Páginas Rescatadas A cargo de Jorge Domingo Cuadriello

Las dolorosas palabras de Varona, admirables de responsabilidad ciudadana, no deben quedar sin respuesta. Ahora, que nos aflige la Dictadura y no mañana, cuando el machadato sea sólo un mal recuerdo, deben los intelectuales cubanos decir al mundo, a nuestra América al menos, su inconformidad ante el modo de gobierno —de vida— que Cuba padece.

Varona, con la fuerza juvenil que estremece ejemplarmente sus ochenta años, se duele de la atonía de nuestros hombres de pensamiento ante el grave momento político. La comparación con la ex-metrópoli surge obligadamente. España, a la que con sobra de razón, negamos ayer virtud política, nos ha dado hermosa lección de dignidad civil. Ante el sable de Primo de Rivera —sable con respetos, no lo olvidemos— se irguió siempre lo más cultivado y responsable del pueblo español. Los estudiantes, los escritores, los profesores universitarios, hirieron el absolutismo y abatieron al Dictador. En Cuba la realidad ha sido otra. En la Universidad —en el Claustro Universitario— nació el incondicionalismo. De cabezas ilustres por la vigilia letrada las fórmulas correspondientes. Hemos corri do grave riesgo en nuestro prestigio ciudadano. Por momentos ha podido aparecer a las miradas lejanas que los intelectuales de esta isla de América aplaudían el mando sin estribos o se aprovechaban de él.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué está ocurriendo? Eliminemos del cuadro a observar a los intelectuales de más de cuarenta años. Salvo Enrique José Varona y Agustín Acosta ninguno ha cumplido su deber y muchos, como los directores de la Constituyente Prorroguista (los jóvenes de la Asamblea no tenían tangencia con lo intelectual) han sido servidores solícitos del Dictador. Honores y lauros se vendieron entonces a precio inestimable. Los que no dieron un camino a la acción ilegítima se encerraron en sus bibliotecas, atemorizados y compungidos. Otros cubanos ilustres —maduros y viejos— significaron en la murmuración temerosa su descontento ante la nueva fisonomía de lo político, pero en sus artículos y libros comenzaron a preocuparse por la mortalidad en Afganistán y la pavimentación reciente de Singapur. Los más decididos hablaron vagamente, clásicamente, de «las desdichas públicas de los tristes tiempos que corren». Incuestionablemente, la columna vertebral —excepción osteológica— no se endurece con los años.

La juventud, en su más pura representación, la estudiantil, no calló. Muy alto debió llegar su voz, cuando en bandadas se vio obligado a emigrar nuestro estudiante mejor. A la Universidad se le ajustó camisa de fuerza. Sin líderes, la masa dobló la cabeza dócil sobre los libros de texto.

La gente nueva de las letras, a la que se dirige Varona —porque Varona, esencialmente joven, no habla a los viejos— ha sufrido un día y otro la tragedia pública de Cuba, pero no ha puesto a luz su dolor ni dicho en tono adecuado su indignación. Diversas han sido las causas de su silencio. De un lado, el papel subalterno —hábil auxiliar del poderoso— que tradicionalmente ha ocupado el intelectual en casi todas las latitudes. De otro, el miedo a reacciones drásticas y a la pérdida, en el gesto desobediente, de la pitanza asegurada en un renglón presupuestal Sin tener en cuenta el caso del joven intelectual definitivamente pervertido, a caza de una posición desahogada por la vía del artículo adulador y del discurso GUATAQUERIL.

No neguemos que más de una dura circunstancia específica estorba entre nosotros la palabra honrada y libre del hombre que «por ver más que los demás, está obligado a decir lo que ve». Ya Jorge Mañach ha indicado sagazmente cómo en un pueblo sin vida económica propia, con las fuentes de riqueza en manos extrañas, el intelectual ha de fijar su vista desde muy temprano en un casillero presupuestal y acogerse al sagrado de una modesta pero cierta retribución del Estado. ¿Cuántos, instalados en la silla burocrática, ponen en peligro su paz económica, aunque la guerra se encienda todos los días en la conciencia? El criollísimo «y después ¿quién me mantiene?» lo paraliza todo. Los menos arrellanados callan tristemente en espera de un «claro» para «sacar la cabeza». Los más libres expresan en privado la esperanza en una fuerza política verdaderamente nueva, realmente juvenil, que los arrastre, libertándolos.

Pero ¿cuándo se hizo conquista humana sin perder el sosiego y el cheque mensual? ¿No pusieron en peligro —y perdieron— algo más que eso los cubanos del siglo pasado? ¿Por qué ha de suponer la juventud burocratizada y cobarde de ahora que el mundo ha cesado en su marcha y que nada hay ya que hacer? ¿O es que el envilecimiento ha llegado tan a lo hondo que ahora en Cuba la juventud mide la vergüenza por el riesgo?

Los intelectuales pueden aún prestar a Cuba servicio eminente. Si no lo hacen ahora, su responsabilidad en el desastre será inmensurable. Las revistas izquierdistas españolas consignan ahora en CUADROS DE DESHONOR los nombres de los intelectuales que GUATAQUEARON a Primo. Las listas son cortas, los nombres irrelevantes. Mañana, cuando tengamos necesidad de hacer en Cuba liquidación pareja, las listas serán interminables y en ellas las más destacadas capacidades. ¿Por qué los escritores jóvenes de Cuba no se esfuerzan porque las cosas sucedan de otro modo? Demos contestación firme, radical, a las palabras del Maestro Varona. Digamos de una vez nuestra protesta ante el poder machadista. Llamemos a lo mejor —que es siempre lo más joven— a la formación de una conciencia antidictatorial, camino forzoso para ir a la política nueva que Cuba precisa con urgencias extremas.

La invitación queda hecha. Para hacerla no tenemos otros méritos que el de nuestra sinceridad y el de nuestro dolor cubano. Deben bastar.

Juan Marinello vidaurreta (Jicotea, Las Villas, 1898 – La Habana, 1977). Ensayista, periodista, poeta y político. Graduado en la Universidad de La Habana.de Doctor en Derecho Fue miembro del Grupo Minorista y combatió la dictadura de Machado, por lo que sufrió prisión. Fue presidente de la Unión Revolucionaria Comunista, resultó electo Delegado a la Asamblea Constituyente en 1939 y más tarde fue elegido Senador de la República. Después del triunfo revolucionario fue Rector de la Universidad de La Habana y miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba. Entre sus numerosos libros publicados se encuentran Poética. Ensayos en entusiasmo (1933), José Martí, escritor americano (México, 1958), Meditación americana (1959) y Ensayos martianos (1961). Este artículo lo hemos tomado de El País Año viii Nro. 238. La Habana, 29 de agosto de 1930, p. 16.