En 1923 la Compañía de Jesús bendecía la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, en la calle de Reina, La Habana. Este inmueble era la visión urbana del proceso de empuje social y religioso que la orden impulsó para recuperar el terreno perdido por su actuación durante la colonia. El templo se destacó en la época y aún hoy sobresale por su estilo neogótico y su amplio valor patrimonial, así como por su actividad laical. Para entender su dimensión simbólica y religiosa en la Cuba que nació en 1902, se debe analizar la presencia de los jesuitas en la realidad sociopolítica del período.

La Compañía de Jesús en Cuba se adentró en la vida republicana en una circunstancia marcada por el papel antindependentista que desempeñó desde sus colegios, al condenar el conflicto emancipador y a sus principales líderes. Estos religiosos fueron durante la reforma eclesiástica de 1852 los adalides del proceso de españolización del clero establecido en la Isla, y tal actitud procolonialista se mantuvo hasta el final de la dominación española en 1898.

La llegada del estado laico sorprendió a los jesuitas en un contexto histórico marcado por la influencia del liberalismo político, gran enemigo de la Iglesia por su apoyo a la separación entre la institución religiosa y el estado. A esto se sumaba la defensa de la libertad religiosa y de pensamiento, elementos que chocaban con la concepción de la Iglesia del cambio de siglo. El empoderamiento de estos círculos de liberales y positivistas, personalizados en hombres como Salvador Cisneros (1828-1914) y Enrique José Varona (1849-1933), obligó a la Iglesia en general, y a los jesuitas en particular, a desarrollar un proceso de reconquista del espacio público y el universo simbólico de parte de la sociedad.

Para ello se emplearon diversos móviles, desde la actividad educativa, la construcción de redes sociales mediante las asociaciones laicales o de exalumnos, la edificación de templos y nuevos espacios escolares. Otro segmento crítico a la labor jesuítica estuvo en el grupo de intelectuales nucleados alrededor de la revista Cuba Contemporánea, entre ellos Carlos de Velasco (1884-1923) y Francisco González del Valle (1881-1942).

Los señalamientos de estos escritores giraban en torno al hispanismo cultural y religioso que encarnaban los ignacianos, el cual se reforzó aún más con la llegada masiva de clero español de ideología falangista como consecuencia de la Guerra Civil Española entre 1936-1939.1 Además, el apego de un grupo de jesuitas a la neoescolástica actuaba como un elemento de repudio entre estos intelectuales cubanos de mentalidad liberal, aunque debe precisarse que no todos los regulares ignacianos compartían esta postura.2

Esta situación sociopolítica obligó a los religiosos a impulsar una serie de transformaciones a medio y largo plazo encaminada a fortalecer sus vínculos con la sociedad cubana republicana, en especial con las élites, que generalmente eran destinatarias de su propuesta educativa. El primer aspecto consistió en reforzar sus nexos sociales con la burguesía nacional de orientación católica, grupo al cual el historiador Manuel Maza, S. J. ha llamado «la Cuba Católica».3 Este segmento social estaba conformado por familias de clase media y alta descendientes de españoles o vinculadas al pasado colonial, que actuaban como defensores de la participación pública de la Iglesia en la circunstancia republicana.4

Otro aspecto de esta estrategia radicó en fortalecer los espacios educativos frente a la embestida positivista, como fue la fundación de dos nuevos colegios en el interior del país: el Sagrado Corazón de Jesús, en Sagua la Grande (1907), y el de Dolores, en Santiago de Cuba (1913). Además, se fortalecieron los colegios ya existentes, en especial el de Belén, que se trasladó en 1925 a una nueva sede en Marianao. Así los centros docentes jesuitas fueron recobrando su prestigio como opción educativa de calidad, como ya se había demostrado al ser el centro formador de varios presidentes de la República: José Miguel Gómez (19091913), Carlos Mendieta (1934-1935), Miguel Mariano Gómez (1936) y Carlos Prío Socarrás (1948-1952), además de científicos de la talla de Joaquín Albarrán (1860-1912), Carlos Eduardo Finlay Shine (1868-1944) y Carlos Millás Hernández (1885-1965).

Los jesuitas apostaron también por adoptar en sus espacios públicos el uso de «un discurso oficial» en favor de la nueva sacralidad patriótica,5 impulsada a partir de 1901. Esto daría lugar a la creación de asociaciones de antiguos alumnos, de ceremonias como la jura de la bandera y el uso de nuevas medallas escolares con la efigies de patriotas o antiguos alumnos célebres, como Julián del Casal.6

Otro vórtice de esta estrategia jesuítica fue el fortalecimiento de los espacios pastorales y el trabajo con las asociaciones laicales. Estas últimas, denominadas congregaciones marianas,7 experimentaron una transformación durante el cambio de siglo, que se basó en el abandono del formato de cofradía medieval para asumir el de asociación laical debido a la influencia de la Doctrina Social de la Iglesia, iniciada por el Papa León XIII (1878-1903).

En el caso habanero, se hacía necesaria una iglesia que sustituyera al templo contiguo al antiguo Colegio de Belén, en la Habana Vieja. Se debe precisar que el crecimiento y marginalización de esta parte de la ciudad actuaba como un factor que propiciaba la disminución de la feligresía en la capilla. Hacia 1907 las autoridades jesuitas en Cuba comienzan a plantearse la necesidad de construir un nuevo templo en un lugar más céntrico de la creciente urbe.8 Este proyecto se materializó hacia el año 1914, cuando se comenzó la construcción de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola en la Calzada de Reina.

Este artículo se propone analizar la evolución del edificio religioso entre 1923, fecha en que se bendijo para el culto público, y 1952, año en que ocurrió el golpe de estado de Fulgencio Batista, se violentó el estado democrático del país y surgió una nueva coyuntura sociopolítica que obligó a los jesuitas a modificar sus estrategias pastorales, en especial la labor de las congregaciones marianas. De igual modo, se pretende demostrar el impulso que la Compañía de Jesús le dio al laicado cubano mediante la formación religiosa y cultural en las instalaciones anexas al templo. Además, se valorará la significación que tuvo este edificio en el entorno cultural cubano.

La historia de la iglesia de Reina, como es conocida, no ha sido abordada por los investigadores que han analizado la presencia de la Compañía de Jesús en Cuba, pues la mayoría de ellos se han concentrado en el estudio de la actividad educativa, de modo especial en el siglo xviii, entre ellos Pedro Pruna,9 Mercedes García,10 Edelberto Leiva y Eduardo Torres Cuevas.11 El historiador jesuita José Luis Sáez en su libro Presencia de los jesuitas en el quehacer de Cuba (15691961) nos aproxima a la vida pastoral que se desarrolló en los primeros años de funcionamiento del templo. También el padre Ismael Testé en su Historia eclesiástica de Cuba, ofrece una serie de datos valiosos sobre la Compañía de Jesús, aunque carentes de un análisis que contribuya a entender el desarrollo sociocultural del templo y su entorno.

» Una iglesia neogótica en La Habana

 En 1914 comenzó el proceso constructivo del templo del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola. La obra estaban dirigidas por el hermano jesuita Luis Gogorza12 y el arquitecto cubano Eugenio Dediot.13 La edificación del complejo religioso fue sufragada en su mayor parte por cuatro importantes familias habaneras: Del Valle Grau, Gelats, Rosell Malpica y la parte destinada en herencia a la hacendada María del Carmen Zozaya.14

Las dimensiones del edificio eclesiástico fueron un reto arquitectónico y constructivo, pues el hermano Gogorza empleó la mayoría de los materiales de factura nacional. La nave central tiene 11 metros de ancho y se complementa con dos naves laterales de 7 metros, mientras la altura máxima es de 22 metros en el caso de la nave principal, y las laterales tienen 11 metros. Las ventanas están adornadas por 170 vitrales, obra15 de los hermanos Maumejean.16

Los interiores del templo fueron realizados en los talleres españoles dirigidos por el sacerdote Félix Granda y Buylla (1868-1954) y el trabajo escultórico fue obra del artista valenciano José Capuz Mamano (1884-1964). Para la terminación del inmueble se contó con el apoyo de la Provincia jesuita de Castilla, así como del laicado asociado a la orden mediante las congregaciones marianas o los colegios.17 Con el objetivo de acelerar la llegada de los materiales necesarios para los trabajos de los interiores, tanto la Provincia como el laicado relacionado con los jesuitas desarrollaron un grupo de gestiones con los gobiernos de España y de Cuba.18

Uno de los aspectos más llamativos de este templo es su estilo arquitectónico: el neogótico, movimiento artístico que se caracterizó en su vertiente europea por la vinculación a los procesos de nacionalismo cultural, como fueron los casos de la Catedral de San Sebastián, en el País Vasco, y la Sagrada Familia, en Barcelona, enmarcada en el movimiento modernista catalán.

En cambio en América Latina el movimiento neogótico posee otras connotaciones, pues estuvo asociado a la reafirmación de la Iglesia en el quehacer sociopolítico de los estados nacionales mediante el paisaje urbano.19 Ese estilo se constituyó en una de las expresiones simbólicas del enfrentamiento de la Iglesia con el liberalismo y las ideas modernistas de finales del siglo xix y principios del xx. La corriente constructiva fue impulsada en la región por tres órdenes religiosas: los jesuitas, los carmelitas descalzos y los salesianos, quienes trajeron el estilo a la región y construyeron conventos, templos y colegios.20

Un elemento que permite entender cómo el neogótico se resignifica en Latinoamérica es la obra del hermano Gogorza, pues desde su llegada a Cuba experimentó en el uso de nuevas técnicas y materiales, distintos a los que había usado en suelo peninsular. Acorde con la tradición jesuítica, la formación como hermano coadjutor de Luis Gogorza estuvo atravesada por el aprendizaje de métodos de construcción y arquitectura, en especial durante su estancia en Burgos.21

La construcción del inmueble, además del reto constructivo que representaba, influyó en su vida como religioso. Así se refleja en su expediente archivístico, que se conserva en Loyola, España: «En Cuba, la Isla de la exuberancia tropical, creo también germina la mejor floración de su vida espiritual. Si su producción artística culmina en el magnífico templo gótico erigido en la avenida de Bolívar, creo también que su torre de perfección, hablando en lenguaje evangélico, recibió en la Habana sus mejores toques».22

El complejo arquitectónico fue pensado en tres bloques: el templo, la residencia de los religiosos y las instalaciones de la Anunciata, donde además residirían otras congregaciones marianas como las Hijas de María y la Buena Muerte. Esta última parte del inmueble, en el diseño original se pensó como escuela para niños pobres,23 pero ante las presiones de la dirección de la Anunciata se le cedió a la asociación laical.

La iglesia fue consagrada el 2 de mayo de 1923 por el obispo de la Habana, Pedro González Estrada (1903-1925). La ceremonia religiosa se convirtió en un acto público que demostró el alcance social y espiritual que había alcanzado la Compañía de Jesús en la naciente República, pues la celebración contó con la presencia de importantes personalidades del ámbito político, entre ellos la Primera Dama, María Jaén de Zayas.24 El templo del Sagrado Corazón de Reina se estableció en un espacio de referencia cultural y artística en sintonía con el proceso de modernización urbanístico que se vivía en la Habana de inicios del siglo XX.

» La formación del laicado: Las congregaciones marianas

A partir de la década de 1910-1920 se produjo un reavivamiento de las actividades sociales de las cofradías, se reformularon algunas, desaparecieron otras y también se fundaron nuevas asociaciones.25 La Congregación de la Anunciata experimentó durante aquel período un fortalecimiento, aumentó el número de sus miembros y se diversificó la procedencia social de estos. La otra asociación que fue concebida durante la etapa en cuestión, alejada de toda idea de cofradía y con una nueva visión en el modo de congregarse, fue la denominada los Caballeros Católicos, pues aunque el clero tenía un importante peso en su estructura, estaba dirigida por laicos.

La organización fue fundada durante el año 1926 en Sagua la Grande por el padre Esteban Rivas y el doctor Valentín Arenas. La asociación se convirtió solo en tres años en una organización nacional, con filiales a todo lo largo del país. Además, tenía un sistema de contribuciones de los miembros que iban destinadas para beneficio de los sectores populares. Otras asociaciones, como las Hijas de María, mantuvieron su actividad devocional conjugada con actos de caridad. Por la importancia que tuvieron en el desarrollo de la labor religiosa jesuita alrededor de la Iglesia de Reina, centraremos el análisis en la Congregación de la Anunciata y en la Acción Católica Universitaria (ACU).

» La Anunciata

Esta congregación desde su traslado al templo de Reina mantuvo un perfil enfocado a la formación religiosa y cultural de sus asociados. En consonancia con la Iglesia de la época (anterior al Concilio Vaticano II y la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús, que les dieron un cambio a las congregaciones) esta asociación se encontraba formada solo por hombres. Fue fundada el 10 de enero de 1875 por el P. Manuel Piñán S. J. y su objetivo era crear una congregación que mantuviese los vínculos de los antiguos alumnos con sus preceptores para continuar su formación laical. Aparte de los exalumnos, quienes constituían el sector mayoritario, se encontraban hombres provenientes de las clases medias como comerciantes, funcionarios públicos y médicos.26 Sus directores fueron los padres jesuitas: Manuel María Royo (1882-1897), Francisco Obered (1897-1900), Amalio Morán (1900-1903), Cándido Arbeloa (1903-1904), Jorge Camarero (1904-1929) y Esteban Rivas (1929-1962). Fue este último sacerdote quien compartió la época de esplendor de la asociación y tuvo por último que ejecutar su disolución debido a los conflictos surgidos entre el gobierno revolucionario y la Iglesia en la década de los sesenta.

La congregación era presidida siempre por un laico. Este esquema fue reforzado aún más con el cambio de siglo cuando los presidentes comenzaron a ser profesionales de alto prestigio social y se dejó a un lado la costumbre de elegir a estudiantes. Esta transformación tuvo dos causas: la primera, la aparición de la ACU, que por su formato y acción social fue más atractiva para el estudiantado; la segunda se debió a que esta asociación, en cuanto a su membresía, vivió un proceso de paulatina elitización de sus socios, que ya venía ocurriendo desde finales del siglo XIX.27

Según el historiador jesuita José Luis Sáez, esta congregación tuvo como presidentes a 21 laicos, que ocuparon el puesto a lo largo de sus 87 años de historia. Este religioso señala que su primer presidente fue el estudiante belemita David Forbes Alexander, mientras el último fue el abogado Oscar Barceló Méndez.28

En 1962, previamente a su supresión, la Anunciata contaba con 2952 socios,29 aún en medio de las oleadas migratorias que afectaban al país debido al giro comunista del proceso revolucionario surgido como consecuencia del derrocamiento de la dictadura batistiana, enfrentamiento que fue apoyado inicialmente por un gran número de congregantes. Los religiosos jesuitas que acompañaron la Anunciata contribuyeron a la formación de los asociados mediante la formación y la elaboración de materiales. Una mención especial merece el padre Jorge Camarero S.J., autor de textos como el Catecismo de La Anunciata y el Diario del Congregante.

Para alcanzar una formación integral de los asociados fueron creadas dos publicaciones: en un primer momento El Boletín de la Anunciata (1908) y a partir de 1912 La Anunciata, Revista Cultural y Acción Social. La transformación de cofradía a asociación seglar de la congregación en el cambio de siglo estuvo condicionada por el estudio y la reflexión de la Doctrina Social de la Iglesia, que reforzó la labor asistencial a los sectores más vulnerables. Para fortalecer este perfil se impulsaron varias iniciativas: la fundación del centro catequético en 1898, aún en la Iglesia contigua al antiguo Colegio de Belén; en 1911 se creó la escuela obrera y se inició una amplia labor de acompañamiento a los presos y a los enfermos hospitalizados.

La Anunciata fue la organización laical de más larga duración que tuvo la Compañía en Cuba, hasta 1962. Su significación histórica sigue siendo un reto, pues a pesar del espíritu de la época se logró la participación del laicado en un grupo de labores encaminadas a su formación desde la Iglesia del siglo xix, afectada por su compromiso colonialista, hasta la lucha contra la dictadura batistiana entre 1953 y 1959.

» La Asociación Católica Universitaria (ACU)

La historia de la ACU se remonta al año de 1927, cuando el P. Felipe Rey de Castro, S. J. impartió una tanda de ejercicios a alumnos belemitas. Fue en ese espacio donde dicho sacerdote comenzó a valorar la necesidad de crear una congregación que acompañara la vida espiritual y social de los estudiantes belemitas una vez llegados a la vida universitaria. Hacia 1929 el país vivía una situación social tensa debido a la dictadura machadista y a la crisis económica que comenzaba en este año, con un apreciable aumento de la pobreza y el desempleo.

El P. Rey de Castro era consciente de la necesidad de crear en los jóvenes una conciencia cívica e impulsarlos a apoyar a los más necesitados. Para ello fundó la Agrupación en marzo de 1931 con la aprobación del P. Viceprovincial Claudio García Herrero, S. J. La institución tuvo una estructura organizativa similar a la Anunciata y fue dirigida por un jesuita desde su fundación. El primero el dirigirla fue el P. Rey de Castro hasta su muerte, ocurrida en 1952; entonces el cargo pasó a ser asumido por el P. Amado Llorente, S.J. Al mismo tiempo desempeñaba su presidencia un laico comprometido, que generalmente era un exalumno belemita.

La génesis de la ACU estuvo vinculada a la Iglesia de Reina y a la comunidad de sus religiosos, pues fue en este espacio donde los agrupados dieron sus primeros pasos hasta 1937, cuando se trasladó a una casa en el Vedado. A partir de 1939 tuvo como sede el edificio de Mazón y San Miguel (actual Facultad de Psicología), cercano a la Universidad de la Habana. Los jóvenes agrupados, como hijos de su tiempo y movidos por el espíritu cristiano, se enfrascaron en la lucha cívica contra el autoritarismo político machadista. Esa firme actitud de un número considerable de sus miembros se enfrentó a la postura de otros integrantes de la comunidad religiosa que mantenían estrechos vínculos con el dictador.30 El conflicto se tensó aún más cuando el 18 de agosto de 1931 se presentó en la residencia la policía secreta y efectuó un registro en parte de la casa. Esto creó malestar entre varios religiosos por «la entrada y salida de muchachos». Pero la ACU, demostró su apego a la verdad cuando los jesuitas fueron acusados ante la opinión pública de permitir que se hicieran disparos desde la azotea de la iglesia de Reina durante el frustrado entierro de las cenizas de Julio Antonio Mella el 29 de septiembre de 1933. La Agrupación fue una de las defensoras de la inocencia de los regulares cuando la policía le exigió al superior de la residencia poner un punto de control en la azotea y redactó una letra oficial para desligar a los religiosos de todo vínculo con la fuerza policial.

La ACU constituyó un pilar en la formación del laicado universitario cubano, pues sus estudios sobre la situación socio-religiosa del país aún hoy siguen siendo reveladores.31 Esta labor fue propiciada por la creación del Buró de Información y Propaganda (B.I.P.), sección encargada de gestionar de modo pionero una estrategia comunicativa de matriz cristiana y con una rica visión de la sociedad. Entre las publicaciones se deben citar el boletín Esto Vir (1931) y la revista Lumen (1944-1951).

Otro aporte de esta congregación estudiantil fue su labor caritativa enfocada a la promoción de los sectores más vulnerables de la sociedad. El trabajo social desarrollado en el Barrio de las Yaguas por los agrupados, que se inició a mediados de la década de 1930, fue uno de los referentes de la actividad asistencial de la Iglesia durante la vida republicana. En esta comunidad marginada se crearon un dispensario y una escuela que contribuyeron hasta inicios de la década de 1960 a ayudar a sus pobladores. También la Agrupación desarrolló una labor formativa en la barriada El Balcón, en la Lisa, donde abrió sus puertas el colegio gratuito Sagrado Corazón.

Una tarea constante de la ACU fue el trabajo con los enfermos. Para socorrerlos, además del dispensario antes mencionado, se efectuaban visitas a los hospitales y algunos asociados realizaban voluntariados en el Leprosorio de San Lázaro. Desde sus inicios la Congregación se destacó por ser el germen de un nuevo modo de vivir la espiritualidad ignaciana en Cuba, influida por la Doctrina Social de la Iglesia y el acompañamiento a los congregantes durante su vida universitaria y en sus etapas posteriores, con el fin de imprimir valores cristianos a la sociedad y dignificar la política en Cuba.

» A modo de conclusión

Desde 1923 hasta 1952 la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, de Reina, representó un espacio de referencia en el entorno socio-religioso habanero. Debido a su valor patrimonial y artístico el templo atesora una de las colecciones de vitrales más importantes del país y en su momento demostró el empuje social y religioso que la Compañía de Jesús adquiría al interior de la Iglesia Católica en Cuba. De igual modo, con este inmueble la arquitectura sacra cubana se conectó con las principales líneas constructivas que imperaban a nivel regional y favoreció la entrada del estilo neogótico en la Isla.

Esta vertiente artística tuvo en el templo en cuestión uno de sus principales referentes, pero además favoreció la creación de un nuevo discurso arquitectónico que ayudó a la propagación de este estilo, y a su adaptación a nuestras técnicas constructivas y materiales. A su vez se elevó un nuevo discurso simbólico en sintonía con el diálogo establecido por los jesuitas con sectores sociales cercanos a su labor educativa, religiosa y cultural.

El complejo de la Residencia de Reina se transformó igualmente en un enclave para la vida de las congregaciones marianas de inspiración ignaciana y para la formación integral del laicado católico, así como para la reflexión sobre la Doctrina Social de la Iglesia. Tanto la Anunciata como la ACU, aunque con perfiles pastorales distintos, favorecieron el fortalecimiento de la vida de la Iglesia, así como su relación con el entorno urbano.

Notas:

  1. Carta del P. Rector del Noviciado San Estanislao de Kotska al embajador Juan Pablo de Lonjendio con fecha 15 de marzo de 1953. Archivo General de la Administración del Estado, España, Fondo Embajada de España en la Habana 54/5380 IIB/b-15, Exp. Exposición literaria en el Colegio San Estanislao.
  2. Conferencia de Mariano Gutiérrez Lanza en la Academia (sin fecha). Expediente académico de Mariano Gutiérrez Lanza, Archivo de la Academia de Ciencias de Cuba.
  3. Maza Miquel, Manuel. El clero cubano y la independencia. Las investigaciones de Francisco González del Valle (1898-1942). Santo Domingo, Publicaciones del Centro de Estudios Padre Juan Montalvo s.j, 1993, p.78.
  4. Fernández Otaño, Leonardo. La Compañía de Jesús en Cuba entre el Real Patronato y el estado laico (1853-1933). Tesis de maestría, Universidad de la Habana, 2019, p. 65.
  5. Ídem, p. 64.
  6. Álbum Conmemorativo del Colegio de Dolores 1922-1923, Biblioteca del Seminario San Basilio el Magno, Santiago de Cuba, p. 48.
  7. Las congregaciones marianas fueron fundadas en 1563 por el jesuita belga Jean Leunis en el Colegio Romano de la Compañía de Jesús. En sus inicios fueron solo para estudiantes de los planteles jesuitas. Durante el siglo xvii se crearon nuevas congregaciones, pero ya con su matriz social diversificada, pero siempre bajo la tutela del Padre General. Después del Concilio Vaticano II y la Congregación General XXXII, se unificaron y renovaron las formas de vivir su espiritualidad mediante la creación de las Comunidades de Vida Cristiana (CVX)
  8. Vice-Provincia de Cuba 1918-1943, p.7. Archivo de la Compañía de Jesús en España, Alcalá de Henares (AESI-A), C1 Viceprovincia de Cuba, no. 9430160 tipo D.
  9. Pruna Goodgall, Pedro M. Los jesuitas en Cuba hasta 1767. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991.
  10. García Rodríguez, Mercedes. Misticismo y capitales. La Compañía de Jesús en la economía habanera del siglo xviii. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2002.
  11. Torres-Cuevas, Eduardo y Edelberto Leiva Lajara. Presencia y ausencia de la Compañía de Jesús en Cuba. Madrid, Fundaciones Mapfre e Ignacio Larramendi, 2005.
  12. Luis María Gogorza Soraluce (1875-1947). Este hermano coadjutor jesuita de origen vasco fue uno de los principales especialistas en construcción de iglesias y colegios de la asistencia española durante los inicios del siglo. Sus obras están dispersas por América, Europa y Asia y entre ellas destacan la capilla de la Inmaculada de la Santa Casa de Loyola, en España, y el Colegio de las Madres Ascensionistas en el Salvador.
  13. Eugenio Dediot (¿? -1931) Fue un destacado arquitecto cubano, su obra se encuentra influenciada por el modernismo catalán, en especial por Antonio Gaudí.
  14. Arnáez, Francisco Javier. Los jesuitas en Cuba 1566-1946.
  15. Archivo de la Viceprovincia de las Antillas (AVA).
  16. Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús –La Habana, Escenas de los Ventanales. AESI-A, C-1 Viceprovincia Cubana
  17. Caja 601, n. 9190137 tipo. D
  18. La Casa Maumejean es una empresa familiar española fundada en 1860 por el empresario de origen francés Jules Pierre Maumejean y especializada en la elaboración de vitrales. Sus trabajos se encuentran distribuidos en edificios religiosos de América, Asia y Europa. Entre sus principales obras se hallan las vidrieras de las Catedrales de Segovia, Burgos, Pamplona, Sevilla y Bayona.
  19. Vice-Provincia de Cuba 1918-1943, p.7. AESI-A, C1 Viceprovincia de Cuba, no. 9430160 tipo D.
  20. Carta del P. Pedro Martínez al P. Enrique Carvajal con fecha La Habana 15 de octubre de 1932. AESI-A, C1 Viceprovincia de Cuba, caja 593 no. 9320170, tipo E, F.5.
  21. Checa-Artasu, Martín M. y Olimpia Niglio (editores). El Neogótico en la arquitectura americana: historia, restauración, reinterpretaciones y reflexiones. Ariccia, Ermes ediciones científicas, 2016, p.46.
  22. Ídem, pp. 48-49.
  23. Archivo de la Compañía de Jesús, Loyola (AESI-L). Sans, Isidro. Nota biográfica del hermano Luis María Gogorza, 3. (sin referencia) 22 Ídem p. 2.
  24. 23 Planos de la Iglesia del Sagrado Corazón de Reina. AVA, Fototeca Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Reina. 24 Diario de la Residencia de Reina 1923-1934. AVA, f. 8.
  25. Durante el período en cuestión se actualizó la Congregación de la Buena Muerte bajo el nombre de Jesús Crucificado y la Madre Dolorosa. También apareció la cofradía de San José.
  26. Testé, Ismael. Historia eclesiástica de Cuba. Barcelona, Editorial Medinaceli S. A, 1976, t. IV, p. 149.
  27. Boletín de la Anunciata, año IX nov 1919, no 107.Archivo Apostólico Vaticano (AAV), Archivo Delegazione Apostolica Antille, fasc. 4, folio 165.
  28. Sáez Ramo, José Luis. Jesuitas en el quehacer de Cuba, dos etapas casi cuatro siglos de historia. Colombia, Universidad Javeriana, 2016, t.1, p. 107.
  29. Boletín de la Anunciata. Publicación mensual, año IX nov 1919, no 107. AAV, Archivo Delegazione Apostolica Antille fasc. 4 folio 165.
  30. Libro de celebraciones litúrgicas de la Residencia de Reina 1930-1934. AVA, Carpeta F. Residencia de Reina-Habana, f.1-4.
  31. Encuesta de la Agrupación Católica Universitaria de 1956. AVA. Fondo ACU.