El día 2 de abril de 1944 el humilde tabaquero, muy discreto versificador y amante entusiasta de la poesía Francisco (Pancho) Arango estableció en su hogar, situado en la calle Prensa Nro. 205, Cerro, La Habana, la que bautizó como La Casa de los Poetas1. Junto a él estuvieron, en el punto de partida, Pedro Mantilla, Isidoro Virgilio Merino, José Pérez Borges, Ramiro de Armas, Carlos Reyes y José L. Castellanos, cuyos nombres hoy resultan casi por completo desconocidos incluso para los conocedores de las letras cubanas. A partir de esa fecha, y de forma casi ininterrumpida, durante años allí se celebraron tertulias de apasionados amantes de la literatura, declamaciones de poemas, recitales de poesía por sus autores, y otras actividades similares. El propósito del anfitrión era crear un espacio de encuentro para que los amantes de la poesía pudieran conocerse, confraternizar y divulgar, al menos verbalmente, ya que en muchos de ellos no estaba a su alcance hacerlo a través de la letra impresa, sus respectivas obras.
Muy pronto La Casa de los Poetas se convirtió en punto de reunión de autores pertenecientes a diversas generaciones y a distintos estratos sociales, tanto residentes en la capital o de paso por ella. No se estableció un programa riguroso para las lecturas, ni un orden, ni una escala jerárquica. En ese aspecto hubo libertad para que cada cual dijera sus poemas y después se expresaran comentarios acerca de ellos, siempre en un marco de respeto. Tampoco se convirtió aquel espacio en un círculo cerrado, un cenáculo exclusivo para algunos invitados; por el contrario, en él prevaleció la hospitalidad, la armonía y el sentido de la camaradería. Temas sensibles a la polémica como la política partidista, las convicciones ideológicas y las creencias religiosas fueron dejados a un lado en aras de que existiera un ambiente de concordia.
La Casa de los Poetas fue creciendo en número de participantes y en divulgación de sus encuentros literarios y ese logro llevó a que sus fundadores decidieran inscribirla oficialmente en el Registro de Asociaciones del Gobierno de la Provincia de La Habana, instancia ante la cual presentaron su Reglamento el 28 de abril de 1945 y, poco después, el 5 de junio, su Acta de Constitución. De acuerdo con sus Estatutos, se definió como una asociación de «carácter cultural y artístico» y entre sus principales objetivos estableció: «Procurar las relaciones más cordiales y beneficiosas entre todos los poetas, a quienes considera miembros de una familia universal y eterna y colaboradores en un común ideal de creación».2  El abrazo que extendía la Casa de los Poetas no podía ser más fuerte, ancho y solidario.
La primera directiva de la organización quedó constituida de la siguiente forma: Presidente: Pedro Mantilla; Vice­Presidente: Isidoro Virgilio Merino; Secretario: Ramiro de Armas; Vice­Secretario: Alipio Adolfo Menéndez Alberdi; Tesorero: Francisco Arango; Vice­Tesorero: Germán Escobar; Director: José L. Castellanos; Vocales: José Pérez Borges, Juan Ortega Vega, Mario A. Rodríguez Alemán, Ángeles Caíñas Ponzoa, Manuel Mestas, Sergio Enrique Hernández Rivera, María del Refugio (Cuca) Segón, Justino Lezcano, Vicente R. Revuelta, Manuel Aguiar Silverio, Segundo Arango y Raúl Ferrer. También firmaron el acta de la elección, aunque no integraron la directiva, los escritores Eduardo Agüero Vives y Antonio Freire.
De esta relación, algunos escritores solo llegaron a alcanzar un modesto escalón en las letras cubanas y otros un sitio más relevante. En el primer grupo pueden incluirse a Pedro Mantilla, autor del poemario Emulación del árbol (1950), a Isidro Virgilio Merino por su investigación El ejército en nuestra historia (1935), a Ramiro de Armas con su Yo canto a La Habana. Poema a la memoria de José Cabrera Díaz (Caibarién, 1941) y a Francisco Arango, quien nos legó un puñado de versos recogidos en el volumen Música de nostalgia (1950), que más adelante abordaremos brevemente. Escasa fue también la significación de los dos libros de poemas que más de veinte años antes había publicado el santanderino establecido en La Habana Vicente Revuelta Revuelta: Suspiros del emigrante, en 1921, y Momentos, en 1924, aproximadamente la época en que Agüero Vives dio a conocer su obra de teatro de carácter anticlerical Las miserias de la sotana (s/a). Ángeles Caiñas Ponzoa, autora de la obra de denuncia Presidio Modelo (1952), solo publicó el poemario De mis soledades, en 1958, y Cuca Segón, de origen mexicano y esposa del poeta José Sanjurjo, se limitó a divulgar su escasa producción poética a través de algunas publicaciones periódicas.

Sentado, al centro, Pancho Arango. De pie, de derecha a izquierda, el segundo es Alfonso Camín y el tercero, Enrique Pizzi de Porras. Enero de 1953 en la Casa de los Poetas.

Mayor incidencia en la cultura cubana, en sentido general, alcanzaron Menéndez Alberdi, Rodríguez Alemán, Hernández Rivera y Raúl Ferrer. El primero de ellos reunió sus versos de juventud en Emocionario doliente (1938), al que le siguieron Escalas (1945) y Canciones afines (1947). Ya después del triunfo revolucionario obtuvo varias menciones en el Concurso Casa de las Américas, así como premios en el Concurso 26 de Julio y en La Edad de Oro. Se desempeñó como jefe de la Dirección de Literatura de la Provincia Habana y publicó los libros de poemas Juegos de islasol (1976), para los niños, y Paloma del viento libre (1992), entre otros títulos. Si bien Rodríguez Alemán dio a conocer sus primeros versos en el cuaderno Suite (1947), a continuación se dedicó al teatro, al cine y a la enseñanza. Fue director de la Academia de Arte Dramático del Municipio de La Habana durante más de una década y ejerció la crítica de teatro y de cine en varias publicaciones habaneras. Después de 1959 dirigió el Conjunto Dramático Nacional y la Escuela Nacional de Arte y asumió la rectoría del Instituto Superior de Arte. Reunió sus críticas cinematográficas en los dos tomos de La sala oscura (1982) y se desempeñó como jurado en varios festivales internacionales de cine.
Hernández Rivera llegó a publicar media docena de poemarios, entre ellos los titulados Forastero de la sombra (1948), Defensa de las golondrinas (1956), Revolución es también eso (1975) y De distintas maneras (1990). Tomó parte en la constitución de la UNEAC, recibió premios en los concursos de poesía Enrique Hart Dávalos y Rubén Martínez Villena y fue incluido en varias antologías. Acerca de Raúl Ferrer podemos decir que desde joven se dedicó a la enseñanza como maestro rural, a la militancia comunista y al cultivo de la décima. Su primer libro apareció en 1947: El romancillo de las cosas negras y otros poemas escolares, al que le siguieron, después del triunfo de la Revolución, Viajero sin retorno (1979), Décima y romance (1981) y El retorno del maestro (1990). Durante esta etapa histórica desempeñó importantes cargos en el ámbito de la educación y la cultura: fue vice­coordinador de la Campaña Nacional de Alfabetización, viceministro de Educación y Coordinador Nacional del Programa de Fomento de la Lectura, trazado por el Ministerio de Cultura. También representó a nuestro país en diversos congresos internacionales. Llama la atención que estos cuatro autores procedían de distintas localidades del norte de la provincia de Las Villas y posiblemente mantuvieran entre ellos lazos de amistad.
Muy larga resulta la relación de los escritores que en los años siguientes se convirtieron en participantes, asiduos u ocasionales, en dicho espacio; pero bien podemos mencionar a José Ángel Buesa, quien cosechaba en aquellos días grandes éxitos con sus versos neorrománticos y sus novelas radiales, a Arturo Doreste, autor del poemario Mis sueños y mis rosas, publicado en el lejano año de 1917, a José Sanjurjo, que podía mostrar como aval el recibimiento de varios premios literarios en el extranjero, a los también decimistas, como el ya mencionado Raúl Ferrer, Francisco Riverón, autor de obras como Surco y taberna (1950) y José de los cubanos (1960), Jesús Orta Ruiz (Indio Naborí), quien llegó a publicar más de una veintena de libros de poemas, entre ellos El pulso del tiempo (1966) y Viajera peninsular (1990), y Adolfo Martí, premio en el Concurso 26 de Julio en 1971 con Alrededor del punto y alto funcionario del Consejo Nacional de Cultura, donde se desempeñó entre 1973 y 1977 como Director Nacional de Literatura.
Un número considerable de mujeres se hicieron presentes también en La Casa de los Poetas, entre ellas, además de las ya citadas Ángeles Caíñas Ponzoa y María del Refugio (Cuca) Segón, la santiaguera Pura del Prado, autora de los poemarios De codos en el arcoiris (1952) y El río con sed (1956), Alma Rubí y Mirtha García Vélez. Junto a ellas estuvieron muchas veces las conocidas declamadoras Carmina Benguría y Olga Rodríguez Colón. Uno de los actos más sobresalientes que en la sede de esta asociación se ofrecieron fue el homenaje dedicado a Carilda Oliver Labra el 17 de febrero de 1951 con motivo de haber obtenido el Premio Nacional de Poesía, que otorgaba el Ministerio de Educación, por Al sur de mi garganta.
Aunque La Casa de los Poetas se trazó siempre entre sus principios el respeto mutuo y la tolerancia, no pudo sustraerse a la polémica pública. Como ejemplo podemos citar la que mantuvieron Adolfo Menéndez Alberdi y el poeta y periodista Guillermo Villarronda en la revista Tiempo en Cuba en agosto de 1946. En un artículo publicado en la prensa, que no hemos podido localizar, este último manifestó el menosprecio que le inspiraba La Casa de los Poetas y la pobre valía literaria de los que allí se agrupaban. Ante aquel ataque gratuito, Menéndez Alberdi le contestó:

No creemos, desde luego, que sea ella /La Casa de los Poetas/ la «raíz de la cultura cubana», la «órbita de la intelectualidad criolla» ni mucho menos, pero tenemos, sí, la seguridad de que sus componentes están animados de los mejores propósitos y deseosos, en su mayoría, de acoger en su seno a cuantos, grandes o pequeños, quieran defender, en la última trinchera del espíritu, el derecho a soñar… Ignora el señor Villarronda que en la Casa de los Poetas existe un grupo de hombres y mujeres de pensamiento y acción, que aman la verdadera poesía y que no están contaminados por la envidia de adentro ni de afuera, ni obedecen órdenes de ningún dueño que no sea el ideal. Este grupo, ardido de afanes creadores, está formado por espíritus progresistas, conscientes del papel que deben y tienen que desempeñar los intelectuales en esta hora de lucha de ideas e intereses, de inaplazables reivindicaciones populares. Su voz es acaso poco conocida, no tanto por lo débil como por lo hostil del medio (y el medio es toda la nación)…

Y más adelante añadió:

…en la calle de Prensa, en el Cerro, hay, efectivamente, una casa abierta para todos los poetas, buenos y malos, hombres y mujeres, blancos y negros, que se sostiene por la paciencia benedictina y la generosidad sin recompensa de un viejo tabaquero cuya habilidad en la confección de los habanos corre pareja con su amor a toda bella expresión del pensamiento, y que, además, ni pide nada para sí ni se cree gran poeta…
¿Qué los poetas de la casa de Prensa 205 son los peores? Pues vengan a ella los «otros», los mejores, y vengan en número crecido, no para imponerse como francos del pensamiento, sino para ejercer la autoridad amable del buen saber y el obrar bien. Pero no se destruya desde fuera lo que no se ha sabido, ni dentro ni en ninguna parte, edificar.3

En el número siguiente de Tiempo en Cuba, Villarronda intentó ofrecer una respuesta al artículo de Menéndez Alberdi que en realidad no llega a ser tal. Es una nota breve en la que elude abordar los argumentos expuestos por este, hace alusión a hechos que no vienen al caso y cae en la burla. Estas son sus palabras finales:

Y adiós que llega el clásico lechero a la casa… de los poetas…
¡Ah! Cabe recordar la oportuna invocación del chorotega Rubén Darío ante nuestra Señora la Academia Española, entregada ahora en cuerpo y alma al «no beligerante» Francisco Franco, y exclamar: ¡De la Casa de los «Poetas», líbranos, Genovevo! 4

El 30 de marzo de 1952 de nuevo se celebraron elecciones en esta organización y la directiva quedó conformada del siguiente modo: Presidente: Juan Ortega Vega; Vicepresidente: Miguel González; Secretario: Ángeles Caíñas Ponzoa; Vicesecretario: Julián Molina; Tesorero: Heliodoro García Celestrín; Vice Tesorero: Justino Lezcano; Director: Carlos M. Reyes; Vocales: Pedro Mantilla Collazo, Isidoro Virgilio Merino, Mirta García Vélez, Arturo Doreste, Teresa Rosell, Mario Julio Moreno, Andrés Acosta, Sergio E. Hernández Rivera, Manuel González Zorrila, Francisco Arango Valdés, Enrique Agüero y Ramiro de Armas. De esta lista queremos detenernos en tres nombres: Miguel González, Mario Julio Moreno y García Celestrín. El primero, además de versificador de muy escaso talento, era un vulgar adulador de Fulgencio Batista, a quien durante años le dedicó a través de El País Gráfico y de otras publicaciones habaneras de la época lamentables composiciones laudatorias que abarcaban también a la esposa y a los hijos del sátrapa. El segundo obtuvo varios reconocimientos en los concursos literarios convocados por la Federación Nacional de Escritores y en 1958 reunió sus versos en el volumen La miel del corazón y otros poemas. García Celestrín, tras cultivar durante muchos años la poesía, con modestos resultados, finalmente en 1989 logró publicar su primer libro, Después del conuco, que contó con prólogo de Raúl Ferrer.
Otro encuentro exitoso que tuvo como escenario La Casa de los Poetas fue el caluroso recibimiento dispensado al poeta asturiano Alfonso Camín, uno de los iniciadores de la poesía negrista o afrocubana, quien había residido en Cuba décadas atrás y, además de ser redactor del Diario de la Marina, había publicado aquí sus primeros libros de versos, entre ellos Adelfas (1913). Procedente de México, donde se había establecido, volvió de visita a La Habana en enero de 1953, atraído por los numerosos programas culturales elaborados para honrar a Martí en el centenario de su natalicio. Unos años después, en su libro de memorias Entre palmeras (Vidas emigrantes), estampó el siguiente recuerdo del homenaje que se le tributó, posiblemente con una pincelada hiperbólica:

La Casa de los Poetas, con el inolvidable Pancho Arango y otros soldados de Apolo a la cabeza, me dieron un homenaje. Fueron tantos los asistentes, poetisas, poetas, recitadores que, no cabiendo en el recinto de Apolo, fue necesario ocupar el salón de un cine vecino. Me llovieron discursos evocando mis pasos para la creación de la poesía afrocubana. No faltó ni Arturo Clavijo que vino de Oriente como los Reyes Magos.5

Ángeles Caíñas Ponzoa asumió la máxima responsabilidad de esta organización tras la muerte de Pancho Arango, ocurrida el 2 de mayo de 1955. Este solo dejó como huella escrita el poemario Música de nostalgia (1950), de muy limitado valor literario, pero el punto de encuentro que fundó en su hogar lo sobrevivió. Acerca de sus valores personales, declaró en el prólogo el crítico de arte y periodista del diario Información Rafael Marquina:

Francisco Arango, el querido Pancho de la Casa de los Poetas, de la casa que él cedió a los poetas para que ellos cumplan esa nobilísima labor de acercamiento y amistad, de colaboración en la quimera, de auxilio de las almas que tan denodadamente, tan humanamente practican desde hace años, es un hombre que en la madurez de su vida se dio cuenta de que el alma le hablaba en verso. ¡Pensad qué limpia vida ha vivido! 6

En octubre de 1958, en medio de una situación política muy compleja como resultado de la ya evidente descomposición del régimen de Batista, se efectuaron nuevas elecciones, que dieron como resultado la conformación de un cuerpo de dirección más reducido con respecto a los anteriores: Presidente: Ángeles Caiñas Ponzoa; Vicepresidente: Mario Julio Moreno; Secretario de Correspondencia: José Jorge Gómez; Director: Francisco Riverón; Vice Director: Jesús Orta Ruíz; Vocales: Raúl Ferrer, Pedro Mantilla, Arturo Doreste y otros que nos resultan por completo desconocidos. Encontramos en esta relación a un nuevo autor, José Jorge Gómez, quien empleó el seudónimo de Baltasar Enero para firmar su novela La ruta interplanetaria (1946) y el poemario La voz multiplicada (1961). Ya en aquellos días, de seguro como consecuencia del fallecimiento de Pancho Arango, La Casa de los Poetas había pasado a tener su sede en la calle Cuarteles Nro. 56, de acuerdo con algunas versiones el domicilio particular de la presidenta en funciones.
Hasta donde conocemos, esta asociación continuó su funcionamiento con normalidad tras ocurrir el triunfo revolucionario de enero de 1959 y en la Relación de Asociados que en el siguiente mes de mayo hizo entrega al Registro de Asociaciones encontramos tanto a antiguos asociados como a otros nuevos. Entre los primeros se hallaban Ángeles Caíñas, que había pasado a ser Secretaria, Juan Ortega Vega, quien había asumido la presidencia, Pedro Mantilla, Ramiro de Armas, Vicente Revuelta Revuelta, Doreste, Jesús Orta Ruíz, Mirta García Vélez, Riverón, García Celestrín, Hernández Rivera, Raúl Ferrer, Baltasar Enero y Miguel González. En la relación de nuevos miembros se hallaban: Onelio Jorge Cardoso, consagrado años después como uno de nuestros principales cuentistas, el historiador Juan Jerez Villarreal, autor de Oriente (biografía de una provincia) (1960), el narrador y escritor de radio Francisco Chofre, quien recibiría mención en el concurso de novela Casa de las Américas 1966 con la parodia La Odilea, el poeta Luis Ángel Casas, autoproclamado creador de una nueva rima, que denominó «potencial», y autor de El genio burlón y otros poemas (1959) y el periodista y también poeta Ramón Álvarez Silva, director de la revista El Heraldo de Haití. Otros escritores de nueva incorporación fueron el exégeta martiano Pedro N. González Veranes, quien ya había publicado la investigación La personalidad de Rafael Serra y sus relaciones con Martí (1943), Joaquín González Santana, autor de las novelas Nocturno de la bestia (1978), Recuerdos de la calle Magnolia (1982) y Son de la loma (1987) y miembro durante varios años del Comité Nacional de la UNEAC, así como el poeta guantanamero Ernesto Víctor Matute, quien había visto salir impreso en 1948 su libro de versos Viento de proa, el tunero Gilberto E. Rodríguez, merecedor de elogios en su villa natal por Sementera; poemas (1949), y Ángel Cuadra, cuyo primer libro apareció en 1959, Peldaño.
A pesar de su aparente vitalidad, en aquellos momentos La Casa de los Poetas se derrumbaba, en gran medida como consecuencia de problemas organizativos internos. Días después de enviar la Relación de Asociados reseñada por nosotros, recibió del Gobierno Provincial Revolucionario, con fecha 8 de junio, la comunicación de que se había cancelado su inscripción por no haber entregado desde hacía años documentos fundamentales como las actas de las reuniones y los balances de Tesorería. Finalmente, por Resolución Nro. 405 del Gobierno Provincial Revolucionario, firmada el 18 de agosto de 1960, quedó definitivamente cancelada La Casa de los Poetas. Ya en esa fecha muchos de sus miembros se habían incorporado a diferentes labores dentro del proceso revolucionario y otros, como Miguel González, habían marchado al extranjero.7
No tenemos conocimiento acerca de las características de los poemas que por lo regular se leían o se divulgaban en La Casa de los Poetas, pero a juzgar por la orientación estética de los autores que la frecuentaban podemos conjeturar que eran obras de contenido sentimental y neorromántico, sobre temas patrióticos como la bandera, las gestas independentistas y las figuras de Martí, Maceo y Máximo Gómez, el paisaje cubano, las bellezas de la mujer y otros tópicos tradicionales. Nos han llegado noticias de que en esas tertulias se declamaban versos de Rubén Darío, Amado Nervo, Juan de Dios Peza y Jesús Santos Chocano, entre otros, y muchas veces los trovadores interpretaban melodías acompañados de la guitarra.
No deja de llamar la atención que en aquel espacio coincidieron escritores de muy diversas orientaciones políticas, que iban desde los comunistas Raúl Ferrer, Jesús Orta Ruiz y Adolfo Martí hasta los apolíticos José Ángel Buesa y Mirta García Vélez, y los fervientes batistianos Caíñas Ponzoa8 y Miguel González. Cada cual se reservó sus convicciones ideológicas para no enturbiar los encuentros con discusiones que no hubieran sido saludables para el buen funcionamiento de la asociación.

Prensa Nro. 205, Cerro. Antigua Casa de los Poetas en la actualidad. (Foto Pablo Argüelles)

Prensa Nro. 205, Cerro. Antigua Casa de los Poetas en la actualidad. (Foto Pablo Argüelles)

La Casa de los Poetas no llegó a contar con una revista, un boletín informativo o un programa de actividades. Tampoco anunciaba sus encuentros literarios a través de la prensa. Su caudal monetario, compuesto solo por la modesta cuota mensual de los asociados, siempre fue exiguo, de acuerdo con los escasos documentos que integran su expediente en el Registro de Asociaciones. Aunque pudiera señalarse, con ánimo de descalificación, que nunca se acercaron siquiera a la sede de esta agrupación los más encumbrados intelectuales de la época, como José María Chacón y Calvo, Jorge Mañach, Enrique Labrador Ruiz y Antonio Iraizoz, ni los destacados poetas Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, José Lezama Lima, Emilio Ballagas y Agustín Acosta, para solo citar algunos nombres, y que de la lista de asistentes a La Casa de los Poetas que hemos ofrecido solo alcanzó a descollar un número reducido, mientras otros brindaron un aporte irrelevante a las letras cubanas, no podrá negarse que esta modesta institución constituyó para los escritores cubanos un refugio afectivo, fraterno, en una época en que muchos de ellos padecieron dificultades y estrecheces económicas, así como muy escasos rincones donde dar a conocer sus creaciones poéticas.9

Notas y Referencias

1. En numerosas ocasiones hemos visto también la denominación La Casa del Poeta para referirse a esta agrupación, pero la correcta es la que aquí empleamos a partir del nombre con que fue legalizada.
2. Archivo Nacional de Cuba. Registro de Asociaciones. Casa de los Poetas. Legajo 284 Expediente 8059.
3. Menéndez Alberdi, Adolfo «Polémica. Villarronda y la Casa de los Poetas». En Tiempo en Cuba Año 2 Nro. 31. La Habana, 18 de agosto de 1946, p. 33.
4. Villarronda, Guillermo «Respondiendo a la Casa de los Poetas». En Tiempo en Cuba Año 2 Nro. 32. La Habana, 25 de agosto de 1946, p. 1. El obeso y prepotente general Genovevo Pérez Dámera era entonces el jefe del Ejército de Cuba.
5. Camín, Alfonso Entre palmeras (Vidas emigrantes). México, Revista Norte, 1958, p. 637.
6. Marquina, Rafael Prólogo a Música de nostalgia de Francisco Arango. La Habana, s/i, 1950, p. 16.
7. Para que se tenga una idea precisa de la pobreza de este individuo como aspirante a poeta anotaremos aquí que tras su salida del país publicó el cuaderno Sangre de Cuba (México, 1960), en el que incluyó este ripio antológico dirigido como reproche al ya mencionado Guillermo Villarronda, quien permaneció alrededor de dos años más en La Habana y siguió colaborando en la revista Bohemia: «Guillermo Villarronda, ¿dónde está tu amatista? / ¿Olvidas los favores que te prestó Batista?» Tomado de Bibliografía crítica de la poesía cubana (Exilio: 1959-1971) (Madrid, Editorial Playor, S. A., 1973), de Matías Montes Huidobro y Yara González, pp. 73-74. Recordaremos que este dictador acostumbraba regalar un anillo con una piedra de amatista a sus fieles servidores.
8. Ángeles Caíñas Ponzoa no pudo marchar de inmediato al extranjero tras el triunfo revolucionario por tener que atender a una hija que padecía de muy serios problemas mentales. Tras el fallecimiento de esta emigró y seguidamente publicó varios poemarios, entre ellos Versos (New York, 1965), Agonías (Bilbao, 1967), Diez romances (New York, 1968) y Desnudez (New York, 1969). Las simpatías que manifestaba hacia Batista quedaron recogidas en imágenes de archivo donde aparece expresando su indignación por el asalto al Palacio Presidencial protagonizado por un grupo de revolucionarios en marzo de 1957. El director Pastor Vega incluyó esas imágenes en su documental Viva la República (1972).
9. Tenemos conocimiento a través de Internet que la investigadora Josefina C. López publicó en el año 2000 bajo el sello de la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas, la monografía de 285 páginas La Casa de los Poetas: génesis y proyección; pero no hemos podido consultar un ejemplar de esa obra, que sin dudas nos hubiera servido de gran utilidad.