Al iniciarse el siglo XX las ínfulas colonialistas de España se encontraban de capa caída después de la pérdida de Cuba 5, Puerto Rico y Filipinas. Dueña, en épocas anteriores, de vastos territorios que le proporcionaban riquezas y orgullo patrio, la ex-Metrópolis rumiaba en silencio sus derrotas, buscaba justificaciones y culpables y miraba el horizonte con el fin de hallar otras tierras donde pudiera erguirse el pendón de España y revitalizarse su alicaído imperio.

En Marruecos, cercano país solo separado por el Estrecho de Gibraltar, creyó ver esa posibilidad que tanto necesitaba. Contaba ya entonces con los enclaves de Ceuta y Melilla; pero debía ampliar más su dominio territorial en la zona aunque para ello tuviera que entrar en disputa con otras dos potencias europeas: Francia y Alemania, interesadas también en el control de esa nación norteafricana. En 1909 España logró incrementar su poder al anexarse la porción del norte de Marruecos bajo la fórmula de protectorado, mientras las autoridades francesas se consolidaban en el sur. De modo aparente las tribus rifeñas aceptaron la partición del país y le manifestaron fidelidad a las fuerzas españolas. Pero en 1920 Abd-el-Krim, un antiguo juez nativo que había ejercido su profesión en Melilla, consiguió unir a las cabilas del protectorado e iniciar un levantamiento en armas contra los españoles por medio de la táctica guerrillera. Esa sublevación, alentada bajo cuerda por franceses y alemanes, quienes les suministraban armamento a los rebeldes, se fue incrementando y con el fin de aplastarla el general Manuel Fernández Silvestre a la cabeza de un ejército integrado por miles de hombres inició un temerario avance por un territorio inhóspito, castigado por el sol y escaso de agua. Sus soldados, mal alimentados y vestidos, sin muchas motivaciones para el combate y pertenecientes casi en su totalidad al sistema de reclutamiento forzoso, se vieron obligados
a enfrentarse a un enemigo conocedor del terreno y con una firme motivación nacionalista. En julio de 1921 una poderosa ofensiva de los sublevados cayó sobre las tropas españolas, que tuvieron que escapar a la desbandada en lo que se conoce como el desastre de Annual. Atrás dejaron a alrededor de diez mil muertos y once mil prisioneros. Cuál fue el final del general Fernández Silvestre nunca se ha sabido.1

» Repercusión de aquel desastre en España y en Cuba

En España aquella vergonzosa derrota provocó una crisis nacional, principalmente en los marcos de la política y del ejército. Resultó muy criticada la forma de conducir esa guerra y fue considerado un gravísimo error no haber desarmado a las cabilas que de modo engañoso declararon subordinación a la monarquía de España. También salieron a relucir turbios negocios llevados a cabo por algunos oficiales, quienes no tenían escrúpulos en comerciar alimentos e incluso armas con los nativos y en apropiarse de la paga de los soldados.

En el seno de la numerosa colonia española afincada en suelo cubano aquel desastre fue asumido de modo general como una bofetada, una afrenta a la Madre Patria que a toda costa había que vengar. Las manifestaciones de dolor por los caídos se mezclaban con las de odio profundo hacia los marroquíes, quienes eran calificados de traidores, asesinos, salvajes y otras lindezas. El patrioterismo desbordado, que en el emigrante suele hacerse hiperestésico, ganó un amplio espacio en la prensa española en Cuba, conquistó un lugar prominente en los actos de las sociedades regionales como el Centro Gallego y el Centro Asturiano, dio motivo a declaraciones y discursos y exacerbó el sentimiento de hispanidad herida. El Diario Español, que dirigía el gallego Adelardo Novo, inicióuna colecta pública para la compra de un aeroplano que iría a engrosar la fuerza aérea en el Rif. Semanas más tarde el monto de lo recaudado alcanzó para llevar a cabo la adquisición de la nave, que fue bautizada con el nombre de Vengador. Desde las páginas del Diario de la Marina la periodista y escritora asturiana Eva Canel, quien durante nuestra Guerra de Independencia había librado una entusiasta labor en defensa del integrismo, y el sevillano Joaquín Gil del Real, comandante del ejército colonial que combatió a los mambises, no cesaban en su campaña a favor de la presencia de España en Marruecos, donde según ellos se combatía en aras de la civilización ante la ofensiva de la barbarie. A ellos se unió el poeta asturiano Emilio Martínez con el soneto «¡Adelante!», que vio la luz en la primera página de ese diario correspondiente al 2 de agosto de 1921 y cuyos dos cuartetos dicen así: «Después de tanta sangre derramada / fuera volver atrás vil cobardía, / hay que blandir sin compasión la espada / y castigar del Rif la felonía. // Es preciso avanzar por el camino / que la reina Isabel nos ha trazado, / y ante las plantas de Jesús Divino / arrojar El Corán despedazado.»

Frente a estos se situaban entonces algunos intelectuales españoles de pensamiento liberal e incluso de ideas radicales, entre ellos los periodistas que unas semanas más tarde fundaron el semanario España Nueva, cuyo lema fue: «Contra la Monarquía, el clero, los militares, la Guerra de Marruecos y los españoles patrioteros de Cuba». En Madrid, donde se desempeñaba como representante consular de Cuba, el narrador Alfonso Hernández Catá tuvo el civismo de criticar también las ambiciones colonialistas de España en suelo marroquí al precio de la vida de miles de jóvenes soldados. Esa digna actitud levantó una ola de protestas de las autoridades españolas y para acallarlas el gobierno cubano lo trasladó al consulado en Le Havre.

En aquel contexto de españolismo a flor de piel Gil del Real dio a la publicidad en la primera página del Diario de la Marina del 15 de agosto, bajo el título «Invitación patriótica a favor de España de un excapitán del ejército cubano», una carta que le acababa de dirigir Santiago Espino Rodríguez, antiguo combatiente del Ejército Libertador y a continuación, durante doce años, Capitán del Ejército Nacional. En su escrito decía hablar en nombre de un numeroso grupo de jóvenes cubanos y españoles dispuestos a partir rumbo a Marruecos para defender la causa de España y de la civilización, aseguraba contar con el respaldo de los comerciantes de la calle Muralla, así como de veteranos de nuestra gesta emancipadora, de oficiales que habían sido licenciados por su participación en el alzamiento contra la reelección de García-Menocal, miembros del Ejército Federal de México e incluso un jefe del Ejército Español. Todos ellos integrarían la Legión de Cuba, que estaría bajo su mando y en total agruparía a 1 500 hombres. De modo paradójico, en esta aventura colonialista coincidían los enemigos de ayer.

La propuesta levantó de inmediato una gran corrien te de simpatía. Desde ciudades del interior del país, como Cienfuegos, Ciego de Ávila y Sagua la Grande, llegaron a la redacción de ese periódico mensajes de adhesión al proyecto de Espino y de voluntarios dispuestos a formar parte de esa tropa. Las principales asociaciones españolas, encabezadas por el elitista y aristocrático Casino Español, también le dieron calor a la propuesta y para llevar a cabo acciones conjuntas y concretas se reunieron la noche del 29 de agosto. Después de haber sido pronunciados varios discursos por parte de los llamados prohombres de la colonia española se llevó a cabo una colecta en la cual asumieron papeles protagónicos industriales, comerciantes, almacenistas y grandes propietarios de esa comunidad. Con el fin de que la Legión de Cuba —también llamada en algunas ocasiones Legión Hispanocubana— pudiera contar con un respaldo monetario para llevar adelante sus labores organizativas y de reclutamiento se acopiaron en unos minutos más de veinte mil pesos, aunque precisamente en aquellos

días cientos de inmigrantes españoles sin recursos, algunos de ellos con la esposa e hijos pequeños, dormían en los portales habaneros en espera de ser repatriados. Aquella noche también quedó constituida la Junta Patriótica Española de Cuba, integrada igualmente por encumbradas figuras y dirigida a entablar estrechos vínculos entre la Legión y la Embajada de España en La Habana.

Aquel entusiasmo se hizo presente en numerosos lugares del país y a mediados del mes de septiembre comenzaron a llegar a la capital grupos de voluntarios que habían contado con el apoyo de la colonia española en su localidad. De Jatibonico llegaron 50 jóvenes y unos días después 86 procedentes de Ciego de Ávila, entre cubanos y españoles. A ellos se sumaron 50 legionarios negros que llevarían un machete al cinto, cuatro enfermeras, dos médicos, algunos veteranos de la primera Guerra Mundial y, para ofrecer ayuda espiritual, el sacerdote Agustín Miret, quien procedía de la parroquia de San Juan y Martínez, Pinar del Río. La noche del 14 de septiembre, en beneficio de los combatientes voluntarios, se estrenó en el Teatro Alhambra la obra titulada Los cubanos en Marruecos, una producción de Pepe del Campo con música del maestro Jorge Anckerman. La fecha de partida se fijó para el 20 de septiembre en el barco Alfonso XII.

Mientras tanto el capitán Espino seguía adelante con sus tareas organizativas. Al rey Alfonso XIII le envió una solicitud de indulto para aquellos legionarios españoles que hubieran sido considerados prófugos por haber escapado del Servicio Militar. También le dirigió a la Cámara de Representantes de Cuba la petición de que no perdieran la condición de ciudadanos cubanos los que integrasen la Legión, pues de acuerdo con la Ley Fundamental vigente entonces se le aplicaría esa medida a los que empuñasen las armas al servicio de otro país, a no ser que recibiesen autorización del aparato legislativo. En sus frecuentes declaraciones a la prensa hizo saber que la Legión de Cuba se regiría por las ordenanzas del ejército español, pero que mantendría su estructura autónoma y cohesionada, que integrarían un Coronel, capitanes, comandantes, etc. Aseguraba haber nacido en Santiago de Cuba y ser hijo de cubano y gallega.

Ya concentrados en La Habana alrededor de mil legionarios, se dedicaron a realizar algunos ejercicios militares en parques y plazas, fueron sometidos a una revisión médica y recorrieron la ciudad con el uniforme que se les ordenó vestir: pantalón y camisa de kaki, corbata negra, polainas y sombrero de castor. La víspera de la partida un centenar de ellos visitó la redacción del periódico Heraldo de Cuba, donde fue cálidamente saludado con un discurso por el general del
Ejército Libertador Gerardo Machado y Morales. Esta publicación ya había dado a conocer días antes que viajaría junto a los legionarios, como su corresponsal en Marruecos, el periodista y narrador Osvaldo Valdés de la Paz. Por su parte el diario La Lucha anunció que su corresponsal sería el caricaturista Eduardo Abela Villarreal.2 Ramón Vasconcelos, según se dijo entonces, era otro periodista que marcharía con igual destino y misión.3 Por aquellos días había salido también rumbo a España una expedición de combatientes voluntarios procedente de Argentina.

Llegó el momento de la partida y los mil legionarios con el capitán Espino al frente y su estandarte de color rojo con las banderas de Cuba y España se reunieron en el Muelle de Caballería. Una multitud integrada por familiares, amigos, simpatizantes y curiosos acudió también a la despedida. La Junta Patriótica Española de Cuba estuvo representada por algunos de los integrantes de su directiva y la Embajada de España por varios diplomáticos. No hubo presencia alguna de funcionarios oficiales cubanos. El gobierno, que entonces presidía Alfredo Zayas, se desentendió por completo de aquel proyecto; ya bastante ocupado estaba con la crisis financiera que había estallado y con las imposiciones que le hacía la banca norteamericana para superarla.

El traslado en lanchas a la nave se llevó a cabo de modo ordenado; pero cuando aún quedaban en tierra cerca de trescientos voluntarios el capitán de la embarcación se negó a aceptar uno más por falta de capacidad. Esta situación imprevista, provocada al parecer por un error organizativo de la Embajada de Madrid, cayó como un jarro de agua congelada sobre los que no podrían emprender viaje. Aunque se les prometió que embarcarían el 3 de octubre en otro barco el desánimo los abrumó. No pocos de ellos procedían de diferentes lugares del interior del país y antes de enrolarse habían liquidado todos sus asuntos e incluso renunciado a su puesto de trabajo. De improviso se encontraban sin dinero y sin un lugar a donde ir. A ese percance vino a sumarse una grave denuncia: el día anterior un individuo perteneciente al Estado Mayor de Espino había vendido en un peso, entre los legionarios, placas numeradas para ser de los primeros en subir al Alfonso XII, y el negocio resultó ser un timo. Esta fue la primera decepción que sufrieron; después llegarían otras.

Aquellos que lograron trasladarse a España no fueron llevados a Madrid, como se les había anunciado en un principio, y no pudieron desfilar por el Paseo de la Castellana, como era su ilusión. Al parecer las autoridades españolas durante el trayecto cambiaron la ruta y dirigieron la nave al puerto de La Coruña, a donde llegaron los integrantes de la Legión de Cuba cantando, bailando a ritmo de conga, haciendo bromas y lanzando carcajadas. Aquel comportamiento estaba muy lejos de corresponderse con el de una tropa disciplinada que muy pronto tendría que entrar en combate y de seguro llenó de preocupación a los militares españoles. Estos decidieron que ningún legionario desembarcara. Algunos protestaron y fueron conducidos a tierra, pero para ser internados en un cuartel. Entonces los oficiales reconsideraron su determinación y permitieron que el capitán Espino y casi un centenar de sus hombres desembarcaran. Al recorrer las principales avenidas de La Coruña recibieron un saludo muy efusivo de los gallegos. Seguidamente fueron todos trasladados a la nave Marqués de Campo, que los condujo a Ceuta.

En ese enclave español en África, que había sido punto de confinamiento de numerosos patriotas cubanos durante nuestras luchas emancipadoras, los recibió de un modo frío, soberbio y despectivo el comandante Vara del Rey, quien seguramente ya había sido bien informado acerca del componente heterogéneo de los legionarios cubanos. En primer término el oficial les comunicó que la Legión de Cuba no podía ser aceptada como una fuerza autónoma y que sus miembros tendrían que incorporarse a la tropa como simples soldados, sin que se les reconociera grado al
guno, pues solo el Ejército Español estaba facultado para designar los mandos, en correspondencia con el escalafón, la jerarquía y las acciones guerreras. De ese modo descendían al nivel de simples combatientes veteranos de algunas contiendas que se consideraban con derecho a que se les reconocieran los grados que habían alcanzado.

A no pocos les molestó que este comandante les dijera a la cara que en España sobraban corazones bravos dispuestos a jugarse la vida, con lo cual insinuó que la presencia de ellos allí resultaba innecesaria. A Santiago Espino le ordenó que le entregase todos los documentos sobre la Legión de Cuba que traía, a lo que este se negó. Y con Osvaldo Valdés de la Paz tuvo un choque personal más fuerte: lo mandó a que formase junto con los soldados. Este le explicó que no era soldado, sino periodista en función de corresponsal. Vara del Rey le ripostó que allí no había periodistas, sino soldados bajo el mando del superior del Tercio, Millán Astray.4 El representante de Heraldo de Cuba le dijo entonces que tendría que ponerlo a formar a la fuerza.

En Ceuta a los legionarios cubanos les robaron pertenencias. Algunos fueron objeto de humillaciones y maltratos por parte de militares españoles ya experimentados. El comandante de la plaza les exigió que se definieran: o ingresaban en el Tercio de la Legión, creado el año anterior por Millán Astray a semejanza de la Legión Extranjera francesa, o se marchaban. De los 731 hombres que habían llegado a ese lugar alrededor de 500, casi todos españoles, aceptaron el reclutamiento. El resto decidió viajar a la Península para retornar a La Habana. Valdés de la Paz escribió poco después: «En Ceuta los vejámenes y la indiferencia fueron un soplo helado que apagó el entusiasmo de las tropas que salieron de Cuba decididas a vencer o morir».5

El 18 de octubre apareció impresa en Heraldo de Cuba la siguiente información de este corresponsal, la cual de seguro causó una profunda conmoción no solo entre los miembros de la comunidad española:

La Legión de Cuba ha sido disuelta

Soldados españoles en la guerra en Marruecos.

Soldados españoles en la guerra en Marruecos.

Las dificultades ocurridas al llegar el contingente de la Legión de Cuba a los campos de entrenamiento en Ceuta, donde se practican los exámenes y se forman las unidades, han culminado en la resolución tomada por el alto mando español de declarar la disolución de la referida legión por no constituir un núcleo efectivo para completar el cupo necesario. El capitán Santiago Espino, que ha laborado con gran celo a favor de los voluntarios que reunió en Cuba, ha conseguido que sean repatriados los legionarios que no deseen o no puedan (sic) agregarse a otras unidades en formación.6
Hasta donde conocemos, la Junta Patriótica de España en Cuba no emitió ninguna declaración pública sobre este desenlace. En sus artículos periodísticos Gil del Real asumió la difícil tarea de malabarismo de justificar a las autoridades españolas y negar que los legionarios hubieran sido víctimas de vejámenes y discriminación. Los testimonios de algunos de ellos al retornar a Cuba, gracias a las gestiones del ministro de Guerra de España, Juan de la Cierva, quien asumió los gastos, resultaron algo contradictorios, pero coincidentes acerca del proceder incorrecto del comandante Vara del Rey. El debate se avivó tras la llegada de Valdés de la Paz a esta capital en la primera quincena de noviembre y dar a conocer sus experiencias. Bajo los titulares «Diputados y periodistas acusan a los militares por los atropellos que han cometido con los legionarios de Cuba» «En los últimos combates de Ceuta caen 12 legionarios de Cuba», este periodista denunció que los oficiales del Tercio cobraban una buena comisión por cada mercenario que reclutaran. De ahí el marcado interés de Vara del Rey y sus compinches de disolver la Legión de Cuba y hacer que sus
integrantes se incorporasen al Tercio. Y remataba su acusación con estas palabras: «Este ha sido el secreto de todo lo ocurrido: un negocio más en los millares de negocios escandalosos que se han venido haciendo en África por los militares españoles».7 De ese modo puso el dedo sobre la llaga y desmontó el discurso patriotero que procedía de los gobernantes de Madrid y de los altos mandos de su ejército y que encontraba en Cuba una caja de resonancias. En efecto, como pudo comprobarse tiempo después, en Marruecos estaban en juego muchos intereses materiales, entre ellos, además, las ganancias que obtenía por la explotación de las minas de hierro el poderosísimo Conde de Romanones. La grave acusación de Valdés de la Paz fue ratificada días más tarde por Santiago Espino al retornar a Cuba. Según sus palabras, dadas a conocer también en Heraldo de Cuba, pero en su número del 6 de diciembre, fue humillante el trato de Vara del Rey hacia él y hacia los legionarios cubanos en su afán inescrupuloso de cobrar una comisión por medio del reclutamiento en el Tercio. Dispersos por los distintos batallones que combatían en la zona del Rif, por la capital española o por otros lugares de su geografía, quedaron los demás integrantes de la frustrada Legión de Cuba.

» El testimonio de un sobreviviente

Por extraña coincidencia, exactamente dos años después de la partida de la Legión de Cuba en el barco Alfonso XII apareció publicada en el Diario de la Marina la siguiente entrevista a uno de los participantes de aquella aventura, quien había regresado al país dos días antes:
Legionario cubano inutilizado en el Rif
Ayer visitó esta redacción el legionario cubano José Rodríguez y Rodríguez, que acaba de llegar de Marruecos, a donde fue formando parte de la expedición organizada por Espino. Sirvió en la zona de Melilla, como soldado de la décima cuarta compañía de la Segunda Bandera del Tercio Extranjero, y resultó herido en tres acciones de guerra, habiendo causado baja definitiva por inutilidad física. La primera bala con que lo alcanzaron los moros, le atravesó un brazo, la segunda le lesionó la pierna izquierda, y la tercera le fracturó la derecha, dejándole cojo. Como premio a su valor trae tres condecoraciones y como recuerdo perpetuo de su honrosa aventura, un par de muletas… Nos cuenta el legionario Rodríguez que de los setecientos treinta y un individuos que salieron de La Habana para inscribirse en el Tercio Extranjero no quedan bajo las gloriosas banderas de esa entidad más de veinte. Unos se han licenciado; pero la mayor parte pagó tributo a la muerte, cayendo cara al sol, frente al enemigo. La sangre que ha derramado pródigamente el Tercio puede calcularse con saber que de los doce mil alistados que llegó a contar le quedan hoy poco más de tres mil.
A continuación el entrevistado ratificó su condición de cubano y expresó su deseo de establecerse en Sancti Spíritus.8 Ese testimonio dado a conocer por el Diario de la Marina, cuyas posiciones hispanófilas se mantuvieron siempre inalterables, difiere en matices y en detalles importantes de la entrevista a ese mismo legionario, José Rodríguez y Rodríguez, que se publicó tres días más tarde en Heraldo de Cuba, de orientación liberal y nacionalista. Esta es la otra versión, más cruda y dramática: La dolorosa odisea de un legionario cubano
Yo fui uno de los legionarios —dice— que se alistaron en las filas del capitán Espino en septiembre de 1921. Pero yo no volví la cara frente al hosco peligro que nos amenazaba. Durante 23 meses permanecí en servicio activo, en la columna del General Sanjurjo (…) Cuando me declararon inútil fui licenciado. Me obsequiaron con cuatro condecoraciones: dos cruces y dos medallas. Muy bonitas por cierto y muy honrosas, pero que no me abrieron en Madrid las puertas de los restaurants. (…) Estuve a merced del infortunio a mi regreso de África. Me hicieron el honor de consignar mis méritos en la hoja de servicios… pero no me pagaron los sueldos atrasados que se me adeudaban: 300 pobres pesetas acuñadas con sangre y dolor. Al fin, después de dos meses y medio de reiteradas gestiones conseguí que se me concediera el pasaje de regreso, pero ni un centavo para gastos de viaje. Nuestro Cónsul en Cádiz me ayudó noblemente. Pero al desembarcar en La Habana no tuve ni para el pago de la lancha.9

» Fin de la historia

España continuó decidida a mantener su protectorado en Marruecos y lanzó grandes ofensivas contra los rebeldes. En 1925 desembarcó en la bahía de Alhucenas un gran contingente de tropas al mando del general Sanjurjo, pero dos años después el dictador Primo de Rivera decidió ponerle punto final a aquella contienda que desangraba económica y políticamente al país y propiciaba el éxodo de muchos jóvenes para eludir el Servicio Militar. A Joaquín Gil del Real el rey Alfonso XIII le concedió en 1922 la Placa de Mérito Militar; murió en La Habana dos años después. Eva Canel recibió de Primo de Rivera en 1929 el Lazo de la Orden Isabel la Católica y la Medalla de Oro de Ultramar; falleció también en esta capital, pero en 1932. Millán Astray, personaje verdaderamente siniestro que solía exclamar ¡Viva la muerte! y ¡Abajo la inteligencia!, mutilado de guerra y de pensamiento, fue pulverizado por don Miguel de Unamuno en un encuentro verbal que sostuvieron en la Universidad de Salamanca unos meses después de iniciada la Guerra Civil. Osvaldo Valdés de la Paz posteriormente publicó varias novelas, recibió algunos premios periodísticos, fue nombrado Ministro de Agricultura y realizó una importante labor en fomento de la educación en zonas rurales. Murió en La Habana en 1959. Santiago Espino declaró tras su regreso a Cuba que se dedicaría a sus negocios particulares. A partir de ese momento se nos pierde su rastro, que quizás se esfumó como el de aquel contingente de jóvenes cubanos y españoles que se enrolaron en una aventura colonialista y demostraron un valor y una voluntad de sacrificio dignos de mejor causa.
Notas:
1. Manuel Fernández Silvestre había nacido en El Caney, cerca de Santiago de Cuba. Formaba parte de otros miembros del más alto generalato español que igualmente habían nacido en suelo cubano, como Emilio Mola y Alfredo Kindelán.

2. En el largo testimonio de este destacado caricaturista y pintor que aparece recogido en Eduardo Abela cerca del cerco (La Habana, 1986), de José Seoane Gallo, se omite toda referencia a la Legión de Cuba y a su traslado a España con los legionarios. Solo afirma: «Partí muy joven para España, lleno de ignorancia y de ilusiones, con los bolsillos casi vacíos… Quería estudiar y ver buena pintura…» (p. 177) «A pesar del poco entusiasmo que despiertan hoy en mí las incidencias de ese viaje a España, ello no significa que yo reniegue cómodamente ahora, amparado en la vejez, de lo que realicé en aquel país…» (p. 178) «Los amigos gracias a los cuales pude viajar a España pertenecían, todos, al campo del periodismo, con el que yo estaba relacionado gracias a mi afición a la caricatura.» (p. 179). Sin embargo, el autor de este libro inserta el siguiente testimonio de Julián Vivanco, amigo de la infancia de Abela, a quien llamaban Billito: «Varios años después, cuando ya yo estaba en Vereda Nueva ejerciendo la Medicina, me enteré de que Billito y Osvaldo Valdés de la Paz —cuya familia era de Güines—, periodista del Heraldo de Cuba, se habían ido para España como voluntarios de la guerra contra los moros.» (p. 282). Resulta evidente que Abela, tras desembarcar en España, se desentendió de la Legión de Cuba y se entregó a su interés personal: la pintura. Eduardo Abela Villarreal aparece en la relación de corresponsales, en su caso de La Lucha, que viajaría con los legionarios. Ver Heraldo de Cuba Año x Nro. 241. La Habana, 20 de septiembre de 1921, p. 1.

3. Vasconcelos de España pasó a París y también se desentendió de la Legión de Cuba. Tampoco llegó a viajar a Marruecos.

4. «A través de una rigurosa censura nuestro enviado especial desliza un relato sobre los atropellos que cometieron algunos militares con los legionarios» por Osvaldo Valdés de la Paz. En Heraldo de Cuba Año x Nro. 296. La Habana, 4 de noviembre de 1921, pp. 1 y 3.

5. Ídem.

6. «La Legión de Cuba ha sido disuelta» por Osvaldo Valdés de la Paz. En Heraldo de Cuba Año x Nro. 289. La Habana, 18 de octubre de 1921, p. 1.

7. «Diputados y periodistas acusan a los militares españoles por los atropellos que han cometido con los legionarios de Cuba» por Osvaldo Valdés de la Paz. En Heraldo de Cuba Año x Nro. 315. La Habana, 23 de noviembre de 1921, pp. 1 y 10.

8. «Legionario cubano inutilizado en el Rif». En Diario de la Marina Año xci Nro. 263. La Habana, 20 de septiembre de 1923, p. 1.

9. «La dolorosa odisea de un legionario cubano». En Heraldo de Cuba Año xii Nro. 265. La Habana, 23 de septiembre de 1923, p. 14.