyas:

Pero si la historia, omnipresente, encauza lo social en su totalidad, lo hace siempre a partir de ese movimiento mismo del tiempo que, sin cesar, arrastra a la vida pero la substrae a sí misma, que apaga y atiza nuevamente al fuego. La historia es una dialéctica de la duración; por ella, gracias a ella, es el estudio de lo social, y por tanto del pasado; y también, por tanto, del presente, ambos inseparables.7

La durabilidad del tiempo histórico, acorde a la espiritualidad con sus códigos, valores y mentalidades según los espacios geográficos y las regiones históricamente determinadas, apenas son tenidas en cuenta en el momento de determinar los cambios, rupturas y continuidades. Las cronologías son, generalmente, construidas por fechas sustentadoras de los acontecimientos. Lo interesante de este asunto es el uso rígido y mecánico de las llamadas efemérides con sus «floridos» comentarios, así como el traslado de las conductas y mentalidades de un tiempo a otro sin precisiones en torno a las mutaciones inevitablemente acaecidas. ¿Acaso somos idénticos desde que nacimos como país y nación hasta los días actuales? El patriotismo, la identidad nacional, el independentismo, la soberanía, se expresan incólumes en cualquier literatura como si los cubanos, con sus propósitos y fines, fuéramos los mismos desde la comunidad primitiva hasta la revolución socialista. La temporalidad no se aplica en su carácter de concepto movible y dialéctico, sino como un referente académico demostrador de foráneos conocimientos teóricos. Lo interesante es que los cambios en el tiempo, en el momento de construir la historia desde el presente—como únicamente puede ser—, son débilmente apreciados por sus artífices. Se muestra el pasado con sus procesos de cambios dentro de una solitaria cápsula bajo la defensa de la unidad y de las llamadas «regularidades».

En este último sentido, recurriendo a las ideas de Jacques Derrida8 relacionadas con la importancia de historiar los conceptos para el desarrollo de las ciencias sociales, vale destacar que en Cuba no se han realizado estudios sobre su aplicabilidad histórica.9 Un análisis de este tipo ayudaría al entendimiento evolutivo de la producción historiográfica y sus retos en cuanto a análisis y contenidos

Dentro de esa misma historia de los conceptos tendría historiográficamente que apreciarse lo relativo a la ruptura y la continuidad. En el caso de Cuba, los historiadores, salvo excepciones, las han valorado, fundamentalmente, desde el ángulo de los intereses de la historia política. ¿Cuándo y cómo se produce la sucesión estructural que puede o no originar la convulsión revolucionaria o de otro tipo? Para responder a dicha interrogante tendrían que apreciarse los fenómenos de la discontinuidad y el retroceso. Si analizamos la historiografía apreciaríamos que rara vez detecta las regresiones desde el ángulo conceptual. Tal parece que nuestra historia se muestra en constante evolución, sin quietismos ni parálisis sociales.

Actualmente existe una cierta tendencia a desconocer el papel de las masas populares en los procesos históricos nacionales. Debe recordarse que durante la década del 70 del siglo xx, historiadores, etnólogos y sociólogos, también lingüistas y antropólogos, se dieron a la tarea de rescatar los valores culturales e históricos de lo que hoy, eufemísticamente, se denominan «clases subalternas».10

Dicha corriente de pensamiento, en la esfera de la historia como disciplina, estuvo respaldada institucionalmente por el denominado Movimiento de Activistas de Historia, bajo el patrocinio del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y el Instituto de Historia del Movimiento Obrero y de la Revolución Socialista, anexo a dicha entidad partidista.11 Sin embargo, debe distinguirse lo propiamente oficialista, es decir, las publicaciones emanadas de las políticas institucionales, de los monográficos nacidos por iniciativa individual. Aquellas surgen bajo la influencia de la academia soviética y estuvieron orientadas a sistematizar los movimientos sindicales obreros durante los siglos xix y xx, mientras que los segundos constituyeron el resultado de la necesidad de mostrar los sujetos tradicionalmente omitidos del conocimiento histórico. Probablemente, los integrantes de este grupo estuvieron influenciados por las corrientes del occidente europeo de entonces. Tanto unas como los otros representaron un avance en la historia de la historiografía cubana. Recuérdese que la gestada durante la república burguesa omitió a las masas populares como parte inseparable del protagonismo histórico y de la generación del progreso social.

Antes de 1959 existieron cronistas locales, muy buenos, autodidactas en su mayoría, abogados, periodistas, médicos, etc., quienes construyeron la vida del pasado de las localidades donde nacieron y vivieron. Algunos acudieron a los archivos españoles buscando información sobre los orígenes de las familias ricas locales con el objetivo de divulgar sus historias persiguiendo fines económicos. Pero en su mayoría investigaron y publicaron por amor al terruño. Después del triunfo revolucionario esta motivación siguió siendo la misma, a lo que se le añade la necesidad docente de las historias regionales como parte del currículo de asignaturas y de esa forma contribuir a la formación de sentimientos de pertenencia o de identidad en los jóvenes. Al propio tiempo, el movimiento profesional captó la corriente de los «sin historia», prevaleciente en Europa, y la sumó a la necesidad interna de visibilizar el anonimato de muchos, fuese de orden político, social o cultural. Además del interés científico, está el de hacer justicia con quienes merecen un espacio en el recuerdo.

Después del derrumbe socialista europeo, el tratamiento historiográfico a los sectores subalternos cambió notablemente. De los estudios particulares sobre figuras y movimientos políticos o grupos sociales determinados, se avanzó en las indagaciones sobre la vida social en su totalidad, preferentemente durante la esclavitud y los primeros años de la república burguesa.12 El reto sigue siendo inmenso y de urgente empoderamiento intelectual.

Hortensia Pichardo y Julio Le Riverend.

Hortensia Pichardo y Julio Le Riverend.

No puedo dejar de expresar que muchas veces he cuestionado la existencia de una cultura popular, específicamente obrera, al valorar solamente las aspiraciones de los trabajadores de vivir como sus patrones burgueses. Sin embargo, he ignorado los hábitos, el modo de vida, las costumbres, las tradiciones, los elementos culinarios, la religión, la raza, la sexualidad, los gustos estéticos, la educación y la convivencia familiar, entre otras cuestiones inherentes a sus ámbitos específicos. Vale preguntarse si cuando algunos de los integrantes de esos sectores dejan de ser pobres, ¿saben vivir como burgueses? ¿O continúan siendo culturalmente lo que eran? Por lo tanto, no se trata de proyectos políticos e ideológicos, sino también de mentalidades y espiritualidades. Y hacia esa construcción social debe orientarse el ojo agudo de los historiadores actuales. Por otra parte, resulta encomiable la realización de investigaciones sobre la historia del trabajo con sus elementos demostrativos de la cara real de la explotación, cuyas visiones han sido, hasta ahora, apreciadas a través de sus víctimas y opositores.

En sus observaciones críticas a este artículo, con respecto a lo anteriormente expresado, Blandine Destremau señala:

¿Cómo se define la gente, fuera precisamente de estas dos categorías de «pobres» versus «burgueses», que son más bien hetero-categorías, que auto-definiciones? En su vida cotidiana, sus luchas, sus aspiraciones, la cultura de su propio pasado y futuro (y sus ambiciones para su propio futuro y el de sus hijos), ¿cómo describen sus pertenencias de clase, de categoría? ¿Cómo significan y llaman al camino de sus trayectorias, sus cambios de estatus, de condición, de cultura? ¿Se manifiestan o se constatan y se dan a ver con posesión de cosas y signos de enriquecimiento, prácticas, viviendas, maneras de vestirse, de comer, de casar a sus hijos? En otros términos, interrogar el hiatus entre, por un lado, lo que se dice a propósito de las gentes calificadas como subalternas, que no hablen por sí mismas, y por el otro lado lo que dicen ellos (y ellas) sobre su propia perspectiva (en un sentido cultural) de vida, si no se tratan sus discursos solo como fuentes para el historiador, sino como otro discurso.13

Los procesos migratorios e inmigratorios han ocupado la atención de los historiadores económicos y sociales. Desde los tiempos de la esclavitud hasta los inicios de la Revolución cubana, estos fueron indetenibles. Africanos, asiáticos, jamaicanos, haitianos, norteamericanos, españoles, europeos en general y latinoamericanos conforman nuestra nacionalidad. Desde diferentes disciplinas han sido examinados y, en menor medida, bajo la óptica de la historia. Los aportes, por épocas y períodos, incluyendo el ángulo de la materialización espiritual identitaria como pueblo y nación, aún requieren de mayores análisis globales.

Aunque se ha reiterado en múltiples análisis, no resulta ocioso recordar que las críticas actuales hacia la historiografía anterior al triunfo revolucionario señalan al positivismo, en sus múltiples variantes, como lo predominante. No obstante, se reconoce la proliferación de obras, de diferentes tipos y épocas, portadoras de contenidos y valores nacionalistas capaces de propiciar la continuidad del año 59 en adelante.

La defensa del nacionalismo, fruto de la historia secular de nuestro país y de las condicionantes políticas del republicanismo burgués, se expresó a través de dos tendencias generales: la conservadora y la liberal. La primera, favorable al quietismo social y a la preservación de una república según los cánones establecidos en sus orígenes.14 La segunda incluyó a los partidarios del reformismo y a los marxistas. Los reformistas abogaron por el adecentamiento del régimen y su reformulación según el legado mambí.15 Los marxistas coincidieron con los reformistas, en sentido general, y agregaron el pensamiento radicalista orientado hacia la transformación de la estructura socio-clasista.16

Se hace necesario apuntar que la mayoría de los historiadores marxistas, durante la segunda mitad del siglo xx, asumió las escuelas europeas y de México.17 Y que sus integrantes continuaron en el tiempo con posterioridad a enero del 59. Es bueno aclarar que ellos desempeñaron un papel decisivo en el acercamiento de los jóvenes historiadores a las nuevas oleadas o tendencias no dogmáticas, y me refiero entonces a los Annales y a Antonio Gramsci.

El estudio de la filosofía de la historia se incrementó a partir de la década del 90 del siglo pasado. Así se evidencia en los resultados investigativos devenidos en tesis de maestría y doctorales y en las publicaciones. Creo que fue entonces cuando esta disciplina irrumpió con mayor libertad en casi todos los centros docentes y de investigación, aunque con cierta lentitud debido a carencias informativas y a una escasa asimilación de sus valores por algunos directivos y ejecutores de los proyectos epistemológicos.

Debe recordarse que durante la década del 70 hubo diálogos, aunque restringidos, con los Annales y particularmente con Fernand Braudel. En la Universidad de La Habana se impartió la asignatura «Técnicas de la investigación histórica»,18 que facilitó semejante acercamiento. Igualmente se publicó la obra Apología de la historia o El oficio de historiador (1971), de Marc Bloch, así como textos de Fernand Braudel, Eric Hobsbawm, Pierre Vilar y Michel Vovelle. Con posterioridad, en 1990, fueron impresos en La Habana Introducción a la historia de la Revolución Francesa, de este último, y El Mediterráneo, de Braudel. Igualmente, en aquellos años se discutió en pequeños círculos la impronta internacional de los Annales. De ello dan fe los encuentros informales realizados en la Biblioteca Nacional «José Martí» y protagonizados por Ramón de Armas, Jorge Ibarra, Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals, Juan Pérez de la Riva y otros más, y en el entonces Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de Cuba. Tampoco deben obviarse los diálogos con los autores de la revista Pensamiento Crítico, específicamente los integrantes del grupo de Pensamiento Cubano.

Durante el «quinquenio gris», como se le denomina en el campo de las políticas culturales (1971-1975), se llevaron a cabo los seminarios internacionales auspiciados por la Academia de Ciencias de Cuba, bajo el patrocinio de Julio Le Riverend, con las Academias de Ciencias del campo socialista, donde se debatieron los problemas derivados de la escuela de los Annales. Con esto quiero expresar que esta no permaneció en el silencio, muy a pesar de algún que otro escolasticista fuese contrario a la apertura con Occidente.

A partir de los años 90 el panorama comienza a cambiar considerablemente. El desarrollo intelectual de nuestros especialistas, la eclosión de la literatura teórica y metodológica procedente de Europa, América Latina y Estados Unidos y los cambios acaecidos en las políticas gubernamentales hacia los sectores culturales, posibilitaron la elaboración de textos incluyentes de la filosofía de la historia.19

En esa dirección, los mayores beneficios se observan en la historia social y en menor medida en la económica, mientras que la historia política aún espera por mayores entendimientos renovadores. En la historia social ocupa el primer lugar la plantación esclavista en su conjunto y específicamente el estudio de la educación, la racialidad, el género, las relaciones socio-clasistas y familiares, la religión, entre otros temas.20

La nueva oleada de historiadores jóvenes profundiza en los procesos identitarios, las mentalidades, la herencia y las costumbres. Igualmente, en el campo teórico metodológico.21

En este breve recuento debe incluirse el esfuerzo académico realizado por la doctora Carmen Almodóvar Muñoz durante la mencionada década del 90, a través de sus talleres docentes, cuyos resultados se hacen sentir en la conformación de historiadores graduados durante los finales de los 80. La idea central fue, precisamente, dotarlos de nuevas lecturas teóricas con el objetivo de contribuir al desarrollo de renovadoras formas de investigar y decir la historia.

Imposible omitir la labor sistemática de Oscar Zanetti Lecuona a través de la docencia y la investigación científica. Sus textos constituyen referencias obligatorias e incitaciones constantes para el devenir de tan compleja esfera del saber.

Estudiar la historia es pensar el futuro desde el universo intelectual que la conforma gracias a la inteligencia y los saberes cultos de sus hacedores. La historia es realidad en la vida presente de los pueblos. Seamos sus eternos discípulos.

Notas y Referencias:

  1. Debe mencionarse a la doctora Hortensia Pichardo Viñals como la pionera en los estudios historiográficos cubanos, evidenciado a través de su obra Documentos para la Historia de Cuba, en 4 vols. Como continuidad, en un rango metodológico mayor, están los textos de la doctora Carmen Almodóvar Muñoz: Antología crítica de la historiografía cubana y Presencia de Cuba en la historiografía española actual. Sus comentarios facilitan la comprensión de las tendencias y procesos internos caracterizadores de las obras seleccionadas sobre la base de sus representatividades en la historia del país. Los análisis historiográficos patrocinados por el Instituto de Historia de Cuba incluyen los contenidos temáticos del quehacer científico cubano siguiendo el patrón clásico de colonia, república y revolución. Con coherencia y sistematicidad en su tratamiento, es posible apreciar los resultados de la comunidad científica contemporánea cubana hasta los inicios de la década del noventa en el libro de Oscar Zanetti titulado Isla en la historia, la historiografía de Cuba en el siglo xx, contentivo de la casi totalidad de las publicaciones del país desde el triunfo revolucionario hasta los finales de la década del noventa del pasado siglo. El orden temático incluye las historias políticas, sociales y económicas siguiendo un orden cronológico de las ediciones. Sus comentarios, devenidos indicaciones precisas, orientan al lector en la búsqueda de información a la vez que muestran los avances investigativos obtenidos hasta entonces. Aunque sin detenerse, facilita la observación de las tendencias dentro del movimiento historiográfico nacional y extranjero. Tanto Carmen Almodóvar como Oscar Zanetti son los primeros cubanos inclusivos de la producción foránea sobre Cuba. De indudable valor resultan los análisis críticos de Leonor Amaro, María del Carmen Barcia Zequeira, Yoel Cordoví Núñez, Alejandro García Álvarez, Gloria García Rodríguez, Mercedes García Rodríguez, Jorge Ibarra Cuesta, Edelberto Leiva Lajara, Oscar Loyola Vega, Fernando Martínez Heredia, Ricardo Quiza Moreno, Mildred de la Torre Molina, Constantino Torres Fumero, entre otros.
  2. Véase preferentemente: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98; «La historia de Cuba vista desde España; política, raza y sociedad», en Revista de Indias,212, Madrid, 1998; e Imágenes e imaginarios nacionales en el ultramar español.
  3. Las obras de conjunto sobre la esclavitud en Cuba de María del Carmen Barcia, Elda Cento, Gloria García, María de los Ángeles Meriño, Aisnara Perera y Olga Portuondo son indicativas del aprovechamiento de las teorías y conceptos de la antropología, la etnología y la filología, entre otras disciplinas.
  4. La historia cultural en Cuba, para suerte del conocimiento histórico, ha ido ocupando espacios en el mundo investigativo y en el de las publicaciones, pese a las reticencias apuntadas. Algunos historiadores políticos y sociales la han asumido con maestría e inteligencia, entre ellos Elda Cento Gómez y Olga Portuondo Zúñiga; así como existen los que la ejercen como única especialidad; tal es el caso de Rafael Acosta D´Arriba, Hilda Alonso González, Luis Álvarez Álvarez, Malena Balboa Pereira, Tania García Lorenzo, Olga García Yero, Jorgelina Guzmán Moré, Yoana Hernández Suárez, María Isabel Landaburo, Aida Morales Tejada, Irina Pacheco Valera, Ricardo Quiza Moreno, Danay Ramos Ruiz, Carlos Venegas Fornias, Joney Zamora Álvarez, entre otros, cuyas obras resulta imposible enumerarlas en estas páginas.
  5. Véase el interesante artículo de Tania García Lorenzo: «Dimensiones económicas de la cultura y desarrollo local. Reflexiones para una primera aproximación», en Perfiles de la Cultura Cubana, 01, enero-abril de 2008, p. 3.
  6. Observaciones críticas de Blandine Destremau al presente artículo.
  7. Fernand Braudel: «La historia y las ciencias sociales», en Yoel Cordoví Núñez: En diagonal con Clío. Debates por la historia, La Habana, 2019, p. 210.
  8. «La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas», conferencia impartida en el College International de la Universidad John Jopkins, el 21 de octubre de 1966, Anthropos, Barcelona, 1989.
  9. Me refiero a las denominaciones utilizadas regularmente y no siempre explicadas, tales como cubanidad, nacionalismo, nacionalidad, colonialismo, colonización, capitalismo, esclavitud, feudalismo, entre conceptos tales como tiempo histórico, estructura, relaciones de producción, lucha de clases, superestructura, cultura, sistema político, base económica, sociabilidad, asociacionismo, pueblo, burguesía, clases subalternas, siervos, hacendados, comerciantes, obreros, campesinado, espiritualidad, etc.
  10. Ver las obras de Pedro Deschamps: El negro en la economía habanera del siglo xix; Pedro Deschamps y J. Pérez de la Riva: Contribución a la historia de la gente sin historia; Juan Pérez de la Riva: El barracón y otros ensayos; José Luciano Franco: Los palenques de negros cimarrones; José Rivero Muñiz: El tabaco, su historia en Cuba; y Pedro Serviat: El problema negro y su solución definitiva.
  11. Instituto de Historia del Movimiento Comunista y de la Revolución Socialista de Cuba: Historia del movimiento obrero cubano, 2 t.
  12. En los estudios relativos a la esclavitud se destacan María del Carmen Barcia Zequeira, Elda Cento Gómez, Ovidio Cosme Díaz Benítez, Rebeca Figueredo, Gloria García Rodríguez, Mercedes García Rodríguez, Oilda Hevia Lenier, María de los Ángeles Meriño Fuentes, Aisnara Perera Díaz, Olga Portuondo Zúñiga, entre otros autores. Relacionados con la república burguesa están las obras de Yoel Cordoví Núñez, Martin Duarte Hurtado, Marial Iglesias Utset, Ricardo Quiza Moreno, Pablo Riaño y Carlos del Toro González, por solo mencionar algunos.
  13. Observaciones críticas de B. Destremau al presente artículo.
  14. Fueron sus exponentes, entre otros, Diego González, Herminio Portell Vilá, Juan J. Remos y Emeterio Santovenia.
  15. Entre ellos estuvieron Elías Entralgo, José Luciano Franco, Hortensia Pichardo, Fernando Portuondo del Prado y Emilio Roig.
  16. El grupo incluye a Raúl Cepero Bonilla, Carlos Funtanella, Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals, Juan Pérez de la Riva, Antero Regalado, Blas Roca, Carlos Rafael Rodríguez, Pedro Serviat, por solo mencionar algunos.
  17. Exponentes de estas fueron Carlos Funtanella, Julio Le Riverend, Manuel Moreno Fraginals y Juan Pérez de la Riva. Este último vinculado a la Escuela de Frankfurt.
  18. Cuyos profesores fueron Carlos Funtanella, Alejandro García, Aleida Plasencia y Oscar Zanetti.
  19. Véanse las valoraciones de Yoel Cordoví Núñez en su libro En diagonal con Clío (citado).
  20. Ver la nota no. 10.
  21. Loables resultan las investigaciones de Yoel Cordoví, Fabio Fernández y Edelberto Leiva, entre otros.