Estoy muy feliz con este encuentro y agradezco a todos por su presencia porque sé cuánto se ha complicado estar acá todos juntos. Agradezco a Su Eminencia y al secretario del Nuncio, quienes nos honran con su presencia, y a todos los presentes.

El título de mi ponencia es «Los signos del pontificado de Francisco». Sin duda cada Papa tiene su destino. Benedicto XVI tenía unos puntos fundamentales y uno de ellos era la relación entre la fe y la razón, la valorización del derecho natural contra el relativismo contemporáneo. Escribe un estudioso ítalo-americano, Massimo Fagioli, poniendo de relieve la diferencia de los estilos con respecto al papa Francisco. «Si el largo pontificado Wojtyla-Ratzinger se caracterizó por el magisterio de la Iglesia sobre las cuestiones morales y sociales, con un decidido énfasis antropológico ligado a la idea de la ley natural, el papa Bergoglio parece estar animado por una visión más histórico-cultural, y en sintonía con el medio teológico latinoamericano del que procede, así como por una visión más espiritual que teológica del ministerio del pontificado romano. El pontificado de Benedicto XVI, Papa teólogo en el sentido del teólogo académico, podría quedar como una excepción en la historia del catolicismo moderno. El desplazamiento del acento con Bergoglio desde el papado teológico al espiritual presenta algunas incógnitas para el orden futuro del catolicismo, pero esta opción alternativa en relación con la de Ratzinger no hace de Bergoglio un progresista o un liberal, del mismo modo que Ratzinger no era un reaccionario. Bergoglio es un católico social con una visión ambivalente y compleja de la modernidad».

Hay diferentes estilos entre Bergoglio y Ratzinger, pero hay un punto de continuidad, que es el valor del testigo en el contexto de hoy. Escribe el papa Ratzinger, en Deus Caritas est, en el párrafo primero: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.». Este es el punto de contacto entre el magisterio de Benedicto y el magisterio de Francisco. El punto clave es la primacía del testigo, y este punto revela la continuidad entre ambos. Por el contrario, la problemática de la relación entre la fe y la razón es una problemática muy europea, muy occidental, de Benedicto. Tiene en cuenta la secularización europea. El modelo del papa Benedicto era el modelo de las pequeñas comunidades cristianas en un mundo secularizado. En esto hay una diferencia con el papa Francisco. Porque en América Latina existe una religiosidad popular, mientras que en Europa ya no existe esa religiosidad. Esta es una diferencia importante. La teología del pueblo de Jorge Mario Bergoglio es posible solamente en América Latina. Es la teología del pueblo la que prueba su relevancia eclesial en la Evangelii nuntiandi de Pablo VI. El pontificado de Francisco se mueve en el plano de la evangelización a lo largo de dos direcciones. Estas dos direcciones están presentes ya desde la gran Conferencia de Aparecida, en el 2007. La primera es la valorización de la religiosidad popular. Este es un punto fundamental de Aparecida, ya presente en Puebla, pero que se manifiesta en Aparecida de manera particular.

El segundo punto es el primado del encuentro, del kerigma, sobre la posición moral. Y este punto del primado del encuentro, del kerigma, del anuncio de la evangelización, es aclarado por Bergoglio en la Evangelii Gaudium. Escribe el papa Francisco: «El problema mayor se produce cuando el mensaje que anunciamos aparece entonces identificado con esos aspectos secundarios que, sin dejar de ser importantes, por sí solos no manifiestan el corazón del mensaje de Jesucristo. Entonces conviene ser realistas y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo. Una pastoral en clave misionera no se obsesiona por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intentan imponer a fuerza de insistencia. Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante. Todas las verdades reveladas proceden de la misma fuente divina y son creídas con la misma fe, pero algunas de ellas son más importantes por expresar más directamente el corazón del Evangelio. En este núcleo fundamental lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. En este sentido, el Concilio Vaticano II explicó que “hay un orden o jerarquía en las verdades en la doctrina católica, por ser diversa su conexión con el fundamento de la fe cristiana”».

Dos puntos: mientras que el primero es la valorización de la religiosidad popular, la herencia, la memoria, el punto dos es el ser misionero; testimonio, no proselitismo. Dice el papa Francisco: «El atractivo de Jesús es la belleza, la verdad y la belleza, porque la verdad requiere belleza». Escribe el papa Francisco, entonces cardenal Bergoglio: «No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa», —¡qué bella es esta nota del cardenal Bergoglio!—. «Yo en mi diócesis tengo un párroco que es ortodoxo, pero no logra mínimamente atraer la belleza del Evangelio, no llega al corazón, no se compromete más personalmente, no llega personalmente, hace pequeñas lecciones teológicas, pero no hace arder el corazón con la presencia bella, amable, de Jesucristo. La verdad cristiana requiere la belleza, la belleza de un testimonio. El sacerdote puede decir las cosas más verdaderas sin cambiar el corazón de las personas. No basta con que nuestra verdad sea ortodoxa y que nuestra acción pastoral sea eficaz. Sin la alegría de la belleza la verdad se vuelve fría y hasta despiadada y soberbia, como vemos que sucede en el discurso de muchos fundamentalistas amargados. Pareciera que mastican cenizas en vez de saborear la dulzura gloriosa de la verdad de Cristo, que ilumina con luz mansa toda la realidad, asumiéndola tal como es cada día. Sin la alegría de la belleza, el trabajo por el bien se convierte en eficientismo sombrío, como vemos que sucede en la acción de muchos activistas desbordados; pareciera que andan revistiendo de luto estadístico la realidad en vez de ungirla con el óleo interior del júbilo que transforma los corazones uno a uno desde adentro».

Esta conexión entre la verdad y la belleza Bergoglio la descubre teológicamente hacia el final de los años 90, cuando se interesa en la estética teológica del gran teólogo Hans Urs von Balthasar. Es von Balthasar el que le hace entender que la verdad se conecta con el bien y con la belleza. Entonces ¿cómo la verdad aparece buena y bella? Es el camino de la misericordia que constituye un objetivo del pontificado de Francisco. Sabemos que Francisco instituyó el Año Santo de la Misericordia, pero muchos no han comprendido el por qué. En Europa muchos acusan al Papa de misericordismo, de buenismo, de pastoralismo. «Este Papa no se ocupa de la verdad, se ocupa solo de la misericordia». Y no entienden porque no lo leen. En una importante entrevista con el periodista Andrea Tornielli, el Papa dice que hoy es el tiempo de la misericordia. Responde Francisco al periodista: «Sí creo que este es el tiempo de la misericordia». Este es un dictamen histórico, una valoración del Papa. No es un misericordismo, es un juicio sobre los signos de los tiempos. «Sí, creo que este es el tiempo de la misericordia. La Iglesia muestra su rostro materno, su rostro de madre, a la humanidad herida. No espera a que los heridos llamen a su puerta, sino que los va a buscar a las calles, los recoge, los abraza, los cura, hace que se sientan amados. Dije entonces, y estoy cada vez más convencido de ello, que esto es un kairós, que nuestra época es un kairós de misericordia, un tiempo oportuno». Este criterio del Papa es muy importante para la Iglesia universal.

El Papa, leyendo la realidad de hoy, la realidad antropológica, existencial, de los jóvenes de nuestro tiempo, considera que hoy es el tiempo de la misericordia, no «siempre», en abstracto, sino hoy. Es un juicio inteligente. Los que lo critican no entienden. Este punto pone en continuidad a Francisco con Benedicto. En un diálogo con un periodista jesuita, Jacques Servais, publicado en el Osservatore Romano en 2016, dice el Papa emérito Benedicto —y es impresionante la continuidad de la inspiración con el papa Francisco—: «Para mí es un signo de los tiempos el hecho de que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante». Es el mismo juicio de Francisco. Todos aquellos que intentan poner a Francisco contra Benedicto llevan a cabo una operación perversa, que destruye la Iglesia universal, pero no es posible porque Benedicto no está en contra de Francisco. Son estilos diferentes, pero la perspectiva es la misma. «Para mí, es un signo de los tiempos el hecho de que la idea de la misericordia de Dios sea cada vez más central y dominante. El papa Juan Pablo II estaba profundamente empeñado con ese impulso, aunque no siempre emergía de forma explícita, pero no es casual, ciertamente, que su último libro, que salió a la luz inmediatamente antes de su muerte, hable de la misericordia de Dios.» El papa Juan Pablo II instituyó la fiesta de la Divina Misericordia, el Cristo de la Divina Misericordia. «El papa Francisco —continúa Benedicto XVI— está totalmente en sintonía con esta línea.» Es la legitimación del papa Benedicto hacia el papa Francisco. Su práctica pastoral se expresa precisamente en el hecho de que él nos habla continuamente de la misericordia de Dios, es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras que la justicia nos asusta.

Según mi parecer, esto pone de relieve que el hombre de hoy, bajo la capa de la seguridad de sí mismo y de la propia justicia, oculta un profundo conocimiento de sus heridas, de su indignidad ante Dios. Él está esperando la misericordia. No es ciertamente una casualidad que la parábola del buen samaritano sea tan atractiva para los contemporáneos, y no solo porque en ella se subraya fuertemente el componente social de la existencia cristiana, ni solo porque en ella el samaritano, el hombre no religioso, se presenta, en contraste con los representantes de la religión, como el que obra de forma verdaderamente conforme a Dios, mientras que los representantes oficiales de la religión se hicieron inmunes, por decirlo así, a su relación con Dios. Está claro que esto le gusta al hombre moderno, pero me parece igualmente importante que los hombres en su interior esperan que el samaritano acuda en su ayuda, que se incline sobre ellos, derrame aceite sobre sus heridas, los cuide y los lleve a un sitio seguro. En última instancia ellos saben que necesitan la misericordia de Dios y su delicadeza en la dureza del mundo tecnificado, donde la falta de sentimientos aumenta la espera de un amor salvífico que sea donado gratuitamente. La prioridad de la misericordia sobre la doctrina, sobre la verdad, es una prioridad existencial, no ideal. Sobre el plano ideal la verdad viene antes, pero en el cristianismo la verdad es misericordia, se manifiesta como misericordia, este es el punto de Amoris laetitia que no fue entendido por los críticos. La doctrina de la unidad del matrimonio permanece verdadera, Amoris laetitia no pone en discusión la unidad del matrimonio, pero en casos particulares la misericordia tiene que regir. Es la polaridad entre verdad y misericordia. De aquí nace la idea que Bergoglio tiene de la Iglesia hoy. La Iglesia como hospital de campaña, que primero cura a los heridos y después se verá, pero antes cura a los heridos. Y los críticos, ¿qué responden? «No, antes hay que juzgar a los pecados, antes la moral.» Y Francisco no, antes la misericordia. Es una perspectiva, es un estilo pastoral, es un estilo evangélico, eso no es por buenismo sino por realismo histórico. En el mundo secularizado no se sale del mal con un simple juicio moral, antes es necesario un abrazo. Esto afirma Bergoglio. Él mismo, cuando el padre Spadaro en la famosa entrevista de La Civiltà Cattolica le pregunta: «pero usted, ¿cómo se definiría?», hizo un momento de silencio y después dijo: «Yo soy un pobre pecador al cual Dios ha mirado». Y lo ha dicho en otras ocasiones.

Esto hace entender por qué para Bergoglio la gracia está primero: porque la gracia es la mirada de Cristo sobre el hombre pecador. Saben que cuando él venía a Roma, vivía cerca de Plaza Navona, en la Via della Scrofa, y allí cerca estaba la iglesia de San Luis de los Franceses, donde está el famoso cuadro de Caravaggio sobre la conversión de san Mateo. Bergoglio se identifica con Mateo; Mateo es el pecador que, sin mérito, es mirado por Jesús. Y Jesús te mira con misericordia. Entonces también tú puedes mirar como Jesús te mira. Bergoglio dice en algún momento, con una definición bellísima, que la fe es una presencia en la mirada. Es una definición bellísima, la fe es mirar a los demás como tú fuiste mirado: la gracia viene primero. Y de esta mirada Bergoglio habla largamente en su discurso a los obispos mexicanos, un discurso estupendo del cual la prensa no se ocupó para nada, pero los invito a leerlo. Está todo centrado en las miradas, porque la fe tiene que ver con el mirar y también con el tocar. Bergoglio dice que el tacto es el sentido más cristiano porque la Iglesia se funda sobre la proximidad y no existe ninguna madre por correspondencia. La fe es un abrazo, es la proximidad de Dios. Y en el discurso a los obispos mexicanos Bergoglio dice: «Por tanto, es necesario para nosotros, pastores, superar la tentación de la distancia y del clericalismo. El clericalismo es la distancia. El clericalismo está hecho de discursos religiosos, pero se basa en la distancia. Y es el clericalismo, la frialdad y la indiferencia, el comportamiento triunfal y la autorreferencialidad».

La Virgen de Guadalupe nos enseña que Dios es familiar, cercano en su rostro, que la proximidad y la benevolencia y acercarse pueden más que cualquier tipo de fuerza. Como enseña la bella tradición guadalupana, la «Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas, custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardándolos. Solo una Iglesia que sepa resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y precisamente este encuentro se realiza en nuestro corazón de pastores. Esto explica por qué Bergoglio le dice al padre Spadaro: «yo no soy capaz de mirar a la muchedumbre. Cuando tengo delante a muchas personas, yo tengo que mirar a alguien, uno por uno». Es por eso que él invierte tanto tiempo saludando uno por uno, porque el cristianismo no es para la masa, es para la persona, y cada persona, incluso la más débil, la más frágil, la más pobre, tiene un valor infinito para Dios. Estos son los signos del Pontificado de Francisco: valorización de la tradición religiosa popular y apertura misionera, en el sentido del Vaticano II, apertura misionera en la misericordia.

Ustedes saben que Bergoglio fue muy criticado por los jesuitas de su generación, también por los jesuitas más jóvenes, cuando él era provincial de los jesuitas en Argentina, porque él valoraba la religiosidad popular y los jesuitas más modernos decían que la religiosidad popular es algo viejo, antiguo, tradicional, y había que dirigirse sobre todo a la política, al cambio político. Bergoglio no, él valoraba la fe popular porque como dice la teología del pueblo de la escuela argentina, el sentido de la justicia nace a partir de la fe del pueblo fiel, es el pueblo fiel el que expresa el sentido cristiano de la justicia. Entonces no hay que separar la fe y la promoción humana. Por eso Bergoglio era un apasionado del documento de Pablo VI Evangelii nuntiandi, que no separa la fe de la promoción humana; fe y promoción humana son distintas, pero también están unidas, es una relación polar. Y como demuestro en mi libro sobre Bergoglio, el corazón de su pensamiento es un modelo de polaridad. Hablamos de dos signos del pontificado de Bergoglio: valoración del pueblo fiel y encuentro del testigo misionero en el mundo de hoy. Pero hay un tercer signo y es la valoración de la doctrina social. La doctrina social al final de los años 90 y al comienzo del nuevo milenio fue un poco apartada por la Iglesia, no fue muy valorada. La era de la globalización dejó de lado la doctrina social y Bergoglio permanece fiel a la Evangelii nuntiandi, evangelización y promoción humana. Pablo VI es su Papa. Mantener firme estos dos polos permite a la Iglesia superar el contraste de la derecha y la izquierda. El cristianismo se nutre de una antinomia, de una tensión polar, hay que mantener firmes las dos puntas de la cadena. No se puede permitir que los dos extremos se vuelvan contradictorios; hay que impedir que la fe esté contra la promoción humana o que la promoción humana esté contra la fe. Son dos momentos diferentes y unidos. Cuando existe la contradicción entramos en el maniqueísmo, un polo se vuelve bueno y el otro se vuelve malo. No, esto sería una escisión dentro de la Iglesia. Para Bergoglio la Iglesia es una coincidencia de opuestos, esta es su concepción del catolicismo. Bergoglio tiene un sólido pensamiento del catolicismo y de la tradición que viene —esto lo digo para los teólogos, lo diré mejor en la presentación de mi libro—, del gran teólogo alemán Adam Müller, y que en el siglo xx tiene otros nombres: Erich Przywara —maestro de von Balthasar—, Romano Guardini, Henri De Lubac, Gaston Fessard, son grandes nombres de esta corriente. Y Bergoglio, que es un estudioso de Fessard, de De Lubac y de Guardini, tiene esta idea de la Iglesia como síntesis de los opuestos. Pero este decir que la Iglesia es síntesis tensionante —no una síntesis apacible— entre los opuestos significa que el cristiano es un hombre de paz, porque si uno mantiene firme los opuestos garantiza la paz, impide que un polo vaya contra el otro. Por eso el cristiano a menudo se vuelve un mártir, porque a quien garantiza la paz es al primero que matan. El poder odia a quien lucha por la paz.Escribe Bergoglio con referencia a este modelo de la polaridad: «Esta reflexión nace de una confrontación con Romano Guardini —Romano Guardini es el autor de la polaridad—. Seguro que si hay una posición que me haya gustado al estudiar el problema de la globalización en estos últimos 10-15 años, es la comparación entre la globalización esférica y la poliédrica. La contraposición esférica anula toda tensión, la única tensión se da entre el centro y la periferia, una sola tensión, pero las periferias no existen y cualquier punto es igual al otro, En cambio, la globalización poliédrica es la que produce la verdadera tensión. La primera es una ilusión, una tensión intelectual, cartesiana, pero la segunda, la poliédrica, es una verdadera tensión entre una realidad y otra realidad, son dos realidades que se oponen en tensión. El poliedro representa la verdadera globalización, la que hace crecer a la humanidad siempre».

Bergoglio siempre defiende la particularidad de la persona o de un pueblo o de una cultura. No anula, sino que resuelve el problema en un plano superior. Una forma de la tensión polar, hoy particularmente importante para él, es la oposición entre la globalización y la particularización. El modelo es el poliedro: vale para la Iglesia, vale para el Estado, vale para el mundo. El poliedro es una unidad que no anula las diferencias. La esfera es una unidad totalitaria y totalizante, elimina la particularidad, las diferencias, las personas. Este ejemplo nos permite comprender la posición peculiar del pensamiento de Jorge Mario Bergoglio. Este modelo es un signo de su pontificado y explica su acción de paz y de reconciliación en un momento crítico del mundo. Nosotros hoy vivimos en un momento crítico y la Iglesia se hace cargo de este momento histórico, se hace cargo no solo de los cristianos sino de todos los hombres. Nosotros estamos viviendo la crisis de la globalización, el mundo tenía que ser unido y en cambio se está dividiendo según los contrastes de las potencias mundiales. La gran potencia americana se está redimensionando, otras potencias emergen y por lo tanto es el final del equilibrio que gobernó después de la Segunda Guerra Mundial. Bergoglio tiene una visión dramática del mundo contemporáneo y sabe que la Iglesia tiene que ser lugar de paz. Cito solo algunos ejemplos y después concluyo mi reflexión.

En el campo del ecumenismo quiero destacar, el encuentro con el patriarca de Moscú, Kirill, el 12 de febrero del 2016, aquí, en el aeropuerto de La Habana. Fue un encuentro histórico después de mil años, mil años, de división de la Iglesia griega y la latina. Y se dividieron por nada, a causa de nada. Viéndolo hoy nos preguntamos, ¿cómo fue posible? Pequeños motivos de poder. Porque las dos iglesias son casi idénticas en los dogmas, no había motivo para esa separación. Fue un encuentro histórico. Después el encuentro con los luteranos en Lund, Suecia, el 31 de octubre de 2016, aquí también, ¡cuántas críticas le han hecho!: ¡el Papa va a celebrar a Lutero! Pero fue con Juan Pablo II que los teólogos y la Comisión Teológica Internacional firmó con los teólogos protestantes el documento común sobre la justificación por la fe. Y Francisco parte de ahí, no dijo nada herético. También Benedicto se encontró con los luteranos. También ahí hay una herida de la Iglesia. Los luteranos son hermanos en la fe.

Después ocurrió el gran diálogo con el Islam y con el mundo copto-ortodoxo de Egipto. Saben que hubo este gran viaje a Egipto, a El Cairo, en 2017, el encuentro con el patriarca de Alejandría Tawadros y con el gran imán de Al Azhar, Ahmed al Tayeb. Un encuentro histórico: el patriarca copto, la suprema autoridad teológica del Islam y el Papa de Roma. Algo que nunca había sucedido y también ahí las acusaciones: «es demasiado suave con el Islam». «¿Por qué no critica al Islam?» Estas críticas se hacen así, cómodamente, desde los salones de Europa. No se dan cuenta de que si el Papa criticara el Islam todos los cristianos que viven en las tierras del Islam estarían en condiciones muy difíciles. El diálogo con el Islam es para favorecer la presencia de los cristianos en esas tierras. El diálogo con el Islam moderado es para ayudarlos a mantener la lucha contra el Islam violento.

El Papa eligió al Dios de la misericordia, porque Dios ama la paz y no la guerra, y por lo tanto el mejor Islam está agradecido al Papa por este reconocimiento. Después hizo el viaje a los Emiratos Árabes, en el 2019, con el documento común sobre la fraternidad humana, contra la violencia religiosa. Y es la primera vez que el Papa ha podido celebrar la misa en un lugar abierto en la tierra del Islam, con miles de personas. Fue un evento histórico que nunca antes había sucedido; pero los críticos no ven esas cosas, para ellos esto no existe.

Y por último, la contribución a la paz que el Papa realizó en los casos de los pueblos en tiempos de crisis. Favoreció la relación con China y la normalización de la Iglesia en ese país al eliminar la diferencia que había entre la Iglesia escondida y la Iglesia oficial. Y ahí también recibió críticas: «Sí, vendió la Iglesia». Cualquier cosa que hace Francisco lo hace mal. Es un prejuicio terrible. Él también favoreció el diálogo con Rusia cuando estaba aislada en el diálogo con Europa y los Estados Unidos. Fue gracias a la acción de paz del Papa que Estados Unidos no intervino en la guerra de Siria, cuando el Papa instituyó esa vigilia de oración en San Pedro y ofreció la posibilidad a Putin y a Obama de poderse comunicar. De lo contrario en el Medio Oriente hubiera ocurrido una catástrofe total; la actuación del Papa fue determinante.

Y podemos añadir su acción para las periferias del mundo. El Papa elige para sus viajes lugares muy pobres, los que tienen menos relevancia en la escena mundial. Porque uno de los signos de su pontificado es que lo invisible tiene que ser visible. Gracias.