La credulidad, esa inclinación del ser humano a creer con facilidad y cierta ligereza, bien puede constituir un cimiento para sustentar una fe religiosa, un ideal patriótico o un proyecto social altruista. Nos conduce en dirección al optimismo y la esperanza, así como, en algunos casos, a la realización de duros sacrificios y a la renuncia de placeres. La incredulidad, en cambio, se orienta hacia la negación y el pesimismo; todo lo pone en duda o bajo sospecha, y nunca ha sido motor impulsor de grandes empresas. La credulidad llevó a Cristóbal Colón a correr todos los riesgos imaginables y, finalmente, a darle un vuelco a la historia.

En cuanto a credulidad, sin entrar a establecer comparaciones con otros pueblos, el cubano nunca ha sido parco y sobrados ejemplos pueden servir para demostrar cómo esta disposición natural ha florecido en nuestra tierra. Los indios aborígenes cometieron la justificada ingenuidad de considerar dioses a los conquistadores y se deslumbraron ante los espejitos, las cuentas y los trozos de telas de colores que estos les mostraron. Los españoles, por su parte, cayeron en el convencimiento de que en las aguas cubanas nadaban las sirenas y que existía la fuente de la eterna juventud. Décadas más tarde, con la llegada forzada de los negros procedentes de África y, bajo el engaño, de los chinos, el universo de creencias se multiplicó en nuestro suelo. Los primeros trajeron su variado panteón de divinidades y consolidaron la fe en el animismo, la transformación de los seres humanos en animales y el poder mágico del monte. Los segundos aportaron el horóscopo chino y variantes de los juegos de azar como la charada y el mahjong, que se sumaron al dominó y a los naipes traídos por los españoles. Estos fijaron como religión única y oficial el catolicismo. Aunque en sus reductos los aborígenes, casi exterminados, continuaron soplando sus caracoles, los negros africanos sincretizaran a escondidas sus orishas con el santoral católico y los chinos encendieran una vela a Confucio o a San Fan Con.