En esta ocasión el tema que abordaré se titula «Los desafíos del cambio de época en el pensamiento de Bergoglio». En 2014 el papa Francisco en una entrevista con una periodista afirmó: «Estamos viviendo no tanto una época de cambios como un cambio de época». Se trata de un juicio, de una constatación importante que revela toda la sensibilidad histórica de este Papa. Francisco tiene una gran sensibilidad político-histórica y esto para un Papa es importante porque él tiene que entender en qué momento histórico está y cómo se mueve la Iglesia dentro del momento histórico actual.

Dos de los principios del pensamiento de Bergoglio son: Primero, que la realidad es más importante que la idea, y el segundo, que el tiempo es superior al espacio. Realidad y tiempo. Una persona que habla así tiene una gran sensibilidad histórica. Demuestra estar atento a los signos de los tiempos; el cristiano siempre debe tener sentido de la historia y siempre debe tener presente el momento que vive. ¿Qué quiere decir Francisco cuando afirma: «Estamos viviendo no tanto una época de cambios como un cambio de época»? Quiere decir que en el curso de los últimos 30 años el mundo cambió profundamente. La caída del Muro de Berlín provocó un cambio epocal tanto en el este de Europa como en el oeste. En la Unión Soviética hubo un cambio enorme después de la perestroika de Gorbachov y se dio una especie de economía capitalista sin control bajo la presidencia de Yeltsin, durante la cual el slogan, la palabra de orden era: enriquezcámonos. En Occidente triunfó un capitalismo liberal, un capitalismo del puro mercado, sin control, un mercado no solidario. Dinero y placer. Antes de la caída del Muro, en Occidente el capitalismo tenía que tener una dimensión ética, moral, justamente porque tenía que oponerse al comunismo y por eso firmó el Welfare State, el estado de bienestar social. Después del 89 triunfa el modelo de Margaret Thatcher y progresivamente desaparece la idea del bien común. Según la Thatcher, que era la primera ministra de Inglaterra en los años 80, no existía la sociedad, solamente los individuos.

El resultado fue lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman llamó la creación de una sociedad sin vínculos. En Occidente hoy tenemos una sociedad sin vínculos. La globalización une al mundo en el modelo económico y divide en el modelo social. La economía sustituyó a la política y a la religión. En la Unión Soviética el comunismo fue vencido no por la moral o la religión, sino por la potencia de la economía capitalista. Por eso en la era de la globalización, especialmente en los años 80-90, el materialismo económico resultó vencedor y hoy la felicidad coincide con el bienestar y la riqueza. La nueva época ya no está marcada por el ateísmo, por el ateísmo clásico, sino por una suerte de agnosticismo irreligioso. Ya no se plantea más el problema de combatir a Dios, sino que simplemente se anulan las preguntas sobre el sentido de la vida, el sentido de la muerte. Por lo tanto ocurre un cambio de escena en el mundo, y esto le crea problemas también a la Iglesia, que durante 70 años tenía un adversario: el comunismo ateo. Todavía hoy en Europa, en Italia, muchos católicos se comportan como si el comunismo fuera el adversario principal. En Occidente ya no existe el comunismo, pero ellos siguen viendo en la izquierda nueva el comunismo. No comprenden el cambio de época y este cambio de época resulta muy claro para la comprensión filosófica del Papa.

El pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, que representa una grandísima figura de pensamiento católico, en mi opinión el más grande pensador católico de la segunda mitad del siglo xx en América Latina, afirmó en una entrevista con Alver Metalli en 2007: «La paradoja es que la muerte de Dios está terminando con el ateísmo mesiánico. De hecho, el ateísmo ha cambiado radicalmente de figura, no es mesiánico sino libertino, no es revolucionario en sentido social sino cómplice del statu quo, no se interesa por la justicia, por lo que permite cultivar un hedonismo radical».

Alberto Methol Ferré

Es una nueva forma de ateísmo, es una forma de ateísmo libertino, fundado en el placer, en gozar materialmente la vida, sin que sean importantes las ideas, los ideales, la cultura, la lectura de los libros, no, no, no. Recuerden que en Rusia, con el paso de la Rusia de Gorbachov a la Rusia de Yeltsin, de la noche a la mañana despareció la cultura, la poesía, el arte, la literatura y solamente pasó a interesar el lujo, la diversión, gozar. Así fue ese paso. Para oponerse al ateísmo libertino no son suficientes las reglas y ese es el límite de tanto catolicismo conservador, por ejemplo, el componente del Christian World en Estados Unidos. Esta posición expresa la idea de una iglesia que se cierra, porque después de la caída del Muro de Berlín pareció que ocurriría una renovación de la fe, pero no sucedió así. Esto dio lugar a una gran desilusión. Porque la sociedad de la globalización es una sociedad más secularizada, y la Iglesia se cierra. El movimiento conservador representa una iglesia que tiene miedo del mundo y se cierra, es una iglesia que no ama la apertura del papa Francisco. Frente a esta posición Methol Ferré afirmaba que solo la iglesia, pero una iglesia de testimonio, podía realmente enfrentarse a la nueva forma de ateísmo. Un pasaje de Methol Ferré que voy a leer revela cuán inteligente es este pensador. En 2007 escribió:

«Históricamente la Iglesia es el único sujeto presente en la escena del mundo contemporáneo que puede afrontar el ateísmo libertino. No digo que siempre lo haya sido, pero un examen de nuestro tiempo me lleva a decir que hoy sí lo es. Para mí la iglesia es verdaderamente postmoderna. El hecho es que rescatar el núcleo de verdad del ateísmo libertino no es posible humanamente hasta sus últimas consecuencias, no se puede hacer con argumentos o con una dialéctica y menos aun lanzando prohibiciones, órdenes y dictando reglas abstractas. Una iglesia moralista no puede responder al desafío del ateísmo libertino. Y esto porque el ateísmo libertino no es una ideología, es una práctica, y ante una práctica es necesario oponer otra práctica, una práctica autoconsciente, bien entendida, es decir, intelectualmente preparada. Se debe entrar en relación con el ateísmo libertino a nivel experiencial o moral, solo una experiencia de la fe permite confrontarse con el ateísmo libertino. San Francisco es uno de los ejemplos más extraordinarios de la belleza captada y reflejada en una figura humana histórica. En san Francisco la potencia de la belleza del ser es esplendorosa. Calvino, el reformador protestante, no supera el ateísmo libertino, simplemente porque lo niega, lo rechaza, elude lo que lo mueve en profundidad. El ascetismo protestante, aun siendo generoso, no puede responder. El catolicismo en cambio sí puede hacerlo. La mayor belleza es el amor y el amor es la unidad perfecta de la verdad, el bien y la belleza. Es una atracción incesante e incesantemente amenazada por su contrario. La vida es así.»

Por lo tanto, es solo un atractivo cristiano verdadero el que puede vencer al atractivo del placer del ateísmo libertino. Este es el mismo razonamiento de Bergoglio. Es un punto de sintonía entre Methol Ferré y el cardenal Bergoglio. Para oponerse al ateísmo libertino no son suficientes las reglas, se necesita una personalidad cristiana cargada de atractivo. Methol Ferré dice: uno como san Francisco, que une la verdad, la bondad y la belleza. La verdad debe ser hermosa, para superar la belleza de la sociedad opulenta con el atractivo de Jesús. Jesús tiene un atractivo. No es simplemente cuestión de moral, es cuestión de la belleza de su humanidad, de una humanidad completa que no censura nada, que valoriza todo. Bergoglio intuye el valor de esta relación entre la verdad, el bien y la belleza. Lo intuye al final de los años 90, cuando estudia a un teólogo suizo-alemán que se llama Hans Urs von Balthasar. Él intuía esta correspondencia, esta totalidad: el testimonio cristiano debe unir la verdad, el bien y la belleza. Escribe Bergoglio:

«No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa. Cuántos cristianos piensan que el problema es ser ortodoxos. Muchos conservadores piensan que el problema es ser ortodoxos. No es suficiente. No basta que nuestra verdad sea ortodoxa y nuestra acción pastoral eficaz. Sin la alegría de la belleza, la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la verdad de Cristo que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día. Sin la alegría de la belleza el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados. Parecería que andan revistiendo de luto estadístico la realidad, en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones, uno a uno, desde adentro.»

Es en este contexto que asiste a un cambio de época que se entiende que ya no es el problema de la ideología, sino el problema de posiciones humanas, el problema de los testimonios creíbles, no de fundamentalismos sino de pasión por la verdad, pasión por el bien, pasión por la belleza. Es en este contexto que madura la idea de la presencia cristiana en el mundo contemporáneo, y esta idea asume la centralidad de un concepto, de una categoría: la del encuentro. Esta categoría ya estuvo presente en la gran Asamblea de la Iglesia Latinoamericana, en Aparecida, 2007, que fue presidida por el cardenal Bergoglio, quien declaró:

«Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, con sus discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de programas y estructuras como de hombres y mujeres nuevos que encarnen dicha tradición y la novedad como discípulos de Jesucristo y misioneros de su reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu. No resistiría a los embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a atenciones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una participación ocasional en algunos sacramentos, a la repetición de principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no convierten la vida de los bautizados.»

El documento de Aparecida es espléndido. En Italia, antes de mi libro sobre el pensamiento de Bergoglio, nadie había leído el documento de Aparecida, pero ¿cómo se puede comprender la posición de Bergoglio sin haber leído, sin conocer Aparecida? Evangelii Gaudium, que es el manifiesto del papa Francisco, retoma al pie de la letra partes enteras del documento de Aparecida. Este encuentro fue fundamental para la nueva sociedad. A nivel existencial, el encuentro precede al dogma y precede la ética. El papa Francisco, como ya lo había hecho en el documento de Aparecida, cita a menudo una frase de Benedicto XVI que viene del primer párrafo de Deus Caritas Est: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética». Que es lo que afirman todos los conservadores católicos, todos. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona que da un nuevo horizonte a la vida y con ello una orientación decisiva». Esta frase es repetida muchas veces por el papa Francisco. Uno se vuelve cristiano por un encuentro de vida, por un testimonio de humanidad nueva como hace 2000 años. Lo dice Aparecida: hoy nos volvemos cristianos como se volvían cristianos hace 2000 años en un mundo pagano, no nos volvemos cristianos por la estructura y la potencia de la Iglesia. Uno se vuelve cristiano, decía Ratzinger, de encuentro a encuentro, y esto nos lleva al Evangelii Gaudium cuando el Papa decía que el anuncio del Cristo muerto y resucitado precede a la doctrina moral de la Iglesia. Esto es lo que quiere afirmar Francisco cuando dice que la Iglesia es un hospital de campaña. Primero hay que cuidar a los heridos, no darles una lista de preceptos morales. Esto para Francisco significa, como él afirma muchas veces, que Cristo «primerea», que la gracia «primerea», que la misericordia «primerea».

La óptica de Francisco es misionera, pone juntas evangelización y promoción humana. Este es el gran significado del Evangelii nuntiandi de Pablo VI que Bergoglio siempre tiene presente. Hay que unir evangelización y promoción humana, que son diferentes, pero están unidas, y el papa Francisco vuelve a lanzar la doctrina social de la Iglesia, lo que también presupone un cambio de época. Porque en los últimos 25-30 años, después de la caída del Muro de Berlín, la doctrina social de la Iglesia fue dejada a un lado, la Iglesia se concentró en algunos valores como la familia, y problemas como el aborto y la eutanasia, pero los valores sociales fueron un poco olvidados y así se afirmó un capitalismo sin reglas. Según el papa Francisco, la Iglesia tiene que aportar una contribución de solidaridad a la sociedad. En Evangelii Gaudium hay varias páginas dedicadas a esta economía que mata. Son páginas radicales, fuertes, que no casualmente causaron una reacción desfavorable, sobre todo en Estados Unidos. La derecha liberal empezó a ver en el Papa un adversario; por eso tiene tanta oposición en los Estados Unidos. Porque el Papa ha vuelto a lanzar la doctrina social, se preocupa por los descartados de la economía en la era de la globalización, se preocupa por los débiles, por los jóvenes que no encuentran trabajo, por los ancianos abandonados, y mantiene una posición fuerte. También lo acusan de ser comunista, a lo que él responde: «No, soy evangélico. Sigo el evangelio de Jesús».

El Papa critica el modelo tecnocrático que en este momento está dominando el mundo porque todo está en función de la eficiencia técnica. Hay situaciones en las cuales la eficiencia técnica no funciona, pero en los países de capitalismo muy desarrollado la técnica funciona, funciona hasta demasiado, en el sentido que todo es técnico y la vida se valora según se es útil o no se es útil, si algo da ganancia o no. Ahora el Papa vuelve a lanzar la doctrina social y, conjuntamente, el testimonio del amor de Cristo hacia el mundo, y en estos dos puntos es atacado, ya sea por su valoración de la doctrina social, ya sea porque afirma que el camino del cristianismo hoy es el camino de la misericordia. Lo acusan de que opone la misericordia a la verdad, de dar más relieve a la misericordia con respecto a la verdad, pero esto no es cierto porque la misericordia hoy es verdaderamente el rostro de la verdad. Una vez más Francisco tiene presente el cambio de época, y dice: «Sí, creo que este es el tiempo de la misericordia». Es un juicio histórico sobre el tiempo de hoy. Este es el tiempo de la misericordia.

La Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de madre a la humanidad herida, no espera a que los heridos llamen a su puerta, sino que los va a buscar a las calles, los recoge, los abraza, los cura, hace que se sientan amados. Dijo entonces, durante el viaje de regreso de Rio de Janeiro, «yo estoy cada vez más convencido de ello, que esto es un kairós, que nuestra época es un kairós de misericordia en un tiempo oportuno». Por kairós los teólogos entienden el tiempo de Dios, los signos de los tiempos. Hoy lo que el espíritu quiere es un tiempo de misericordia, en este tiempo de aridez, de humanidad árida, de humanidad egoísta, de humanidad sola, de soledad, en este tiempo el cristianismo es misericordia y el Papa lo motiva, lo explica. Él dice: «Una humanidad herida, una humanidad que arrastra heridas profundas, no sabe cómo curarlas o cree que no es posible curarlas. No se trata tan solo de las enfermedades sociales y de las personas heridas por la pobreza, por la exclusión social, por las muchas esclavitudes del tercer milenio. También el relativismo hiere mucho a las personas, todo parece igual, todo parece lo mismo, esta humanidad necesita misericordia».

Pio XII hace más de medio siglo dijo que el drama de nuestra época era haber extraviado el sentido del pecado, la conciencia del pecado. A esto se suma hoy también el drama de considerar nuestro mal, nuestro pecado, como incurable, como algo que no puede ser curado y perdonado. Falta la experiencia concreta de la misericordia. Falta, no la misericordia, falta la experiencia concreta de la misericordia. La fragilidad de los tiempos en que vivimos es también esta, creer que no existe posibilidad alguna de rescate, una mano que te levante, un abrazo que te salve, que te perdone, te inunde de un amor infinito, paciente, indulgente, y te vuelva a poner en el camino. Esta frase espléndida les da a entender la visión de Bergoglio de nuestro tiempo: el hombre de hoy está cubierto por el mal, no tiene la fuerza del rescate. Se necesita el abrazo de uno que no te juzga, un abrazo de misericordia, y esto te permite confesar tu mal. En cambio, los conservadores exigen que uno primero confiese el mal y después te dejan entrar, pero nadie puede confesar existencialmente el mal si antes no es amado. No es buenismo, es un juicio sobre el hombre de hoy, es una inteligencia histórica. El tiempo de la misericordia es un tiempo de testimonio del amor gratuito, es la Iglesia de Juan XXIII, la Iglesia del Concilio Vaticano II, es el camino de la ternura, de la proximidad. En Bergoglio hay una teología de la ternura que nace de san Pablo, de la Carta a los Filipenses: «El señor se hace siervo por amor al hombre». Y detrás está el pensamiento de la polaridad que, como demuestro en mi libro sobre Bergoglio, es el sólido pensamiento de Bergoglio. La polaridad indica una tensión entre dos polos. La teología de la ternura demuestra que Dios, el grande, se hace pequeño y se hace pequeño para salvar a los pequeños, para salvarlos desde cerca. Es la ley de la proximidad, no de la lejanía.

Bergoglio dice que la Iglesia no es una madre por correspondencia; la madre ama, abraza, besa. Así es el cristianismo. Bergoglio hace una afirmación extraordinaria cuando dice: «El tacto es el sentido más cristiano». Es increíble, es aristotélico. El grande que se hace pequeño, este es el método cristiano; el grande que se hace pequeño para que el pequeño se vuelva grande, es la ternura de Jesús, es la Navidad, es Cristo que comparte el dolor del mundo. Por lo tanto en el cambio de época la ternura, la proximidad, es la medicina para la dureza de los corazones. Un tiempo sin humanidad tiene una desesperada necesidad de humanidad. Esta humanidad nueva que nace del amor de Cristo no pide nada, no pide poderes, solo pide comunicarse y poder dar su contribución para el bien del mundo, para la paz del mundo, para la paz en este mundo dividido, siempre más dividido. Porque es un mundo que se está volviendo peligroso, está perdiendo los viejos equilibrios y surgen conflictos peligrosos. El Papa lo sabe y está preocupado. Y la Iglesia tiene que llevar la paz al mundo, la amistad social. La Iglesia como sujeto de paz en el mundo contemporáneo. Gracias.