A cargo de Jorge Domingo Cuadriello

Existen muchas formas de patriotismo y resulta curioso ahondar en este sentimiento que se manifiesta de tan diversas maneras aún en los ciudadanos de un mismo país. Personan hay que lo limitan al lugar donde nacieron, excluyendo sistemáticamente el resto de la nación. En nuestra isla tenemos algunas provincias y pueblos cuyo regionalismo ha alcanzado tal grado de centralización que experimentan por otras ciudades vecinas, aun las más próximas, un sentimiento hostil que se asemeja bastante a la xenofobia. Su región —a veces su villorrio— es siempre sobreestimada, pero no en forma beneficiosa que contribuya al progreso del sitio que aman, sino porque nacieron allí simplemente, y así su pasiva admiración es sólo una prolongación de un egotismo estéril que se parece bastante al complejo de inferioridad. Sus playas son siempre mejores que Varadero —que es la mejor del mundo y por algo lo es— su Prado, mejor que el de La Habana; etc. La cuestión estriba en la alardosa comparación no en tratar realmente de que lo sea sin necesidad de proclamarlo, que es lo que cuenta y lo que podría lograrse sí se empeñasen en ello.

El habanero, por el contrario, con no gustarle por lo común vivir fuera de su ciudad, adopta otra postura con respecto al «campo» aunque los del «campo» no lo crean, alaba y disfruta lo que de bueno encuentra en el interior sin dejar de llamarle la atención que sea posible esto.

Su actitud varía tratándose del extranjero, pues también puede padecer de cierta forma de patriotismo culinario, visual, el de los hábitos inveterados o algo así: señores que echan de menos el «congrí» en el mejor restorán francés o el limpio azul del cielo cubano contemplando el limpio azul del cielo de Italia y que una vez hospedados en el Waldorf Astoria se mueren de «saudade» si no reúnen a un grupo de amigos en su habitación para echar una partida de dominó. De ahí a añorar el biberón no hay más que un paso.

En ocasiones determinadas resulta una excelente medida aceptar aquello de que el vino agrio es bueno sólo por ser nuestro, pero no se trata aquí de que prefiramos el agrio cuando se puede beber el mejor sin menoscabo de nuestra dignidad, sino que estemos dispuestos a beber el peor cuando sea necesario para beneficio de nuestro país.

Patriota es aquel que cumple con su deber de ciudadano desde cualquier lugar que ocupe sin necesidad de realizar heroicidades ni sacrificios. Lo cual no quiere decir que rehúse hacerlos si llega la ocasión. Un hombre puede detestar el «tuteo» confianzudo del habanero, la terrible música populachera que ha dado la vuelta al mundo porque en todo el mundo hay gente con mal gusto, el «ajiaco», el ron, el cigarro, el café, el azúcar de caña, el tipo criollo y hasta considerar que la Marsellesa es más bonita que el himno bayamés y ser mas patriota que aquel que no puede prescindir de todo esto y se conduce como un mal cubano en lo esencial. Lo que constituye el ambiente y las costumbres pueden encantarle a un extranjero o a un hijo del país y, sin embargo, ambos no amar a Cuba hasta el punto de servirla como Dios manda. Y es eso lo que importa y lo que nos está haciendo falta: Cuba necesita que le sirvan siquiera sea en la forma normal que cualquier ciudadano ayuda a su patria, con dignidad y vergüenza, y no confesando a gritos y a todas horas que «no puede comer sin aguacate».

Si hoy tenemos una patria libre es por el aporte de sus buenos hijos y de los buenos extranjeros que lucharon con ellos hombro con hombro por conseguirla. Pero así como para hacer de un español un cubano a veces ha bastado un viaje de retorno a la España de sus mayores y a veces ni siquiera varias generaciones podrían lograrlo —ya que eso no depende cómo es un país u otro, sino de las reacciones de cada ser humano ante las realidades de la vida— la patria debiera ser el «mundo ancho y ajeno» donde habitamos.

Muchos defienden las ventajas del nacionalismo, pero la Historia demuestra que los que amaron la Humanidad fueron más útiles que los que amaron su patria únicamente. Podremos llamarnos civilizados el día que no nos consideremos mejores ni peores que los demás habitantes del planeta sino distintos, y ser distinto no es necesariamente ser mejor ni peor, sino diferente.

Leyendo una novela da Lin Yu Tan, olvidamos que son chinos sus personajes y que son rusos los de Dostoviesky y franceses los de Flaubert; ingleses los de Somerset Maugham, españoles los de Galdós o cubanos los de Serpa. Naturalmente que el escritor costumbrista añade a las pasiones el «ingrediente local» para darle color, pero en el fondo todos somos idénticos y distintos: nada más y nada menos que seres humanos. Y con sólo comportarnos como tales, en la medida que nos marca el grado de civilización alcanzado podemos ser llamados patriotas —sin necesidad de que este sentimiento se nutra de pequeñeces— y subsistir limpiamente en la conciencia de todos, brindando hermosos frutos de superación y progreso.

Lesbia Soravilla (Camagüey, 1907 – ¿Puerto Rico?, 1989). Narradora y periodista. En 1927 se radicó en La Habana, donde se incorporó a varias publicaciones como redactora. Tomó parte activa en el movimiento feminista que por entonces tomaba fuerza en Cuba. Autora de las novelas Cuando libertan los esclavos (1936) y El dolor de vivir (193?). Durante varios años integró el equipo de periodistas del diario Alerta. Tras el triunfo revolucionario de 1959 abandonó el país y se estableció en Puerto Rico.

Este artículo suyo lo hemos tomado de Alerta Año XV Nro. 213. La Habana, 14 de septiembre de 1949, p. 4.