La moda no es solo frivolidad, forma parte de la cultura inmaterial de cada nación. Refleja a la sociedad que la genera, representa un discurso personal dentro de las normas sociales. Más que combinar conjuntos se trata de un fenómeno psicológico que enlaza a la historia, la sociedad y el individuo. Conocer sobre el vestir de nuestros antepasados es quizás una forma de sentirlos más cerca, después de todo… la moda es cíclica.

Desde inicios del siglo xix está latente el proceso de formación de la nacionalidad y la nación, que entre otros muchos aspectos tenía como esencia la diferenciación entre el criollo y el español. Tal fenómeno se manifestó en todas las aristas de la sociedad, como la cultura, la economía o la educación. El vestir, en tanto reflejo objetivo de la realidad social, también formó parte de este proceso.

En el siglo xix la alta sociedad criolla destacaba por sus ricas vestiduras, especialmente la habanera. Así lo notarían diversos visitantes en la Isla.

En cuanto al porte y esplendor de los vecinos, no iguala a la Habana México ni Lima, sin embargo, de la riqueza y profusión de ambas Cortes, pues en ellas, con el embozo permitido, se ahorra o se oscurece en parte la ostentación, pompa y gala; pero acá siempre es igual y permanente, aun en los individuos de menor clase y conveniencia, porque el aseo y atavío del caballero o rico excita o mueve al plebeyo y pobre oficial a la imitación y tal vez a la competencia. (Arrate, 1949)

» La moda a inicios de siglo

El traje de las féminas sufrió una asombrosa transformación, pues en Europa era tendencia la llamada «moda a la antigüedad clásica», inspirada en las túnicas greco­romanas. Los vestidos eran de amplios escotes, el talle se colocó debajo de los pechos, los pesados ropajes de antaño fueron sustituidos por túnicas ligeras que apenas requerían ropa interior. Predominaban los tonos claros y ligeros, telas suaves como muselina, batista (linón) y gasa. Se cambiaron los atuendos recargados por la sencillez y la frescura, tan necesarias en el clima tropical.

Los hombres no tuvieron igual suerte con su vestimenta, pues, aunque tenían un número fijo de prendas estas eran calurosas, seguían sobre todo el estilo británico. El frac para vestir, la levita o chaqué para el diario, común denominador eran los pantalones largos y chalecos cortos. Las telas utilizadas carecían de incrustaciones y bordados, eran de tonos neutros; el gris y el negro fueron considerados símbolos de distinción. La camisa, el chaleco y la chaqueta se caracterizaron por ser de cuello alto, en ocasiones cubrían la mitad de la mejilla. La casaca, el calzón y las medias de seda, de la afrancesada moda del siglo pasado, quedaron reservadas para ceremonias oficiales.

» Mediados de siglo (1830-1870)

En este periodo se abandona la sencillez y la frescura para instaurar la era del miriñaque. Desde 1820 el talle comenzó a bajar hasta que retornó a la cintura, al mismo tiempo se fueron hinchando falda y mangas (llamadas de jamón o pierna de cordero). Retornó el temido corsé, para dar esa imagen de fragilidad con el talle de avispa. A las damas no les detuvo el calor sofocante al que nuevamente se enfrentaban debido a la abundancia de ropa interior, profusión de adornos y telas. Ellas seguían la máxima de «para lucir hay que sufrir».

A partir de 1848 era considerada de uso obligatorio la criolina, miriñaque o jaula (también llamada malacov), la que brindaba un volumen extremo a la falda y requería para su confección una gran cantidad de tejido. Como dato curioso, sobre el uso del malacoff (malacov) se encuentran referencias en la novela de José Martí Amistad funesta, escrita en 1885. Pero las criollas decidieron adaptar algunos elementos del vestuario a sus gustos y conveniencias:

  1. Simplificaron los peinados y tocados. Rara vez utilizaban sombrero, bonete o peineta; preferían lucir las espléndidas cabelleras con peinados relativamente sencillos, dijeron adiós a los arreglos altos. El principal adorno eran las flores frescas en el cabello.
  2. Utilizaban vestidos escotados aún en la ropa de diario. La moda europea dictaba que los escotes eran solo para los vestidos de ceremonia, pero las cubanas por cuestiones del clima preferían los escotes en toda ocasión. Las mangas muchas veces eran cortas o simples cintillas al hombro.
  3. Predominio del color blanco. Las criollas prefe­rían el blanco y demás tonos claros. Tenían predilección por tejidos como la muselina, el linón, el percal y el algodón.
  4. No utilizaban guantes ni mitones.
  5. Se destacaba el uso de accesorios como el abanico y las mantillas, chales, mantones.
  6. Descollaban por la utilización excesiva de joyería, hecho relacionado con las ansias de ostentación y de rivalizar con las peninsulares. Brazaletes, collares, aretes, todos de la más fina orfebrería europea.
Fotos tomadas de Lo cubano en el vestir (2018), de Dania Fernández.

Fotos tomadas de Lo cubano en el vestir (2018), de Dania Fernández.

El lujo de las mujeres es muy rebuscado, no es lujo aparatoso pero sensual. Para ellas es un modo de ser y de vivir ya que sus trajes son de la mayor sencillez. Por la mañana una amplia bata o traje de linón, por la noche se visten de linón, pero con mangas cortas, corpiños escotados, y en sus cabezas bien peinadas llevan una flor natural colocada sin arte y sin aparato. Bajo esta sencillez se esconden raras delicadezas; su ropa interior es del batista más fino adornada con encajes, se las cambian varias veces al día. Los trajes de linón siempre bordados y adornados igualmente con encajes sólo se llevan nuevos y cuando se lavan se los dan a las negras. Una habanera sólo usa medias de seda, y nuevas, y al quitárselas las tira. Sus pequeños zapatos bien pronto los dejan abandonados, y como todo lo demás va para las negras, a las cuales no les falta originalidad en el vestir…

Una habanera no usa nunca dos veces sus trajes de baile, aunque son de un gran lujo, enviados a gran coste desde París; pero una joven preferiría no ir al baile si tiene que presentarse por segunda vez con el mismo traje. En el teatro las mujeres están siempre de gran toilette y como en los bailes, lucen diamantes que poseen en gran número, montados en París. (Condesa de Merlín, 1983)

La moda masculina no sufrió severas transformaciones por parte de los criollos, seguían las orientaciones de la usanza francesa o inglesa. Se incorporó el uso de la americana o saco. La combinación de pantalón, chaqueta y chaleco del mismo género y color (terno) le proporcionaron mayores comodidades. Aunque solo eran admitidas dichas prendas para la casa, la mañana, el campo o los paseos por mar. Preferían para la confección de estos conjuntos el dril (algodón crudo) y el color blanco era muy gustado para fiestas y ocasiones similares. También era común la utilización de sombreros de materiales y modelos diferentes, como los de paño, con variados tipos de copa y ala.

» Últimas décadas (1870-1900)

La moda femenina, siempre más inquieta, puede dividirse en dos periodos con características distintivas. El primero de 1870 a 1890 y el segundo, la última década del siglo.

Desde 1860 el miriñaque comenzó a achatarse en su parte delantera y abultarse atrás. Esta gradual variación dio lugar a la criolina elíptica o semi­jaula. Con la simplificación de esta armazón se llega al polisón, almohadilla rellena o estructura que proporcionaba abultamiento al trasero. Con estas armazones se comienzan a usar los llamados «tapiceros», vestidos con grandes cantidades de telas de diversas texturas y colores cuyos adornos se agrupaban mayormente sobre el polisón. Resurge la cola para ayudar a la ilusión de alargamiento de la figura, los peinados se tornan altos y coronados por pequeños sombreros.

Entre 1876 y 1882 dejó de utilizarse el polisón y se ajustó la falda lo más posible, sin abandonar los excesivos adornos y peinados. Al regresar el polisón este abultaba más. Al finalizar la década se simplificó la parte inferior de los vestidos y retornó la manga de jamón. Surgió una nueva silueta, falda lisa y sin pliegues (se abandona el uso del polisón), adherida al cuerpo en cintura y caderas, abriendo hacia abajo. Cuellos altos para el diario y escotados para la noche, mangas voluminosas. Los sombreros fueron aumentando sus dimensiones a medida que se estrechaba la figura.

Se difundió con rapidez el uso del traje sastre o trotteur (compuesto de falda y chaqueta de inspiración masculina). También eran usuales las combinaciones de falda y blusa, con lo que se brindaba mayor comodidad y sencillez al atuendo. Todo esto se vio propiciado por la aparición de la alta costura en París, que influenció a las criollas desde finales de este siglo y aumentaría su influjo en el xx.

El traje masculino apenas sufrió transformaciones, la elegancia se medía por la rigurosidad en la selección del conjunto adecuado para cada momento. Saber variar y utilizar según las exigencias de la etiqueta las cinco prendas que conformaban dicho atuendo (frac, smoking, chaqué, levita y americana) con sus respectivos camisa, chaleco, corbata y pantalón, era indicador de la distinción de un caballero. Por este motivo cobraron gran importancia los accesorios: bastón, reloj, guantes, sortijas, gemelos; que estaban estrictamente relacionados con la hora y la actividad a realizar.

» Estructuras que sustentaban y movían la moda

La pompa en el vestir, las ansias de seguir los influjos extranjeros, es una constante que se mantiene en los criollos habaneros del siglo XIX, y no sólo en la élite aristocrática sino en una parte considerable de la población. Las familias pudientes realizaban viajes a Europa, donde contactaban rápidamente con lo más novedoso, compraban las revistas de moda y adquirían los más hermosos ropajes. También en la Isla contaban con sastres y modistas que se preparaban para estar al nivel del viejo continente. Las damas en ocasiones preferían realizar labores de costura para dar originales detalles a sus ajuares.

» Revistas de la moda en La Habana del siglo XIX

En el primer tercio del siglo xix, aparecen en Cuba las primeras publicaciones sobre moda. En 1811, a imitación de modelos extranjeros, se edita en La Habana el bisemanario Correo de las Damas, dirigido por Simón Bergaño y Villegas y Joaquín José García. A esta le siguieron Tertulia de las Damas, publicada entre 1811 y 1812, y Cartera de Señoras, 1812. En 1829, Domingo del Monte y José J. Villarino fundaron La Moda o el recreo semanal del Bello Sexo. Con ella, la revista para féminas inauguró una nueva etapa. Constituye un importante testimonio por las crónicas y comentarios sociales, las abundantes ilustraciones que orientaban la moda.

A estas publicaciones se sumó en 1833 La Habana Elegante, en su primera etapa era periódico de noticias del «bello sexo», en la segunda se convirtió en un semanario ilustrado literario y artístico. Es considerada una de las revistas más importantes en la historia de la literatura y la prensa en Cuba e Hispanoamérica. En 1885 aparece La Ilustración Cubana con sede editorial en Barcelona, hasta que en 1887 se traslada a La Habana; contaba con un suplemento sobre moda.

» Estudios fotográficos

A partir de 1841-­1842 aparecen, primero en La Habana y luego en el resto de las provincias, los estudios fotográficos, atraídos por el mercado potencial constituido sobre todo por las ricas familias criollas. En la capital hacia 1859 existían más de quince de estos estudios, situados todos al final de las calles Obispo y O’Reilly. De esta manera los miembros de la oligarquía hallaban una novedosa forma de difundir su imagen, a diferencia de los españoles, que preferían el retrato pictórico.

» Comercios

Con los distintos períodos de emigración francesa hacia Cuba, proliferan los comercios destinados a la venta de telas, tiendas de prendas confeccionadas y modistas por encargo. Pero también los criollos blancos, mulatos y negros libres se dedicaron con gran éxito a la satrería y zapatería. Estos establecimientos se hallaban ubicados en su mayoría en la calle Mercaderes, Obispo y la de Ricla.

Tiendas como El Telégrafo, especializada en lencería y efectos franceses; la quincallería El Buen Gusto de París (en la calle Habana); El Neceser (en O’ Reilly) y El Marco Dorado (Mercaderes). También eran comunes los puestos de joyería y abanicos. Al contrario de la costumbre europea de nombrar al establecimiento por el nombre del dueño, se denominaba de manera fantasiosa: Esperanza, Maravilla, La Perla, La Bella Marina, La Delicia de las Damas y El Rayo de Sol.

Cirilo Villaverde, al respecto opina en 1842:

Por todas partes se descubre la huella del comercio, obrando sus metamorfosis y prodigios. A influjo de su soplo creador, todos los días se levantan tiendas de todo género, que deslumbran, no sólo por el lujo con que están adornadas, sí también por los tesoros y preciosidades que encierran. Por todas partes bulle un pueblo que en lujo y en miseria no cede a ninguno de la tierra, aunque parezca exagerada la expresión, y aunque a primera vista las ideas de lujo y miseria juntas parezcan a algunos mal casadas y contrapuestas. (Villaverde, 1842)

Aunque los criollos de mayor poder adquisitivo encargan sus lujosos trajes a las capitales europeas, principalmente a París, la confección de ropa es una de las mayores fuentes de empleo en la Cuba del siglo XIX.

En 1862 fueron censadas 459 sastrerías en toda la Isla, estimándose su renta anual en 2.174.000 pesos, o sea, una media en 4.736 por establecimientos; en las 145 de La Habana la renta media sería de 7.800 pesos. (Marrero, 1977)

Las modistas, muchas son extranjeras, y francesas las de mayor renombre, se anuncian en la prensa con los diseños más novedosos, y destacan sus méritos haciendo mención a la reconocida clientela que se visten en sus talleres y boutiques. (Villaverde, 1977)

A partir de la década del treinta se destacarían en La Habana varias sastrerías. Cirilo Villaverde en su novela Cecilia Valdés hace mención de tres de estos comercios más importantes de La Habana de entonces: la de Federico, la de Turla y la de Uribe. A este último, Francisco Uribe, sargento primero beneficiado del Batallón de Pardos Leales de La Habana, lo incluye como personaje de su obra. En el Capítulo I, Segunda Parte, es amplia la información que ofrece el autor del quehacer diario de este tan afamado sastre.

De esta manera, nuestros antepasados siguieron las corrientes de la moda, e incluso realizaron adecuaciones según el clima y temperamento criollo. Los gustos en el vestir y comercios destinados a este fin, constituyeron todo un engranaje de belleza y finura que transformó a la capital en el París de las Américas. Esto contribuyó simultáneamente al fomento de una identidad nacional y un orgullo por la naciente cubanía.

Bibliografía:

Arrate y Acosta, José Martín Félix. Llave del nuevo Mundo (Prólogo y notas de Julio Le Riverend Brussone). México, Fondo de Cultura Económica, 1949, pp. 92­93

Fernández, Diana. Lo cubano en el vestir. Apuntes esenciales. La Habana, Ediciones Unión, 2018.

Marrero Artiles, Levi Cuba: Economía y sociedad. Madrid, Editorial Playor, 1977. p. 221

Santa Cruz y Montalvo, Mercedes (Condesa de Merlín). Viajeras al Caribe. La Habana, Casa de las Américas, 1983. p. 136.

Sarmiento Ramírez, Ismael. Vestido y calzado en la población cubana del siglo XIX.

Villaverde, Cirilo. «La Habana en 1841», en El Faro Industrial de La Habana, 1 de enero de 1842. Cuba (1842).

VillaVerde, Cirilo. Cecilia Valdés o La Loma del Ángel. La Habana, Editorial Arte y Literatura, 1977. p. 243.