Quiero dividir esta conferencia(1) en tres partes. La primera yo la llamaría Memoria-Agradecimiento. En la segunda trataría el tema ya concreto de la Casa Cuba. Y la tercera y última parte estaría dedicada a lo que nombraría Desafíos para los Dominicos de hoy en Cuba.

La primera parte: en Memoria-Agradecimiento recordamos cien años de la presencia de la Orden de Predicadores en este lugar, en esta esquina del Vedado, aunque como ya se ha dicho hoy en varios momentos las labores evangelizadoras de los dominicos comenzaron en 1899, con su retorno a Cuba para no irse más. Memoria a este lugar, 1916-2016. El templo, diez años más tarde. Es decir, estamos celebrando cien años de esta esquina; sin embargo, el templo, tiene noventa. Fue inaugurado en el año 1926. Y remozado ya completamente en el año 2010, tal como se encuentra actualmente.

El templo, si miramos la cronología, se pensaría que es lo último que construyeron los dominicos, cuando la misión de la Iglesia, la razón de la existencia de la Iglesia en el mundo, para lo que la fundó, valga la redundancia, su fundador, Jesús de Nazaret, resulta lo más importante. Tal podría parecer que fue lo último en el interés de los padres dominicos en aquel ya lejano 1916. Sin embargo, no fue así. El templo comenzó aquí, donde estamos situados nosotros. Esta fue la primera obra de los dominicos. Junto a él, lo que es inseparable, el convento, y después, la terminación de ese hermoso templo, conocido en toda Cuba como la Iglesia de San Juan de Letrán. Y ciertamente, de todos los templos fundados por los dominicos en este lugar del Vedado, el más hermoso, el más grande y uno de los más hermosos de Cuba, siguiendo de un modo muy abierto el modelo de la Catedral de Notre Dame, de París, el templo de los dominicos. De tal forma que nosotros pudiéramos dividir todo esto que se conoce como la Iglesia, el Convento de San Juan de Letrán y el Centro de Estudios Fray Bartolomé de Las Casas, en tres partes. Un bloque, el templo. Otro bloque, el convento. Y un tercer bloque, lo que a partir de 1998 es el Centro de Estudios Fray Bartolomé de Las Casas. ¿Por qué quiero hacer esta triple división? Porque lo es así. Porque lo es así y así terminaré yo también esta conferencia.

Ya dije que la misión propia de la Iglesia es la evangelización. Así terminó hace un rato el doctor Rolando Suárez su conferencia, hablando de toda la obra evangelizadora de los padres predicadores en este lugar del Vedado. Es lo más importante de la Iglesia. Cuando vamos a una de las cuatro constituciones del Concilio Vaticano Segundo, la Constitución Cuarta, sobre la Iglesia en el mundo actual, Lumen gentium, y nos vamos al número 42, se define y se esclarece cuáles son las misiones de la Iglesia. Fíjense como digo: las misiones de la Iglesia. Y dice claramente ese número 42 de la Constitución de la Iglesia en el mundo actual, Constitución Pastoral: La misión propia de la Iglesia es de tipo religioso; para eso la fundó Jesucristo; para predicar Su Palabra; para administrar los sacramentos; para hacer santos. El gran objetivo de la Iglesia que le imprimió su fundador es hacer santos. Y esta es la primera misión de la Iglesia. Pero no es la única. Dependiendo de esta, que es la principal, y ocupando un segundo lugar, existe un conjunto de misiones de la Iglesia. En cuanto a lo que nos ocupa, es necesario decir lo siguiente: que esas misiones secundarias de la Iglesia, pero que pertenecen a su misión general, provienen de la primera. Es la primera, la religiosa, la que los ilumina. Y esto diferencia a esas acciones secundarias de la Iglesia de las organizaciones no gubernamentales. Por ejemplo, las diferencias que esta misión, la misión educativa, la misión social, la misión científica, la misión de enseñar, etc., etc., etc., dependen de la primera, de la religiosa. Dependen de aquella que le imprimió su fundador. Y repito, segundo lugar, pero no misiones que no le atañen, sí, le son propias de la Iglesia. Por eso es que los dominicos empezaron en este lugar con una capilla para, después de terminado el gran templo, trasladar el culto allí.

Cuando nos preguntamos acerca de todas las labores que los dominicos han hecho en el Vedado desde el año 1899 hasta hoy, ¿cuál es el mayor bien? El mayor bien que han hecho los dominicos a este lugar y a toda La Habana también ha sido la evangelización. Porque el templo de San Juan de Letrán, durante muchas décadas, fue solamente templo, dependiente de la Parroquia del Vedado, pero desde el año 1982 fue elevado a la categoría de parroquia, y ha alimentado la fe de todos los habitantes de la zona, incluso durante los años 1961, 1962, cuando comenzó en Cuba el declive de la asistencia a los templos. Este era un centro que contaba con muchos sacerdotes que atendían toda esta barriada, que ellos fueron plagando de capillas. Ahí estaban los dominicos sembrando la fe cristiana. Ahí estaban los dominicos predicando la palabra de Dios, ahí estaban los dominicos celebrando los sacramentos, y ahí estaban los dominicos formando cristianos en mayor o menor grado, como es la Iglesia, que no todo el mundo es igual. Estaban los dominicos con la llama viva, la Antorcha de Santo Domingo de Guzmán no solamente para iluminar, sino también para dar calor en toda esta barriada y más allá de los límites de ella. Por lo tanto, a esta primera parte quiero llamarle Agradecimiento.

Agradecimiento de la Iglesia en Cuba a la labor de los padres predicadores, agradecimiento de la Iglesia en Cuba a esta obra inmensa de propagar la fe. Y la Fe es lo más grande que puede darle la Iglesia a una persona. Decía un jesuita que murió en uno de los campos de concentración alemanes, cuando la segunda Guerra Mundial, lo siguiente: «El pan es necesario, más necesario es la libertad, pero lo más necesario es la adoración a Dios». Y eso lo decía un hombre no sentado en un aula como esta, con aire acondicionado y con un gran audio, un teólogo sentado en un gabinete reflexionando y escribiendo; eso lo decía un sacerdote compartiendo la suerte de muchas personas en aquellos campos de concentración nazis, pasando hambre. Por eso es que comenzaba diciendo: ¿es necesario el pan sin libertad? Por eso continuaba, ¿más aún, la libertad que el pan? Pero terminaba diciendo, lo más importante es la adoración. Lo más importante es Dios. Y esa es la misión de La Iglesia: llevar a los hombres a Dios. Y eso fue lo que hicieron estos hombres aquí en este lugar, en este barrio. Y estos hombres con todas las obras educativas y sociales que dimanaron de la religión, y que continúan todavía hoy día.

Quiero tener un recuerdo especial para reconocer la presencia de los dominicos predicando en las cárceles. Pero no se ha dicho, y muy pocas personas lo sabemos, que hubo un dominico entre los años 1960 y 1963, el padre español José Ramón Fidalgo, ya fallecido, que guardó tres años de prisión en la cárcel de Isla de Pinos porque fue capellán de las tropas alzadas contra el gobierno en el Escambray. De tal manera que no fue allí a pelear, no fue allí a empuñar un fusil, sino que fue como capellán de aquel grupo de cubanos, como lo fueron en otras épocas otros sacerdotes, en medio de tropas alzadas, para brindar asistencia espiritual. Esto demuestra que la presencia dominica se extiende más allá de los límites de la enseñanza, y llevar la religión a lugares donde no había sacerdotes, y no de forma escondida, sino con el permiso del Obispo del lugar. Y con las debidas licencias para administrar los sacramentos. Él y dos sacerdotes más, diocesanos. Fueron allí. Tienen agradecimiento mío personal.

De los bienes religiosos de este convento me he beneficiado mucho en mi vida desde que era joven, cuando estudiaba en la Universidad y venía a participar en las misas y a confesarme aquí. Volví también después, en gran intimidad con los padres que quedaron en aquella casa, en particular con uno que ya no vive y que hizo mucho bien en esta zona del Vedado, el padre español Domingo Romero, a quien no se puede dejar de mencionar en aquellos años de 1960, 1970, 1980. Él dirigió esta obra de pocos padres dominicos en El Vedado, cuando el hermano Rafael, con toda la disponibilidad que caracterizaba a los hermanos, y los después ordenados sacerdotes, siguió estando aquí, y todos los demás, hasta el padre Léster, que fue alumno mío en el Seminario de La Habana. De tal manera que a todos ellos mi gratitud también personal.

El segundo aspecto de mi conferencia es hablar de la Casa Cuba aquí, en San Juan de Letrán. Vamos a ver cómo explicamos esa expresión de la Casa Cuba, y cómo la vinculo yo aquí, a San Juan de Letrán. La Casa Cuba es una expresión muy hermosa. Yo digo también, y no lo pongo en potencial, que muy romántica. Muy romántica porque toca las almas, las fibras más profundas del alma de un cubano que se siente cubano de verdad. No me estoy refiriendo a mí, me estoy refiriendo a todos los que se sienten cubanos y llevan a Cuba dentro del corazón, llevan a Cuba dentro del alma. Y ahí me incluyo, sí, ciertamente. Y digo expresión romántica porque como diría el poeta nicaragüense Rubén Darío, «¿quién que es, no es romántico?». Todos somos románticos, o todos los que por lo menos nos dejamos llevar por la emoción del corazón. Y todo ser humano, aun los más secos, somos románticos. Entonces, la Casa Cuba, una expresión bella, tiene su autoría: un hombre que amó mucho a Cuba, monseñor Carlos Manuel de Céspedes.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes la dijo en una conferencia que impartió en una Semana Social, celebrada en lo que fue también una construcción edificada por los padres dominicos, para las madres dominicas de clausura, la Iglesia Santa Catalina de Siena, en la calle Paseo y 25, la actual Casa Sacerdotal, exactamente el 20 de noviembre de 1994, año muy convulso para Cuba por los estragos del Período Especial y las heridas profundas de la crisis de los balseros. Todo se conjugaba en aquel año de 1994, cuando la Iglesia celebraba la jornada social con la presencia del cardenal francés Roger Echegaray En aquellos momentos monseñor Carlos Manuel de Céspedes fue invitado a impartir una larga conferencia, que duró horas. Cuando terminó le puso la fecha del 10 de octubre de 1994. En aquella larga conferencia, preñada de sorpresas que sorprendieron a muchos y que después él contestó con un artículo diciendo, «Las sorpresas me sorprenden», el padre Carlos Manuel habló de la Casa Cuba, quizás en uno de los años más dramáticos de la Cuba actual.

¿Dónde yo encuentro personalmente la raíz de la expresión Casa Cuba? Podía haber dicho también la Madre Cuba. Pero creo que en la expresión la Casa Cuba, está implícita la Madre Cuba, el Alma Mater, la Madre Nutricia que es Cuba. Yo la encuentro allá en el griego antiguo de hace dos mil años, «oikomene», que quiere decir la Casa de Todos. Y que se aplica precisamente a quien es Casa y Madre de todos los hombres: la Iglesia, que se representa por una nave, la Casa de Todos, de Todos. Y lo que da la especificación en buen sentido lógico es este final, el genitivo Casa de Todos, esa es Cuba. Esa es Cuba, nuestra amada patria. Y llegando un poco más profundo al sentir del padre Carlos, nosotros tenemos que decir entonces: ¿cuál es la esencia de la expresión la Casa Cuba? La esencia es la inclusión. Solamente una palabra: inclusión. Esa es la esencia de lo que quiere decir la Casa Cuba: inclusión. Y en buen sentido lógico, la palabra inclusión tiene una contradicción, exclusión. Por lo tanto, la Casa Cuba no excluye. La palabra exclusión entra en contradicción con la Casa Cuba. A la Casa Cuba pertenecen entonces todos los cubanos. No puede quedar ni uno afuera. Y el que quiera poner a un cubano fuera de la Casa Cuba, se está volviendo entonces un anticubano y un anti Casa Cuba. A la Casa Cuba pertenecemos todos, todos los que llevamos la hidalguía, y me gusta decirlo; afirmar soy cubano, soy cubano. A ella pertenecen los que son creyentes y los que no son creyentes. Los que son creyentes de distintas religiones. Los que tienen diversas filosofías de la vida, y todo hombre tiene su filosofía de la vida, independientemente de la escuela filosófica que siga. Y todavía me queda aquí uno de los alumnos de cuando yo explicaba eso en esta casa. A esa Casa Cuba pertenecen todas las ideologías políticas.

La Casa Cuba no puede excluir a ningún cubano porque profese otra ideología política, porque tenga otra ideología política de la mía, o la de aquel, o la del otro lado, o del otro lado. Cuba es la Casa de todos. A ella pertenecen todos los hombres de este país y los que están fuera de este país, que son tan cubanos como yo. Y tan cubanos como José Martí, y tan cubanos como el venerable Félix Varela. Todos somos cubanos, y todos los que no hemos renunciado a esa condición, apostatando de esa condición, no de ciudadanía, sino de esa condición de decir yo no quiero ser nada de Cuba, como me decía un pariente mío medio chiflado. Porque eso no hay quien nos lo quite de nuestra sangre, y nuestra condición, aunque quieran quitárnoslo, es la Casa Cuba, y la de todos los cubanos según la condición moral que puedan tener. Un preso es tan cubano como yo, porque una persona que no tenga los criterios morales míos es tan cubana como yo. Y a veces a mí me confunden en la calle con un extranjero, no sé por qué, tal vez porque me ven gordo, y me vienen a decir algo como si fuera un extranjero, y yo siento como si me estuvieran ofendiendo y les respondo siempre: yo soy tan cubano como tú y tú eres mi hermano, tú eres mi hermano. Esa es la expresión La Casa Cuba.

Fue ese el sentir por el que siempre trabajó monseñor Carlos Manuel de Céspedes y García Menocal a partir de aquel momento, el 20 de noviembre de 1994, una larga mañana en la Casa Sacerdotal, hasta un mes antes de morir, el 3 de enero de 2014; hasta un mes antes de su muerte, a fines de 2013, el padre Carlos estuvo hablando de la Casa Cuba. Pero, además, lo demostró con su vida. Por el velatorio del padre Carlos Manuel de Céspedes pasó toda la farándula de la flor y nata cubana, desde intelectuales y artistas hasta el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, que fue en horas de la madrugada, y cuando le ofrecieron una silla para que se sentara, le dijo al resto de su familia: ante este hombre hay que estar de pie. Y allí había ofrendas florares de distintos grupos. Ese hombre lo demostró con su vida, con su vida. Y yo alabo aquella corona que mandaron los padres dominicos, que pude ver todavía, hecha en un jardín normal, para la población, al lado de todas aquellas que eran de flores de shopping. En ese hecho estaba la humildad de los padres dominicos, en aquella corona humilde como la que pudiera estar en el velatorio de mi madre, o en la de cualquier familiar de ustedes. Esa corona representaba el sentir de los padres dominicos de lo que es la Casa Cuba.

Y ya caigo en San Juan de Letrán, y concretamente en el Aula Fray Bartolomé de Las Casas, fundada en 1998, después de la visita a Cuba de san Juan Pablo II.

Fundada con claridad, no en la clandestinidad; tampoco en el ocultamiento, sino con la claridad propia de la verdad. Y la verdad es el lema de la Orden Dominica, veritas, veritas: la verdad. Pues esa Aula que empezó con cien alumnos y el Centro Fray Bartolomé de las Casas, son para mí, hasta donde llegan mis conocimientos, la expresión más concreta de la Casa Cuba.

A esta tribuna han venido a hablar hombres y mujeres de distintas religiones. Han venido a hablar hombres y mujeres de distinta ideología política. Han venido a hablar hombres y mujeres de distintas filosofías. Han venido a expresar su pensamiento, porque la Casa Cuba, al ser inclusiva, reúne la pluralidad de pensamientos. Y no puede haber Madre Cuba, y no puede haber Casa Cuba sin pluralidad de pensamientos. Donde todos han tenido el derecho a expresar lo que piensan, a expresar sus deseos, aun aquellos que son opuestos a la Iglesia, aun opuestos a la Iglesia han venido aquí y lo han expresado, y lo han expresado con libertad, y los padres dominicos no los han excluido. De este podio no ha sido excluido nadie. De tal manera que estos hombres han venido a enseñarnos a nosotros lo que es la Casa Cuba con la presencia durante muchos años, desde 1995, de hombres y mujeres de distinto pensamiento. Pero no solamente los que se han parado o sentado aquí delante, sino los que se han sentado allá, en el público. Ustedes y otros antes que ustedes, y en otras circunstancias. Aquí viene todo el que quiere escuchar al ponente, y quiere escucharlo con atención, aunque discrepe de él. Porque precisamente una de las características de La Casa Cuba es la discrepancia, porque no todos podemos pensar uniformemente. Psicológicamente eso es imposible. Y en la realidad también es imposible; discrepamos unos de otros, los que se sientan allí y los de aquí. Y, además, origina polémica. La polémica no es mala. La polémica crea salud en quien polemiza. Y se polemiza para llegar a una conclusión: el diálogo.

Una de las características esenciales de la fe cristiana es la racionalidad. Esa fe la imprimió su fundador. De tal manera que las palabras de la Sagrada Escritura es lo más santo que tenemos nosotros, los cristianos, en cuanto a escritura; lo otro más santo son los Sacramentos. Porque esa palabra de la Sagrada Escritura no es letra muerta, es una letra viva. Como dice el mismo san Pablo en la Segunda Carta a los Corintios en el capítulo 3, verso 6: «La Letra mata, el Espíritu vivifica.» ¿Y por qué el espíritu vivifica? Porque la letra tiene que pasar por esto que se llama razón. Y eso lo enarboló el más preclaro de los hijos de la Orden de los Dominicos: Santo Tomás de Aquino, la mediación racional de la fe. Por lo tanto, el cristianismo según la mente de su fundador, Jesús de Nazaret, es eminentemente racional. Si no fuera eminentemente racional no sería cristianismo. Sería una religión buena, una religión dotada de muchas virtudes y que produce personas también buenas, pero no sería el verdadero cristianismo, la razón. Esa es la que nos lleva a encontrar la verdad, veritas en latín, el lema de los padres dominicos. Y puestos así tiene que haber polémica, y tiene que haber diálogo, animado siempre por la razón. No hay diálogo si la razón no lo anima. Un diálogo desde la cerrazón, un diálogo desde la imposición, no es diálogo. Llámele otra cosa. Llámele convenio. Pero no me le diga diálogo. El diálogo tiene que nacer de la razón y de la libertad, y de un corazón inmenso. El deseo de dialogar polemizando muchas veces, lo cual, repito, es alimento que da salud. Y da salud a la vida del pueblo. De tal manera que la inclusión, el diálogo, la polémica, la discrepancia, la pluralidad de pensamiento, tiene que producir otra palabra muy bella: Patria. Por eso es que la Casa Cuba está indisolublemente unida a la palabra patria. Patria. Los padres dominicos han logrado eso. Tuvieron que venir dos españoles a abrirnos un camino de prudencia. La primera virtud dentro de las cuatro morales según el esquema de Santo Tomás de Aquino: la prudencia.

Yo felicito y alabo a estos dos hombres españoles que la providencia de Dios nos mandó a Cuba a finales de los años 80. Uno es el padre Manuel Uña, él no querrá que yo diga esto, pero lo digo porque yo soy libre, y si quiere polemizamos. Uno es el padre Manuel Uña, repito, y el otro no está en Cuba actual-
mente, es el padre Jesús Espeja. Estos hombres nos vinieron a ayudar. Y poco a poco, como las bibijaguas, fueron creando este espacio de exposición, que es el Aula Fray Bartolomé de Las Casas. Las otras aulas, las que comenzaron en el sótano y ahora se extienden a otros lugares del edificio, a esas otras aulas también vinieron hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, a buscar el pan de la enseñanza. No se les pidió confesión religiosa, han venido de todas partes, han venido no creyentes, se han enfrentado a los profesores en el aula, y ¡qué bueno!, ¡qué bueno! Han venido a nutrirse con el pan de la sabiduría. ¡Qué obra más hermosa! También esa escuela es símbolo de lo que debe ser la Casa Cuba, sin exclusiones.

Con esto termino: Hace seis años el cardenal Jaime tenía una reunión con el clero diocesano habanero, que la celebrábamos en aquellos tiempos los lunes por la tarde de cada mes en la Casa Sacerdotal. Se estaba meditando algo que dijo el gran papa Benedicto xvi, se estaba meditando en aquella reunión sobre lo que era una luz muy clara, de lo que debe ser la misión de la Iglesia, el llamado Atrio de los Gentiles. Lo explico: Atrio de los Gentiles en el templo de Jerusalén. Había un lugar donde solo entraban los sacerdotes, otro lugar donde entraba el pueblo, otro lugar donde entraban las mujeres. Eran muy participativos e inclusivos, los judíos.

Y otro lugar, de fuera, donde se quedaban los que no pertenecían al pueblo judío, los gentiles, pero que querían aprovecharse de alguna manera de lo que allí se trataba. Eso se llamaba el Atrio de los Gentiles. Los que estaban fuera, pero no estaban en oposición a lo que había dentro. Y, además, eran simpatizantes, al menos, de algunas cosas de los que estaban dentro. Y el papa Benedicto xvi con esa luz que siempre ha tenido, y que yo alabo, y quisiera tener la millonésimaparte de la que él tiene todavía, el papa Benedicto xvi dijo: «La Iglesia debe prestar gran atención y ocuparse sin ánimos de proselitismo captativo del Atrio de los Gentiles del mundo moderno». Sintió muy bien a dónde tenía que ir la dirección de la Iglesia, a ese Atrio de los Gentiles.

Y se estaba discutiendo en esa reunión del clero diocesano habanero sobre el Atrio de los Gentiles. Al final, y con esto termino, que es el desafío de los padres dominicos de hoy, de aquí en La Habana, el Cardenal citó unas palabras de Eusebio Leal, que no sé si se las dijo al padre Uña o a otro de los padres dominicos; no sé si ellos lo recuerdan, les dijo: Ahora, ustedes lo que tienen que ver cómo los que están abajo, y se refería a las aulas, logran que pasen voluntariamente a arriba, al templo. Y que eso que hay abajo, y que hay aquí, y que muy bien hay que ver como ese Atrio de los Gentiles para muchos, porque para otros no, ese Atrio de los Gentiles llega, y lo decía Eusebio Leal, llega allá, al templo, a la vida amplia y rica en la fe, y ustedes lo pueden lograr. Ese es el desafío que tienen ustedes, padres dominicos, los tres o cuatro que quedan en Cuba, o los cinco que hay en Cuba. Ver cómo se logra. Es un desafío grande. Pero lo pueden lograr. Si consiguieron la presencia de esta Aula, de ese Centro, ya de Altos Estudios, aunque no sea Universidad, tienen que ver cómo los pasamos a la vida plena en la fe. Porque ¿qué otra cosa podemos ofrecerles nosotros los sacerdotes a las personas? La riqueza que tenemos de la fe en Cristo. Esa riqueza, y ofrecérsela voluntariamente. Fíjense que he empleado el verbo ofrecer, no el verbo imponer. Y ofrecérsela voluntariamente. Esta es mi riqueza. Como dijo Pedro en el templo de Jerusalén, según aparece registrado en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, a aquel paralítico que pedía limosna: «No tengo plata ni oro que ofrecerte, te doy a Jesucristo».

Y eso es lo que tenemos que ofrecer nosotros los sacerdotes en primer lugar. La Casa Cuba, la Casa Cuba se ha realizado en este lugar y de manera directa y de manera también indirecta para el Atrio de los Gentiles. Los padres dominicos han hecho más cercano este pueblo a Nuestro Señor Jesucristo.

Nota:

1. Conferencia impartida en la iglesia de San Juan de Letrán en 2016 con motivo del aniversario de la Orden Dominica.