Cualquier cristiano medianamente formado sabe que la palabra bíblica es como una roca que se golpea y que retumba arrojando chispas de luz al entendimiento y avance significativo de quien la escucha, lee o medita. Pero también es necesario saber la necesidad de interpretarse para su experiencia de vida.

La interpretación es un proceso que implica una operación de progreso desde un punto de partida definido –el texto- hacia un fin indefinido. No hay que confundirla con las explicaciones, notas y concordancias porque a diferencia de la explicación o el comentario, la interpretación es un intento de readaptar un texto escrito hace miles de años y que narra una situación o un acontecimiento concreto a un suceso o una circunstancia actual y vigente.

Explicación y comentario siguen el texto original paso a paso, lo descubren y explican a partir de su aspecto y de su forma y contenido, de su lenguaje y trasfondo histórico.

La interpretación, en cambio, se centra en el alma del texto, en su motivo conductor, en su propósito central, en su esencia y en su carácter principal. La interpretación presume que allí hay una capa escondida, que hay que descubrir y que no pocas veces está entre líneas.