Mundele quiere bundanga 1

Favor de no olvidarme
Lydia Cabrera
Palabras escritas en una tarjeta
y entregada a Teresa de la Parra en 1924

Estrellas, flores del cielo,
¡qué mal se dan aquí!
¡Qué pálidas y lejanas!
Lydia Cabrera
Consejos, pensamientos y notas
de Lydia E. Pinbán

 

» Esbozo biográfico

Lydia Cabrera nació el 20 de mayo de 1899 —aunque hay autores que sitúan la fecha de su nacimiento en 1900— en el No. 79 de la Calzada de Galiano. Hija del abogado Raimundo Cabrera y Bosch y de Elisa Marcaida y Casanova. Su padre se distinguió por su labor pro­independentista, en 1897 fue el fundador de la revista Cuba y América en Nueva York y también llegó a ser presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País. Ella fue la más pequeña de ocho hermanos: Gracielle, Ramiro, Emma, Esther, Juvenal, Raúl y Seida. En 1905 viaja a Europa y en Lucerna su hermana Esther conoce a Fernando Ortiz y comienzan una relación amorosa. Le gustaba mucho escuchar historias de su hermana Emma, de Tula, su nodriza, de Teresa (Omí­Tomí), la costurera de la casa que había sido primero de su abuela y después de su madre. Sus tatas negras establecen el primer puente entre ella y el mundo africano. Con ellas aprende dichos, historias mágicas, leyendas, hechicerías, las tristezas y alegrías de la raza negra. Crece en un ambiente de tertulias con escritores, pintores, políticos; un ejemplo de ello es la amistad que tenía la familia con la patriota e independentista Lola Rodríguez de Tió. Fue al Colegio de María Luisa Dolz por breve tiempo, pues por ser muy enfermiza le llevaban los maestros a la casa.

En 1927 se establece en París, pinta por dos años y se gradúa en 1930 en L’ecole du Louvre. Estudia culturas y religiones orientales, con breves intervalos está en Europa hasta 1938. Descubrió a Cuba y al tema negro en la lejanía, a orillas del Sena. Cuando regresa a su país por la inminencia de la segunda Guerra Mundial, se pone en contacto con Omí­Tomí,2 quien vivía en el barrio de Pogolotti, en Marianao.

Es en esa etapa de su vida mencionada anteriormente cuando comienza sus investigaciones serias sobre cultura y religiones negras. En Cuba se establece en la Quinta San José. En 1954 publica El Monte, que resultó ser la biblia de las religiones y liturgia de los negros cubanos. En 1955 aparece Refranes de negros viejos. Llega a conocer la lengua lucumí. En 1957 presenta el libro Anagó, vocabulario Lucumí (El Yoruba que se habla en Cuba), de gran interés para sociólogos y etnógrafos. La sociedad secreta Abakuá (narrada por viejos adeptos) es publicada en 1959. En junio de 1960 parte al exilio. En 1971 continúa con un nuevo libro de ficción Ayapa: cuentos de jicotea. En 1973 se publica en Madrid La Laguna sagrada de San Joaquín y en 1974 Yemayá y Ochún, las diosas del agua (kariocha, iyalochas y olorichas). Para 1975 nace Anaforuana y en 1976 Chascarrillos de negros viejos.

» Resonancias infinitas de «La Cabra»

No pretendo colocarle a esta escritora un título de socióloga, pues estuvo muy lejos de pretender ser una «intelectual» y mucho menos una «científica», como bien afirmara Isabel Castellanos después del fallecimiento de quien pudo penetrar en el mundo mágico de una gran parte de la población cubana. Estudió siempre sin el afán de ser una académica «doctora», lo hizo por placer, tal vez el mismo que sintió María Zambrano por la filosofía. Por lo tanto, queda descartada en principio esa posibilidad. Pero hay algo que debemos tener en cuenta: primero, las mejores cosas del mundo se hacen por alusión, segundo, es importante divulgar su obra desde la academia en su país de origen, aunque la creadora de El Monte haya declarado que no era socióloga, ni antropóloga, ni folklorista, porque no quería sujetarse a ninguna metodología. Esta declaración tiene que ver con un alma cimarrona, por eso no se sujetó nunca a las ataduras de una ciencia; en todo caso, sus estudios tuvieron la peculiaridad de unir investigación y arte.

Lydia Cabrera y Wifredo Lam.

Lydia Cabrera y Wifredo Lam.

En el libro del pensador francés Edgar Morin denominado Sociología, pude explicarme con claridad algo que tenía como una intuición muy limitada debido a mi epidérmico conocimiento sobre el tema de lo afrocubano. Aspiro a que Lydia Cabrera sea conocida por los jóvenes que se preparan como futuros profesionales de las ciencias sociales en Cuba. También me animó a escribir sobre ella la satisfacción de brindar un punto de vista sobre otra invisibilización —aunque, como diría Katerina Seligmann, este sería a su vez mi propio cuento chino de esta peculiar investigadora— y de paso unirme al esfuerzo de Natalia Bolívar y su hija Natasha, quienes le rindieron homenaje a través de algunas conferencias impartidas en Cuba y en el extranjero que después fueron compiladas en un libro titulado Lydia Cabrera en su laguna sagrada, impreso por la Editorial Oriente en el año 2000. Aunque poco divulgado este último —no lo encontré en ninguna librería habanera— constituye unos de los testimonios acerca del valor de una vida dedicada a elevar la cultura afrocubana mediante el sortilegio de la escritura.

Cuando decidí comenzar a leer sobre su vida y algunos de sus textos, en tanto que legado de interés sociológico, William Gattorno me hizo llegar varios números de la revista Extramuros del 2011, la cual contiene un dossier con algunos artículos muy útiles para tener una idea general de su trabajo, escrito por extranjeros y cubanos que se acercaron a su obra. La reedición en nuestro país de El Monte es motivo de alegría, pues fue uno de los libros cubanos que José Lezama Lima manifestó que salvaría entre diez, según una pregunta del semanario Lunes de Revolución.

Argumenta Edgar Morin que la ruptura con la filosofía hizo que la sociología fuera incapaz de captar la relación entre lo sociológico y lo no sociológico, cómo también a veces es incapaz de situar los datos empíricos en el campo histórico. Aunque sabemos muy bien que Charles Wright Mills insistió en la importancia de la historia para la sociología, no se atiende a esto lo suficiente. En ese clásico que es La imaginación sociológica, Mills llama la atención sobre cómo esta disciplina de historia busca el detalle y a su vez estimula a ampliar la visión de la persona que investiga hasta abarcar los acontecimientos centrales de la época. Señala, además, algo muy importante que muchas veces no se tiene en cuenta: «Toda sociología digna de ese nombre es “sociología histórica.”» Nadie puede negarle a Lydia Cabrera un lugar en la historia cultural de la nación cubana.

Para entretener a su amiga Teresa de la Parra, recluida en un sanatorio de Suiza, escribe algunos cuentos —que son publicados por Francis de Miomandre en 1936 y posteriormente en Cuba en 1940 en la imprenta La Verónica, propiedad del español exiliado Manuel Altolaguirre— que se conocerían como Cuentos negros de Cuba.

Desde el primer año de la carrera de Sociología, repetimos siempre que esta ciencia tiene un objeto complejo, donde se establece una comunicación con las dimensiones internas al fenómeno social (económica, demográfica, comunicativa, mitológica, etc.) Esto lleva al pensamiento sociológico, entre otros saberes, a la literatura. Para argumentar la Sociología de la literatura tomamos a escritores como Balzac, Stendhal, Maupassant, Flaubert, Tolstoi, Dostoievski, Marcel Proust y muchos otros. Sin embargo, no hemos sido capaces de enseñarles a nuestros estudiantes que Cuentos negros de Cuba constituye una joya de la literatura universal de interés para la sociología, porque descubre una riqueza en imaginación que nos permite entrar en un realismo mágico. Refranes, expresiones coloquiales, mitos, leyendas, son la expresión del mestizaje cultural cubano. Esos cuentos no son un objeto menor, la obra es portadora de sociología porque relaciona poesía y ciencia como expresión de un estilo. Esto lo confirma del mismo modo la profesora Margarita Mateo, quien señala que por esta conjunción ciencia­poesía la Cabrera se sitúa en una zona fronteriza y ambigua. Según el propio Morin, el conocimiento sociológico no es solo un conocimiento científico, él integra en su seno otros modos cognoscitivos. Escribe María Zambrano que Lydia Cabrera se destaca entre todos los poetas cubanos por una forma de poesía en que conocimientos y fantasía se hermanan hasta el punto de no ser ya cosas diferentes, hasta constituir eso que se llama «conocimiento poético»

La imagen que nos descubre la autora de ese pasado mítico se convierte en un arquetipo común a todos, porque contribuye a la conformación de la conciencia colectiva cubana. No es escapismo, ni evasión, es una recreación de la realidad. El Monte es una obra que en sus más de quinientas páginas expresa una verdad radical, que lo que el frio intelecto califica como supersticiones en las costumbres y creencias de los negros, no es más que una oleada mística del corazón y el espíritu frente al inmenso misterio del mundo. Su estudio, por muy fabuloso que parezca —afirma en la revista Orígenes Francis de Miomandre— es el resultado de una convicción basada en sí misma, y como toda conclusión científica, en una cantidad de observaciones cuidadosamente controladas en el curso de los tiempos. Penetró en ese texto en las entrañas de su tierra, reveló en sus leyendas, sus cuentos, sus tradiciones, lo esencial cubano y —según destaca la propia Zambrano— solo puede ser entendido como poesía, aunque esté escrito en prosa.

Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas.

Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas.

La peculiaridad y razón de su vida fue resaltar una cultura, resignificar unas formas de vida habitualmente poco apreciadas por los otros. Ve y escribe lo que encuentra en esta cultura de espiritualidad, de experiencia, de lucidez, de sensibilidad. Salvó para Cuba y para el mundo la dimensión mágica de una isla. La experimentada etnógrafa expresa que su propósito era ofrecer a los especialistas con la mayor fidelidad posible un material que no pasara por el filtro de la interpretación y de enfrentarlos con materiales activos que tuvo la suerte de encontrar. Si no hubiera sido por la labor de Lydia, todos los mitos maravillosos recogidos en ese texto se hubieran perdido para la cultura cubana. Destaca sobre todo la creencia en la espiritualidad del monte, la existencia de divinidades ancestrales en él, las «yerbas impregnadas de arcanas y esenciales virtudes» Con su escritura deja plasmada la sacralización de ese espacio exclusivo; de esta manera, reafirma la universalidad de lo cubano.

Mediante el culto que a través de sus protagonistas hace a la tierra, se vuelve todavía más imprescindible su presencia en territorio nacional y en nuestra academia sería eficaz demostrar la necesidad de proteger el medio ambiente utilizando también el conocimiento de ese monte cabreriano. La admiración de la naturaleza a través de su óptica hace cómoda la relación de bioética y sociología en el contexto cubano, porque lo que escribió está impregnado de nuestro propio ser. Todo lo que sabían sus informantes ¡se hubiera perdido! si Lydia no hubiera escrito y salvado esa tradición y experiencia de muchas personas. Ella tuvo la capacidad, el don del vínculo para que confiaran en decirles sus secretos. Hace mucho tiempo que a través de la Cabrera, el mensaje de la tradición negra cubana sobre la atrocidad de talar o quemar una ceiba, encierra un grito que ahora lanzamos en el presente como un requerimiento recién nacido. El equilibrio del mundo lo articula también al resaltar en la religión afrocubana la veneración por el sábado de gloria y mostrar la fuerza nueva de la vida en las yerbas, los árboles y el agua, «cuando Dios resucita el sábado, al momento de salir el sol, “bendice la tierra, le da a ewé su aché”».3 En boca de una de sus informantes, Calixta Morales, pone de relieve el punto de contacto entre las dos creencias: «Los santos son los mismos aquí y en África. Los mismos con distintos nombres. La única diferencia está en que los nuestros comen mucho y tienen que bailar y los de ustedes se conforman con incienso y aceite y no bailan.»

El reverdecimiento del tema negro con enfoque de género en el debate actual cubano incidió en la publicación de —con la selección de Daisy Rubiera Castillo e Inés María Martiatu— Afrocubanas: historia, pensamiento y prácticas culturales. A esta necesaria y muy meritoria aparición solo me atrevo a sugerirle, para una posible reedición o continuación, que en otros empeños no obvien la escritura de la Cabrera, quien en este caso fue mencionada indirectamente a través de la crítica que se le hiciera al prólogo que escribió Fernando Ortiz a su libro Cuentos negros de Cuba. Fuera de esa alusión la autora de dichos cuentos no aparece en casi ninguna de las bibliografías de los artículos excepto en el trabajo de la propia Daisy. Otro ejemplo de olvido imperdonable lo encontré en el trabajo «Club Atenas, 1919: entre la sorpresa y el espanto»4. Su autor no señala a esta importante autora en el epígrafe donde se refiere a cómo el legado africano en la cultura cubana era un tema que no gozaba del reconocimiento de la rancia intelectualidad pese a que era evidente, y a continuación destaca solamente a dos autores de ese tiempo, sin mencionar a Lydia. Sin embargo, está presente en el valioso texto de Ana Cairo Bembé para cimarrones (2005).

Gastón Baquero escribió: «En la obra de Lydia hemos aprendido muchos cubanos a respetar y a comprender el aporte profundo, en el territorio del espíritu, de la cultura africana que algunos subdesarrollados mentales insistían en presentar como pura barbarie, negación de lo cristiano y abjuración de lo europeo y civilizado».5 Esa transmisión de vitalidad reconocida por nuestros antepasados al monte, ese lugar que fuera fuente de hábitos, misterios, encantamientos y recetarios, es algo que nos pertenece porque lo salvó y lo transmitió en última instancia, esta mujer.

El monte como tema objeto de investigación es significativo para el estructuralismo, él permea toda la obra de Lydia porque está presente en la religiosidad del negro cubano. Su concepción del mundo, no nace de la creencia, sino del contacto del negro con la naturaleza. Por otra parte, solo un conocimiento cabal de vida entera consagrada le permite la labor de creación que desarrolló y de esta manera pudo «ver» y hacer, por lo que podemos identificar su trabajo con eso que Pierre Bourdieu denominara en 1972 sociología de la acción.

La sociedad secreta Abakuá, narrada por viejos adeptos es un estudio etnográfico y a la vez un serio análisis sociológico; también cumple los requisitos para ser una obra de arte. En esta investigación Lydia aporta al tema de la identidad cubana a través de la historia del ñañiguismo —importado por esclavos carabalíes de Nigeria, surgido en la ciudad de La Habana y trasladado también a la de Matanzas a principios del siglo XIX—, donde se muestra la influencia del vocabulario abakuá en el léxico cubano. Llama la atención cómo esta investigación no altera las ideas de sus protagonistas ni tampoco la forma de expresarlas. Transmite una sabia expresión en boca de uno de sus informantes que sirve de fundamento ético no solo para defender a este grupo, sino en general para todas las relaciones sociales. Dice Saibeké: «Antes de condenar, hay que saber lo que se condena».

Natalia Bolívar afirma que Lydia se convirtió en pintora, historiadora, socióloga, etnóloga, antropóloga, psicóloga y filósofa, opinión que comparto ciento por ciento. Para cualquiera de estas especialidades, lograr lo que la Cabrera alcanzó es algo digno de admiración. También comenta Natalia que los informantes expresaban cuando Lydia los sondeaba: Mundele quiere bundanga. ¿Qué sociólogo ha logrado en esta Isla ese nivel de penetración con sus entrevistados? En esta técnica ella constituye un paradigma junto a su cuñado Fernando Ortiz, en una época en que incluso los viejos negros desconfiaban de los blancos. Fue Lydia quien reveló a la propia raza negra muchos de sus secretos, por los diferentes orígenes históricos y culturales que tenía. Intentar enmarcar el campo de trabajo de una investigadora de la talla de Lydia Cabrera, es tener una visión reduccionista de la creación científica. Hay algo que encontré en el propio José Martí: «el sentimiento es también un elemento de la ciencia». Todo lo nacido de la pluma de la conocida antropóloga tiene esa connotación científico­poética que distingue a La Cabra —como la llamaba de manera cariñosa su amiga, la escritora venezolana Teresa de la Parra—, pero a ello hay que añadir que lo encontrado y transmitido, lo analizado y traducido para el público tiene de realidad y fantasía, tiene un estilo, su literatura está hecha para pensar.

» La casa cubana

El artículo de Roberto Méndez «Lezama y María Zambrano visitan la quinta “San José”»6 es importante para entender la significación de Lydia Cabrera y María Teresa de Rojas en la edificación de la «Casa cubana» por excelencia; ellas quisieron establecer el estilo de Cuba y lo lograron. La importancia de esa desaparecida quinta radica en que estas dos mujeres asumieron un sitio para reflejar en el espacio de un hogar, lo esencial cubano. No se trataba de imponer lujos, sino buen gusto, armonía, y en esa búsqueda de muebles y objetos para poblar la casa obtuvieron algo bello y bueno. Conjugaron valor estético y valor moral en la mansión. El deslumbramiento por aquello que pudo ser emblemático para siempre, quedó plasmado en las palabras que le dedicaron José Lezama Lima y María Zambrano. En los años cuarenta esa reliquia de la arquitectura colonial fue visitada por Wifredo Lam, Alejo Carpentier, Pierre Loeb, Pierre Mabille, Pierre Verger. Cuando Loeb tuvo dificultades con la demora del visado norteamericano para una estancia en ese país, Lydia lo llevó a que lo consultara un babalao, al que tuvo que llevarle tres gallos, cuatro cocos, una escalera y una soga. La visa se la entregaron al día siguiente.

Hay otras cosas que debemos a la Cabrera, como el prólogo al libro denominado Cuba (1957), con imágenes de la isla del destacado etnólogo Pierre Verger. En un coloquio convocado en el 2011 para reflexionar sobre la presencia de Verger en el Caribe, convocado por la Casa de Las Américas, la Fototeca de Cuba y el Instituto Nacional de Antropología, la doctora Alicia García Santana expresó en su intervención algo medular en el trabajo de este destacado investigador: las fotos que hizo en nuestro país. La «mirada» que logró mediante las fotos que se encuentran en el libro no hubiera sido posible sin la participación de Lydia Cabrera. Asimismo, el libro El prebarroco en Cuba, una escuela criolla de arquitectura morisca, del arqueólogo catalán residente en Cuba Francisco Prat Puig, fue financiado en 1947 por María Teresa de Rojas y Lydia Cabrera.

Patio de la Quinta San José, edificación de altos valores arquitectónicos, históricos y artísticos. Fue demolida injustificadamente en la década de los 60.

Patio de la Quinta San José, edificación de altos valores arquitectónicos, históricos y artísticos.
Fue demolida injustificadamente en la década de los 60.

A quien nunca rompió con su niñez, porque se nutrió para crear de la fantasía y la frescura que solo brotan de la infancia, debemos la traducción —por primera vez en 1942, en lengua castellana— del Cuaderno de un retorno al país natal, del ensayista y profesor martiniqueño Aimé Cesaire, escrito en 1939 y considerada una de las obras iniciadoras del movimiento de la negritud. En ese libro podemos hallar versos como estos:

¡Y estos renacuajos nacidos en mí de mi ascendencia prodigiosa!
los que no han inventado ni la pólvora ni la brújula
los que no han sabido domeñar ni el vapor ni la electricidad
los que no han explorado ni los mares ni el cielo
mas sí conocen todas las reconditeces del país del sufrimientolos que no han conocido del viaje más que el destierro, los que se han encorvado de tanto arrodillarse los que fueron domesticados y bautizados
los que fueron inoculados de bastardía

ha llegado el tiempo de ceñirse la cintura como un valiente.
Mas (al hacerlo) preservadme, mi corazón, de todo odio.
No hagáis de mí este hombre de odio para quien sólo abrigo odio
pues para acantonarme en esta única raza
conocéis sin embargo mi amor católico
sabéis que no es el odio a otras razas
lo que me hace ser el labrador de esta única raza
lo que quiero
es por el hambre universal
es por la sed universal

Lydia Cabrera nos entregó con sencillez creadora el eco del primer «tam­tam» que sonó en el continente africano, advirtiendo con ese sonido que no era atraso, ignorancia, algo inferior, sino simplemente, otra cultura. Esa es una lección que todavía hoy hace falta transmitir en una Cuba donde hace unos pocos años pude escuchar —en una insoportable cola— a una mujer contestarle a dos personas que se dirigieron a ella: «No me hablen, ¡hoy no estoy para negros!»

Tengo la sensación reconfortante de «haber escrito» no tanto sobre el valor de una obra, sino, sobre todo, de la significación de una obra para el ámbito sociológico y ético. Proclamemos su trabajo con aché, para que podamos pronunciar —aquí también, en su Isla— su nombre sonriendo, para que se escuche la plegaria de la costurera Omí­Tomí: «Luna nueva, yo te saludo: dame salud y dale tranquilidad al mundo: que no haya guerra ni sangre ni enfermedad… que no me falte el pan ni a mí ni a mis familiares, amigos y enemigos».

Notas:

  1. En realidad el femenino es moana mundele quiere bundanga: Mujer blanca quiere saber
  2. Lydia Cabrera le pregunta a la costurera de su familia Omí-Tomí sobre los ritos y mitologías de sus padres, que eran lucumíes, y esta le contestó que no sabía nada de esos «asuntos de negros», porque en su infancia no la dejaban acercarse a ellos. Cuando se convenció que Lydia no quería saber para burlarse, ni había antipatía ni desprecio en ella, la llevó por primera vez a un «asiento» junto a su amiga Calixta Morales, que era una iyalocha muy estimada. Para mayor información véase El Monte de Lydia Cabrera. La Habana, Editorial Si-Mar S.A., 1996, p. 21.
  3. Cabrera, Lydia El Monte Cit., p. 181: ewé es yerba, aché es el poder vital, la energía, la gran fuerza de todas las cosas. Este concepto no se ve por medio de determinadas características, sino que abarca todo el misterio, el poder secreto, la divinidad. La vida es aché.
  4. Véase «Club Atenas, 1919: entre la sorpresa y el espanto» de Pedro Alexander Cubas Hernández En: Perfiles de la nación II de María del Pilar Díaz Castañón (Comp.). La Habana, Editorial Ciencias Sociales, 2006, pp. 9-13
  5. Baquero, Gastón Homenaje a Lydia Cabrera de Varios Autores. Miami, Florida, Ediciones Universal, 1978, p. 14.
  6. Méndez Martínez, Roberto «Lezama y María Zambrano visitan la quinta “San José”». En Palabra Nueva Año XX No 212. La Habana, noviembre de 2011, pp. 36-40.