En febrero de 1957 yo había cumplido 16 años de edad y cursaba el tercer año de bachillerato. Era 13 de marzo y asistía a clases en el Instituto de La Habana, situado en la calle Zulueta, frente al hotel Pasaje y a unos 300 metros del Palacio Presidencial, residencia y lugar de trabajo del presidente de la República. Un turno de clases no se dio y un amigo y yo aprovechamos la oportunidad para rellenar el tiempo fuera del aula. Varias opciones teníamos: ir al cine Niza, donde exhibían películas algo atrevidas para la época, visitar las tiendas, como Sears o El Encanto o jugar maquinita. Nos decidimos por esto último, unos aparatos aparecidos por esa época que brindaban la oportunidad de desafiarse uno mismo o hacerlo contra algún contrario. El lugar quedaba cerca del Instituto, a unas tres cuadras, y debíamos volver para asistir al otro turno de clase. Mi amigo, Aurelio Peña, era el acompañante en la aventura. Inmerso en ganar los tantos necesarios, al amigo o a la máquina, sumando y restando puntos, ignorábamos el mundo alrededor.

De pronto oímos unos disparos de armas de fuego y levantamos la cabeza tratando de adivinar la procedencia. Nos asomamos al portal del establecimiento que daba a la calle Zulueta. Se escuchaban los tiros y en otros momentos las ráfagas de ametralladora. No lográbamos identificar de dónde procedían los disparos y menos dónde se escenificaba la batalla. Solo sabíamos que los disparos venían de la calle Zulueta en dirección al Malecón. Los que salían del local y los transeúntes que pasaban apresurados trataban de darle una explicación al hecho, aunque no lograban explicarlo con exactitud. Supe, en no sé qué momento, que estaban asaltando el Palacio Presidencial, donde radicaba Fulgencio Batista. Su figura era repudiada por nuestra familia desde época anteriores. Si era una acción en su contra la aceptábamos de buen gusto.

Cadáver de José Antonio Echeverría.

Cadáver de José Antonio Echeverría.

La novia de mi hermano, Urselia Díaz Báez, no hacía mucho había participado en un desfile que descendió con una bandera cubana por la escalinata universitaria y continuó por la calle San Lázaro. Ella nos contó después la acción de aquel día y otros hechos importantes, como la travesía del yate Granma, el desembarco en Las Coloradas, el combate de Alegría de Pío. También las peripecias de Horacio Rodríguez para salir con vida de la Sierra Maestra. Horacio Rodríguez, expedicionario del Granma que estaba escondido en nuestra casa me las contó en su primera versión. También me copió en un papel el Himno del 26 de Julio. Con 16 años mi imaginación se avivaba como si estuviera leyendo una de las mejores historias de aventuras. Mis inquietudes se multiplicaban geométricamente. Además de las historias de mi padre durante el machadato y la rebeldía de mi madre, ahora se sumaban los cuentos de Horacio. Si a ello le agregamos los desafueros de Batista, las condiciones estaban dadas para la incorporación a la contienda.

Llamé por teléfono a mi papá, que estaba en su consulta, situada en la calle San Lázaro No. 1210, muy cerca de la Universidad. Lo llamé porque él era la persona con mejor orientación ante las dificultades diarias de la vida; sin lugar a dudas su opinión me indicaría saber qué hacer. Él practicaba más el dialogo y menos el monólogo, costumbre esta de los cubanos. —¡Papa aquí hay un tiroteo cerca del Instituto!

—le dije.

—Ven para acá, me respondió.

Aurelio y yo nos despedimos, tomé un ómnibus y me trasladé hasta la consulta, compartida también por otros médicos. Había mucho movimiento de gente y policías en la calle.

Cabina de la emisora Radio Reloj después de la acción dirigida por José Antonio Echeverría.

Cabina de la emisora Radio Reloj después de la acción dirigida por José Antonio Echeverría.

Entré lo más pronto que pude al consultorio médico, situado en la parte baja de un edifico de dos plantas. Cuando ingresé en su cuarto exclamó:

—¡Han matado a José Antonio Echeverría, según dijo alguien que venía de esa dirección! ¡Vámonos de aquí lo más rápido posible!

Salimos a la entrada del edificio y cruzamos caminando la calle San Lázaro. Me puso a su lado, tratando de protegerme con su cuerpo de un posible disparo. El auto estaba parqueado a corta distancia, nos montamos y salimos en dirección a San Lázaro, subiendo hacia la escalinata de la Universidad. Aquello estaba lleno de policías, algunos dirigiendo el tránsito y otros haciendo acto de presencia por lo sucedido minutos antes muy cerca de allí: el asalto a Radio Reloj.

Averigüé después los horarios de los hechos, para contar con datos que me sirvieran para conocer la hora en que pasé por donde estaba el cadáver de José Antonio. Su salida de Radio Reloj ocurre a las 3:35 de la tarde, hora en que yo me encontraba jugando con la maquinita. Debo haber demorado media hora en llegar hasta la consulta de mi papá, alrededor de las 4: 10 pm. En el Certificado de Defunción de Echeverría no se especifica la hora del fallecimiento y según afirma Julio Fernández León en su biografía José Antonio Echeverría: presencia y vigencia (Miami, 2007), «serían aproximadamente las 3:45 p.m.»

Íbamos en dirección a la calle 23 y cuando pasamos por el costado de la Universidad, llegando a la calle Jovellar, pude ver aún en el pavimento el cadáver de José Antonio. Estaba tendido a lo largo y su cuerpo apoyado en el lado izquierdo, mirando hacia ese costado de la Universidad. Creo haber visto después fotos del cadáver, pero en una posición diferente. Más adelante la policía nos desvió a la izquierda y tomamos por la calle 25. Debíamos de haber recorrido en el auto, desde la consulta de papá hasta la calle 25, unas siete cuadras. Más adelante vi bajarse de un carro a Mario Reguera Gómez, —Reguerita— y a Carlos Figueredo, a quienes yo conocía del Instituto de La Habana. Y hasta los saludé sin saber que ellos habían participado en la toma de Radio Reloj. Voy a reproducir lo escrito por el Chino Figueredo sobre nuestro casual encuentro ese día. Uno de los dos debe estar equivocado sobre las direcciones, pero prefiero ponerlo como él lo contó en su libro: Todo tiene su tiempo:

Tomamos la calle I en dirección a 23 y nos detuvimos ante una farmacia en cuyo piso superior había una casa de huéspedes donde vivían unos conocidos de Joe (Westbrook). Acabábamos de desmontarnos cuando alguien me llamó desde un auto, que se paró en la acera de enfrente, con la intención de saludarme. Traté de aparentar apuro, aunque no seguí caminando para que no se apreciara mi cojera. Al gritarme reconocí a Newton Briones: ¡Chino!, ¿qué está pasando? Iba a lanzarle una palabrota, pues era obvio lo que estaba pasando, cuando divisé a su padre ante el volante, el viejo revolucionario de igual nombre, quien también me saludó indicándome con la mano al mismo tiempo que me fuera de allí.1

Nosotros seguimos nuestro camino y sin contratiempos llegamos a la casa, pero aún impactados por la trágica muerte del presidente de la Federación Estudiantil Universitaria.

Nota:

  1. Figueredo, Carlos: Todo tiene su tiempo. Libro de memorias aún inédito. Yo conservo una copia en soporte digital.