La primera vez que tuve la oportunidad de manosear una edición del Corán en tierras del trópico occidental y en nada versado en las escrituras del profeta Mahoma recordé, menos por la imposibilidad de desprenderme de referentes habituales (cotidianos si exagero), que por alguna jugarreta involuntaria de mi memoria, el pasaje en que Borges en “El escritor argentino y la tradición” se sirve de la tan vapulada Historia de la declinación y la caída del imperio romano de Edward Gibbon, para solventar uno de los dilemas que ha acompañado siempre a la literatura latinoamericana.

Borges señalaba, con esa maestría retórica que nos hace confiar en sus palabras como una verdad definitiva, la procacidad y, en buena medida, la precariedad de una literatura que pretenda erigirse en discurso identitario de una nación a partir de la ostentación de localismos y, en el peor de los casos, de un muestrario compuesto por el kitsch y el folklore más vernáculo. De los disímiles argumentos y citas de autoridad hubo una que me resultó tan escandalosa como posteriormente falible: la ausencia del camello en el Corán, nos dice Borges, es la prueba más contundente de que es un libro auténticamente árabe.