Los cubanos despidieron un emblema de la danza con lágrimas y ovaciones. Predominaron sus rosas favoritas al pie de la imponente escalinata de mármol del gran vestíbulo de la Sala Federico García Lorca del Gran Teatro de La Habana, que hace pocos años fue bautizado con su nombre.

Con honras fúnebres nacionales y manifestación popular de duelo en las principales arterias de La Habana, los cubanos dieron el último adiós, con lágrimas y vivas a su admirada, inconmensurable e irrepetible prima ballerina assoluta, Alicia Alonso (née, Alicia de la Caridad Martínez del Hoyo, 21 de diciembre de 1920 – 17 de octubre de 2019), considerada como la última diva de la danza del siglo xx.

Una extraordinaria capilla ardiente, presidida por la enseña nacional, fue instalada en medio de hermosas y espléndidas decoraciones florales. Allí estaba la diosa de la danza, «dormida» en su magnífico ataúd plateado, ataviada con un soberbio vestido y bandeau de su color favorito, el azul del cielo de su amantísima patria. (Viene a colación un apotegma que utilizó en varias entrevistas: «el arte no tiene patria, pero el artista sí»).

Con emoción visible —durante ocho horas—, un desfile de admiradores y personalidades formaron largas filas en las calles aledañas al coliseo habanero para ingresar al recinto y ofrecerle su silencioso tributo con flores y un beso al vuelo. Apreciamos entonces la diversidad e inclusión de estos, desde diplomáticos, miembros del clero secular, militares, amas de casa con sus niños, funcionarios, obreros, ancianos hasta con discapacidades motoras, y toda esa diversidad que existe en nuestro pueblo. Seguramente algunos de ellos no vieron nunca bailar a la Alonso, mas era su icono o paradigma nacional.

La salida del cortejo fúnebre estaba fijada a las cuatro de la tarde para dirigirse al Cementerio de Colón, donde sus restos mortales reposarían finalmente en humilde panteón de granito, junto a los restos de sus progenitores. Seis elegantes jóvenes solistas del Ballet Nacional de Cuba tuvieron el privilegio de llevarla en andas con sutil marcialidad hasta las grandes puertas principales del imponente coliseo del antiguo Paseo del Prado, arropados con la música de Adam correspondiente a la escena final de su antológica versión de Giselle. Momento indescriptible cuando la multitud que esperaba en las aceras del Parque Central estalló al unísono con aplausos y ovaciones de viva Giselle-Alicia. Luego, conmovedoras escenas se repitieron a lo largo de los varios kilómetros del trayecto de los coches fúnebres, previamente elegidos para llegar hasta su última morada.

Otra multitud de pueblo esperaba su arribo en el principal camposanto habanero; rompiendo a su entrada el ominoso silencio reinante con aplausos y vivas —esta vez no hubo ingreso a la Capilla Central para efectuar el acostumbrado responso de acuerdo con el rito católico, siempre que los familiares lo soliciten previamente—, hasta llegar a la tumba familiar. La ceremonia dio inicio con las notas del Himno Nacional, cantada por todos los presentes, acto seguido la brillante facundia oratoria del doctor Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, nos embargó en la tristeza, pero nos despertó la contradictoria sensación que produce la despedida de los que alcanzan por sus méritos la inmortalidad: la diva con su gloriosa y triunfal trayectoria artística entre los vivos. «Ahora ya marcha hacia el Olimpo», dijo Leal. Presentes estaban su esposo, el Dr. Pedro Simón, director del Museo Nacional de la Danza, su nieto Iván Monreal, bailarín y profesor de ballet, y una de las hijas de este, así como el actual ministro cubano de Cultura, Alpidio Alonso.

No debo olvidar un bien pensado detalle previsto para estas honras fúnebres, al tratarse de la despedida física de una excelsa bailarina: la presencia constante —en el velatorio— de la música a través de la Orquesta Sinfónica del GTHAA, con su director titular Giovanni Duarte, y el apoyo exquisito de algunos de los primeros solistas del Teatro Lírico Nacional, nos entregaron escogidos temas de las óperas favoritas de la Alonso, así como archiconocidos fragmentos de los grandes ballets clásicos que siempre llevarán la indeleble impronta de cubanía de esta excepcional intérprete.

 

» Mito y leyenda

Toda esta conmoción cultural acontecida en el archipiélago cubano, con la desaparición física de una personalidad de la luz, que no deja de irradiar, como el caso de Alicia Alonso, ha sido bien sustentada por el aluvión justificado de obituarios y artículos en los medios de comunicación del orbe, tanto los especializados como la gran prensa y las agencias informativas globales. Pudiera objetarse el carácter apostrófico y reiterativo, y hasta pifias históricas, de algunos de esos textos, con tópicos trillados al intentar desentrañar la magnitud de un «fenómeno» que emergió y se desarrolló en una pequeña isla del Caribe, por los años 20 de la pasada centuria, hasta convertirse —tras un largo recorrido de 98 años—, en la última diva de la danza del siglo xx (cubana y universal).

Fue el resultado del permanente y consecuente rigor y la disciplina, del trabajo cotidiano en los salones de clases y ensayos, al recibir los legados técnico-estilísticos de los entonces grandes maestros del género, tales como Michel Fokine, Anton Dolin, Antony Tudor y George Balanchine, por solo mencionar los más próximos, además de los iniciáticos como Yavorsky o Fedorova. De ellos aprendió cómo interpretar los diferentes estilos; cómo administrar adecuadamente las energías; cómo oxigenar óptimamente el cuerpo y los músculos con métodos probados de manera empírica; la atención precisa para respetar la musicalidad según los tempos de una masa orquestal bien dirigida. Todo ello fue transmitido por la Alonso a las generaciones sucesivas de bailarinas y bailarines, con la contribución fundamental de los hermanos Fernando y Alberto Alonso, dando por creación conjunta el «milagro» de una nueva escuela de danza clásica en este lado de la luna: la Escuela Cubana de Ballet. Logros probatorios de su eficacia formativa fueron certificados con la lluvia de medallas de oro, plata o bronce ganadas en buena lid por los danzantes cubanos en los más importantes concursos de ballet de Europa y Estados Unidos. La cumbre de su reconocimiento mundial ocurrió con el otorgamiento a Alicia Alonso del Grand Prix de la Ville de Paris por su interpretación y puesta en escena integral del ballet Giselle. El Ballet de la Ópera de París incluyó en su repertorio la versión cubana de esta icónica pieza —que tuvo su premier mundial en 1841 por Carlota Grisi y el corps de ballet del teatro principal de la Ciudad Luz—, que la mantuvo en cartel durante una década.

Recordemos, por supuesto, los avatares personales para conducir y desarrollar su carrera en los Estados Unidos junto con Fernando Alonso en la School of American Ballet, y luego su paso al cuerpo de baile del Ballet Theatre, con Lucia Chase al frente; el nacimiento prematuro de su hija Laura y, cuando comenzaba su ascenso a los primeros rangos del que luego fue American Ballet Theatre, sucede el lamentable accidente ocular del desprendimiento de retina en su período veinteañero. Recuperada, tras un reposo absoluto de poco más de un año, Alicia Markova, enferma, la eligió como la única solista capaz de remplazarla en Giselle junto a su primer partenaire: Anton Dolin.

Si tenemos en cuenta los elogios de los más importantes críticos de danza de aquel momento, fue su primer gran triunfo en la escena del viejo Metropolitan Opera House. Sobresaliente fue su memoria, como es reconocido públicamente por sus colegas estelares en el conjunto neoyorquino: era posible que la Alonso bailara hasta tres diferentes obras coreográficas en un mismo programa para cada función, según comentara su entonces colega Agnés de Mille.

La ceguera progresiva nunca la arredró ante la ejecución de nuevas obras o experimentar con nuevos compañeros de baile y coreógrafos. Siempre se las arregló para solucionar los posibles obstáculos en un nuevo baile o escenario. Cuando se aproximaba a la ceguera casi total, jamás aceptó se cambiara una producción o puesta en escena para evitarle un posible accidente en público: ella se reajustaba con nuevos movimientos, giros o saltos con ayuda de su compañero de baile al uso. Para los montajes de sus coreografías concibió un ingenioso sistema a base de cerillos y sus cajitas de cartón, y sus diseños eran asumidos por los respectivos asistentes.

Más allá de detalles acumulados a través de varias décadas, deseo plasmar su espíritu arriesgado para incursionar en otras manifestaciones ajenas a la danza clásica, en un afán de conocimientos sin límites, que muchas veces incorporaba a su labor creativa: por ejemplo, participar en expediciones espeleológicas, tratar de conocer los avances en los viajes al cosmos; los éxitos olímpicos de los atletas cubanos; las búsquedas creativas por los más destacados artistas de las artes visuales del país, entre otras Agrego además sus incursiones en temas insospechados por el público balletómano, como su amor a los animales domésticos, particularmente a los perros (su padre fue doctor en veterinaria, especialista en la rama equina militar).

 

» Alicia Alonso, según sus discípulos Durante las penosas horas del adiós, tres destacadas figuras del ballet cubano confesaron su fidelidad y reconocimiento a la gran maestra. Viengsay Valdés, unos meses atrás nombrada subdirectora artística y a punto de tomar las riendas de la compañía, nos desveló con franqueza sus sentimientos: «Hoy siento el deber y el compromiso aun más fuerte con su legado artístico. Sus consejos tan acertados en cada momento… Los que conocimos su obra y su pensamiento, nos sentimos en el deber de transmitirlo para que se mantenga vivo su ideario… La constancia, la exigencia, la calidad interpretativa y técnica, la pasión por la danza —contagiosa— y la determinación de Alicia, son cualidades que pocas personas reúnen… Todavía con 74 años la agilidad del movimiento de sus pies era asombrosa, cuando la vi haciendo sola la barra y un pianista tocando algunas melodías».

Por su parte, la primera bailarina Anette Delgado comentó: «…Es difícil decirle adiós a esta gran mujer que junto a Fernando y Alberto Alonso crearon algo tan grande como la Escuela Cubana de Ballet, que gracias a su empeño por llevar la danza a todos los rincones de esta Isla me permitió llegar a ser la artista que soy hoy en día… Doy gracias a la vida por permitirme y permitirle a tantas generaciones de bailarines llegar a estar a su lado, escucharla, aprender y adquirir sus conocimientos, entender la razón del por qué y para qué danzamos…seguirá siendo nuestro faro… su lucha incansable y su perseverancia ante cualquier dificultad, su afán por poner en lo más alto el nombre del Ballet Nacional de Cuba y la danza a nivel mundial», concluyó.

 

Panteón familiar en la Necrópolis Cristóbal Colón, donde reposan los restos de Alicia Alonso.

Panteón familiar en la Necrópolis Cristóbal Colón, donde reposan los restos de Alicia Alonso.

El reconocido bailarín Carlos Acosta estaba con su compañía Acosta Danza de gira por Asia cuando recibió la infausta noticia, y envió este mensaje, del cual damos a conocer algunas líneas. «No puedo dejar de pensar en todo lo que le debemos, en el extraordinario legado que Alicia nos ha dejado. Siendo hija de una pequeña isla del Caribe, Alonso se impuso a todas las barreras de los que decían que el ballet era un arte de países desarrollados, que el físico y el temperamento latino no se ajustaban a los requisitos de la danza clásica. Todos estos prejuicios fueron demolidos cuando Alicia Alonso entró en escena.

«Tuve la dicha de bailar con ella. En otro momento tuve el privilegio de que me tomara ensayos en El espectro de la rosa, de Michel Fokine. Fue una experiencia inolvidable… Ese día quedé deslumbrado por sus conocimientos y su memoria (como lo estuvo Agnes de Mille), y por el recuerdo de esas historias lejanas que al ella contarlas se hacían tan cercanas… Junto a los artistas de Cuba seguiré trabajando para que nuestro país siga creciendo. Creo que esa es la mejor manera de honrar su nombre», sentenció Acosta al finalizar su mensaje.

Nunca será ocioso retornar al magisterio martiano, y por ello cito: «la muerte no es verdad cuando bien se ha cumplido la obra de la vida».