La familia Borrero ha vivido durante más de un siglo custodiada por el mito, esperando a que sean descorridos defi nitivamente los velos de la casona de Puentes Grandes (hoy un triste solar al lado de un río que nunca ha vuelto a ser el mismo). El proceso de mitifi cación en torno a Juana Borrero (1877-1896) —una de las fi guras claves de esa estirpe de poetas y patriotas— hubo de iniciarlo Julián del Casal en 1893, a partir del califi cativo “virgen triste”, empleado en un sentido que ha perdurado hasta hoy y que pocos gestos críticos han intentado, aunque sea, matizar.

La base con que la crítica sobre la escritora operó durante gran parte del siglo XX es posible encontrarla en la mala lectura de sus contemporáneos. Una lectura que —más que develarla para el nuevo siglo— lo que hizo fue deformarla y llenarla de tópicos, que se pueden resumir en dos grupos fundamentales: uno que enfatiza la precocidad del genio (a través de denominaciones como “niña maga”, “niña musa” o “inspirada niña”); y otro que reconoce en Borrero el paso por la pubertad y nos la presenta como “virgen”, con todo el alcance patriarcal del término.

No sería hasta la publicación de la poesía completa (1966) y la salida a la luz del epistolario (1966-1967), que la crítica tendría elementos suficientes para penetrar en la intimidad vital y literaria de la escritora. Sin embargo, gran parte de los estudios posteriores han reincidido en aquellas imágenes, sin advertir la tensión que desde las propias cartas se establece con esos juicios.