Nuestro tiempo, como cualquier otra época de la historia, presenta algunas contradicciones propias, que no dejan de aflorar incluso en el ámbito de un fenómeno religioso como es la devoción a la Virgen María.
En este sentido asistimos, por una parte, a un intento generalizado, sobre todo a partir del Vaticano II, de desmitificar la figura de la Virgen y de rechazar todo lo que tenga visos de culto a la personalidad. Este intento tiende a reajustar la posición de María en la economía de la salvación y echar agua al fuego de las exageraciones y proliferación devocionales.