En la historia de la literatura mundial de los últimos siglos es frecuente hallar a poetas relevantes que dejaron una obra de innegable valor y mantuvieron siempre, a lo largo de su existencia, una actitud emocional equilibrada, un comportamiento social acorde con los cánones establecidos en su época y un sentido racional de sus deberes como intelectuales y ciudadanos. Entre esos autores podríamos mencionar al inglés T. Eliot, Premio Nobel de Literatura, al francés Paul Claudel, ferviente católico, al argentino Jorge Luis Borges y al norteamericano Wallace Stevens, también próspero empresario. En el lado opuesto a ellos se podría colocar a otros grandes poetas que, por el contrario, llevaron una vida desordenada, sufrieron grandes caídas morales y tribulaciones psicológicas y padecieron con frecuencia estados depresivos de angustia y desasosiego. En la relación de estos autores no deben faltar el nicaragüense Rubén Darío, figura cimera del modernismo, el opiómano inglés Thomas de Quincey, el alemán Georg Trakl, volcado hacia el irracionalismo y el incesto, y los dipsómanos Paul Verlaine, francés, Edgar Allan Poe, norteamericano, y Dylan Thomas, galés. Mención aparte merecen ya aquellos que fueron atrapados en firme por las redes de la locura y no lograron recuperar la razón. En sus momentos de lucidez, cuando aún no habían caído en una completa desorganización de la personalidad, alcanzaron a componer algunos textos memorables que ameritan ser recordados. Como ejemplos se pueden mencionar poemas del norteamericano Ezra Pound, cuyas peroratas a favor del Eje Fascista durante la segunda Guerra Mundial desconcertaban incluso a los altos mandos militares de Mussolini, versos del francés Gérard de Nerval, quien salía a pasear por París llevando un cangrejo atado de una cuerda, y páginas del alemán Friedrich Nietzsche, mucho más conocido por su producción filosófica y su propuesta del superhombre, quien pasó sus últimos años confinado en un manicomio. Un caso excepcional vendría a ser el nicaragüense Alfonso Cortés, quien ya internado en un hospital de dementes y considerado un caso crónico e irreversible, asombró a los círculos literarios de su país con el poema «Ventana», que fue tomado incluso como título de una revista literaria surgida en 1964.

Estas últimas peculiaridades personales de autores sobresalientes de la cultura mundial, en particular de la poesía, han llevado a psicólogos, alienistas y filósofos a estudiar la relación entre genio y locura, así como entre poesía y locura. Los doctores A. Antheaume y G. Dromard volcaron los numerosos y diversos análisis de este fenómeno que realizaron en su voluminosa obra Poesía y locura. Psicopatología del genio y del sentimiento poético (Ciudad de México, ¿1949?), en la cual, curiosamente, incluyeron a nuestro poeta Julián del Casal. Otros estudiosos que siguieron esta línea investigativa fueron los muy conocidos Sigmund Freud, Theodore Ribot y Max Nordau, quienes también, a partir de ejemplos concretos tomados de la vida y de la producción poética de los analizados, establecieron clasificaciones psiquiátricas. Todos ellos coincidieron en el mismo axioma: en cada ser humano dormita un loco.

Luz Gay en su juventud.

Luz Gay en su juventud.

La literatura cubana, mucho más joven que la francesa y la inglesa, no está exenta de poetas que también se encuentran, lamentablemente, asociados a algunas de las diversas manifestaciones de la locura. En el siglo xix los dos autores más representativos de este mal fueron Manuel de Zequeira y Arango y José Jacinto Milanés. El primero de ellos, autor de «La Ronda», un recorrido casi fantasmagórico y tempestuoso por La Habana de inicios de aquella centuria y posiblemente nuestro primer poeta en importancia, al final de su existencia perdió la razón y empezó a creer, con toda seriedad, que al colocarse el sombrero se hacía invisible. De acuerdo con todas las versiones familiares y de sus biógrafos, Milanés cayó en un estado depresivo insuperable a partir de un traumático desengaño amoroso y de nada sirvieron las numerosas pruebas de afecto que le brindaron sus hermanos y amigos. Atrás había dejado poemas de alto valor como la muy divulgada «Fuga de la tórtola».

Ya en el siglo xx, concretamente en sus postrimerías, hay que mencionar a dos destacados poetas que, después de largos años de tratamientos psiquiátricos, se marcharon del mundo a través del suicidio: Raúl Hernández Novás, en 1993, y Ángel Escobar, en 1997. El primero, también ensayista, con el libro Animal civil mereció el Premio UNEAC en 1985 y publicó además los poemarios Da capo (1982) y Atlas salta (1991). La depresión nerviosa que siempre lo acompañó se vio acentuada al final de sus días por las condiciones asfixiantes del llamado «período especial». Escobar nació y se crió en un entorno familiar caótico del que pudo salir gracias a becas de estudios, pero ya quedó marcado de por vida. Su libro de versos Epílogo famoso mereció en 1977 el Premio David. Además dio a la imprenta La vía pública (1987) y Abuso de confianza (1994), entre otras obras. Los frecuentes internamientos a los que fue sometido no lograron al cabo superar su enfermedad. A estos dos autores habría que incorporar, pero en las primeras décadas del siglo xx, a una poetisa que desde hace largo tiempo yace en el olvido: Luz Gay.

» Noticia (muy escasa) sobre la vida de Luz Gay

Muy pobres son los datos biográficos que hemos podido acopiar de esta autora, que debió nacer en La Habana aproximadamente en 1860. Fue su padre Francisco de Paula Gay y Gruart, empresario y banquero que, según algunas versiones, mantuvo posiciones reformistas favorables al desarrollo económico de la colonia, poseyó durante un tiempo el ingenio Nuestra Señora de la Merced, también llamado Carrillo y Mercedes, situado cerca de la localidad matancera de Manguito, y falleció posiblemente en 1889. Gracias a esa favorable extracción social, Luz Gay recibió una buena enseñanza media que le permitió adentrarse en el mundo de la cultura y de la creación literaria. También le permitió fundar y dirigir la Revista Blanca, cuyo primer número vio la luz el 15 de julio de 1894 y en agosto del año siguiente se le añadió a su nombre el artículo La y se le puso como subtítulo «Álbum de letras y artes». Esta publicación de salidas irregulares incluyó en sus páginas poemas, cuentos breves, noticias culturales tanto cubanas como extranjeras y artículos sobre música. El cargo de secretario lo desempeñó Antonio Sánchez Ferrer y como redactores estuvieron Alfredo M. Aguayo, con posterioridad reconocido pedagogo, y Carlos Betancourt Biart (Fra Diávolo). Entre sus principales colaboradores encontramos, además de a la directora, quien algunas veces empleó el seudónimo María Alicia, a los poetas y patriotas santiagueros Francisco Sellén y Pedro Santacilia. También reprodujo textos de los ya desaparecidos escritores Narciso Foxá y Rafael Otero, así como del alemán Schiller, y les dedicó artículos de elogio a la pianista habanera Cecilia Arizti y a otras intérpretes. Sus salidas se extendieron al menos hasta octubre de 1897, cuando apareció el último número de esta revista que se ha podido localizar.1

Como podrá apreciarse a partir de las fechas anotadas, esta publicación coincidió con una etapa convulsa de la historia de Cuba: el estallido de la gesta independentista, la llegada a la Isla de grandes contingentes de soldados españoles enviados a poner fin al movimiento revolucionario, la incorporación a las fuerzas mambisas o la salida al extranjero de numerosos escritores y artistas que simpatizaban con la gesta emancipadora, la criminal orden de reconcentración dictada por el general Valeriano Weyler, el enfrentamiento entre integristas, autonomistas e independentistas y la crisis económica que generó el conflicto político. En medio de aquella situación en modo alguno favorable para la creación literaria y artística, La Revista Blanca constituyó un remanso donde los amantes de las letras pudieron refugiarse de las pasiones exaltadas y de la guerra. Y como consecuencia de las calamidades de la contienda el caudal monetario de la poetisa casi se esfumó.

Después de cancelada la dominación colonial de España sobre Cuba, del fin del gobierno interventor norteamericano y de la constitución de la República en 1902, no tenemos noticias acerca de la existencia de Luz Gay. Y tras ese largo paréntesis resurge a la vida pública habanera convertida en una demente que recorre las calles vestida con unos harapos y en completo estado de abandono personal. No es ya ni la sombra de la autora que años atrás vestía con elegancia y se entregaba a la composición de sonetos y a la admiración de las diversas manifestaciones del arte. La poetisa y persistente defensora de los derechos de la mujer, Dulce María Borrero, hubo de describir de la siguien te manera el estado en que se encontraba: «Luz Gay, (…) temperamento exquisito y sensitivo, que en sus años de oro compusiera (…) rimas delicadas, (…) errando todo el día, ensimismada y muda a través de la urbe bulliciosa, bajo el sol ardoroso; postrándose de noche, rendida al peso de su desamparo, sobre el frío peldaño de algún umbral infranqueable o en la fraternal aspereza de un pedazo de tierra…» Y más adelante añade: «…esta infeliz hermana nuestra, desposeída de fortuna, de albergue y de razón; de esta singular y huraña vagabunda que a la sola sospecha de la afrenta de una limosna callada esconde, pálida de indignación, la mano enflaquecida en el fondo de sus tristes harapos…»2

Por su parte, el narrador y periodista cienfueguero Miguel Ángel de la Torre estampó también esa lastimosa estampa de la poetisa en un artículo al que le puso el sugestivo título «Los harapos de la quimera» y que enriqueció con una foto de Luz Gay en la que aparece deambulando por la calle:

¡Luz Gay! Envuelta en andrajos, devanando sin cesar un absurdo soliloquio, con un bulto enigmático a cuestas, su pobre figura depauperada y ridícula forma parte de la decoración callejera de La Habana, a cuya comparsa de mendigos y gente maleante se unió un día sin sol. Duerme al cobijo equívoco de los soportales y come las ocasionales migajas del hallazgo, pero habla de grandezas en su lenguaje bilingüe y roto.

Jamás tendió su mano en humillado pordiosero. Sin sentir sobre su cuerpo, antaño hecho a las caricias blandas de la comodidad, las agresiones de la intemperie, ni los gritos del hambre, Luz Gay pasea por nuestras calles una engallada satisfacción. Sólo de vez en vez, bajo una racha de recuerdos, su frente se frunce, su mirada se ensombrece y su voz arroja al viento maldiciones indignadas. Pero, salvo esos paréntesis alumbrados por un corto relámpago de ira, en su alejamiento de la realidad parece pasar entre filas de cervices inclinadas en reverencia ante ella y entre manos amigas tendidas hacia ella.3

La presencia lastimosa de Luz Gay por la ciudad persistió hasta que algunas de sus antiguas amistades y el Club Femenino de Cuba, entidad fundada en 1918, aunaron esfuerzos y lograron finalmente que a fines de junio de 1920, coincidiendo con la publicación del artículo citado de Miguel Ángel de la Torre, fuese ingresada en el sanatorio de enfermos mentales del doctor Armando de Córdova y Quesada, reconocido alienista autor de textos científicos y del bosquejo histórico La locura en Cuba (1940). Un aporte monetario para sufragar los gastos de la poetisa en ese centro particular también procedió de la Asociación de Pintores y Escultores de Cuba.4

¿Qué causas condujeron a Luz Gay a la demencia y a un deterioro tan grande de sus facultades psíquicas? No tenemos una respuesta concluyente ante esta inevitable pregunta; pero quizás una pista muy confiable nos la ofrece el historiador León Primelles en su importantísima investigación Crónica cubana 1919-1922 (1957): «Había perdido la razón años antes a causa de un drama sentimental y andaba por las calles hecha un andrajo humano».5 No tenemos la menor referencia acerca de ese «drama sentimental». Tampoco hemos podido conocer la fecha y el lugar exactos de su fallecimiento; pero calculamos que debió ocurrir en dicho sanatorio pocos años después de su ingreso.

» La poesía de Luz Gay

En 1921, un año después que la poetisa fuese internada en el asilo, por iniciativa también del Club Femenino de Cuba y gracias a la generosidad de la señora Juanita Egulior, viuda de Ramón Rambla Contreras (Madrid, 1865-La Habana, 1918), quien tiempo atrás se había asociado al gallego Jesús María Bouza Bello para constituir la Imprenta y Papelería de Rambla, Bouza y Cía, apareció publicado por esta casa editora, en forma de folleto, una compilación de poemas de Luz Gay dados a conocer en La Revista Blanca, así como un cuento de escaso valor literario que había aparecido en El Fígaro en 1895. Gracias a esta noble gestión se rescató una parte importante de su producción poética y se le dio una mayor divulgación. Como prueba de esta aseveración nuestra podemos anotar que poco tiempo después, posiblemente en 1922, salió impresa en Barcelona la antología realizada por Paulino G. Báez Poetas jóvenes cubanos, que incluyó el soneto de esta autora «Flores y almas», aunque con el título omitido. De acuerdo con nuestros cálculos, Luz Gay debía tener entonces aproximadamente 60 años; pero el antologador no tomó en cuenta esa edad y la incorporó a su relación de «poetas jóvenes cubanos», lo cual viene a demostrar el carácter sumamente elástico que tiene el concepto de juventud.6 Además, añadió esta nota al pie: «Luz Gay pertenece al corto número de elegidas de Apolo que dieron brillo a las letras patrias a fines del siglo xix. Autora de la revista “Blanca” (sic), ha tenido, como triste epílogo, su vida, el ingreso en un Manicomio».7 Más de cuarenta años después, también gracias a la feliz iniciativa de reunir sus poemas, el versátil escritor, dibujante e investigador Samuel Feijóo seleccionó diez sonetos de Luz Gay para incorporarlos a su antología Sonetos en Cuba (1964), en la cual, por otro lado, reprodujo nada menos que 64 composiciones de su autoría, tomados de los numerosos libros que ya había publicado. Al margen de esta observación nuestra, fue un gesto loable de Feijóo en aras de actualizar su recuerdo y su legado literario, aunque poco después estos volviesen a caer en el olvido.

A la luz de nuestra época y al hacerse un balance de su producción poética debe admitirse que esta en realidad no llegó a superar los esquemas típicos de la sensibilidad de su época y se mantuvo siempre dentro de los cauces de una expresión acorde con los tópicos finiseculares: desencanto, abulia, abandono del yo, soledad, sentido cercano de la muerte, retraimiento, puerilidad de la existencia terrena… Luz Gay estuvo muy lejos de asumir en sus poemas el erotismo femenino que sí manifestó su coetánea Mercedes Matamoros ni de incorporarse plenamente al movimiento modernista que encabezó en Cuba Julián del Casal. Prefirió siempre mantenerse fiel a un lirismo contenido y, por lo general, a la forma estrófica del soneto. Sin embargo, en su voz apreciamos una sinceridad que se corresponde con su existencia, hasta donde la conocemos, basada en la humildad, el retraimiento, la resignación. En sus versos prevalecen la delicadeza y una cuidadosa elaboración de las imágenes, como demuestra la descripción que se nos hace al inicio del poema «Después de la fiesta». Mientras que en algunos momentos intentó demostrar una fortaleza que en realidad no poseía, como es posible apreciar en los tercetos de «Ya vuelve el pesimismo…»

Con el propósito de que pueda apreciarse de un modo directo la producción poética de Luz Gay a continuación reproducimos varios de sus sonetos.

Luz Gay deambulando por La Habana en 1920.

Luz Gay deambulando por La Habana en 1920.

A Todos Como el suave rumor de las cascadas cuyo raudal fecundo y cristalino desciende en agitado torbellino de las fértiles cimas encumbradas, regando las llanuras asoladas, para que con su germen argentino reverdezca el arbusto mortecino y renazcan las flores agostadas; así llegan a mí las rumorosas cadencias de las frases generosas vertidas en obsequio de mi numen; nutriendo mi abatida fortaleza para resucitar de la tristeza y el desmayo mortal que me consumen.

Ya vuelve el pesimismo… Ya vuelve el pesimismo descarnado a disertarme, con palabra fría, sobre el tema nefasto que desvía del mágico ideal que yo he soñado. Su acento magistral y reposado con mil razones de probanza amplía la desalentadora profecía opositora de mi empeño airado. Ah!, si la hostil contrariedad levanta sobre mi suerte su fatal enseña, la lucha vigoriza y agiganta; y en mí, creyente que el error desdeña, halla el embate resistencia tanta como los oleajes en las peñas.

Después de la fiesta Queden las galas otra vez guardadas: el cinturón de plata, el blanco traje, el chal sedoso de nevado encaje y los ramos de flores perfumadas. Ya pasaron las horas agitadas en que el asedio del pesar distraje, regresando las galas sin ultraje y de suaves aromas impregnadas. Pero tú, terco corazón, persistes en conservarte indiferente y frío; como has ido al sarao, así volvistes, y siempre melancólico y sombrío sigues soñando con fantasmas tristes y latiendo ¡infeliz! en el vacío.

Apostasía Lejos de los festines mundanales donde el bullicio aturde los sentidos y arrebata la paz a los queridos blancos y transparentes ideales; lejos de las perfidias desleales que en el mundo de los sesos carcomidos germinan, cual microbios corrompidos en el fondo de infectos lodazales; entre la soledad del aislamiento, así pretendo consumir la vida; y que bogue mi alado pensamiento como la nave en alta mar perdida que se abandona a la merced del viento y de su propia suerte se descuida.

Flores y almas Del perfumado edén do florecieron heterogéneas plantas primorosas osé arrancar unas gallardas rosas cuyas espinas, pérfidas, me hirieron. Mártires de mis ansias también fueron los lirios de hojas tersas y sedosas, y al troncharlos, fragancias olorosas derramando su savia me ofrecieron. Almas hay que, vulgares y mezquinas, hieren como las rosas con espinas al que inconscientemente las agravia; almas hay, superiores, que prefieren cual los sensibles lirios, si les hieren, sufrir la herida y derramar la savia.

» Noticia final sobre la obra de Luz Gay

Salvo las dos antologías antes mencionadas, Luz Gay no volvió a ser incluida, hasta donde conocemos, en alguna otra selección de poetas cubanos, como la muy reconocida de Cintio Vitier Cincuenta años de poesía cubana (1952). Más decepcionante resulta que no la hayan tomado en cuenta Antonio González Curquejo, en la relación de más de 130 autoras que integran los tres tomos de su Florilegio de escritoras cubanas (1910-1919), Alberto Rocasolano, en la antología Poetisas cubanas (1985), que se encargó de confeccionar, y Mirta Yáñez en su Álbum de poetisas cubanas (1997). Tampoco Milena Rodríguez Gutiérrez le concedió un espacio en su voluminosa selección Otra Cuba secreta. Antología de poetas cubanas del xix y del xx (Madrid, 2011). Aunque en el segundo tomo del Diccionario de la literatura cubana (1984) se incluyó un artículo, como ya hemos anotado, acerca de La Revista Blanca, no se le dedicó una entrada como autora. Su nombre de igual modo está ausente en el imprescindible Panorama histórico de las letras cubanas (1967), de Max Henríquez Ureña, en la Historia de la literatura cubana (1967), de Raimundo Lazo, y en los dos primeros tomos de la Historia de la literatura cubana (2002 y 2003), dedicados a la etapa colonial y, a continuación, a la República. Luz Gay se perdió en las brumas de la locura. Es una lástima adicional que su nombre también se haya perdido por completo en los estudios abarcadores de las letras nacionales e incluso en las antologías de poetas cubanas.

Notas:

  1. Algunos de los datos sobre La Revista Blanca lo tomamos del Diccionario de la literatura cubana del Instituto de Literatura y Lingüística. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1984, tomo II, p. 861, y otros por medio de la consulta del único número de esa publicación que se conserva en la Biblioteca Nacional José Martí.
  2. Borrero de Luján, Dulce María Prólogo a Poesías de Luz Gay. La Habana, Imprenta y Papelería de Rambla y Bouza, 1921, pp. 4-5.
  3. Torre, Miguel Ángel de la «Los harapos de la quimera» En Heraldo de Cuba Año IX Nro. 176. La Habana, 27 de junio de 1920, p. 1.
  4. Llanes Godoy, Lliliam Del arte en Cuba. Enseñanza y divulgación de las artes visuales entre 1900 y 1930. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2016, p. 123. La autora de este valioso y muy documentado estudio cometió, sin embargo, el error de convertir el apellido de la poetisa en Gil. De esa forma Luz Gay pasó a llamarse Luz Gil, nombre de una famosa actriz, rumbera y cantante mexicana del Teatro Alhambra. Lamentable confusión de la investigadora.
  5. Primelles, León Crónica cubana (1919-1922). La Habana, Editorial Lex, 1957, p. 273.
  6. Paulino G. Báez fue mucho más allá y le dio entrada a su selección a la prestigiosa poetisa Luisa Pérez de Zambrana, nuestra más importante elegíaca, quien en aquellos días había ya cumplido nada menos que 87 años de edad. Y con la delicadeza de un hipopótamo le puso la siguiente nota al pie: «Luisa Pérez de Zambrana, que está al borde de la tumba, debió haber figurado, por derecho propio, en el Parnaso Antillano, pues representó una época literaria en Cuba, y sus obras le han conquistado el merecido laurel para su frente de poetisa brillante y tierna…» (p. 279). No se equivocaba en su funesto augurio el torpe antologador: el 25 de mayo de 1922 falleció en Regla Luisa Pérez de Zambrana.
  7. Báez, Paulino G. Poetas jóvenes cubanos. Barcelona, Casa Editorial Meucci, ¿1922?, p. 78.