I

Aceptada como afirmación irrebatible, los dos narradores cubanos más relevantes del siglo XIX fueron Cirilo Villaverde (1812-1894) y Ramón Meza (1861-1911), notoriedad conquistada por sus respectivas novelas Cecilia Valdés; o La Loma del Ángel (1882) y Mi tío el empleado (1887), ambas publicadas fuera de Cuba en sus primeras ediciones.1 Con una diferencia de edad de casi cincuenta años, Meza tuvo la oportunidad de homenajear a su colega, junto con otros escritores, en una de sus varias visitas a La Habana —una de ellas más bien una estadía, con más de dos años de duración, entre 1858 y 1860, cuando fundó la imprenta La Antilla— luego de su radicación en Nueva York en 1848, donde falleció en el citado año 1894. Asimismo, le dedicó un trabajo en la Revista de Letras y Ciencias de la Universidad de La Habana,2 en el cual exaltó la relevancia de su obra mayor y su acendrada devoción por Cuba, puesta en duda en alguna ocasión por su cercanía a Narciso López en calidad de secretario.3 Pocos días después de su fallecimiento, José Martí, en texto publicado en Patria el 30 de octubre, lo llamó «patriota entero y escritor útil […], anciano que dio a Cuba su sangre nunca arrepentida y una inolvidable novela».4 Críticos establecidos como Enrique José Varona, y más bisoños, como Manuel de la Cruz, amigo y coetáneo de Meza, lo consideraron alumno aventajado del creador de la mulata Cecilia Valdés, su «primer discípulo»,5 en palabras exactas del último. Por su parte Villaverde comentó una de las novelas de Meza, Últimas páginas (1891), en una carta enviada a El Fígaro.6 En sus acotaciones dice: es «uno de los pocos escogidos entre muchos llamados novelistas cubanos». Esta recíproca simpatía intelectual se agradece.

II

Tras estudiar en el colegio de Belén, Ramón Meza se graduó en Derecho Civil y Canónico y más tarde en Filosofía y Letras, por la Universidad de La Habana, y en ella se desempeñó como profesor de literatura, aunque prefirió impartir disciplinas pedagógicas y de higiene escolar. Fue nombrado Subsecretario de Justicia en 1900 y electo concejal del Ayuntamiento de La Habana en 1901, posición desde la cual se preocupó por convertir la ciudad en un verdadero jardín a través del incremento del arbolado público, de un trazado armónico de calles, plazas y parques y de mantener su limpieza. En esa labor tomó como referencia algunas ciudades norteamericanas que visitó y que aparece detallada en sus numerosos trabajos urbanísticos insertados en Cuba y América (Nueva York, 1897-1898; La Habana, 1899-1917). También Meza sirvió a la Sociedad Económica de Amigos del País como secretario y director de sus Memorias (1900-1909) y durante el gobierno de José Miguel Gómez (1909-1913) ocupó, por breve tiempo, la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes. Falleció en esta capital el 5 de diciembre de 1911.

Ramón Meza (1861-1911).

Ramón Meza (1861-1911).

III

De Ramón Meza, habanero perteneciente a una familia acomodada, hombre de gabinete, poseedor de una rica biblioteca en su mansión, hoy en ruinas, de Aguiar y Obrapía, y gustoso del arte musical —verdadero melómano—, se cumplen en este 2021 ciento sesenta años de su nacimiento. Mi tío el empleado, su mejor novela, salió impresa tras haber publicado en un mismo tomo y pertenecientes al mismo género, bajo el seudónimo R. E. Maz, El duelo de mi vecino y Flores y calabazas (1886), y luego Carmela (1887), Don Aniceto el tendero (1889) y la ya citada Últimas páginas. Durante una de sus estancias en los Estados Unidos dio a conocer, en sucesivos folletines de Cuba y América, «En un pueblo de la Florida», no recogida en libro.7 Dejó inédita «Ilustres de vista corta». Están por recopilar sus «Croquis habaneros», serie de artículos costumbristas acogidos por La Habana Elegante (1883-1891; 1893-[1896]), revista de la que fue además redactor. Constituyen deliciosas recreaciones de ambientes y personajes típicos de la ciudad como el carbonero, el pescador y el lechero; también reflejó algunas fiestas populares, tal la verbena de San Juan, celebrada en el entonces corto tramo ocupado por el Malecón. Observador preciso de la sociedad colonial, evitó el empleo de la sátira, a diferencia de otros cultivadores del género, como su coetáneo y amigo cercano Julián del Casal. Las suyas son impresiones objetivas, sustanciadas desde una mirada de simpático fisgoneo.

El teatro atrajo el interés de Meza, tanto desde su aspecto textual como escénico, pero resulta curiosa, dada su altura intelectual, su atracción por el bufo, de estricta matriz popular, en un momento en que el público deliraba con géneros importados como la zarzuela española y la ópera italiana. Como se sabe, dicho teatro se caracterizó por una técnica dramática de rasgo paródico y matizado de tipos, ambientes y lenguaje de médula cubanísima, coronados con música proveniente de las simpáticas guarachas y letras salpicadas de un humor a veces inconveniente para la moral de la época. Los autores del bufo fueron, por lo general, artistas de escasa fortuna, prestos a captar el ambiente doméstico y a recoger los gustos del pueblo. Meza los defendió en «Los bufos cubanos» (La Habana Elegante, 1887) y solo reclamó, tras ponderar la autenticidad de sus logros, abandonar piezas que, por su contenido, eran impropias para ser representadas y prescindir de los chistes groseros. Incursionó en el teatro con la comedia en dos actos Una sesión de hipnotismo (1891),8 nunca llevada a las tablas. Su argumento nos presenta a un médico que experimenta con el método de la sugestión e induce a un paciente a desvalijar a sus contertulios. Al final el «hechizado» personaje desaparece y se comprueba su fingimiento para propiciar el atraco.

El ensayo de valor literario también atrajo a Meza y dejó muestras en títulos como «La obra póstuma de Aurelio Mitjans. Examen y anotaciones»,9 extenso trabajo publicado en la Revista Cubana entre 1890 y 1891 y dedicado a enjuiciar Estudio sobre el movimiento científico y literario de Cuba (1890). Aunque elogia el método histórico empleado en el análisis, le señala a su también amigo Mitjans errores e imprecisiones de contenido. Llama la atención que en sus comentarios, luego de aludir a la evolución de la novela cubana desde sus primeros intentos, le otorgue potencialidad para mejorar las costumbres, porque, en su criterio, los peores rasgos de la sociedad cubana descansaban en los abusos de la corrupta administración española, la soberbia de los funcionarios, el trato cruel al esclavo, el juego y la ignorancia, con lo cual estaba fundamentando —y justificando— algunos de los contenidos de su ya por entonces publicada novela mayor. En el género de ensayo a él se deben, además, D. Quijote como tipo ideal (1905) y Estudio histórico crítico de la Ilíada y la Odisea y su influencia en los demás géneros poéticos de Grecia (1907). Igualmente publicó tres estudios biográficos: Eusebio Guiteras (1908), Miguel Melero (1909) y Julián del Casal (1910), a quien, como antes expresamos, lo unió una sólida confraternidad personal e intelectual. Otros trabajos de valor crítico yacen, intocados, en páginas de las revistas El Fígaro (1885-1933-[1943]) y La Habana Elegante. Tras su muerte en 1911, por aquel tiempo alejado de sus labores como narrador, un silencio de casi medio siglo envolvió su herencia literaria, que vino a ser reactivada en 1960, cuando se publicó por segunda ocasión, y por primera vez en la Isla, Mi tío el empleado, con prólogo de Lorenzo García Vega, su verdadero rescatador.10 Ese mismo año éste la incluyó, con un capítulo, en su Antología de la novela cubana. Con posterioridad la obra ha tenido más de ocho ediciones y ha sido elogiada por críticos y estudiosos de nuestra literatura, a cuyas apreciaciones se aludirá más adelante.

IV

En los últimos treinta años del XIX cubano, la novela disfrutó de su momento de mayor fecundidad. A las de alcance mayor como Cecilia Valdés… y Mi tío… pueden sumarse Amistad funesta o Lucía Jerez (1885), de José Martí, Sofía (1891), de Martín Morúa Delgado, y Leonela (1893), de Nicolás Heredia, mientras aparecieron otras que se interesaron por mixtificar la historia, esquivando el contexto cubano y asumiendo como patrón creativo el romanticismo, pero asimilando el realismo crítico a lo Balzac y el naturalismo a lo Zola. Se pueden ejemplificar, entre decenas de títulos, con La dalia negra del cementerio de Güines (1875), de Valentín Catalá, y Adoración (1894), del gallego establecido en Cuba Álvaro de la Iglesia. Varias obras narrativas asumieron la crítica social desde patrones foráneos, mientras se atendieron temas surgidos desde lo testimonial con valor histórico, como Frasquito (1894), de José de Armas y Céspedes. Sin lugar a dudas es un momento cuantitativamente importante, pero los logros más acendrados se concentran en las primeras novelas citadas. Es la época también de las grandes publicaciones periódicas como Revista de Cuba (1877-1884), Revista Cubana (1885-1894) y las citadas La Habana Elegante y El Fígaro, convertidas las dos últimas en verdaderos hogares intelectuales para cobijar las inquietudes escriturales y patrióticas de los jóvenes que, como Meza, comenzaban a hacerse notar en la vida cultural habanera. Las tertulias literarias en ambas redacciones, a las cuales acudían no solo los que se estrenaban como literatos, sino también no pocos de los que habían luchado en la Guerra Grande, redondean el fértil ambiente de la época. Es el momento del mayor auge de la oratoria autonomista, ejercida por abogados como Rafael Montoro, José Antonio Cortina y Eliseo Giberga. Más adelante José Martí, desde perspectivas diferentes, brillaría como el tribuno más lúcido del XIX cubano. El campo de la oratoria académica fue enaltecido por Enrique José Varona.

 

V

Si bien la prenda mayor de la obra narrativa de Ramón Meza es Mi tío el empleado, las dos que la antecedieron, El duelo de mi vecino y Flores y calabazas, seguidas de Carmela, Don Aniceto el tendero y Últimas páginas constituyen un conjunto no excluyente, donde es posible constatar que algunas —Flores y calabazas, Carmela y Últimas páginas— se asocian a patrones románticos, mientras el resto obedece a pautas realistas. Pero Meza fue más allá del realismo en sus propósitos y coincidió con los postulados naturalistas en un momento en que los códigos de esta controvertida corriente estaban aún en vías de consolidación. Los defendió en tanto le permitieron observar con mayor eficacia el mundo circundante, según lo subraya en su artículo «Algo sobre el naturalismo»:

El autor naturalista traza un cuadro y lo presenta: la sociedad hipócrita no quiere verse retratada en él. Se engaña a sí misma, no queriendo ver sus propios defectos. Y luego vienen crónicas y procesos escandalosos a demostrar que no se excede la fantasía del novelista al llenar de sombras sus cuadros. No disculpamos a los autores naturalistas que extreman sistemáticamente la visión pesimista que tienen del mundo ni que nieguen la aptitud de ser perfectible que posee el hombre para considerarlo como bestia. Pero sí nos parece que el altamente moralizador pintar, con todo el colorido propio para inspirar aversión y horror, a qué extremo tan degradante conducen al ser humano apetitos y actos que son indignos de su privilegiada naturaleza. El romántico ha ido más lejos: el romántico ha dicho, demostrado y ensalzado que en el vicio suele encontrarse la virtud. El naturalista se ha quedado muy atrás en esto. ¿Esa es su culpa? El naturalista dice: en el vicio solo se encuentra el vicio, solo consecuencias terribles. Estos son los goces del vicio: estas son sus terribles consecuencias. ¿No os indignáis? ¿No os compadecéis? ¿No tiene la sociedad y el hombre medios de evitar tanto daño, hasta ahora oculto, que doy a conocer? Por eso Zola, Flaubert y los autores naturalistas no deben buscarse para deleitar la imaginación, sino para reflexionar y estudiarlos serenamente. No son recreadores de la fantasía, al uso de Montepin. No quiere que sus obras se llamen novela, sino estudio psicológico o social. No imaginan, observan, exponen su observación y dejan las deducciones a cada cual. Este es su peligro único. Exigen madura reflexión y cierta elevación de criterio que no tiene el vulgo. ¡El escándalo del naturalismo marca la decadencia del arte literario! Puede ser. Pero los contemporáneos no somos los competentes para formar juicios acerca de esto. Sin embargo, es probable que se equivoquen de medio a medio los que exclaman así. El naturalismo no ha invadido toda la literatura. Es el clarín que le anuncia al arte los senderos porque debe encaminarse. Él abrirá nuevos horizontes a la inspiración y fantasía y dejará despejado el terreno al realismo, su legítimo sucesor.

Y asevera más adelante:

El mundo no retrocede en su camino del progreso: avanza. Y la literatura ha sido siempre fiel expresión de la actividad de un pueblo, hoy lo es de todo el mundo civilizado, no puede encaminarse por senda opuesta. Desde el principio del mundo esta es una ley histórica que se cumple: los que afirmamos que el arte no decae tenemos a nuestro favor, por lo menos, el argumento que nos da la experiencia continúa de los siglos. Zola, campeón hoy del naturalismo, no puede producir obras perjudiciales, si es que estas se examinan con entera imparcialidad. Pero:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira;
todo es según el color
del cristal con que se mira.11

Lector de los simbolistas franceses, conocía la obra de Teófilo Gautier, Charles Baudelaire y Paul Verlaine, pero en su «Autobiografía», publicada en la revista Helios,12 se presenta contradictorio al expresar que no comprende a autores que revolucionaron el género con sus propuestas temáticas y composicionales, como el nicaragüense Rubén Darío y el peruano José Santos Chocano, de impronta modernista ambos, en tanto se identifica con autores españoles como los poetas románticos Ramón de Campoamor y Gustavo Adolfo Bécquer; y con narradores de igual tendencia y nacionalidad, como José María de Pereda y Juan Valera, mientras desdeña, entre estos últimos, las creaciones de otro hispano: Vicente Blasco Ibáñez. Sin embargo, en pintura sorprende su identificación con artistas nada convencionales como Rafael Sanzio y Goya, pintores que hicieron de la luz, al igual que Meza en su novela mayor, un valioso elemento contrastivo de recreación artística.

VI

El argumento de Mi tío el empleado lo definió José Martí, con acabada precisión, en el primer párrafo de la crítica que le dedicó, publicada apenas unos meses después de aparecida la novela. Allí leemos:

Esta es la historia del poblano don Vicente Cuevas, que llegó a Cuba en un bergantín, de España, sin más seso, ciencia ni bienes que una carta en que el señor marqués de Casa-Vetusta lo recomendaba a un empleado ladrón, y con las mañas de este y las suyas, amparadas desde Madrid por los que participaban de sus frutos, paró el don Cuevas de las calzas floreadas y las mandíbulas robustas en «el señor conde Coveo», a quien despidieron con estrépito de trombones y lujo de estandartes y banderines los buenos patriotas de La Habana, cuando se retiraba de la ínsula, del brazo de la rica cubana Clotilde. Esta es la vergonzosa historia, dicha con sobrio ingenio, cuidado estilo y varonil amargura.13

La apuesta del Cubano Mayor por la obra no solo fue la más elogiosa de todas las recibidas en su momento, sino que comprendió, como ningún otro juzgador literario de entonces, los verdaderos intersticios de la obra en el plano temático y en el estético, pues apreció tanto el valor de lo simbólico como uno de los elementos cohesionadores del texto, como la importancia de lo visual y el carácter esperpéntico y funambulesco de los personajes. Ni Varona, ni Manuel de la Cruz, ni, desde Bogotá, Rafael María Merchán tuvieron la suficiente sensibilidad para ad vertir los componentes diferentes, de valores artísticos nada comunes, aparecidos en esta obra, los cuales, sin quitarle relevancia a Cecilia Valdés…, distaban de los empleados por Villaverde para enfrentar la realidad. Si la obra mayor de este constituye el mural del siglo XiX cubano como, con entera razón, tanto se ha repetido, la de Meza, cuya trama, en cierto modo, no deja de estar insinuada en aquella, despliega en la suya, con inusitada brillantez, ese segmento apenas sugerido por el autor de Excursión a Vuelta Abajo — aunque tampoco era su propósito— y lo amplía desde nuevos conceptos, incluso de valor plástico. Debe recordarse que Cecilia…, aunque con presupuestos realistas, no se desprende del entorno romántico, al cual nunca se alía la obra de Meza, escrita en momentos en que ya la corriente modernista comenzaba a ganar altura en el entorno hispanoamericano. Pero nada más alejada Mi tío… de la escuela encabezada por Rubén Darío, pues se trata de un modo desacostumbrado de narrar, compartido entre la atmósfera, la sugerencia, el elemento alegórico, lo kafkiano avant la letre, ya apuntado por otros estudiosos, que cobran una sustancia diferente, más a tono con presupuestos creativos de mayor originalidad expresiva. ¿Será entonces Mi tío el empleado la primera novela cubana moderna?

Me interesa reproducir algunos momentos de las apreciaciones de Varona para acercar al lector de hoy a su lamentable miopía crítica, solo disculpable si tomamos en cuenta la cercanía temporal a su objeto de estudio, pero lo digo solo para no dejarlo en un lugar desfavorecido, dado su innegable crédito en tal desempeño. Dice el autor de Desde mi belvedere:

El Sr. Meza carece aún —y esto no es de extrañar porque aun es muy joven— de verdadera penetración psicológica. Ve bien los objetos, y por tanto las personas, pero no penetra mucho más allá de la superficie […] parece hecha a retazos. Sus capítulos producen la impresión de croquis tomados rápidamente al paso, y retocados con elementos de pura fantasía. En el fondo hay algo real, algo que se ha visto, pero hay demasiados accesorios que resultan postizos. Por eso en vez de una sátira de costumbres, como ha querido su autor, ha resultado una serie de caricaturas. El autor ha imaginado más que observado; y lo malo es que la obra debiera ser de mera observación, para los fines que se ha propuesto el autor.14

Por su parte, Manuel de la Cruz, al repasar la obra de Meza publicada hasta entonces, reconoce que es uno de los intelectuales más relevantes de la nueva generación y realza su apreciable estatura moral, pero estima que en los campos de la crítica y de la «erudición» ha ido «con paso inseguro y tímido». En el primero, «la templanza y la parquedad de opiniones, carecen de nervio y aun se oscurecen y hacen extraños cuando miran en conjunto o exponen generalizaciones». Aunque, en su criterio, lo salvan sus novelas, prefiere Carmela, a la que Varona estimó «una hermana menor de Cecilia Valdés» en un momento de su citado comentario. Si bien De la Cruz reconoce que Mi tío el empleado es creación de «magnas proporciones y de elevado valor social», estima que «el proceso debió de ser más laborioso y relacionarse más estrechamente con el momento más propicio y característico, y lo hubiera sido si Meza hubiese desarrollado situaciones que esboza en trazos demasiado breves, algunas afortunadísimas». Al evaluar el conjunto de sus narraciones precisa que son «halagüeñas promesas», pues todavía «no ha elucubrado una obra maestra».15

Nota necrológica por la muerte de Ramón Meza, publicada en la revista El Fígaro.

Nota necrológica por la muerte de Ramón Meza, publicada en la revista El Fígaro.

Sin que estimemos que Mi tío el empleado pueda colocarse en categoría tan epónima, la dignidad y, sobre todo, lo inusitado de su creación en un medio literario cuya fortaleza, por entonces, se acentuaba más en la ensayística y la oratoria, no puede disminuirse el verdadero alcance de la obra, aun cuando la crítica de sus coetáneos le haya sido mayoritariamente esquiva. Desde la distancia del tiempo transcurrido, y luego de la labor de rescate de Lorenzo García Vega, la obra fue aupada por nombres esenciales de las letras cubanas como Alejo Carpentier —«singularísima novela que escapa a las normas corrientes de la narrativa de su época, y más aún si pensamos que aparece en América donde, en la segunda mitad del siglo pasado, no se concebía que una novela pudiese prescindir de una anécdota central con su correspondiente idilio»16—; José Lezama Lima —«Ahí está ya Ramón Meza, en sus trasmutaciones […] Las contracciones de la imaginación a que Meza obliga a sus lectores, lo favorecen con cariño criollo […] Las mejores páginas de Meza en Mi tío el empleado tienen una situación muy particular. Su calidad final surge después de compararla con páginas de notoria calidad de la literatura de otros países, de autores muy diversos». Y recuerda que en las primeras líneas de la novela, donde se describe el movimiento portuario habanero, resuenan «las páginas magistrales de Flaubert sobre Megara, barrio de Cartago». Valora el empleo de la luz, «una luz de matizaciones cubanas al descubrir la ciudad a la que han llegado los dos emigrantes, con sus cristales que heridos por el sol lanzan destellos cual si fueran pequeños soles».17 Por su parte, Cintio Vitier, aunque la califica de «modesta novela cubana», reconoce de qué modo la luminosidad física insular le sirve a Meza para presentar una Habana «hecha de instantáneos destellos, y de reflejos deformantes» […] En Meza la facticidad es absoluta: véase su descripción de la vidriera donde están «esas cucharas de plata que parecían contener cada una en su concavidad lucecillas de gas» […] «Su mirada satírica de criollo herido y fustigante», nos dice, es, ya en los finales de la novela, «la mirada fría e irónica del dios Neptuno, contemplando impasible la hueca escenografía del puerto de La Habana».18 Para Antón Arrufat, Meza «escribió una novela diferente, anormal, dentro de la literatura cubana»,19 mientras que, según Lisandro Otero la obra «dejaría una huella perdurable»20 en nuestras letras. Estos juicios afines, manifestados en diferentes proporciones y lapsos temporales, en modo alguno podían estar equivocados.

VII

De todas las novelas cubanas finiseculares, Mi tío el empleado sostiene el más afirmado ejercicio narrativo de raíz anómala. El cuidadoso y sutil ingenio de Ramón Meza, conseguido mediante un estilo limpio y vigoroso, subraya algunas de las cualidades del texto, caracterizado no por su exuberancia, no siempre ausente, sino por detalles nimios dados a través del contraste, como el comer, necesidad existencial del protagonista, saciada, cuando llega a La Habana, solo con pan y sardinas, para luego engullir un banquete pantagruélico cuando se convierte en conde Coveo. Asimismo, los ambientes descritos: el almacén de víveres en cuya trastienda, y sobre sacos de garbanzos, pasa sus noches el emigrante, y más tarde su alcoba de hombre rico, adornada de espejos y cortinas; espacio donde reina su Clotilde, esposa conseguida a su justa medida e intereses, envuelta en tules; o el cenizoso y polvoriento mundo de las oficinas en contraste con el brillo cegador de la calle, las lámparas y las vidrieras de las joyerías con su centelleo de luces. Otros detalles, en una novela plagada de tales, son los portazos que se suceden, primero al rostro de Cuevas en rechazo a sus peticiones de ser recibido por un funcionario, y los dados por él mismo a los que intentan importunar su tranquilidad doméstica luego de una cena opípara. Son pequeñas pinceladas de distinto valor: visual, emocional, sinestésico; situaciones condensadas en un instante, como al paso, unas ensombrecidas, otras magnificadas, pero atravesadas por la picardía no solo del protagónico sino por otros que se le asemejan, en sus comportamientos, a este propio proceder, reiterado por el propio Cuevas-Coveo al considerar a Cuba «un país de pillos», frase que repite a lo largo de sus páginas. Asimismo, el verdadero fantasma recurrente de quien le tiende una mano en busca de una limosna, el mismo que había sido lanzado a la calle para poder él ocupar su lugar en el lúgubre despacho oficial.

El don de la observación fue para Meza caudal de sus más ricas propuestas, acompañada por el sueño, símbolo presente en comunión con la verdad y el dolor. A tener en cuenta también el elemento gestual de los personajes, una especie de mímica absurda que puede aturdir y que el novelista proyecta dentro del galopar de una prisa a veces inexplicable. Asimismo, el aire casi fantasmal de la oficina donde labora Cuevas, atiborrada de expedientes que ni siquiera sabe tramitar, ofrece una sensación de desconcierto, de una abulia que entorpece, pero no amaina, las ambiciones del protagónico. Este conjunto de trazos, muchos dados al paso, le conceden a la obra cierta proyección de valor cinematográfico que ojalá sea atendida por alguno de nuestros cineastas, y si se lo proponen podrán, tal como aparece en la novela, descubrir desde atmósferas hasta sensaciones, conjugar lo real con lo irreal también presente, porque mucho de lo narrado resulta tan esperpéntico que hasta deja de tener sentido.

Los procedimientos artísticos asumidos, apartados, como ya observé, de los de Villaverde, se entrecruzan entre el realismo crítico a lo Flaubert y se aproximan a lo simbólico en una especie de deslizamiento que juguetea con los aires naturalistas de la novela, como si entre uno y otro no mediara más que la voluntad del escritor para exhibir la, diríamos, especie de iluminación divina, y única, que tuvo al escribirla. Porque si algo distingue a Mi tío el empleado es el rompimiento con lo anterior y lo posterior del propio Meza y con lo que los narradores contemporáneos suyos hacían entonces. Por estos aires de novedad su novela, si bien no fue del todo rechazada, tampoco fue aplaudida, con la excepción, como vimos, de quien, quizás, era el único preparado para entenderla en aquel momento: José Martí.

No obstante la excepcionalidad de esta obra, Don Aniceto el tendero goza de algunos de los aciertos antes comentados, pues encontramos confluencias en escenas y personajes que la acercan a su obra mayor. Menos arriesgada en el despliegue de recursos estéticos, tampoco fue favorecida por la crítica. Es también la historia de codicia, de cálculos de ganancia monetaria padecidos por el tendero don Aniceto, «hombre de nariz roma; de verdes ojos, abundantes cejas; frente huesosa y hendida en cruz y cuyo rostro, en conjunto, dábale marcada semejanza con esa clase de perros llamados bulldogs, fieles al amo y dispuestos a caer sobre la presa para no soltarla».21

En carta remitida desde Bogotá, su residencia desde muchos años atrás, el crítico Merchán le comentaba al autor:

[…] en las condiciones peculiares de Cuba, y una vez admitida sin discusión la teoría realista del arte las dos novelas de usted me parecen literariamente buenas pero socialmente peligrosas. Pues no ve usted que los extranjeros que las lean pensarán que los españoles se propusieron degradar la sociedad cubana y que lo han conseguido. En sus libros consta el apocamiento colonial, pero no muestra reacción: el miasma de los dominadores, pero no ve nuestros esfuerzos por elevarnos a atmosfera más pura. Los españoles mismos dirán: he aquí cómo son los cubanos; esa gente merece el destino que le hemos dado.22

Merchán ignoraba lo más entrañable de ambas novelas de Meza, la médula grotesca que las distingue, la fuerza de sus metáforas, el valor esperpéntico de los personajes. En ningún caso había retratos perfectos de ellos, sino esa especie de línea curva de relaciones simuladas, de irrupciones inacabadas, de retorcidas pasiones expresadas con una singularidad hasta entonces desconocida en las letras cubanas, solo que en Don Aniceto… esos valores, presentes en Mi tío…, se aminoran.

La «mesa de pensar» de Ramón Meza fue variada, pero tuvo su gran momento con Mi tío el empleado. Fue una chispa prendida, consumida y agotada en estas páginas, que dio su menor aliento con Don Aniceto el tendero, medianamente comparable con la excepcionalidad que representó su creación mayor. Su mueble intelectual, rico y variado, transitó entre géneros y propuestas diversos que columpiaron un quehacer dispar y cuya señal artística absoluta e irrefutable solo lo visitó una vez, pero fue suficiente para insertarlo, decisivamente, junto a Cirilo Villaverde, en la cumbre de la narrativa insular del siglo XIX.

Notas y Referencias:

  1. La de Villaverde apareció en Nueva York, impresa por El Espejo, y la de Meza en los talleres de Luis Tasso, en Barcelona.
  2. «Cirilo Villaverde» En Revista de la Facultad de Letras Ciencias de la Universidad de La Habana Año 12, número 2, marzo de 1911, pp. 210-217.
  3. Como han señalado algunos historiadores, la personalidad y el quehacer anexionista de este personaje de origen venezolano está aún por investigar en profundidad.
  4. José Martí «Cirilo Villaverde». En Nueva York, octubre 30 de 1894.
  5. «Ramón Meza», Cromitos cubanos. Bocetos de autores hispanoamericanos. La Habana, Establecimiento Tipográfico La Lucha, 1892, p. 345-360. Cita en p. 347. Edición más reciente: Prólogo de Salvador Bueno. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1975, pp. 250-258. Cita en p. 252.
  6. Cirilo Villaverde, [«Carta sobre Últimas páginas»]. En El Fígaro número 43. La Habana, noviembre 29 de 1891.
  7. Aunque son reconocidos sus menguados valores, no sería improcedente su publicación. Valga reconocer el esfuerzo, hasta ahora infructuoso, de la investigadora Adis Barrio Tosar por conseguirlo a través de la Editorial Letras Cubanas.
  8. La Habana, Imprenta El Pilar, 1891.
  9. Mitjans (1863-1889) fue habanero como Manuel de la Cruz y Ramón Meza. A pesar de la temprana muerte de los dos primeros, con veintiséis y treinta y cinco años, respectivamente, y la del propio Meza, con apenas cincuenta, constituyen tres nombres relevantes de la literatura cubana. La obra de Mitjans fue de carácter ensayístico e incluye una Historia de la literatura cubana (1918), de publicación póstuma, con prólogo de Rafael Montoro. De la Cruz, además de ensayista y crítico, fue narrador. Su obra más notable es Episodios de la revolución cubana (1890), calurosamente saludada por José Martí. La amistad entre los tres, sumada la de Casal, igualmente fallecido a edad muy temprana, constituye uno de los momentos más nobles de la literatura cubana finisecular. Juntos forjaron proyectos literarios pocas veces desarrollados por diversas razones, coincidieron como redactores en revistas y debieron haber discutido mucho sobre literatura en las tertulias a las que asistían.
  10. Esta segunda edición se debió a la Dirección General de Cultura.
  11. Firmado con su seudónimo E. Maz. En El Fígaro número 4, La Habana, enero 27 de 1887, pp. 2-3.
  12. «Autobiografía», La Habana, 1º. enero, 1910.
  13. José Martí, «Mi tío el empleado. Novela de Ramón Meza». En El Avisador Cubano. Nueva York, abril 25 de 1888.
  14. Enrique José Varona, «Mi tío el empleado». En Revista Cubana. La Habana, enero-junio de 1887, pp. 372-375.
  15. Todas las citas aparecen en Cromitos cubanos. Edición citada en nota 5.
  16. «Ramón Meza», En El Mundo. La Habana, noviembre 16 de 1960, p. 4.
  17. José Lezama Lima, «Ramón Meza: tersitismo y claro enigma». Cuba en la UNESCO. La Habana, diciembre de 1961, pp. 20-25.
  18. Cintio Vitier, «Sor Juana, Meza y Martí». Cuba en la UNESCO. La Habana, diciembre, 1961, pp. 26-30, pp. 20-25.
  19. Antón Arrufat, «Ramón Meza y la novela cubana del siglo xix». Cuba en la UNESCO. La Habana, diciembre, 1961, pp. 26-30, pp. 199-200.
  20. Lisandro Otero, «Ramón Meza y Mi tío el empleado». En Revista de Literatura Cubana. La Habana, enero, 1995-junio 1996, pp. 39-46.
  21. Ramón Meza, El duelo de mi vecino. Don Aniceto el tendero. Últimas páginas, En Novelas breves. Prólogo de Ernesto García Alzola. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1975, p. 60.
  22. Rafael María Merchán, «Corte literario (sobre Don Aniceto el tendero y Mi tío el empleado). En La Habana Literaria. La Habana, diciembre 15 de 1891, p. 153.